A través del sexo. La saga completa 10. Cuando parece que vamos mejor
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10. Cuando parece que vamos mejor

CUANDO PARECE QUE VAMOS MEJOR

—¿ Y a tienes tu outfit para el desfile del orgullo? —me preguntó Pablo, elevando su voz sobre el estruendo de la música y las voces de los que nos rodeaban.

—Espera. —Me hice el sorprendido—. ¿No es esto el desfile del orgullo?

Mi mejor amigo rio a carcajadas ante mi broma.

Estábamos en medio del Sodoma en pleno mes de junio y lo único que podía ver era purpurina, boas de plumas y la bandera multicolor estampada en casi cualquier superficie.

El local estaba, además, a rebosar. Siempre ocurría lo mismo durante el mes del Orgullo.

El propio Pablo parecía recién salido de uno de los desfiles, vistiendo unos ceñidísimos pantalones de cuero y una camiseta rasgada cuya tela era invisible bajo las miles de lentejuelas que la adornaban con los colores del arcoíris.

También se había puesto delineador negro y algo de purpurina en las mejillas.

Al verlo aquella noche me había recordado vivamente al veinteañero alocado al que había conocido.

La soltería no le estaba sentando tan mal como yo había supuesto en un principio; parecía que estaba viviendo una segunda juventud, aunque solo fuera porque parecía querer romper el récord de ligues que había cosechado en sus años mozos.

—Pues mira, la verdad es que ni siquiera sé si voy a ir este año…

—dejé caer mientras nos alejábamos de la barra con nuestras bebidas.

Desde que rompiera con Samuel, salíamos juntos más a menudo, aunque mis noches acababan en cuanto él encontraba con quién liarse.

La compañía a la hora de entrar y tomarse la primera copa parecía hacerle falta.

—¿Cómo no vas a ir al desfile del orgullo? —Se escandalizó—. Es nuestra fiesta, nuestra protesta, el único momento del año en que…

—Vale, vale, pero es que no estoy para fiestas.

—El orgullo no es una mera fiesta —me amonestó—, es una reivindicación de nuestros derechos y…

—Ahórrame el sermón, ¿quieres? —le pedí. Me apoyé contra una de las columnas y mi amigo se acercó mucho a mí para poder seguir mis palabras—. Que los dos sabemos que solo quieres ir al desfile para follarte a alguien detrás de alguna carroza.

— Uhhhh —siseó, pasando su brazo sobre mis hombros—, el mal humor se huele a kilómetros. Pensé que David y tú os habíais arreglado por fin.

Exhalé un profundo suspiro.

—Eso parece —le dije.

Tras el evento de la Fundación íCaro, las cosas entre David y yo se habían suavizado considerablemente, y no solo porque al llegar a casa habíamos «limado muchas asperezas», sino porque él parecía haber sido sincero en todo lo que me había dicho aquella noche.

Yo, por mi parte, ya le había perdonado aquel desafortunado comentario acerca de que Íker era «su hijo» cuando discutimos por última vez, pero había algo en lo que yo no estaba siendo sincero con él, y sabía que, en cuanto saliera a la luz, se iba a armar una bien gorda.

—¿Entonces? —preguntó mi amigo.

—Que si algo me ha enseñado este año, es que cuando parece que vamos mejor, es cuando luego discutimos más fuertecito.

—Más razón que nunca para ir al desfile.

—¿Qué tiene que ver nada de lo que te acabo de contar con la fiesta del orgullo?

—Que tu marido y tú sois maricas —dijo en tono de sabelotodo. Fruncí el ceño, desconcertado por su razonamiento—. El orgullo es nuestra fiesta y celebrarla juntos puede ayudaros a daros cuenta de que… De que tenéis muchas cosas en común.

Ahora sí que me convencí de que estaba desvariando.

—Tú solo quieres convencerme para que vaya contigo.

—Anda, porfi. —Hizo pucheros y puso las manos en actitud de rezo—. Me hace montón de ilusión que vengas conmigo. Nos podemos vestir a juego. Estaríamos tan monos…

—No me voy a vestir de putón verbenero solo para que tú encuentres ligue.

—No tienes por qué vestirte de putón. Yo puedo vestirme de putón y tú de… del policía que me está arrestando —improvisó—.  O yo podría ir de demonio sexi y tú de angelito.

—¿Quieres que me vista de angelito? —pregunté, enarcando exageradamente las cejas al recordar la vez que se nos había ocurrido la genial idea de ir al Sodoma disfrazados de ángeles por Halloween y todo lo que había pasado después—. ¿Estás hablando en serio?

—Sí, tienes razón. Esas malditas alas blancas te quedan tan bien… —dijo con envidia—. Seguro que te entrarían más tíos a ti que a mí. ¿Todavía las tienes? Creo que yo perdí las mías…

—¿Quieres que te las preste? —me ofrecí.

—Oh, no, no lo decía por eso. Pensaba en lo que te haría David si te viera vestido de esa manera. Igual se os terminaba de quitar la tontería.

—No todo se arregla con sexo. —Aunque dudé por un momento al recordar el dichoso disfraz de ángel, con sus shorts blancos y ceñidos, sus níveas alas de plumas y su aro a modo de tocado.

Cuando me lo había puesto, muchísimos años atrás, había triunfado más que nunca en mi vida, pero en mi fuero interno, lo que había deseado aquella noche era encontrarme con David y disfrutar de su mirada de deseo en cuanto me viera.

Pero él no había estado allí y yo terminé liándome con un tío que llevaba la máscara de Scream y cuya cara nunca llegué a ver, con un cowboy con la barbilla más sexi que había visto en mi vida y con un bombero buenorro que se arrancó los pantalones de velcro para poder follarme.

