9. La promesa de un futuro brillante #3
—¡Señor Van Kerckhoven! —oímos decir a un joven que se acercaba a nosotros. No debía tener más de veinticinco años y aún sufría de algo de acné. Parecía estar acalorado y bastante estresado. Le pasó a David unas cuartillas de papel en las que pude ver la estilizada letra de mi marido.
—¿Tu discurso? —pregunté, alargando el cuello para intentar leer algo de lo que había escrito en ellas, pero David las apretó contra su pecho, impidiéndome leer nada.
—Ya lo escucharás, a su debido tiempo. —Luego, volviéndose al joven sudoroso, añadió—: Diego, respira.
—Pero, señor, tengo que…
—Respira —insistió—, que no se está muriendo nadie, es solo una fiesta. —De mala gana, el joven obedeció y exhaló un profundo suspiro. David asintió, complacido, y luego dijo—: Diego, este es mi marido, Noah. Noah, saluda al verdadero artífice de esta maravillosa fiesta.
Me giré hacia él, entendiendo de pronto que el chaval estuviera de los nervios, pero apreciando a la vez el trabajo que había hecho. Él, por su parte, parecía más azorado que nunca.
—Vaya, no sabía que… Lo siento. Encantado de conocerle, señor Estévez. He oído hablar mucho de usted —dijo tendiéndome una mano algo sudorosa.
—Como todo el que trabaja en la Fundación, por lo visto —bromeé.
—Diego es mi nuevo asistente. Y si sigues trabajando así de bien, estoy seguro de que también lo serás del nuevo presidente —añadió.
—Gracias, pero el discurso…
—Oh, sí, no dejemos que la impuntualidad nos estropee la diversión —bromeó David, apurando su copa—. Estoy seguro de que todos los presentes están deseando dejar sus conversaciones y bebidas de lado para escucharme hablar.
—Seguro que sí —dijo Diego, aparentemente ajeno al hecho de que David se estaba cachondeando de él.
—El deber me llama. Luego te busco por ahí, ¿vale?
—Vete. —Y por lo bajini añadí—: No le vaya a dar un patatús a tu nuevo asistente.
—No sé de qué hablas. —Me siguió la broma, acercándose para darme un rápido beso en la mejilla—. Diego tiene unos nervios de acero.
Me reí mientras se alejaba y él giró la cabeza para devolverme la sonrisa, pero en seguida lo perdí de vista.
Me quedé solo en medio de la multitud y le di un sorbo a mi cóctel, de un naranja intenso y con un refrescante sabor a cítricos y vino seco.
Ya sospechaba que no conocería a nadie allí, salvo a los directivos que David me había presentado en su fiesta de cumpleaños.
Que yo supiera, solo había otro becado más trabajando en los laboratorios, y no había podido acudir por un compromiso familiar.
Di una vuelta, disfrutando del ambiente y el agradable aire de la tarde.
Al otro lado del tejado, había un enorme panel con el logo de la Fundación, pero por alguna razón, este parecía desdibujado.
No fue hasta que me acerqué, curioso, que me di cuenta de que el logo estaba formado por miles de letras que formaban cientos de nombres.
Lo escruté durante un momento, intentando descubrir quiénes eran las personas representadas allí, cuando una mano pasó por encima de mi hombro y a mi espalda escuché una voz familiar.
—Tu nombre está… justo aquí. —La mano detuvo su movimiento para señalar con su dedo índice mi nombre, escrito cerca del cenit del logo.
Me giré rápidamente.
—Daniel —dije con genuina sorpresa—. ¿Qué haces aquí?
El joven me lanzó una enorme sonrisa, quizás acentuada por el mojito que se estaba bebiendo.
—¿No sabías que yo también soy uno de los becados de la Fundación?
—No tenía ni idea… —Negué con la cabeza—. ¿Por qué no me habías dicho nada?
—¿Qué importancia tiene eso? —preguntó a su vez—. Es solo una beca.
Por un momento, deseé tener la misma falta de conflicto con el hecho de haber estudiado gracias a aquella beca que aquel joven.
—Ninguna, supongo —concedí al final—. Pero tú no pareces sorprendido de verme a mí aquí —añadí.
—Eso es porque yo sí lo sabía de ti. Samuel me lo había dicho antes de que empezara a trabajar en mi tesis.
—Por supuesto que te lo dijo —musité, deseando que mi amigo me hubiera extendido a mí la misma cortesía.
Daniel tenía razón al decir que no tenía importancia, pero encontrármelo allí me había descolocado.
No esperaba conocer a nadie en aquella fiesta, y pensaba que sería un buen momento para estar con David.
Sin embargo, la presencia del joven allí me alegró.
Y estaba muy guapo, tuve que admitir, con el primer botón de su camisa blanca desabrochado, dejando ver su saludable bronceado.
El sol arrancaba reflejos cobrizos de sus cabellos y pestañas, y el alcohol le dotaba de una despreocupada expresión que solo le hacía ver más atractivo.
—¿Y tu marido? —preguntó, mirando a su alrededor como si esperara verlo en cualquier momento.
