A través del sexo. La saga completa 8. Un poco de espacio
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8. Un poco de espacio

UN POCO DE ESPACIO

N o me costó mucho llegar a casa de Pablo, un complejo de apartamentos en una de las nuevas periferias de la ciudad, pues apenas había tráfico. Toqué al telefonillo y en seguida oí el zumbido electrónico que activaba el portal.

En cuanto abrió la puerta de su piso, pude ver que estaba devastado. Le abracé y él rompió a llorar sobre mi hombro. Di un par de pasos hacia el interior para cerrar la puerta y le di unos minutos para que se calmara.

—¿Qué ha pasado? —le pregunté una vez que noté que su llanto se apaciguaba un poco.

Pablo se separó de mí y me miró con gravedad. Luego se encogió de hombros, como si lo que fuera a decir fuese una inevitabilidad.

—Se ha enamorado de otro.

Poco después, Pablo y yo estábamos sentados en su sofá. Yo le había preparado un té, pensando que el café no haría más que alterarle aún más en el estado en el que se encontraba, y ahora él se disponía a darme todos los detalles.

—¿Te acuerdas del tío del que te hablé la semana pasada?

—¿El Jose Ángel de los cojones? —recordé.

—Ese mismo. Llevaban un tiempo viéndose, y no es la primera vez que Samuel tiene un amante recurrente, pero esta vez yo notaba que algo era distinto.

—Por eso te molestaba que se vieran. —Lo entendí todo de inmediato.

—Sí. El otro día, cuando discutimos y le dije que estaba obsesionándose con ese tío, Samuel lo negó. No puedo creer que me mintiera de esa manera… Pero esta mañana, cuando llegó a casa después de haber pasado la noche con él… me dijo que era verdad, que sentía algo por el fulano ese.

—¿Te dijo que sentía algo por él? ¿O que estaba enamorado?

—Llámalo como quieras, Noah. El hecho es que eso es algo que sí está contra todas las normas que nos hemos puesto.

—No me digas que esto no ha pasado nunca antes, Pablo. Os habéis acostado con un montón de tíos en todos estos años, ¿ninguno de los dos ha sentido nunca algo por otra persona?

—Sí, claro. Eso es inevitable cuando conoces a otros hombres: tarde o temprano encuentras a uno que te hace tilín. Pero en cuanto nos dábamos cuenta, cortábamos con él para evitar que la cosa fuera a más.

—Pero esta vez, Samuel no lo hizo.

—No. Me dijo que para cuando se quiso dar cuenta, sus sentimientos por él eran ya muy intensos.

—¿Y te ha dejado por él? —tanteé.

—No. He sido yo quien ha decidido cortar. Le he pedido que se fuera de casa —concluyó Pablo, para mi absoluto pasmo.

—¿Por qué?

—¿Como que «por qué»? Porque ha estado mintiéndome y poniéndome los cuernos —exclamó, absolutamente indignado.

Fui a decir algo, pero no me lo permitió—.

Ya sé que tú no entiendes nuestra dinámica, y que para ti todo lo que Samuel y yo hacemos es ponernos los cuernos todo el rato.

Pero no funciona así para nosotros. Los flirteos, la atracción, el sexo…

Todo eso nos da igual, pero el amor… El amor son palabras mayores.

Eso es lo único que me diferencia de cualquier otro tío con el que Samuel se haya liado, y a él de cualquier fulano con el que me haya liado yo: que nos queremos, y que en ese sentido, somos únicos el uno para el otro.

Que se haya estado enamorando de otro a mis espaldas, que me lo haya ocultado a pesar de que fui viendo las señales a medida que ocurría y le pregunté varias veces…

Eso es una traición. —Mantuve silencio, sintiendo el peso de sus palabras.

Pablo respiró hondo, y su voz se quebró—.

Sé que he estado algo distante las últimas semanas, por el estrés del cartel para la fiesta del Sodoma y por otras cosas…

Pero eso no justifica que él… —No terminó, pues su voz se rompió y sus ojos amenazaban con llorar de nuevo.

—No, claro que no, pero ¿no te parece un poco drástico echarle de casa?

—Hemos estado toda la mañana hablando… Discutiendo más bien. Ya estaba harto, y no lo quería ver más.

De repente, me sentí tremendamente identificado con él. Después de lo que me había dicho David, yo tampoco quería verle la cara.

—¿Y él? ¿Tampoco quiere verte más?

Pablo suspiró.

—Él dice que me sigue queriendo. Que nos quiere a los dos.

—Frunció el ceño tanto que sus cejas casi se unieron y apretó los labios en una fina línea de disgusto—.

Que nos quiere a los dos —repitió muy despacio—.

¿Te lo puedes creer? Pone al mismo nivel todos los años que lleva conmigo y al pavo ese, con el que habrá follado unas cuantas veces.

—No creo que eso sea lo que él quería decir. —Me acerqué a él para ponerle una mano en el hombro, convencido de que Samuel debía saber que Pablo era el amor de su vida. Que ahora sintiera algo por otro debía ser, pensé, algo pasajero.

—Eso no puedes saberlo.

—Y tú tampoco —le rebatí.

—No te he pedido que vengas a verme para discutir contigo, ni para que te pongas de su parte.

—No me pongo de su… —Suspiré—. Lo siento. Tienes razón. ¿Qué crees que va a pasar ahora?

