A través del sexo. La saga completa 9. La promesa de un futuro brillante #4
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9. La promesa de un futuro brillante #4

Por un momento, pareció que el tiempo se hubiera detenido y todos los sonidos a mi alrededor se hubieran amortiguado.

Las palabras de David seguían resonando en mi mente, y lo que podía parecer un discurso cordial y algo vacío, en mi interior tomaba un significado especial.

David había brindado por tener pasión por tu trabajo y aferrarte a ella a pesar de todo y por todo lo que aún podíamos conseguir en el futuro.

Y lo había dicho mirándome con fijeza y casi sin pestañear.

¿Era esa su manera de decirme que entendía que yo no quisiera dejar mi trabajo y darme a entender que sabía que seguiría ejerciendo durante muchos años?

—Al menos cumplió su palabra —oí a Daniel decir a mi lado.

—¿Cómo dices? —dije, saliendo súbitamente de mi ensimismamiento y sintiéndome algo desorientado al hacerlo.

—Que el discurso fue corto. Cuando empezaron a hablar, pensé que iba a tener que pedir otra copa para aguantar —rio—. No te ofendas —añadió—, sé que es tu marido, pero es que a veces los directivos son un poquito pesados con tanto discursito.

—Sí… —musité algo ausente—. Discúlpame, tengo que ir a buscar a David.

—Vale —oí decir a Daniel mientras me alejaba de él—, luego te veo por ahí.

Caminé por el tejado, sorteando a personas a las que no conocía, a camareros con bandejas en alto y a un par de fotógrafos que sacaban instantáneas del evento, mirando a mi alrededor, hasta que una mano se cerró sobre mi antebrazo.

—Aquí estás —dijo David, deslizando su mano hacia la mía.

Me volví hacia él para mirarle. Ahora que el menguante sol cedía protagonismo a la luz artificial, los farolillos reflejaban destellos de colores en su cabello, a la vez que sus ojos parecían más oscuros y profundos.

Sin pensar en lo que estaba haciendo, llevé una mano hacia su rostro, acariciando su mejilla y el ángulo de su mandíbula.

Él se quedó quieto bajo mi contacto, observándome con detenimiento.

—Yo también te estaba buscando —confesé—, todo eso que has dicho…

—¿No te ha gustado mi discurso?

—No… O sea, sí… No me refería a eso —balbuceé—. ¿Realmente crees en lo que has dicho? —Él enarcó una ceja, quizás porque no entendía de qué estaba hablándole—. ¿Acerca de los logros que están por venir y de no abandonar tus pasiones?

—Supongo que sí.

—¿Incluso para mí?

Eso pareció sorprenderle, pero luego su expresión se suavizó. Me apartó un poco de la gente antes de hablar.

—Si lo que me estás preguntando es si entiendo por qué no quieres dejar tu trabajo, la respuesta es que sí.

Y si lo que quieres saber es si apoyo tu decisión, la respuesta es que por supuesto.

—Cogió mis dos manos entre las suyas y acercó su rostro al mío—.

Sabes que no podría estar más orgulloso de ti y de todo lo que has conseguido.

—¿Y qué hay de tu sueño de dejarlo todo atrás?

—Puede que sea más un capricho que un sueño —confesó—.

Yo no pude tener el trabajo que quise, y por eso estoy dispuesto a dejarlo todo.

Pero ese no es tu caso. Y creo de verdad que habrías llegado a donde estás ahora aún sin la ayuda de la beca, pero si te recomendé fue precisamente porque quise asegurarme de que pudieras cumplir tu sueño.

No voy a ser yo ahora quien te lo arrebate.

Me abalancé sobre él para besarlo. Le cogí por sorpresa, pero aun así rodeó mi talle con sus brazos y profundizó el beso. A pesar de tener los ojos cerrados, percibí el destello de una cámara, y ante el temor de que alguno de los fotógrafos volviera su objetivo hacia nosotros, me separé de él.

—Gracias por entenderlo.

—No tienes que darme las gracias. Solo quiero que las cosas entre nosotros vuelvan a ser como antes —añadió con un anhelo que hizo que una tibia sensación se derramara por mi vientre.

—Yo también —dije con pasión en la voz.

Él me dedicó una amplia y sincera sonrisa, de esas que solo dejaba mostrar cuando se permitía ser absolutamente transparente.

—Espera. Casi lo olvido. —Metió la mano en el interior de su chaqueta y sacó una pequeña caja forrada en lino azul oscuro, discreta pero elegante. Me la tendió—. Quería dártelo esta tarde.

