8. Un poco de espacio #4
—Entonces, creo que voy a llamar a Greta para contárselo. Igual quiere que salgamos por ahí.
Y se alejó en dirección a su cuarto, tecleando en su móvil mientras lo hacía.
—Yo me refería a hacer algo juntos —musitó David, algo compungido mientras le veía irse.
—Pues no haber insistido tanto. No hay adolescente que prefiera celebrar algo con sus padres que con sus amigos.
—Supongo que tienes razón. —Me miró con atención por primera vez desde que entráramos en casa, habiendo centrado toda su atención en Íker hasta aquel momento—. También tengo algo para ti.
Me tendió otro sobre, algo más pequeño y confeccionado con un papel de alto gramaje y tacto lujoso.
—¿Qué es esto? —pregunté abriéndolo, aunque no hizo falta que David me contestara.
Era una invitación a un evento organizado por la Fundación íCaro, una «celebración para homenajear a nuestros becados y sus éxitos». O eso decía la tarjeta que tenía en la mano. Miré a David con algo de recelo.
—¿Y esto?
—Oh, una de las nuevas ideas de Roberto: una gala anual para nuestros becados. Él dice que creará comunidad y será una buena manera de dar la bienvenida a los nuevos. De paso, la venta de entradas ayudará a financiar la Fundación.
—¿Y has comprado una entrada solo para mí?
—Sí. —Luego, al ver mi expresión, se dio cuenta de cuál era mi preocupación—. Oh, pero no vas a ir tú solo. Es que yo no necesito entrada. Para algo soy el presidente.
—De momento —le recordé—. ¿De verdad quieres que vayamos a esta fiesta?
—Evento —matizó—. Yo tengo que ir, es parte de mi trabajo. Pero se sentiría menos como trabajo y algo más como diversión si tú vinieras conmigo.
En aquel momento, Íker volvió a entrar en el salón.
—Salgo con Greta… y unos amigos.
Se había duchado y preparado a velocidad de récord, pensé, al verle con su cabello aún húmedo y con gomina, tal y como David solía peinárselo, y el conjunto que había elegido: una camiseta con el logo de Los Ramones y unos vaqueros oscuros, ropa muy alejada de la sudadera oversize que vestía a todas horas y en la que las formas de su esbelto cuerpo se perdían.
—Te has puesto muy guapo. —Viéndole así, vestido todo de negro y con el pelo engominado, era más evidente que nunca el enorme parecido que tenía con su padre—. ¿A dónde vais?
—Por ahí —contestó, evasivo—. No volveré muy tarde —añadió, escurriéndose rápidamente hacia la puerta y esquivando, de paso, más preguntas.
David y yo nos miramos.
—Este no va a salir con amigos, ¿a que no? —elucubró.
—Me apuesto un ojo a que ha quedado a solas con Greta.
Solo la perspectiva de follar te hace ser tan rápido.
—Rememoré mis tiempos de juventud, en los que era capaz de meterme en una camiseta atrevida y unos vaqueros ceñidos en treinta segundos si había quedado con algún noviete, o si Pablo me llamaba para salir a ligar.
O si se me presentaba la oportunidad de ver a David.
Lo miré de nuevo, con ese pensamiento aún en mente.
Hubo un tiempo de mi vida en el que me moría cada vez que me lo encontraba y en el que hacía todo lo posible para poder liarme con él.
Ahora daba su presencia por sentada y ya no me desmayaba de pasión cada vez que le veía desnudo, pero ese anhelo por su presencia seguía en el mismo lugar en el que había estado siempre, incluso ahora que nuestra relación estaba en la cuerda floja.
Ya habíamos pasado momentos difíciles antes, me dije, recordando los cuatro años que pasaron desde el día que le conocí hasta aquel en el que por fin me dijo que quería estar conmigo.
Si había podido pasar por todo aquello, esperar por él, lidiar con sus dudas y con mi inmadurez y mantener, por el proceso, mi amor por él intacto, no dudaba de que ahora también podría hacerlo.
Y, sin embargo, ahora me ofrecía ir a una fiesta con él y dudaba.
«¿Por qué?», me pregunté. Era una oportunidad perfecta para salir de casa, estar juntos en un entorno diferente, distendido.
Quizás sería, además, su último acto como presidente de la Fundación y evidentemente para él era algo importante.
No había razón por la que decirle que no, y aun así me lo estaba planteando.
Si alguien me hubiera dicho, hace veinte años, que alguna vez rechazaría una invitación de David para ir a cualquier lugar con él, me daría un coscorrón a mí mismo, en el hipotético caso de que creyera que tal escenario era siquiera posible.
El Noah de diecisiete años habría dado un ojo por ir a una fiesta como la pareja oficial de David.
¿De verdad tenía que recordarme que esto era lo que siempre había querido?
¿Cuándo habían cambiado tanto las cosas como para tener que recordarme que tenía delante de mí al hombre al que había deseado durante toda mi vida?
—Así que el viernes que viene… —Señalé la invitación al evento—. Suena interesante. ¿Tengo que ponerme corbata?
—No, si no quieres. Entonces, ¿vas a venir?
Rodeé su cintura con mi brazo, acercándole más a mi cuerpo de lo que había hecho en las semanas anteriores.
—No me lo perdería por nada del mundo.