Ya he dicho que esa noche triunfé de lo lindo.

Desde entonces, el disfraz descansaba en el fondo de uno de mis cajones y probablemente David ni siquiera sabía que existía.

Pensé en qué me haría él si me viera vestido (o desvestido) con algo así.

A lo mejor, pensé con un estremecimiento de excitación mientras dejaba correr mi imaginación, Pablo tenía algo de razón.

Me di cuenta entonces de que mi amigo había seguido hablando.

—Me podrías ir pegando con una cruz gigante cada vez que se me acercara un tío bueno.

—¿Qué dices?

—¿Tú de madre superiora y yo de monjita sexi? ¿No te parece buena idea?

Sonreí a mi pesar, al imaginarme la estampa.

—¿Qué otra cruz quieres que tenga aparte de ti? Si eres más pesado…

—Entonces, ¿vas a venir conmigo?

Lo preguntó con una ilusión tan genuina que no me pude negar.

—Está bien, pero no me pienso disfrazar —le advertí.

—Oh, gracias, gracias, gracias —dijo abrazándome con tal fuerza que me alzó unos centímetros del suelo—. Nos lo vamos a pasar genial, ya lo verás.

—¡Eh, Noah! —escuché a mi espalda.

Me giré a tiempo de ver cómo Daniel se acercaba a mí. Era la primera vez que le veía en el Sodoma.

—¡Ey! —exclamé, abrazándole brevemente—. ¿Qué haces aquí?

—¿Qué haces tú aquí? —me preguntó a su vez, como si él tuviera más derecho que yo a estar ahí por ser más joven. Y por estar soltero—. ¿O es que ya se ha liado la debacle en casa?

—¿Qué debacle? —Le lancé una miradita, muy consciente de que Pablo no se perdía ni una sola de nuestras palabras—. ¿Te acuerdas de Pablo, verdad?

—Claro —dijo, saludándolo.

—¿Has venido con alguien?

Negó con la cabeza.

—No. Yo soy un cazador solitario.

A mi espalda, pude oír cómo Pablo carraspeaba con exageración. Me giré hacia él.

—¿Cómo va esa tuberculosis? —le pregunté con cierto retintín—. ¿Te traigo un vasito de agua?

—Vete a la mierda —leí en el movimiento de sus labios.

—Bueno —dijo Daniel—, os dejo a lo vuestro. Me alegro de verte. —Rozó mi mano a modo de despedida. Lo último que vi de él fue su enorme sonrisa.

—Ya te vale, ¿no? —le solté a Pablo, dejando traslucir mi enfado.

—¿Debacle en casa? —inquirió él, ignorando olímpicamente mi comentario—. ¿Qué has hecho? —me interrogó, entrecerrando los ojos.

—¿Por qué crees que he sido yo quien ha hecho algo?

—Porque Daniel parece estar convencido de que va a saltar alguna liebre por alguna parte en tu relación, y David tiene demasiado miedo ahora mismo como para hacer alguna tontería.

—¿Que David tiene demasia…?

—¿Te has tirado a Daniel? —me interrumpió—. ¿Es eso? Porque por cómo te miraba ahora mismo…

—No —exclamé—. No tiene nada que ver con él. Y no me miraba de ninguna manera —sentencié.

—Pero sí que has hecho algo —me acusó.

Me rendí. Cuando se ponía así, era imposible ocultarle nada. Solté un largo suspiro antes de empezar a desembuchar.

—Es por Íker. Sabes que tiene plaza en el Royal College. —Pablo asintió—. Pero yo seguí el proceso de preinscripción en el Trinity, y la carta tiene que llegar un día de estos. Le acepten o no, tendré que admitir que he sido yo, y a David no le va a hacer ni puta gracia.

—Hay que ver los huevos que te gastas, con esa cara de mosquita muerta que tienes… ¿Por qué has hecho eso?

—Porque creo que es lo que Íker realmente quiere, y si le aceptan, al menos tendrá que pensárselo.

—Y tu asistente lo sabe.

—Se lo conté hace tiempo. Necesitaba desahogarme con alguien.

—¿Y yo no te sirvo?

—No, porque sabía que me ibas a echar la bronca.

—Como sigas así, te auguro un futuro de soltería —me dijo, poniéndose muy serio—. Y aunque nada me haría más ilusión que volver a tenerte de compañero de ligoteo, me veo en la obligación de pedirte que tengas cuidado.

—Ya —repuse, el ánimo lúgubre de repente.

Llevaba semanas evitando pensar en ese tema.

Había cursado la inscripción en el Trinity College para Íker en un momento en el que aún me sentía muy enfadado con mi marido, pero ahora que David y yo estábamos bien por fin, empezaba a arrepentirme de haberlo hecho.

Pero no había nada que pudiera hacer para parar el proceso a estas alturas, y aunque pudiera, no estaba seguro de querer hacerlo: algo en mi interior me decía que hacía lo correcto.

—Hola. —Mientras yo pensaba, un tío con pinta de empotrador se había acercado a Pablo—. ¿Te puedo invitar a una copa? —le preguntó.

Pablo se puso inmediatamente en la cara su expresión de ligoteo antes de decirle:

—Copa ya tengo, pero la invitación a follar sí que te la acepto.

Como respuesta, el macho alfa le ofreció su brazo. Pablo lo aceptó, me dio un beso en la mejilla y desapareció entre la multitud. Dando la noche por concluida, apuré mi copa y me encaminé hacia la salida, hasta que una mano sujetando mi antebrazo me lo impidió.