A través del sexo. La saga completa 7. Un suelo lleno de cristales rotos #2
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7. Un suelo lleno de cristales rotos #2

Esos días me concentré en mi trabajo de manera casi obsesiva.

Era el primero en llegar al laboratorio por las mañanas y el último en salir por las noches.

Quizás era porque cuando tenía mi bata puesta y analizaba cultivos o interpretaba datos, no tenía tiempo para pensar en nada más, y ese vacío en mi cabeza era muy bien recibido.

—¿Qué, jefe? —Daniel entró una de esas mañanas en mi despacho con su desparpajo habitual—. ¿Sigues de rodríguez?

—Hasta mañana —corroboré estirándome y bostezando sonoramente. Eran apenas las nueve de la mañana, pero yo ya llevaba algo más de dos horas trabajando.

—Pues yo aprovecharía el tener la casa para mí solo en vez de pasarme el día aquí —me dijo, poniendo sobre mi mesa dos tazas de café y sentándose frente a mí—. Cuando mis padres se van de fin de semana por ahí, es la gloria.

—¿Aún no te animas a independizarte? —le pregunté.

—Ganas no me faltan, ¿pero quién se puede independizar en esta economía y con esta mierda de sueldo? Sin ánimo de ofender… —añadió al darse cuenta de lo que acababa de decir.

—No te preocupes —reí. Era verdad que su sueldo era una mierda—. Si haces una buena tesis, siempre podemos buscar la forma de contratarte para un puesto aquí. Pagamos al personal de plantilla mucho mejor que a los becarios. ¿O preferirías dedicarte a la docencia? —le pregunté.

—No, no, preferiría mil veces más trabajar en un sitio como este que en la universidad. Aunque allí también se pueda investigar, no es lo mismo. Además, la docencia me parece un rollo.

—A mí me gusta enseñar, pero sé a lo que te refieres. Samuel se lleva a casa unos tochos de exámenes que dan miedo.

—Pues hecho. —Me mostró una resplandeciente sonrisa—: Contrátame cuando termine la tesis y así yo podré trabajar aquí, y tú, de paso, podrás seguir enseñándome, ya que te gusta tanto. Los dos ganamos —añadió, inclinándose sobre la mesa de mi escritorio para mirarme más de cerca.

De nuevo, me sorprendí a mí mismo contemplándole, no como a un pupilo, sino como a un hombre.

Intenté ser objetivo y fingir que lo veía por primera vez, como si no le conociera y nada pudiera influir en mi opinión de él más que su aspecto físico.

Tuve que admitir que, en palabras de Pablo, Daniel estaba para mojar pan.

Era un chico muy atractivo, de cuerpo esbelto pero esculpido, alto, facciones amplias y armoniosas, y una eterna expresión amistosa en su rostro.

Todo eso unido a su natural encanto invitaba a acercarse a él y pensé que no debía costarle nada ligarse a quien quisiera.

Yo también había sido una vez así: un joven guapete y sociable, con ganas de pasármelo bien y seguro de poder llevarme a casi cualquier tío a la cama.

O al cuarto oscuro del Sodoma. Me pregunté si a Daniel le gustaba la noche y el sexo anónimo, o si sería de esos que prefieren relaciones más significativas y lugares tranquilos para charlar, o si, como yo, sabía alternar fácilmente entre una cosa y la otra.

Parecía que había pasado una vida desde mis días —más bien noches— de ligoteo en el Sodoma.

Si bien mi vida nocturna no había terminado al volver con David, pues seguía yendo allí de vez en cuando, aunque solo fuera para bailar un rato y tomarme una o dos copas, esa etapa, la de buscar conquistas, terminar cada noche con uno distinto y buscar solo divertirme a toda costa, había quedado atrás.

«¿Lo echo de menos?», me pregunté entonces.

La respuesta siempre me había parecido clara, pero en aquel momento sentí una punzada de añoranza que no vi venir, a la vez que miraba a Daniel y admitía que él, en otro tiempo, habría sido perfecto para una de esas noches de diversión en el Sodoma.

Sin embargo, yo ya no era esa persona.

Daba igual lo que pensaran Pablo, Samuel o incluso David.

Había tenido sexo inconsecuente en mi juventud para toda una vida.

Y ahora no cambiaría lo que tenía en aquel momento, la estabilidad de un amor real y tangible, por un polvo con un tío cualquiera, aunque fuera tan mono y tan majo como mi asistente, y aunque mi relación actual se me estuviera poniendo cuesta arriba.

Aún tenía ganas de luchar por David y por mí. Además, era incapaz de ver a Daniel como a un igual: demasiado joven, demasiado ingenuo y, sobre todo, demasiado subordinado a mí como para que pudiera considerarlo alguien en quien interesarme, ni siquiera en el hipotético caso de estar soltero.

—Tú termina tu tesis —dije con una sonrisa—, y luego veremos.

De hecho, ya tenía bastante decidido que Daniel sería una buena adición al equipo: era listo, trabajaba bien con otras personas, era de naturaleza curiosa, estaba más que dispuesto a aprender de los demás y no tenía reparos en admitir cuándo se había equivocado, cualidades más que deseables en un científico y que encontraba tan útiles como la capacidad analítica, la meticulosidad o la disciplina.