—No lo sé. —Se encogió de hombros—. Supongo que seguirá con él, y yo eso no puedo aguantarlo. Que se quede con su nuevo novio —sentenció con la voz llena de amargura.

Recordé entonces lo derrotista que tendía a ser Pablo cuando las cosas se le ponían del revés, así que decidí dejar pasar su comentario y cambié de tema.

—Oye, antes dijiste que has estado distante por el cartel «y por otras cosas». ¿A qué te referías?

— Joderrrr … —Suspiró—. No te lo he contado, ¿verdad que no? —dijo, mirándome de reojo. Negué con la cabeza—. Hace como dos meses, vi la esquela de Alejandro en el periódico.

Abrí los ojos como platos.

—Alejandro… ¿Ese Alejandro?

—Alejandro, el que abusó de mí durante años desde que cumplí los catorce. Ese mismo —corroboró.

—¿Se murió?

—Sí, a principios de marzo. Mira que hacía la tira de años que no tenía en la mano un periódico local, pero estaba en una cafetería, y había uno sobre la mesa y lo hojeé… y allí estaba la esquela, como esperando por mí. Te juro que sentí como si el destino me hubiera sentado a aquella mesa.

—Me lo puedo imaginar… —Ya casi nadie leía periódicos en papel. Encontrarte por azar con uno que tiene la esquela de alguien a quien conoces tan íntimamente parece ser más que una simple coincidencia—. ¿Por qué no me lo habías dicho?

—Porque me daba vergüenza admitir que me había afectado. Debería odiar a ese pederasta hijo de puta, lo sé, y desear que se pudra en el infierno. En vez de eso, fui a su velatorio.

—¿Que hiciste qué?

Pablo se encogió de hombros, sabiendo que sus actos no tenían una explicación lógica.

—No sé muy bien por qué lo hice, supongo que necesitaba verlo con mis propios ojos.

Le sostuve la mirada, porque sabía que aquello no iba a ser nada fácil para él.

—No había mucha gente —siguió relatando—. Me imagino que el pervertido ese no debía de ser muy popular. En todo caso, no conocía a nadie, ni nadie me conocía a mí. Ninguna de las personas que estaban allí sabía lo que ese saco de mierda me había hecho.

Pablo hizo una pausa, y un silencio pesado llenó la habitación.

—No pensé que me afectaría tanto verlo —continuó—.

Estaba allí, muerto, en un ataúd. —Su rostro mostró una expresión parecida al asco—.

Pero fue como tener catorce años otra vez y verle tumbado en su cama mientras yo le…

—Se le quebró la voz. Lo miré en silencio, sintiendo el peso de sus palabras.

Pablo había aprendido a ocultar su trauma, a vivir con él, pero eso no significaba que lo hubiera superado del todo—.

Entonces vi a otro chico, como de tu edad, más o menos.

Nos miramos a los ojos y entonces me di cuenta de que estaba equivocado: sí que había ahí alguien que sabía lo que Alejandro me había hecho, porque también se lo había hecho a él.

—Una lágrima rodó por su mejilla y se perdió entre sus labios—.

Se acercó a mí y los dos nos quedamos mirando el ataúd, y entonces el chico empezó a llorar.

Me dijo que, a pesar de todo, sentía pena por él.

¿Y sabes qué? Que yo también lloré —confesó con el rostro desolado—.

No por mí, o por aquel chico, o por lo que nos había hecho el muy hijo de puta, sino porque se había muerto y yo sentía su pérdida.

¿Crees que eso es normal? ¿Cómo es posible que aún albergue sentimientos por una persona así?

—Claro que es normal —le aseguré.

—¿Estás seguro? ¿Hasta el punto de que he dejado a mi novio a su aire porque no he sido capaz de acercarme a él desde entonces?

—Eso tampoco me lo habías contado.

—No eres el único que ha estado teniendo problemas de pareja últimamente.

—Ya veo, ya. —«Pero al menos yo te lo he contado», estuve a punto de añadir, para luego callarme. No quería que sonara como un reproche, pero me sentía frustrado: quizás de haberlo sabido, habría podido ayudar en algo.

—Tampoco se lo he dicho a Samuel —añadió.

—¿Y sigue sin saberlo? —inquirí, sabiendo de antemano la respuesta.

Pablo negó con la cabeza.

—Él piensa que me encerré en mí mismo por el tema del cartel.

No sabía que me pasaba algo. Así que me ha estado reprochando que le dé más importancia a mi carrera profesional que a él, me ha acusado de estar distante, me ha preguntado si había otro tío…

El pobre debe de haber pensado mil cosas estos últimos meses.

Casi no puedo culparle por haberse buscado a otro.

—Samuel no se ha buscado a otro. Estoy seguro. Al menos no en el sentido en el que tú crees.

—¿En qué sentido, entonces?

—En que quizás es cierto que necesitaba contar con alguien más, desahogarse, esas cosas… —Intenté justificar a Samuel—. Pero no que quisiera sustituirte por otro a la primera de cambio, Pablo.

Mi amigo hundió la cabeza entre sus enormes manos y le oí suspirar.

—Ni siquiera sé si me importaría si eso es lo que ha hecho.

Pasé el resto del día con Pablo: él necesitaba compañía tanto como yo necesitaba evadirme, aunque solo fuera por unas pocas horas.

Estuve tentado de contarle lo que acababa de ocurrir en casa, aunque solo fuera para distraerlo de su propia miseria, pero sentía que la herida aún estaba demasiado fresca para hablar de ello.