—¿Eso es lo que cogiste de tu despacho? —pregunté, entrecerrando los ojos.

—Me has pillado.

—¿Es un regalo?

— Mmmh —dudó—, es más bien un recordatorio.

—¿De qué?

David sonrió con un leve destello de melancolía.

—De que hay cosas que solo tú puedes ver.

Me quedé mirándolo un instante, sin comprender del todo sus palabras, pero él no añadió nada más.

Abrí la caja y me encontré con un pequeño objeto envuelto en papel de seda.

Lo desenvolví con cuidado hasta descubrir un portaobjetos de cristal, perfectamente sellado en los bordes por una fina línea de oro.

En su interior, protegida entre dos láminas inamovibles, descansaba lo que parecía una muestra antigua, con una pátina de tonos azulados y verdosos que insinuaban algo biológico, aunque ya sin vida.

Acompañándolo, una sencilla base de madera servía de soporte, diseñada para mantenerlo en pie sobre una superficie plana, como una pieza decorativa.

—¿Es una muestra vieja lo que hay aquí dentro? —Reí, alzándolo para mirarlo a contraluz.

—Es un objeto bonito para poner en tu escritorio —respondió él, sin quitarme los ojos de encima—. Pensé que te haría ilusión tener algo que te recuerde cuál ha sido siempre la pasión de tu vida.

Lo observé un instante más. A simple vista era eso: un fragmento de ciencia convertido en reliquia. El gesto me conmovió mucho más de lo que habría esperado.

—Es precioso —dije, sintiendo un nudo en la garganta—. Gracias, David.

Él asintió con una sonrisa suave, y por un segundo, pareció que iba a decir algo más. Pero se limitó a apretar mi mano.

—Volvamos a la fiesta. —Me guió de nuevo hacia la música y las luces del tejado—. Ya terminaremos de limar asperezas cuando lleguemos a casa —añadió de tal manera que el calor en mis tripas se extendió hacia mi entrepierna.

—Te tomo la palabra.

Y cogiéndonos de la mano, nos mezclamos con el resto de invitados.

Estuvimos en la fiesta hasta bien avanzada la noche, y aunque tuvimos momentos para disfrutar la compañía el uno del otro, casi todo el tiempo lo empleamos en charlar con otras personas.

Conocimos a otros de los becados, algunos mayores que yo, otros jovencitos que acababan de recibir la noticia.

Todos tenían buenas palabras para David y su trabajo en la Fundación, y me pregunté si realmente quería dejar la presidencia cuando era tan obvio que le apasionaba esa faceta de su trabajo.

También estuvimos un rato charlando con Daniel, a pesar de notar que a David el muchacho le caía más bien mal, y nos encontramos con Roberto.

Por cómo David y él hablaban del futuro de la Fundación, y por cómo Diego se mostraba tan ansioso de complacer a aquel tanto como a mi marido, me dio la sensación de que estaba ya casi decidido que él sería el nuevo presidente.

—No creas que he olvidado que prometiste visitarnos la última vez que nos vimos —me dijo Roberto, haciendo una alusión a la conversación que tuvimos en la fiesta de cumpleaños de David—. Espero que puedas hacerlo pronto.

—Oh, creo que pronto lo hará. —David me pasó un brazo por la cintura y le lanzó una miradita a su vicepresidente.

Roberto correspondió con una sonrisa mal disimulada tras un carraspeo y pensé que quizás se estaba organizando alguna pequeña despedida para David a la que yo, como era obvio, tendría que acudir. Lo que no entendí era tanto secretismo al respecto.

Lo dejé pasar de todas maneras. Tanto David como yo teníamos alguna copa de más y yo, personalmente, bastantes ganas de volver a casa, por lo que no quise alargar la conversación más de lo necesario.

No tardamos en dirigirnos al ascensor para bajar al hall y salir del edificio.

Ya era noche cerrada y las pocas estrellas que conseguían hacerse visibles en el claro cielo nocturno, a pesar de la contaminación lumínica, eran como diamantes en un campo de terciopelo negro.

Me abracé a David en cuanto estuvimos en la calle y volví a besarle.

—Tenemos un montón de asperezas que limar —le dije al separarme de él.

—Oh, no te creas que me he olvidado. —Soltó una risita mientras levantaba un brazo para llamar a un taxi que pasaba por ahí. Me abrió la puerta del vehículo y, cuando pasé a su lado para entrar, le oí susurrar—: Vámonos a casa, pequeño.