7. Un suelo lleno de cristales rotos
UN SUELO LLENO DE CRISTALES ROTOS
P ara cuando quise darme cuenta, David e Íker ya estaban volando rumbo a Londres.
Antes de irse, David me había preguntado si estaba seguro de que no quería ir con ellos.
Ya me lo había preguntado antes, cuando supimos la fecha de la audición, pero a mí me pareció que estaba bien que ambos pasaran unos días a solas.
Ahora volví a decirle que no iría, pero no exactamente por las mismas razones: después de conocer las dudas de Íker, no sabía si mi actitud con respecto a la audición sería más un estorbo que una ayuda.
Aquellos días me habría visto solo de no ser porque Clara había decidido, sin razón aparente, alargar su estancia.
Apenas habíamos hablado tras nuestra discusión, aparte de las palabras imprescindibles para hacer de la convivencia algo civilizado.
Yo habría querido que tuviéramos una conversación antes, pero ella no estaba muy accesible que digamos.
Si no hubiera sabido que se pegaba el día fuera porque se estaba tirando a mi hermano, hubiera pensado que hacía lo posible por evitarme.
—Y sí que te evitaba —me confirmó la primera mañana que desayunamos solos, después de que yo intentara, por enésima vez, iniciar una charla con ella.
—Gracias por admitirlo —dije, contento de haber conseguido que dijera cinco palabras seguidas, mientras le tendía una taza de café como señal de paz.
—De nada. —Se encogió de hombros y tomó la taza que le ofrecía. Dio un sorbo de su café y añadió—: Tampoco es que me haya aburrido mientras tanto.
—Y dime, ¿sabe mi hermano que solo te lo follas porque estás enfadado conmigo o…?
—Oh, pero qué presuntuoso eres —gruñó, poniendo los ojos en blanco—. Se te está pegando de David. No me estoy tirando a Moisés porque esté enfadada contigo. Eso sería tremendamente infantil.
—Eso fue lo que le dijiste a Pablo que ibas a hacer.
—Joder, no se le puede contar un secreto… Estaba enfadada, ¿vale? Y dije cosas de las que no me siento orgullosa, pero no es verdad que decidiera acostarme con Moisés por eso. Ya lo había decidido antes —añadió por lo bajini.
—¿Qué hay entre vosotros? —inquirí con genuino interés.
—Nada. Nos estamos viendo, sin más.
—Sabes que se acaba de separar…
—No me vayas a dar la charlita de hermano preocupado —me advirtió.
—Pero es que estoy preocupado.
Y era cierto. Desde que supe qué esperaba Moisés de su reencuentro con Clara, no había podido dejar de darle vueltas. Aún recordaba cómo se había quedado él tras su primera ruptura, y no había sido nada bonito de ver.
En aquel entonces, Moisés había querido formalizar la relación, pero Clara estaba más centrada en su carrera y se consideraba demasiado joven para comprometerse con nadie.
Ahora él atravesaba un momento muy vulnerable, y no estaba seguro de que los años le hubieran quitado a Clara ni un ápice de su ambición profesional ni de su alergia al compromiso.
Me preocupaba que él esperara algo de Clara que ella no estaba dispuesta a darle.
Volví a pensar en lo que David me había dicho la noche en que discutimos, sobre lo joven que yo había sido cuando decidimos ir en serio.
Supongo que, visto desde su punto de vista o el de Clara, parecía que había sido demasiado inmaduro para tomar esa decisión, pero, como le había dicho, yo siempre tuve muy claro lo que quería y con quién lo quería.
Quizás yo era la excepción que confirma la regla.
—Tu hermano ya es mayorcito para tomar sus propias decisiones —me recordó ella—. Y yo también lo soy, muchas gracias. No te metas en esto —concluyó, poniéndome un dedo acusador sobre el pecho.
Aparté su mano para seguir preparando las tostadas.
—Como quieras. Por cierto… —Dudé un momento antes de continuar—. Que tenías razón.
—Ya lo sé, siempre la tengo. ¿Con respecto a qué?
Volví a la mesa con dos platos de tostadas con mantequilla. Ella me miraba con atención.
—Con respecto a Íker —le contesté.
—Pues no pareces haber hecho nada al respecto. Están en Londres y mañana es la audición.
—¿Y qué esperas que haga? ¿Que me plante allí y le impida hacerla? Noooo —negué—. Que haga la audición con tranquilidad y sin dramas. Pero ya le dije que cuando vuelva, los tres nos vamos a sentar a hablar.
—¿Y qué opina David de todo esto?
—Nada, porque no lo sabe.
—¿Qué? —exclamó, los ojos como platos.
—¿A qué te crees que me refería cuando dije «sin dramas»? Es mejor que David acompañe a la audición a Íker sin saberlo. Además, el chaval me hizo prometerle que no le diría nada a David.
—Te vas a meter en un lío…
—¿Te crees que no lo sé? —respondí, dándole un mordisco a mi tostada, solo para darme cuenta de que mi saludable apetito de hacía unos momentos había desaparecido.
—Pues si la situación se hace muy insoportable, te vienes a Corea conmigo —dijo como de pasada.
—¿Cómo?
Clara estaba sonriendo.
—¿Te acuerdas de aquel proyecto que te dije que iba a poner en marcha?
—No, porque nunca me contaste de qué iba.
