A través del sexo. La saga completa 10. Cuando parece que vamos mejor #2
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10. Cuando parece que vamos mejor #2

—¿Ya te vas?

Era Daniel de nuevo.

—Sí —dije—. Estos días solo vengo al Sodoma a acompañar a Pablo hasta que consigue un ligue.

—¿Y dónde está la diversión en eso, eh? —me preguntó. Me encogí de hombros, no teniendo una buena respuesta—. ¿Quieres bailar? —ofreció.

—No, no te quiero cortar el rollo.

Cazador solitario o no, estaba bien claro que Daniel quería ligar aquella noche.

Llevaba el cabello perfectamente despeinado, unos tejanos verdes muy ceñidos y una camisa estampada con los dos primeros botones abiertos.

En cualquier otro tío, ese outfit podría haber sido un pelín hortera, pero sobre él funcionaba como un reloj suizo.

—No seas tonto. —Me ofreció su mano—. No me vas a cortar ningún rollo.

Intenté buscar otra excusa para no bailar con él, siendo el hecho de que yo era su jefe la razón principal.

Pero, por otro lado, ya no veía a Daniel como a un simple empleado, sino que había llegado a considerarle un amigo.

De hecho, él era la única otra persona a la que le había hablado de lo del Trinity College.

Además, estábamos en el Sodoma, sonaba una canción que me flipaba, y él era un hombre adulto que solo quería bailar.

¿Por qué tenía que buscar una excusa para no hacer algo que me apetecía?

Tomé su mano y me dejé guiar por él hasta el centro de la pista de baile.

Empecé a mover mi cuerpo al ritmo de la música y sentí a Daniel cerca de mí.

Cerré los ojos, no pudiendo evitar que una sonrisa asomara a mi rostro al abandonarme al simple placer de bailar con alguien en quien confías.

A veces, simplemente, hay que dejarse llevar por la corriente.

La temida carta no tardó en llegar y, por fortuna, yo fui el primero en verla al llegar a casa. Ese día David tenía una reunión y no llegaría hasta tarde. Últimamente tenía muchas reuniones, puliendo los detalles de la dimisión de sus diversos puestos.

Íker, que entraba en casa tras de mí, ya se disponía a subir las escaleras hacia su dormitorio cuando le detuve.

—Mira lo que ha llegado —le dije, tendiéndole el sobre.

El chico se acercó a mí y, al ver el remitente, frunció el ceño.

—Es del Trinity College. —Se extrañó. Algo en su voz se había amortiguado—. ¿Por qué me envían una carta? —Me miró, como esperando una respuesta que pensaba que yo no podía darle—. Si ni siquiera terminé el proceso de inscripción.

—Sí que lo hiciste —repuse—. Bueno, en realidad, lo hice yo por ti.

—¿Qué? —Abrió los ojos como platos—. ¿Por qué hiciste eso?

—Porque me da a mí en la nariz que es lo que realmente quieres.

El chico me miró con desconfianza.

—¿Papá lo sabe?

— Nop —confesé.

Íker palideció.

—¿Y no se va a enfadar cuando se entere?

—Lo más probable. Pero eso es problema mío —le dije, fingiendo una seguridad que no sentía—. Además, igual ni siquiera te han aceptado.

Eso pareció animarle a coger la carta. Le dio la vuelta entre sus manos varias veces, mirando cada detalle con detenimiento, como había hecho con la del Royal College. Luego la abrió.

Escruté su expresión mientras sus pupilas corrían raudas de izquierda a derecha, escaneando el texto. Una sonrisa se fue dibujando en sus labios a medida que lo hacía.

—Me han aceptado. —Bajó el papel para mirarme.

Había asombro en sus ojos, incredulidad, pero también felicidad.

Suspiré aliviado, sabiendo que al menos había hecho lo mejor para él.

Sin embargo, los pensamientos de Íker pronto parecieron volver a su padre, pues una expresión de profunda preocupación empezó a endurecer sus facciones—. ¿Y cómo se lo digo a papá?

—¿Por qué te preocupa tanto eso? Tienes dos cartas de aceptación en vez de una; ahora solo tienes que elegir lo que quieres hacer. Nadie más que tú tiene derecho a hacerlo.

El chico no parecía muy convencido.

—Te dije que si entraba en el Royal, iría al Royal —me recriminó, como si yo hubiera cometido una traición imperdonable.

—Pues entonces, ve al Royal College —repuse, con una frialdad que no sentía del todo—.

Si quieres, puedes renunciar al Trinity.

Envíales una carta diciéndoles que tienes una opción mejor.

Y no olvides darles las gracias por la oportunidad.

Tu padre ni siquiera tiene por qué enterarse de nada de esto.

¿Quieres que les escriba yo por ti? —Me ofrecí, a la vez que hacía el amago de coger la carta de sus manos.

La apartó rápidamente de mí, asiéndola con más fuerza entre sus dedos.

—No —dijo con la voz estrangulada.

—¿Entonces?

—¡Es que no sé qué es lo que quiero! —estalló—. Deja de presionarme de una vez.

—Sí que lo sabes, Íker, al menos de manera inconsciente.

—Endurecí mi tono de voz—. Acabas de demostrar que eres incapaz de verte a ti mismo renunciando al Trinity.

La pregunta que te tienes que hacer ahora es: ¿te ves renunciando al Royal?

—Sus ojos me dieron toda la respuesta que necesitaba—.

