A través del sexo. La saga completa 9. La promesa de un futuro brillante
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9. La promesa de un futuro brillante

LA PROMESA DE UN FUTURO brILLANTE

L a semana pasó rápida y sin novedades. La EBAU estaba cada vez más cerca e Íker seguía pasándose las tardes o bien en la biblioteca, o bien encerrado en su cuarto.

David, que seguía en éxtasis tras obtener la confirmación oficial de que su hijo había entrado en el Royal College, no entendía la obsesión de Íker por seguir sacando excelentes notas, pero, como yo le hice notar, el chico siempre había sido un empollón, y con plaza en la mejor escuela de música del mundo o sin ella, querría terminar sus estudios con un expediente impecable.

Que ese expediente pudiera servirle para otros fines fue algo que decidí callarme por el momento, así como el hecho de que me había puesto secretamente en contacto con el Trinity College.

David y yo parecíamos haber encontrado una suerte de equilibrio, pero yo no podía evitar pensar que era la calma antes de la tormenta.

Tras aquella discusión que mantuvimos cuando acababa de volver de Londres, seguía existiendo entre nosotros cierto nivel de tensión y, si los eventos de lo que llevábamos de año me habían enseñado algo, era que, tarde o temprano, esta volvería a explotar.

En todo caso, yo sentía que las cosas entre nosotros no mejoraban, y que si no iban a peor era tan solo porque ambos pasábamos por nuestra relación de puntillas.

Él parecía sentir que yo tenía motivos para estar molesto con él y me trataba como si fuera de porcelana, temeroso de que cualquier movimiento brusco pudiera hacerme estallar.

Por mi parte, yo me limitaba a evitar estar demasiado tiempo a solas con él y, tal y como David había hecho unos meses antes, empecé a encerrarme en mí mismo.

En parte era porque su actitud me sacaba un poco de quicio, pero la verdad era que me irritaba con él por cualquier tontería, lo que parecía justificar que se mostrara tan cauteloso conmigo.

Por otro lado, la situación entre Samuel y Pablo tampoco mostraba cambios. Ambos se habían mantenido alejados el uno del otro, en gran parte por la política de «contacto cero» que Pablo había impuesto.

—Me lo ha aconsejado mi terapeuta —me contó Pablo por teléfono cuando le pregunté por ello, después de que Samuel se quejara ante mí del asunto—. Dice que es lo mejor que puedes hacer si rompes con alguien por quien aún sientes algo.

—Parece lógico —había afirmado yo. Seguir viendo a tu ex, sobre todo si sigues enamorado de él, parece contraproducente si lo que quieres es seguir con tu vida, pero eso también decía a las claras que Pablo no estaba abierto a una reconciliación, lo cual, en mi opinión, era una mierda tremenda.

La relación entre Samuel y Pablo había sido una constante en mi vida y no me imaginaba un mundo en el que mis dos mejores amigos no estuvieran juntos.

Estaban hechos el uno para el otro—. Pero, ¿no deberías hablar con él antes de… ?

—¿Qué parte de «contacto cero» no has entendido? —me había espetado él, acabando con mis intentos de hacer de alcahueta.

—Vale, lo siento —había replicado yo.

Ya hacía dos meses y medio que habían roto sin que hubiera habido el más mínimo acercamiento por ninguna de las partes y yo ya empezaba a hacerme a la idea de que quizás para ellos este podía ser el final.

Recordé la conversación que había tenido con Samuel poco después de su ruptura y lo resignado que parecía estar desde el principio.

«Digamos que no me ha cogido por sorpresa», me había dicho entonces, dándome a entender que llevaba un tiempo preparándose para tal eventualidad, y que quizás Pablo también lo había estado haciendo.

Cuando llegué a casa una tarde de finales de mayo, todo estaba en silencio, y por un momento pensé que era el primero en llegar. Pero al subir las escaleras, lo vi desde el pasillo: Íker, sentado en su escritorio, con los codos apoyados y la cabeza inclinada sobre una montaña de apuntes.

Había dejado la puerta de su dormitorio entreabierta, algo inusual en él.

Me acerqué y me asomé con cuidado, como si el simple hecho de empujar la puerta un centímetro de más pudiera estropear algo muy frágil.

Estaba subrayando con meticulosidad, con la concentración obstinada de quien se prepara para un examen que lo cambiará todo.

A su lado, un vaso de zumo a medio terminar.

La pulpa ya había empezado a asentarse en el fondo.

—Hola —dije con cautela, adentrándome en su habitación. Se quitó los auriculares y me miró—. ¿Qué tal todo?

Como única respuesta, se encogió de hombros. Eché un vistazo al caos ordenado sobre el escritorio: sus apuntes, las libretas alineadas, su portátil, abierto y reproduciendo música a través de los auriculares que acababa de quitarse. Y a un lado, un sobre cerrado con el logo del colegio.

—¿Las notas? —pregunté, señalándolo con la barbilla.

Asintió y me lo alargó sin decir nada. Lo abrí y observé el boletín. Todo sobresaliente.

«Para variar», como diría Greta. Disimulé una sonrisa.

