A través del sexo. La saga completa 7. Un suelo lleno de cristales rotos #3
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7. Un suelo lleno de cristales rotos #3

Me pareció que ya no había necesidad de más subterfugios.

—Al parecer, quiere que hablemos de algo cuando lleguemos a casa.

— Aaah , ¿será que por fin va a confesarnos que no es gay? —bromeó David.

Esbocé una leve sonrisa. Ojalá las cosas fueran así de fáciles.

—No es eso, cariño —dije, para ir preparando el terreno.

—¿Tú sabes de qué va todo eso? —pareció sorprenderse. Asentí—. ¿Por qué te lo cuenta todo a ti antes que a mí? —Debió ser una pregunta retórica, porque en seguida añadió—: ¿Y de qué va el asunto?

—Eso te lo dirá él —contesté.

—Vaya intriga. —Ya no parecía de tan buen humor. Íker salió del probador—. ¿Te gusta? —le preguntó.

El joven asintió.

—Sí. Esta y la que me probé antes.

—Está bien. Vamos.

David fue a pagar y salimos de la tienda. Hicimos un par de recados más antes de volver a casa, cargados tanto de bolsas como de una curiosa sensación de anticipación.

—¿Pedimos algo para comer o preparo algo rápido? —pregunté al entrar.

—Como quieras —dijo David—, pero de hecho, yo…

—¿Podemos hablar primero? —oímos a Íker decir a nuestra espalda.

Ambos nos giramos como una sola persona para mirarlo. El joven parecía asustado, pero también resuelto, como si, una vez que se hubiera decidido, no pudiera esperar más tiempo. En mi interior, lo agradecí: estaba deseando que todo se aclarara de una vez.

—Por supuesto. —David me lanzó una miradita, buscando confirmar si era a esto a lo que me había referido en la tienda, y asentí casi imperceptiblemente—. ¿Qué ocurre, Íker?

—¿Os podéis sentar, por favor? —repuso él.

David y yo obedecimos, acomodándonos en el amplio sofá del salón. Íker permaneció de pie ante nosotros.

—Papá, ¿te acuerdas del otro día que te dije que quería dar un paseo por mi cuenta y me perdí por ahí una mañana?

—le preguntó, y yo supuse que se refería a algún momento que habían pasado mientras estuvieron en Londres.

David asintió—. Pues es que fui a echarle un vistazo al…

Cogí un tren para ir a… Fui al Trinity College, en Oxford.

—¿Qué? ¿Por qué hiciste eso?

—Porque quería informarme sobre el periodo de inscripción, qué requisitos necesitaría cumplir para entrar…

Ese tipo de cosas. Al parecer, debo acreditar mi nivel de inglés, aportar mi expediente académico y mi nota de la EBAU.

Luego, si entro, podría acceder a sus grados de Economics and Management , por ejemplo, y luego hacer un máster, o incluso a un PhD —dijo, con un tono que era cada vez más bajo.

Para cuando terminó de hablar, su voz se había convertido en un susurro.

David no le había interrumpido en ningún momento, pero le miraba con el ceño fruncido y un profundo disgusto. Solo tuve que observarle un segundo para ver que su mandíbula apretada no presagiaba nada bueno.

—Fuimos a Londres para la audición para el Royal College of Music. Nunca me dijiste que quisieras ver el Trinity College, o que tuvieras el menor interés por él. En vez de eso, me pusiste una excusa para ir a mis espaldas.

—Ya, papá, pero es que pensé que…

—Pues pensaste mal. —David se incorporó—. ¿Por qué no me dijiste nada?

El chico se encogió de hombros, cada vez más compungido.

—No lo sé. Solo quería explorar otras opciones, por si no entro en el Royal. En el Trinity también tienen programas de música y…

—Sí, pero tú me estabas hablando de los grados de gestión y negocios. ¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza?

—Nadie. —El chaval parecía ofendido—. Bueno, ya sé que te enfadaste una vez con la tía Clara por decirme que me podía dedicar a la gestión, pero hace poco le pregunté si había buenas escuelas de negocios en Inglaterra y…

—Y ella te dijo a cuál ir. ¿También te explicó cómo darme el esquinazo?

Íker se puso lívido.

—David, no… —Fui a intervenir.

—No, Noah, contigo hablaré luego —me cortó David.

—No quería ir a escondidas, papá —intentó explicarse Íker—, pero prefería tener toda la información antes de contártelo.

—¿Contarme el qué?

—Que preferiría ir allí que al Royal, que creo que sería mejor para mi futuro si me centrara en la gestión y…

—No —negó David con rotundidad—. Eso sí que no lo voy a permitir.

Ya sabes lo que me hizo mi familia cuando tenía la misma edad que tienes tú ahora.

A mí ni siquiera me dejaron hacer la audición.

Me hicieron creer que no tenía otra opción que trabajar para la empresa y dejar mis sueños de lado.