Ahí lo tienes: sí que sabes lo que quieres. Sólo tienes que aceptarlo de una vez.

—¿Y si es papá quien no lo acepta?

—Tu padre solo quiere lo mejor para ti, que seas feliz —le aseguré—. Pero si sigues mintiendo, a ti mismo y a los demás, nunca vas a conseguirlo.

—Tú no lo entiendes.

—Eres tú quien no lo entiende —le corregí. Abrió la boca para protestar, pero no le dejé hablar—. Piensas que conoces a tu padre, pero no lo haces tan bien como crees, y por eso te preocupas por algo que no debería preocuparte.

—No entiendo qué quieres decir con eso.

—Que tienes tanto miedo a decepcionarle que no le dejas ver cómo eres en realidad, qué es lo que quieres de verdad —le dije. Me acerqué y puse mis manos sobre sus hombros—. Ya es hora de que te decidas a ser tú mismo, y eso nunca va a decepcionar a nadie. No en esta casa, al menos.

El chico bajó la mirada, quizás abrumado por el hecho de que alguien fuera, por fin, capaz de verle tal y como era en realidad. Como me había dicho Clara, ya era hora de que nos quitáramos la venda de los ojos. Yo ya lo había hecho; ahora solo quedaba ver cuándo y cómo lo haría David.

—Greta lleva diciéndome lo mismo todo el año —confesó al final, con un susurro casi inaudible.

—Y tu tía Clara también, ¿verdad?

Me lanzó una miradita culpable antes de asentir.

Suspiré y me pasé las manos por el pelo, exasperado ante nuestra propia estupidez.

—Está bien. No te preocupes por esto ahora, no tienes que decidir nada hoy. Ve a estudiar, anda. Ya me encargaré yo de hablar con tu padre cuando sea el momento.

Asintió, algo aliviado.

Se dio la vuelta para encaminarse hacia el piso superior, pero antes de poner un pie en el primer escalón, se giró una última vez hacia mí.

—Gracias, Noah.

—De nada, hijo —repuse.

Volvió a asentir y desapareció escaleras arriba.

Ahora, me dije con un ánimo un tanto lúgubre, solo quedaba decírselo a David.

Clara hizo una nueva aparición por casa por esos días. Había viajado de Alemania a Corea y de vuelta a Alemania otra vez. Luego, había decidido venir a España a descomprimirse un poco, pero, quizás para poder pasar más tiempo con Moisés, no se alojaba en casa, sino en un hotel.

—Entre inversores, asesores y abogados me están chiflando —me confió una tarde que se pasó por mi despacho a hacerme una visita—. Y mi tío no me lo pone nada fácil. Pensé que se sentiría orgulloso de mí por querer montar mi propio proyecto, pero está más estricto que nunca.

—Quizás esa sea su manera de demostrar que está orgulloso de ti e ilusionado con tu proyecto: ser más exigente para asegurarse de que todo salga bien —elucubré.

— Nah —desechó mi idea con rapidez a la vez que se estiraba como una gata sobre el sofá—, el tough love era el estilo de mi padre. Adolph nunca ha sido así.

Levanté la mirada de mi ordenador y la posé sobre ella.

—¿Entonces?

—Creo que no le gusta la idea de que la sede de la empresa esté en Corea.

—¿Y tiene que estar en Corea? —pregunté, enarcando una ceja.

—Se supone que tú tienes que apoyarme —me recriminó—. No como los demás —se quejó.

—¿Los demás? —inquirí levantándome de mi silla para acompañarla en el sofá.

—Mi madre tampoco está muy ilusionada con la idea. Dice que la dejaré sola. Y David opina que me arriesgo demasiado intentando colarme en un mercado tan competitivo. Y Moisés… Bueno, ya te lo podrás imaginar.

Dejó en el aire el resto de la frase, pero la verdad es que podía imaginarme a qué se refería.

Ella y mi hermano habían seguido viéndose, llevando la distancia con relativa facilidad, dado que, por un lado, aún no se habían decidido a poner nombre a lo que había entre ellos y, por el otro, al menos vivían en el mismo continente.

Supuse que lo que Clara quería darme a entender era que irse a Asia daría al traste con la relación que mantenía con Moisés, y que ambos lo sabían.

Lo sentí por Moisés, porque sabía que esperaba que su relación se concretara en algo más sólido, pero no sabía qué era lo que Clara quería de él.

—Sí que te apoyo, siempre lo hago. Es solo que me pregunto si no tienes dudas.

—Por supuesto que tengo dudas —dijo, algo de exasperación colándose en su voz—.

Si dejo Alemania, mi madre ya no tendrá más familia allí.

¿Qué hará, venirse a España para estar con David?

¿O se planteará venirse conmigo? ¿O se quedará sola en casa?

Me siento mal por hacerle esto a su edad.

Por otro lado, las dudas de David y los inversores pueden estar justificadas.

¿Y si la marca fracasa? ¿Y si no llega a fracasar porque ni siquiera consigo ponerla en marcha?

¿Tienes idea del trabajo que supone, las decisiones que debo tomar?

Ya solo pensar en el marketing me da dolor de cabeza.

Una cosa es tener una idea, un concepto, y otra muy diferente es llevarla a cabo.

—¿No es ese el trabajo de un CEO?

—Sí, con la ayuda de un montón de gente —contestó con una amarga sonrisa—. Pero a pesar de todo, quiero hacerlo, Noah. Tú lo entiendes, ¿verdad?

—Por supuesto que lo entiendo.