A través del sexo. La saga completa 9. La promesa de un futuro brillante #2
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9. La promesa de un futuro brillante #2

Saber que David seguía adelante con su idea de dejar todos sus cargos, tanto en la empresa como en la Fundación, me resultaba desalentador.

Mientras terminaba de vestirme, no podía evitar sentirme deprimido.

Ninguno de los conflictos que habíamos tenido ese año se había resuelto: aún no sabía cómo sería nuestra vida cuando él estuviera ocioso y yo siguiera trabajando; sentía que había fallado a Íker por no haber conseguido convencerle de que explorar otras opciones no haría que su padre o yo pensáramos menos de él, y que lo importante era que se sintiera satisfecho consigo mismo.

Y aún seguía sin haberle contado a ninguno de los dos que, gracias a mí, el chico estaba en trámites para entrar en el Trinity College.

—Estás muy serio.

Como venido de ninguna parte, David me abrazó por detrás, rodeando mi talle con sus brazos y mirándome a través del espejo frente al que estaba, apoyando su barbilla sobre mi hombro. Había estado tan sumido en mis pensamientos que no le había visto venir.

Miré el reflejo de su rostro junto al mío, observándome con ternura y preocupación.

Sus preciosos ojos grises, velados por el desasosiego de no poder leer mi mente en aquel momento.

Reconocí el sentimiento, y quizás habría simpatizado con él de no ser porque solía ser el propio David quien me lo había estado produciendo todo el año.

—Estoy cansado —mentí. Sentí una extraña satisfacción al darle de probar su propia medicina, pero, al mismo tiempo, un pinchazo de remordimientos por no ser sincero con él.

Sus ojos escrutaron los míos a través del reflejo.

—Ya. —No parecía muy convencido. Que supiera que le estaba mintiendo hacía que mi pequeña victoria me dejara un sabor amargo.

Una parte de mí quiso confesarle mis pensamientos, confiarle mis dudas y obtener cierto consuelo de él, pero otra parte sabía que era mejor no esperar tal consuelo.

Si le decía lo que estaba pensando, lo que tramaba a sus espaldas, lo más probable era que acabáramos discutiendo otra vez.

Y tener que ir juntos a una fiesta estando cabreados el uno con el otro no era, precisamente, la perspectiva más halagüeña.

Aquella noche prefería tenerlo en ascuas que enfadado.

—Se nos va a hacer tarde —dije, tanto por hacerlo notar como para cambiar de tema.

Se separó de mí para consultar la hora en la pantalla de su móvil.

—Tienes razón. Vamos.

La fiesta tendría lugar en el edificio Van Kerckhoven, la enorme y casi etérea torre de hormigón y cristal en la que se encontraban las oficinas de muchas de las empresas del Grupo VK, incluidas las de la Fundación íCaro.

La primera vez que había entrado allí lo había hecho con diecisiete años, para entrevistarme con Roberto Molina, quien decidiría si era candidato a una de sus becas, y sin tener la menor idea de que mi primer amante trabajaba en aquel mismo edificio, ni de que él fuera el responsable de que yo estuviera allí.

Quizá por eso, aquella tarde, al pisar el mármol del ovalado hall de entrada y recordar al adolescente ingenuo que había sido, los fantasmas que mi encuentro con Roberto había despertado en mí hacía unos meses volvieron a asomarse a un rincón de mi mente.

Por mucho que me hubiera reconciliado con el pasado, la idea de que no merecía estar allí seguía oprimiéndome el pecho.

Por supuesto, había entrado en aquel edificio miles de veces durante mi relación con David, bien para ir a buscarlo a su despacho, bien para hacer alguna gestión como empleado del Grupo VK en las oficinas de recursos humanos, pero aquella vez era diferente: nunca antes había asistido a una gala en honor de los becados de la Fundación, en mi honor, me recordé con una punzada de miedo escénico.

No le dije nada a David, pues sabía perfectamente cuál sería su respuesta: me diría que no debía preocuparme, que no tenía nada que no mereciera tener, para luego hacer alguna broma al respecto en un intento de aliviar mi humor; y yo no tenía ánimos para nada de eso en aquel momento.

En el hall había un gran cartel anunciando el evento e informando que tendría lugar en el tejado del edificio.

—¿En el tejado? —le pregunté a David, enarcando una ceja.

—¿Qué mejor lugar que ese?

—Esto huele a idea tuya.

—Qué bien me conoces. Es que no me pude resistir, con el buen tiempo que hace… —dejó caer con una sonrisilla en el rostro.

Nos dirigimos al ascensor y él pulsó el botón de la planta veinticinco.

—Tengo que coger una cosa de mi despacho antes de subir —explicó.

—Está bien.

Otras personas se nos unieron en el ascensor, pero todos parecían ir a la fiesta, así que David y yo fuimos los primeros en apearnos.

La planta veinticinco era la sede ejecutiva del Grupo VK España y donde se encontraban todas las oficinas importantes y los despachos de todos los mandamases, el de mi marido incluido, y por lo tanto, lo primero que ocupó mi visión al apearme en aquella planta fue un mostrador bajo el enorme logo del Grupo Van Kerckhoven.