—Felicidades —le dije, agitando el papel.

—Gracias —contestó, lacónico.

—¿Ya las ha visto David?

Íker se encogió de hombros.

—No creo que a él le importe mucho.

—No digas eso —le pedí, aun sabiendo que tenía en parte razón—. ¿Y qué haces aquí en vez de andar por ahí con tus amigos?

—Aún queda la EBAU —dijo, con el dramatismo de quien anuncia el apocalipsis.

Lancé un profundo suspiro de exasperación.

—Te va a salir genial. Y todavía queda casi una semana. —Me senté a los pies de la cama—. ¿Por qué no te tomas un descanso y celebras estas notas?

Íker me miró como si acabara de aterrizar de una nave espacial.

—¿Cómo voy a tomarme un descanso justo ahora?

Se me escapó una risita. Unos veinte años atrás, yo le había dicho algo muy parecido a David cuando me había propuesto tomarme un descanso de mis estudios para la Selectividad. Al final iba a tener razón cuando decía que Íker se parecía a mí más de lo que yo quería ver.

—Has aprobado el curso con matrícula, y aun así no te permites descansar. Relájate un poco.

Íker bufó por la nariz, una exhalación breve, apenas una mueca.

Lo observé en silencio unos segundos. Había un cambio en su expresión que me hacía pensar que algo lo roía por dentro. No era rabia o tristeza. Era más bien… contención. Acaricié su pelo con una mano.

—¿Qué te pasa?

—Estoy cansado.

—Es normal que lo estés, no paras de estudiar, pero ¿no deberías estar contento? Por haber terminado el instituto y todo eso…

Íker se quedó mirando al vacío, tratando de procesar lo que le había preguntado. Al final, negó despacio con la cabeza.

—No lo sé. No me siento como pensé que me sentiría. Es raro, ¿verdad?

—No, no creo que sea raro. A veces —dije con cautela—, cuando terminamos algo importante, el cuerpo se queda en pausa, como si se negara a celebrarlo hasta que sepa qué viene después.

—Sí. —Su voz era baja, sin tono—. Será eso.

—Será eso —repetí, sabiendo que no estaba siendo del todo sincero.

Me hubiera gustado poder hacer algo más que estar ahí, como un pasmarote.

Me hubiera gustado que Íker me dijera qué le hacía sentirse tan vacío.

Hubiera deseado que me dijera que había tomado una decisión, o incluso que era incapaz de tomarla.

Así al menos sabría qué ocurría tras aquellos ojos verdes. Pero no hizo nada de eso.

Después de unos segundos, recogí el boletín de notas, lo volví a meter en el sobre con gesto ceremonioso y lo dejé sobre su escritorio.

—Pase lo que pase, no tienes que demostrarle nada a nadie. Ya has hecho suficiente.

Él no respondió y volvió a ponerse los auriculares. Cuando salía, escuché cómo me llamaba.

—¿Noah?

—¿Sí? —le pregunté.

Me miró un segundo y me pidió:

—Cierra la puerta, porfa.

Asentí y obedecí apesadumbrado. Al fin y al cabo, parecía que nada había cambiado.

Sin mucho ánimo, aquel viernes empecé a vestirme para acudir al evento de la Fundación íCaro. David me había advertido un par de días antes que este sería su último acto como presidente.

—¿Aunque aún no sepáis quién cogerá la presidencia?

—Eso se decidirá oficialmente cuando yo dimita, pero ya tengo cierta idea… —añadió, dejando en el aire la implicación de que la decisión ya estaba tomada, pero no tenía aún la libertad de hacerla pública.

—¿Y cómo van los trámites para el resto de tus… renuncias?

David se ajustó el cuello de la camisa con gesto tenso.

—La Junta está poniendo el grito en el cielo por mi exit package . Nadie duda que es lo que me corresponde, pero cuestionan si hay liquidez suficiente para hacerlo efectivo. La única que se ha puesto de mi parte es Florence.

Elevé las cejas.

—Pero si te odia.

—Ya, pero quiere que su hijo herede mi puesto. Ya sabes, por tener a alguien con el apellido adecuado en la dirección.

—¿Su hijo?

—Un tal Chad Van Kerckhoven.

—¿Chad?

David soltó una risita.

—Ya, ya lo sé. Tiene un nombre ridículo, pobre muchacho…

—¿Y no hay otra opción?

—Hugo suena fuerte, pero ni tiene el apellido adecuado, ni el carácter necesario para tranquilizar a una junta más bien conservadora. Y claro, Florence está haciendo lo posible para que parezca que su hijo es la única alternativa viable. Por lo que sé, ni siquiera habla español.

—¿Y tú qué opinas? —pregunté, mirándolo de reojo.

Se terminó de anudar el nudo de la corbata.

—Que Chad solo será una marioneta en manos de mi hermana, y que ella dirigirá, de facto, el grupo en España. —A medida que hablaba, se le agriaba la voz.

—¿Y eso no te hace replantearte tu renuncia?

David se quedó en silencio unos segundos. Luego negó con la cabeza.

—No. Ya he tomado mi decisión.