—Ah, es verdad. —Se chupó los dedos, manchados de mantequilla, y se cambió de silla para estar más cerca de mí. De pronto me di cuenta de que le brillaban los ojos por la emoción contenida—. Voy a montar mi propia línea de cosméticos —explotó, como si no pudiera callarlo por más tiempo.
—¿Qué? —dije, atónito—. ¿Hablas en serio?
—Y tan en serio. Ya sabes que Corea es la meca del skincare , así que quiero arrancar el proyecto desde allí —dijo, con una ilusión que hacía tiempo que no le veía—.
Se va a llamar Kerck’s y será una filial del Grupo Van Kerckhoven, pero será mi empresa: yo estaré al frente como presidenta ejecutiva.
Mi tío ya ha aprobado el plan de negocio, tengo asignado el presupuesto inicial y estoy empezando a formar el consejo de administración.
Me alegré genuinamente por ella, pero no pude evitar pensar de nuevo en mi hermano.
—Y entonces, ¿te vas a ir a vivir a Corea?
—Ajá. Allí la ciencia cosmética está superavanzada, y es uno de los mayores mercados de potingues del mundo. Además, utilizan muchísimo los fermentos en los productos faciales, ¿lo sabías?
—¿Fermentos? ¿En serio?
—Oh, sí. Y ya que es tu especialidad, creo que serías el director de investigación ideal.
—¿Qué? —me reí, pero ella me sostuvo la mirada con una calma desconcertante—. ¿Estás loca? ¿Pretendes que me vaya a Corea contigo?
Ella se encogió de hombros.
—Tráete a David si quieres. Ya que va a dejar su trabajo, ¿qué más le da dónde vivir?
—Sabes que te voy a decir que no, ¿verdad?
—Por supuesto que lo sé, pero tenía que intentarlo. —Puso pucheros—. Pero, ¿no sería genial? Tú y yo, trabajando juntos de nuevo.
—Claro que sería genial. —Una súbita añoranza de su constante presencia me tomó de repente—. Pero no en Corea…
—Si vieras a los coreanos, cambiarías de opinión. ¡Qué hombres más guapos, por favor! —dijo ella, entusiasmada—. Y todo el mundo tiene una piel de ensueño, y son supereducados, y bastante menos raritos que los japoneses.
—No lo dudo, pero me niego a irme a vivir con David a una isla que está a un par de horas en tren de aquí, ¿y crees que me voy a ir a Corea?
—Tenlo como plan B, por si hay divorcio cuando le digas a David que el niño no quiere dedicarse a la música.
—No bromees con eso, por favor —dije, el ánimo súbitamente sombrío.
—¿Por qué te pones así? —Ahogó una exclamación y se llevó las manos a la boca—. ¿No me digas que las cosas están tan mal con David?
—La verdad es que no sé qué contestarte. Tu hermano y yo estamos pasando un momento superraro. El otro día discutimos, no sé muy bien por qué… Es como si, de repente, me sintiera… No sé…, inseguro.
—¿Inseguro de qué?
—De todo lo que llevo dando por sentado casi dieciséis años, Clara. De si David está a gusto o no conmigo, de si no tendrá dudas acerca de lo nuestro, de si el hecho de que se sienta mal consigo mismo tiene algo que ver conmigo, por mucho que él diga que no…
—Se ha comprado una isla para irse a vivir allí contigo, ¿no te hace eso ver que está loco por ti?
—Y yo le dije que no me iba a ir con él, ¿qué dice eso de mí?
¿De nosotros como pareja? —pregunté, derrumbándome—.
Y encima, está todo el tema de Íker, y no sé cómo manejarlo.
Me siento fatal por no habérselo contado a David, pero tampoco sé cómo lo va a encajar, y estoy todo el rato dudando acerca de si hago lo correcto.
Es como vivir sobre un suelo lleno de cristales rotos y tener que ir esquivándolos uno a uno.
Estoy agotado de estar todo el día pensando en cómo lo que digo o lo que hago puede afectar a David o hacerle sentir.
—Joder… —Suspiró ella—. Mira —dijo tras unos segundos de silencio—, yo sé que mi hermano es un hombre difícil, y no sé cómo, pero tú siempre has hecho que vivir con él parezca lo más fácil del mundo.
Nadie le conoce como tú, y él no deja que nadie le vea como tú le ves.
Sé que ahora tienes dudas, pero si hay algo que sé, es que David te quiere con locura.
— Tsk , si eso ya lo sé. Y yo también lo quiero, pero últimamente no dejo de recordar una frase que me dijo hace muchos años.
—¿Cuál? —preguntó ella.
—Que, a veces, el amor no es suficiente.
Clara no dijo nada más, sino que se limitó a acercar su cuerpecito al mío y a pasarme un brazo sobre los hombros. En algunas ocasiones, pensé, eso era lo único que podías ofrecer.
Clara se fue un par de días más tarde, dejándome a solas con mis pensamientos.
Íker ya había hecho la audición, y al parecer la había clavado, pero tardaríamos un tiempo en saber si sería admitido o no en la escuela.
Mientras tanto, David y él habían acordado pasar unos días más en Londres y, aunque por un lado agradecía el tiempo extra que esto me proporcionaba, por otro, deseaba que volvieran para poder hablar de su futuro con él y con David.
La incertidumbre de saber qué pasaría me parecía más asfixiante que cualquier escenario apocalíptico que me pudiera imaginar.