Avanzamos hacia el interior y las puertas del ascensor se cerraron tras nosotros.

—Solo será un momento —aseguró, mientras caminábamos y nos adentrábamos en la planta.

Dejamos atrás una acristalada sala de reuniones, una zona de cubículos y varios despachos hasta que nos vimos ante unas puertas de doble hoja, que David abrió con una llave.

A pesar de su ascenso en el organigrama de la empresa, David nunca había querido cambiar de despacho.

Este era, al fin y al cabo, uno de los más espaciosos y, en mi opinión, el que más encanto tenía de todos: casi en el fondo de la planta y lejos del ajetreo del lugar, estaba alojado en una de las esquinas, con lo que dos de sus paredes estaban acristaladas, brindando una espectacular vista de la ciudad.

El mobiliario seguía siendo minimalista y el blanco y los tonos madera lo dominaban todo.

La estancia tenía dos ambientes: el despacho propiamente dicho, presidido por una mesa vintage de madera tallada donde reposaban el ordenador de David y algunos papeles; y al otro lado había dos sofás blancos enfrentados ante una mesa de té.

David se metió tras su escritorio y cogió con rapidez algo de uno de sus cajones. Se lo guardó en el bolsillo de su chaqueta antes de que pudiera ver de qué se trataba.

—¿Qué es eso?

—No seas curioso —dijo en tono evasivo—. Vamos, se supone que tengo que hacer el brindis inaugural.

Me cogió de la mano y desandamos el camino hacia los ascensores pero, para mi sorpresa, no me llevó hasta ellos, sino hacia una puerta metálica que siempre me había pasado desapercibida.

—¿A dónde vamos?

—Al tejado —respondió, como si fuera obvio. Cuando abrió la puerta, entendí por qué: al otro lado se veía el rellano de las escaleras de emergencia—. Es solo un piso —añadió, guiñándome un ojo.

La puerta de seguridad se cerró tras nosotros con un ruido sordo y casi nos quedamos a oscuras, estando el rellano iluminado tan solo por una luz roja. Algunas colillas en el suelo evidenciaban que ese lugar lo frecuentaban los empleados que huían de sus puestos de trabajo para echarse un pitillo.

—Ni siquiera sabía dónde estaban las escaleras de emergencia —susurré mientras me aferraba a la parte trasera de su chaqueta; apenas veía bajo aquella precaria luz.

—Eso es porque nunca has sido fumador —repuso él, con una risita.

—Así que tú eras uno de esos… —Señalé la multitud de colillas que había repartidas por el suelo.

Miró brevemente hacia abajo.

—No vayas a creer que ninguna de esas es mía.

—Más te vale —dije medio en broma, medio en serio. David había dejado de fumar hacía mucho tiempo, antes de que Íker naciera, y yo no tenía ningún deseo de que retomara tal vicio.

Me respondió con una sonrisa en la oscuridad.

—Vamos. —Tiró de mí, rellano arriba.

Llegamos al final de la escalera y David abrió la puerta que había ante nosotros. La dorada luz del atardecer me cegó durante un momento y pestañeé. Cuando volví a abrir los ojos y me vi en el tejado del edificio, me detuve un instante, cautivado por la vista.

Era un tejado feo como otro cualquiera, con un suelo gris de granito y tubos de extractores, purificadores y acondicionadores de aire a simple vista, pero una multitud de guirnaldas de luces titilantes serpenteaban entre los tubos metálicos, mientras farolillos de colores pendían de las barandillas, creando un ambiente cálido y festivo que contrastaba vivamente con el entorno industrial.

Las vistas de la ciudad eran también espectaculares: los edificios, ahora diminutos bajo la luz dorada del atardecer, parecían reflejar su propio esplendor.

La luz llenaba cada rincón, dorando las superficies y envolviendo a los invitados en un resplandor casi etéreo.

Ya había muchas personas allí, y mientras me adentraba en el tejado de la mano de David, los vaporosos vestidos y los elegantes trajes parecían danzar con la brisa, mientras las risas y charlas se mezclaban con el lejano murmullo de la ciudad.

En un rincón, un puesto de bebidas ofrecía cócteles coloridos que burbujeaban en elegantes copas, mientras un segundo espacio estaba repleto de bandejas con canapés de aspecto delicioso.

Los camareros se movían con agilidad entre la multitud, asegurándose de que nunca faltara una copa en las manos de los invitados y, sobre un escenario, un cuarteto tocaba estándares de jazz .

El ambiente era una mezcla perfecta de sofisticación y calidez, un refugio en las alturas donde el tiempo parecía haberse suspendido.

—Te has superado —le dije a mi marido sin ocultar lo impresionado que me sentía mientras este ponía en mi mano una copa que acababa de pillar al vuelo.

—Esta fiesta es mi canto del cisne como presidente de la Fundación… —Se encogió levemente de hombros—. Supongo que quiero irme por todo lo alto.

—Ya lo veo, ya. —Hice un ademán con mi brazo en un intento de abarcar la ciudad a nuestros pies.