A través del sexo. La saga completa 8. Un poco de espacio #3
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8. Un poco de espacio #3

Acabábamos de pedir dos cortados y nos habíamos sentado en la terraza de una pequeña cafetería. Ahora que nos íbamos acercando a mayo, por fin iba mejorando el tiempo.

—¿A qué te refieres?

—A que Pablo ha estado buscando una excusa para romper conmigo desde hace un tiempo. Mi lío con Jose solo le ha dado la excusa perfecta.

—No es eso lo que dice él… —dejé caer, algo escéptico.

—¿Y qué es lo que dice él? —repuso Samuel en tono amargado—. ¿Que es un pobre corderito al que su pareja le engañó?

A lo mejor, pensé, Samuel no estaba tan tranquilo como parecía a simple vista.

—Tampoco es eso, pero…

—¿Pero qué?

—Nada. —Decidí no hacer de consejero matrimonial. Nunca se me había dado muy bien—. Que cada uno tiene su versión de los hechos.

—Y tú le crees más a él.

Pensé en lo que Pablo me había dicho acerca de la muerte de Alejandro y cómo había sido incapaz de decírselo a Samuel.

Si tienes más información acerca de los motivos de una ruptura que una de las partes implicadas, o lo sueltas a la primera de cambio, o te callas la boca.

Me decidí rápidamente por lo segundo. Samuel merecía un amigo que le escuchara, igual que lo había merecido Pablo, y esa era mi única función allí, me recordé con severidad.

Además, los secretos de Pablo pertenecían a Pablo.

Aunque creyera que cometía un error en ocultarle la verdad a Samuel, yo no era nadie para ir divulgando sus intimidades.

—Yo no he dicho eso —negué a la vez que llegaban los cafés. Vi cómo Samuel cogía su taza con las dos manos y miraba el contenido—. Anda —le animé—, cuéntamelo todo.

Samuel dio un desganado sorbo a su café para luego relatarme las pequeñas fricciones que se habían ido creando entre ellos en los últimos meses, desde que Pablo recibiera la oferta de ilustrar el cartel promocional para la fiesta.

Me contó cómo mi amigo se había encerrado en sí mismo y se había dedicado solo a trabajar, obsesionado por hacer el cartel perfecto.

Yo asentía, sabiendo por un lado que Pablo solo había usado el encargo como una vía para escapar de lo que le obsesionaba de verdad y, por el otro, sintiéndome terriblemente culpable por no tener la escasez de escrúpulos necesaria para contárselo todo a Samuel.

—Así que, como puedes ver, me veía venir algo desde hacía un tiempo —concluyó.

—¿Y qué pasa con Jose Ángel? ¿Sigues con él o…?

—¿Te ha pedido Pablo que me preguntes eso? —inquirió con suspicacia.

—No —le aseguré.

—Vaya. —Casi parecía decepcionado.

—¿Entonces…? —insistí.

—Sigo con él, Noah, pero igual que estábamos antes.

—¿Eso qué quiere decir?

—Que sólo somos follamigos.

—Pero Pablo me dijo que…

—Sí, sí —me interrumpió—, le dije que sentía algo por Jose. Y es verdad —aclaró—, pero de ahí a que estemos juntos hay un trecho.

—¿Él no siente lo mismo que tú?

Samuel enarcó las cejas.

—Pablo tiene razón: sigues siendo un inocentón —me soltó—. Mira, Noah, él sólo quiere pasárselo bien. Y le entiendo, porque yo también. No busco nada serio con él.

—¿Y eso se lo has dicho a Pablo?

—¿De verdad te crees que a Pablo le importa lo que yo quiera? —espetó Samuel, con bastante mala baba—. Ya te lo he dicho: ha usado esto como excusa.

Sentí entonces que la ruptura entre Pablo y Samuel no se debía solo a un amante ocasional.

Tal vez se trataba de un malentendido, o quizás de algo más profundo que ninguno de los dos había sabido identificar.

En todo caso, Samuel tenía razón al pensar que Pablo había aprovechado su relación con ese tipo como excusa para poner tierra de por medio.

Las relaciones, sobre todo las largas, podían ser supercomplejas. Volví a mirar a Samuel, y me sorprendió lo tranquilo que parecía, a pesar del dolor que debía estar sintiendo. Quizás, pensé, llevaba tiempo preparándose mentalmente para este momento. Una sensación que no me era del todo ajena.

Los días se fueron convirtiendo en semanas, y para cuando quise darme cuenta, el final del curso estaba sobre nosotros.

Íker se pasaba los días estudiando para los exámenes finales del instituto y del conservatorio, decidido tanto a obtener las mejores notas posibles como el título de Grado Medio de Piano.

Por aquellos días, llegó a casa una carta con el membrete del Royal College of Music.

Fue David el que nos sorprendió con ella, un viernes por la tarde que Íker y yo volvíamos juntos tras haberle recogido del instituto.

—Mira lo que tengo aquí —dijo en dirección a nuestro hijo, moviendo la carta entre sus manos y con una indudable expresión de entusiasmo en su rostro.

Íker, por contra, se puso lívido al verla.

—¿Es eso lo que creo que es? —pregunté.

David asintió, frunciendo los labios en un intento de no sonreír.

—Ábrela, anda. —Animó a Íker, tendiéndole la carta.

El muchacho la sostuvo un momento, le dio la vuelta, observó el membrete y la dirección del remitente, antes de darle la vuelta de nuevo para observar el anverso del sobre con una parsimonia que me puso de los nervios, pero me esforcé en no decir nada.

El chico levantó la mirada, primero hacia mí y luego hacia David, antes de volver a dirigirla al sobre para abrirlo.

Sacó la carta y vi cómo sus pupilas escaneaban el contenido.

—Estoy admitido —anunció.

—¡Lo sabía! —David no pudo contenerse más—. ¡Muchísimas felicidades! —añadió, abrazándole.

Yo también le felicité y él me dio las gracias con una sonrisa que, de alguna manera, parecía no alcanzar sus ojos. En aquel momento decidí que, a pesar de que el propio Íker me lo había pedido, no iba a seguir quedándome al margen en este asunto.

—¡Tenemos que celebrarlo! —decía David, tan centrado en la buena noticia que no parecía percibir nada más.

—Claro.

—¿Qué quieres hacer?

—No sé, lo que te apetezca. —El chico se encogió de hombros.

David sonrió, como si la respuesta de su hijo fuera encantadora.

—No, lo que te apetezca a ti.