Pablo había estado muy equivocado al decirme que me deshiciera de Daniel, porque yo estaba empeñado en hacer justo lo contrario y contratarlo en cuanto presentara su tesis, pero aún no era el momento de hacérselo saber.

—Te gusta hacerte el difícil, jefe. —Respondió él a mi sonrisa mientras recogía las tazas de café y se disponía a salir—. Pero yo tengo la manía de salirme con la mía.

Desapareció por la puerta, dejándome con una curiosa sensación. Tardé un momento en darme cuenta de que era el simple e inofensivo placer de haber disfrutado de la compañía de alguien.

David e Íker volvieron a casa al día siguiente y, como pude comprobar al ver el rostro compungido del chico nada más traspasar las puertas de casa, Íker tampoco había olvidado que teníamos una conversación pendiente.

De todas formas, no me pareció que aquella noche fuera el momento adecuado. Ambos se refrescaron, tuvimos una cena sencilla durante la cual los dos me contaron anécdotas del viaje y, sobre todo, la audición. Terminamos la noche jugando a un tranquilo juego de mesa.

—Entonces, ¿lo pasasteis bien? —le pregunté a David mientras nos metíamos en la cama, habiendo dado ya la velada por concluida.

—Muy bien. Tenías razón. —Me miró fijamente—. Necesitaba pasar este tiempo con Íker. Ha sido un descanso inesperado de todas las gestiones en las que estoy metido estos días.

—Me alegro —repuse—. ¿Cómo va el trámite con la Junta Directiva?

—Hugo me envió un email mientras estábamos en Londres.

Ya ha trasladado mi solicitud formal de renuncia, junto con el documento de condiciones de salida, a la Junta Directiva.

Es probable que se convoque una reunión extraordinaria en breve para tratar el asunto.

Clara me llamó para decirme que estoy chiflado y, por lo que sé, mi tío está bastante disgustado.

—Lo siento.

— Bah , pero eso me da igual ahora. —Se giró hacia mí—.

Tendrías que haber visto a Íker durante la audición —dijo, los ojos brillantes por la emoción.

Ya me había contado por teléfono que le habían dejado asistir como público, pero que estaba prohibido realizar grabaciones de ningún tipo—.

Lo hizo tan bien. Clavó cada nota, cada matiz de la obra, Noah.

Estaba tan concentrado, incluso aunque se puso un poco nervioso al subirse a aquel escenario, pero…

Se ve que ha nacido para esto —concluyó.

Se me hizo un nudo en la garganta. Probablemente, ese era el tipo de suposiciones que nos habían llevado al problema que teníamos entre manos.

—Bueno, ahora a ver si lo aceptan.

—Las listas no saldrán hasta dentro de un mes. Pero estoy seguro de que va a entrar. Me consta que el jurado quedó impresionado.

—¿No habrás untado a nadie?

—Si me estás preguntando si he usado mi influencia para garantizarle a Íker un lugar en la escuela, te diré que no, y me mostraré muy ofendido; pero si lo que quieres es saber si la he usado para conocer de antemano lo que va a pasar, entonces te diré que estoy muy seguro de que va a entrar.

—O sea, que conseguiste que alguien te lo dijera.

—Un antiguo amigo es el hermano de uno de los jurados. Pero te juro que no he influenciado en el resultado de la audición. Nunca insultaría a nuestro hijo de esa manera.

—Ya. Estaba bromeando de todas formas. ¿Se lo has dicho a Íker?

—No. No quiero que piense que he amañado la audición o algo así.

—Bueno —dije, decidiendo que al día siguiente sin falta tendríamos que sentarnos a hablar de todo esto—. Ahora, que se centre en los exámenes finales, que los de este trimestre se han resentido un poco por la audición.

—Sí, sí. Pero tampoco le ha bajado tanto la nota media, y si ya tiene plaza en el College, tampoco es como si esos exámenes tuvieran mucha importancia.

«Pueden tener más importancia de la que piensas», pensé, al fin y al cabo, si el muchacho quería mantener otras opciones abiertas, podría necesitar una buena nota media y una notaza en la EBAU.

De todas formas, decidí, mientras me tapaba con las sábanas y me abrazaba al cuerpo de David, que esa era una conversación para otro momento.

A la mañana siguiente, los tres salimos a desayunar a una cafetería cercana y fuimos de compras. David parecía estar de buen humor, pero Íker se mantenía bastante serio.

—¿Todo bien? —le pregunté en un momento en el que lo pillé a solas mientras David hablaba con un empleado en busca de una talla específica para una camiseta que a Íker le había gustado.

El joven asintió.

—Cuando lleguemos a casa, voy a hablar con papá —dijo con convicción.

Elevé las cejas, sorprendido de que él decidiera tomar la iniciativa de una conversación que una semana antes parecía haberle inspirado pánico.

—Me parece muy bien.

—Es que, mientras estuvimos en Londres, fui a… —Se interrumpió al ver cómo su padre se acercaba hacia nosotros—. Luego te lo cuento —murmuró.

—Aquí tienes. —David le tendió a Íker la camiseta que llevaba en la mano—. Pruébatela, anda.

El joven obedeció, dirigiéndose a los probadores.

—¿No te parece que el niño está muy serio esta mañana? —me preguntó, siguiéndolo con la mirada.