A través del sexo. La saga completa 8. Un poco de espacio #2
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8. Un poco de espacio #2

La manera en que David había despreciado todo lo que había hecho por Íker durante más de quince años con una sola frase seguía escociéndome. Aunque intuyera que él también estaría dolido por la discusión, eso no quitaba que sus verdaderos pensamientos habían salido a la luz.

Ya no sabía qué pensar sobre lo que estaba pasando entre David y yo.

Cada vez que las cosas parecían mejorar, empeoraban estrepitosamente.

Era como si, por más que lo intentara, siempre terminábamos discutiendo, y cada pelea era más amarga que la anterior.

Recordé con cierta nostalgia cómo solíamos reírnos de la crisis de la mediana edad de David, porque hubo un tiempo en que solo se manifestaba en que se ponía de mal humor cuando se acercaba su cumpleaños y fruncía el ceño cada vez que veía una nueva cana.

Pero ahora… Esta crisis, en la que se replanteaba su vida, sus decisiones pasadas, su trabajo y quién sabe cuántas otras cosas, estaba arrasando nuestra convivencia.

Hice algo de introspección, decidido a no culparlo solo a él.

Quizás yo tampoco me había comportado siempre como debía: a veces hablaba de más, me burlaba de cosas que le preocupaban y, cuando por fin se había confesado conmigo, le había dicho que lo apoyaría en cualquier decisión que tomara.

Pero, como él mismo me había señalado, ese apoyo eran palabras vacías si no estaba dispuesto a hacer nada para que su vida fuera más cómoda, si no cedía ni una pizca de terreno.

Y además, estaba lo de Íker: había decidido hacerle caso a un adolescente y ocultarle a David algo que sabía que sería muy importante para él, algo sobre el futuro de nuestro hijo. «Nuestro hijo, pedazo de capullo», pensé, sintiendo cómo mi enfado hacia David burbujeaba de nuevo.

En ese momento, mi teléfono vibró sobre la mesa. Lo miré con desgana. Era un mensaje de David:

Tardarás mucho en volver a casa?

Me gustaría que habláramos

Lo leí dos veces, sin saber si me aliviaba o me dolía que quisiera hablar conmigo. Al menos había dado el primer paso, pensé. Pero yo seguía ahí, con un nudo en la garganta y el estómago revuelto. Tecleé una rápida respuesta:

Iré en breve

Eso fue todo lo que me salió. Cerré el chat, dejé el móvil boca abajo y respiré hondo. Di el día por concluido, me despedí de Pablo y me dirigí a casa.

Cuando llegué, las luces ya estaban apagadas, y fue entonces cuando me di cuenta de lo tarde que era.

Subí en silencio las escaleras, me desvestí antes de entrar en el dormitorio y me tumbé a oscuras en la cama, vistiendo solo mi ropa interior.

Pensé que David estaba dormido, pero algún ruido o movimiento debió de despertarlo, porque se agitó en la cama y noté cómo su mano se apoyaba gentilmente en mi mejilla.

Por instinto, rehuí su contacto y me separé de él.

—Noah… —le oí susurrar.

—Necesito espacio, David, por favor —musité, encogiéndome sobre mí mismo, no soportando la idea de que ninguna parte de su cuerpo entrara en contacto con el mío.

Una intensa sensación de traición, dolor y resentimiento había despertado en mí tras aquella simple caricia y agradecí la oscuridad, porque supe entonces que ni siquiera quería mirarle a la cara.

—¿Quieres que me vaya al otro cuarto?

La calma con la que formuló esa simple pregunta hizo que se me encogiera el corazón. Puede que no quisiera tenerle cerca, pero sabía lo peligroso que era que nos separáramos en aquel momento y el miedo habló por mí.

—No. —Traté de mantener un tono de voz lo más neutro posible—. Quédate. Solo déjame dormir, por favor.

—Está bien —le oí decir.

Se acomodó en su lado de la cama, haciendo evidentes esfuerzos para no rozarme siquiera al hacerlo, y yo cerré los ojos, deseando que el olvido del sueño viniera a tomarme más pronto que tarde.

Cuando me desperté al día siguiente, me encontré tumbado de lado, en la misma postura en la que me había dormido, solo que algo menos encogido.

David estaba frente a mí, mirándome, sus enormes ojos grises llenos de preocupación y dolor.

Recordé la manera en la que había rechazado su contacto la noche anterior y me sentí culpable, aunque una buena dosis de enfado vino a amortiguar el sentimiento.

—Buenos días.

—Hola —susurré, no sabiendo qué más decir.

—Siento lo de ayer. De verdad que no era lo que quería decir.

—Pero es lo que sientes —le recriminé.

—No —aseguró—, y si lo fuera, si una pequeña e inconsciente parte de mí piensa eso, entonces entiendo que me odies, porque lo que dije fue imperdonable.

No te lo he dicho antes, Noah, porque nunca pensé que hiciera falta, pero desde que entraste en nuestras vidas, para mí siempre has sido otro padre para Íker.

Desde el primer momento, te involucraste de lleno en su crianza, asumiste una responsabilidad enorme, y eras tan joven…

Íker ni siquiera recuerda un tiempo en el que tú no estuvieras en su vida, y sé que él te quiere tanto como a mí.