—Su asistente me lo ha robado. Tenía que encargarse de algunas cosas y luego ha de dar un pequeño discurso.
Daniel asintió, sin darle mayor importancia.
—Ya veo. Y tú eres un invitado más.
—Igual que tú —respondí con una sonrisa que no me salió del todo bien—. Estoy aquí para beber un par de copas y pasármelo bien.
Daniel me miró con atención, ladeando la cabeza.
—Pues no pareces estar pasándotelo muy bien.
—¿Por qué dices eso?
—Te pasa algo. —Bajó el tono de voz y se acercó a mí—. Se te nota en la cara.
Dudé un segundo. La música, la luz, el bullicio amortiguado… Todo invitaba a bajar la guardia. Y, por alguna razón, con él resultaba fácil.
—Estoy haciendo algo a espaldas de David. Y de Íker —admití al fin.
Daniel alzó las cejas.
—¿El qué?
—Estoy inscribiendo a Íker en el Trinity College. Sin que ninguno de los dos lo sepa.
Hubo un pequeño silencio.
—¿Y eso?
Le expliqué, sin entrar en demasiados detalles, lo que estaba ocurriendo en casa.
—No puedo quedarme de brazos cruzados mientras mi hijo renuncia a sus sueños solo por no molestar —concluí—. Tarde o temprano, se arrepentirá.
Daniel me sostuvo la mirada un instante más.
—Eres todo un temerario.
—Ya lo sé. —Reí sin alegría—. Y me trae más problemas de los que piensas.
Daniel fue a decir algo, pero justo en ese momento la música se detuvo y vi a Roberto Molina sobre la tarima. Daba golpecitos contra una copa de champán, pero había captado la atención de todo el mundo desde que los músicos dejaron de tocar.
— Ejem … —dijo con evidente incomodidad, su voz ampliada por el micrófono que había ante él—. Buenas tardes a todos y gracias por venir.
—¿Quién es ese? —me susurró Daniel.
—Roberto Molina, el vicepresidente de la Fundación —repuse.
—Nos hemos reunido aquí para celebrar a nuestros becados —continuaba Roberto— y, humildemente, el trabajo que la Fundación íCaro lleva haciendo sesenta años, desde que Ícaro Van Kerckhoven iniciara esta aventura en 1959, siendo su presidente durante treinta y ocho años, hasta que pasó el testigo a su nieto, David Van Kerckhoven, en 1997.
Desde entonces, David ha sido la fuerza motriz de la Fundación, inspirándonos cada día para ser mejores, para expandir nuestros horizontes y ser más inclusivos.
Durante estos últimos veintidós años hemos becado a seis mil trescientos cuarenta y tres estudiantes de ciencias en diez países, y estamos orgullosos de anunciar que, a partir del curso que viene, nos expandiremos hacia seis países de Latinoamérica y pondremos en marcha un nuevo programa de becas para estudiantes de artes escénicas.
—Hubo unos cuantos aplausos—. Todas esas personas, algunas de las cuales están aquí esta noche, han estado cambiando el mundo durante los últimos sesenta años y esperamos que lo sigan haciendo.
—De nuevo algunos aplausos, algo más escasos que antes—.
Y sin más, ejem , os dejo con nuestro presidente, David Van Kerckhoven.
Mi marido apareció al lado de Roberto con una copa de champán en la mano, justo cuando el sol se ponía, derramando su dorada luz sobre él.
No pude más que admirarle: la elegante manera en la que se presentaba hacia los demás, la delicadeza con la que sus dedos sostenían la copa, la comedida sonrisa con la que se dirigía a la multitud de caras que le miraban, la belleza de sus profundos ojos grises, que parecían arder bajo las últimas luces del día.
—Buenas noches. —Lanzó una breve mirada hacia las cuartillas que llevaba en la mano antes de arrugarlas y guardarlas en uno de sus bolsillos—.
No voy a añadir mucho más a lo que Roberto ya ha dicho: esta noche honramos a nuestros becados y sus logros, y qué mejor manera de hacerlo que con mucho alcohol y un discurso más bien corto.
—Un coro de carcajadas se elevó a nuestro alrededor—.
Todos y cada uno de vosotros estáis aquí por una única y simple razón: vuestra excepcionalidad —dijo y vi cómo sus ojos me buscaban entre la multitud.
En cuanto me encontraron, no volvieron a abandonarme, y yo sentí como si solo me hablara a mí—.
El único éxito que podemos atribuirnos en la Fundación es el de haberos encontrado, pero el mérito siempre ha sido todo vuestro, por haberos alzado para alcanzar vuestros sueños, por tener una pasión y aferraros a ella, a pesar de todo.
Por eso, hoy no solo celebramos vuestros logros pasados, sino también los que están por venir.
Así que levantad vuestras copas, porque brindamos por vosotros, por la ciencia y el progreso, y por la promesa de un futuro brillante. ¡Salud!
—¡Salud! —repitió la multitud, levantando sus copas para beber luego al unísono.
Un ensordecedor aplauso acompañó a David mientras se bajaba de la tarima y la banda de jazz empezó a tocar otra vez.