No voy a dejar que Clara, ni nadie, te haga lo mismo a ti.

—David, deja que el chico te explique…

—Te he dicho que contigo hablaré luego —me dijo, en tono cortante.

No me dejé achantar y me enfrenté a él.

—¿Es que ni siquiera me vas a dejar hablar?

—Mira, Noah… —Empezó, pero Íker le interrumpió.

—Está bien, papá —intercedió, seguramente para evitar que la situación fuera a más—. Tienes razón. Siempre he sabido que mi futuro está en la música. No tendría que haber ido allí a preguntar, y menos sin decirte nada. Perdóname.

—No pasa nada, Íker —respondió su padre—. Tú, limítate a centrarte en el piano. Del resto me ocupo yo.

—Está bien. Me voy a mi cuarto, ¿vale?

—Ve —le dije, sabiendo que la discusión entre David y yo estaba a punto de escalar y no queriendo que el chaval estuviera delante.

David esperó a que sus pasos se perdieran escaleras arriba antes de volver a hablar.

—Así que ya lo sabías, y antes de que nos fuéramos a Londres, por lo visto. Y no me dijiste nada.

—No me pareció que agitar el avispero justo antes de la audición fuera a ayudar para nada.

—¿Y también sabías de su interés sobre esa escuela de negocios?

—No exactamente —repuse—. Pero sí que me dijo que le gustaría hacer lo mismo que haces tú.

—O sea, que tú también, al igual que Clara, le has estado metiendo ideas en la cabeza. ¿Qué es lo que quieres? ¿Que no pueda seguir sus sueños y que el día de mañana sea un amargado, como yo?

—Claro que no —exclamé—. Todo lo contrario. Antes dijiste que te hicieron creer que no tenías otra opción que dejar la música, ¿no? Pues creo que ahora le estamos haciendo creer a Íker que no tiene otra opción que dedicarse a ella.

—No —puntualizó—. Sólo me estoy asegurando de que pueda hacer lo que quiere hacer de verdad.

—Pero si ni siquiera le has preguntado —me exasperé—. ¿Alguna vez se te ha pasado por la cabeza que el chico pueda querer hacer otra cosa que pegarse la vida pegado a un piano, solo porque tú no pudiste hacerlo?

—Esto no tiene nada que ver conmigo.

—Esto tiene todo que ver contigo —le contradije—. Estás tan obsesionado con que nadie presione a Íker, que eres tú quien, sin darte cuenta, lo está haciendo.

—Será mejor que te calles, Noah.

—¿Es que ni siquiera puedo dar mi opinión?

—Es del futuro de mi hijo de lo que estamos hablando —dijo.

Sentí como si me hubieran dado un puñetazo en la boca del estómago. Me quedé helado. La mandíbula apretada, las manos convertidas en puños, la única reacción que mi cuerpo conocía para sostenerme mientras el alma se me deshacía.

—O sea, ¿que cuando había que cuidarle por la noche, contarle cuentos y bañarle, llevarle al colegio y a clases de piano, era «nuestro hijo», pero ahora que hablamos de su carrera, es solo tuyo?

David pareció sorprendido por un momento.

—Eso no era lo que quería decir.

—Sí, David, era precisamente lo que querías decir.

Ambos nos quedamos de pie, mirándonos el uno al otro, sin saber qué ocurriría a continuación. En ese momento, mi teléfono móvil empezó a vibrar en el bolsillo trasero de mis vaqueros. Lo cogí antes de pensar en lo que estaba haciendo.

—¿Diga? —pregunté.

—Noah… —Escuché la voz de Pablo al otro lado de la línea. No necesité escuchar nada más para saber que algo malo pasaba.

—¿Qué ocurre? —le pregunté algo alarmado, dándole la espalda a David.

—¿Puedes venir a casa?

—¿Ahora? —inquirí, dubitativo. La verdad era que no era el mejor momento del mundo para mí.

—Samu y yo acabamos de romper.

—Voy para allá enseguida —contesté.

—No tardes mucho, por favor.

Y tras ese ruego, colgó el teléfono.

—¿Qué ha pasado? —me preguntó David.

Me giré para mirarle. Aún me sentía dolido por su comentario y no sentía el menor deseo de seguir hablando con él.

—Tengo que salir.

—Noah…

—Pablo y Samuel acaban de romper —repuse en tono tajante, no queriendo ni pudiendo darle más detalles que ese, pero esperando que esa poca información le hiciera entender que tenía que salir de allí, y no solo para huir de él—. Voy a ir a ver a Pablo.

—Claro, ve —dijo él, aparentemente tan descolocado como yo.

—Te avisaré en cuanto sepa algo más. —Y salí de casa a toda prisa.

No fue hasta que me vi a solas en el ascensor que me di cuenta de que me estaban temblando las rodillas.