O incluso puede que más, porque siempre te lo cuenta todo a ti primero.

—Esbozó una leve sonrisa—. A veces pienso que es porque le comprendes mejor que yo, igual que tú me comprendes a mí mejor de lo que yo me comprendo a mí mismo.

Sé que le quieres, que solo deseas lo mejor para él, y que si decidiste ocultarme lo que Íker te contó, fue porque pensaste que era lo mejor.

Mientras David hablaba, una solitaria lágrima cayó por mi mejilla hasta la sábana.

—Últimamente no te entiendo —dije.

—Últimamente no soy yo mismo.

—Yo tampoco.

—¿Qué nos está pasando, Noah?

—No lo sé —musité—. Pero me da un poco de miedo.

David suspiró.

—A mí también.

Nos miramos el uno al otro, con la anticipación que se siente cuando sabes que una tormenta te va a pasar por encima.

Después de aquello, ambos decidimos tácitamente darnos un poco de espacio.

Seguíamos durmiendo y desayunando juntos, charlábamos por las tardes sobre cómo nos había ido el día y, al llegar la hora de acostarnos, nos sentábamos uno junto al otro en la cama para leer un poco antes de dormir.

Pero evitábamos cualquier tema espinoso; nos tratábamos con una cortesía extrema y acordamos que, fuera lo que fuera lo que Íker quisiera, sería mejor que él mismo lo decidiera.

En todo caso, se acercaba el final del curso, e Íker volcó todas sus obsesiones en los exámenes finales y la EBAU.

El chico, que tonto no era, se había dado cuenta de la brecha que se estaba abriendo entre David y yo, y comenzó a pasar cada vez menos tiempo en casa y más en la biblioteca del instituto o en casa de su amiga Greta.

—En algún sitio tendré que estudiar, que tengo que remontar las notas del segundo trimestre, y aquí el ambiente se puede cortar con un cuchillo, ¿sabes?

—me explicó cuando abordé el tema con él, mostrando cierto tacto, como si temiera molestarme—.

Es malo para la concentración —añadió, su vena ansiosa por los estudios completamente reactivada tras su vuelta de Londres—.

Además, casi prefiero no volver a verme en medio de vosotros.

No quiero que volváis a discutir por mi culpa.

—No fue por tu culpa —le aseguré—. Tu padre y yo llevamos…

—Iba a decir «teniendo problemas», pero no quise alarmar al chaval, ni a mí mismo de paso, así que reformulé la frase—.

Desde las Navidades o así que estamos pasando una época rara.

Habríamos discutido tarde o temprano, por un tema o por otro.

Lo cual era verdad. La tensión que se había ido acumulando entre nosotros hubiera terminado estallando por cualquier razón.

—Aun así… —insistió él, no muy convencido, mordisqueándose una uña—.

Papá se ha disculpado por cómo me habló el otro día, y me dijo que si quería explorar la idea de ir al Trinity, que lo hiciera.

—Asentí, eso era parte de lo que habíamos acordado hacer—.

Pero sé que solo me lo dijo para evitar más problemas contigo —concluyó Íker.

Como ya he dicho, el chaval no era tonto.

—Da igual por qué lo haya dicho. Lo importante es que tú ahora tienes carta blanca para hacer lo que quieras —dije, sin querer ser más preciso.

—¿Tú crees que entraré en el Royal? —preguntó de repente.

—¿Y yo qué sé? —contesté un poco a la defensiva. No iba a admitir delante de él que David ya sabía que sería admitido en la escuela.

—Es que papá parece tan seguro…

—¿Y tú qué piensas?

—Que sí —respondió—. Tengo una extraña certeza. Creo que papá tiene algo que ver.

—Tu padre nunca amañaría una audición —le aseguré.

—Seguro que no. —Aunque no parecía muy convencido—. En todo caso, he estado pensando, y si entro en el Royal, iré al Royal.

—¿Estás seguro?

Íker me miró.

—No quiero volver a discutir contigo, pero siento que tengo que hacer esto.

—¿Pero es lo que quieres? —insistí.

—De verdad, que no quiero que tengas más problemas con papá —dijo, respondiéndome sin hacerlo.

Suspiré y me pasé las manos por el pelo, harto de lidiar con la cabezonería de los chicos Van Kerckhoven.

—Íker, ya te he dicho que no debes hacer algo solo porque creas que es lo que tu padre quiere que hagas. Ni tampoco deberías cerrarte ninguna puerta.

—No te metas más en este tema. —Se puso repentinamente serio—. Lo digo en serio. —Añadió para impedirme protestar—. Ya he tomado una decisión, no quiero darle más vueltas al asunto —concluyó, lleno de determinación.

No pude más que asentir y dejarle en paz, al menos por el momento. Porque si había algo de lo que estaba seguro, era que ya no estaba dispuesto a seguir manteniéndome al margen.

Mi otro frente aquellos días estaba fuera de casa.

Por supuesto, tras la ruptura, Samuel también me había llamado para contarme su versión de los hechos, y habíamos quedado un par de días más tarde para tomar un café y charlar.

Para mi sorpresa, lo vi bastante entero, tranquilo incluso.

Cuando le pregunté al respecto, solo pudo decir:

—Digamos que no me ha cogido por sorpresa.