A través del sexo. La saga completa 6. Hacer lo correcto #4
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6. Hacer lo correcto #4

Me tumbé en la cama que había libre y me tapé los ojos con las manos, pensando en David. ¿Cómo se suponía que íbamos a dejar nuestros dramas personales atrás si estos no hacían más que profundizarse? ¿A qué había venido su comentario? Y sobre todo, ¿a qué había venido mi exabrupto?

Las palabras que le había dicho debían haberle sorprendido a él tanto como a mí mismo mientras las decía. Hasta aquel momento, no era consciente de pensar lo que le había dicho. ¿Realmente creía que David podía seguir albergando dudas sobre nuestra relación?

«No sería la primera vez», me dijo una vocecita insidiosa, una que llevaba enterrada mucho tiempo.

Me acurruqué de lado mientras pensaba en ello.

«Las viejas heridas vuelven a doler a veces», le había dicho en su ya lejana fiesta de cumpleaños, y parecía ser verdad.

Hacía años que no me sentía así con respecto a David, y en todo el tiempo que llevábamos juntos nunca le había recriminado que durante años tuviera dudas acerca de iniciar una relación conmigo, al fin y al cabo, ¿quién podía culparle?

Yo solo tenía diecisiete años cuando nos conocimos, la misma edad que tenía Íker ahora, y aunque en aquel momento yo me había considerado muy mayor y maduro, mirando ahora hacia atrás me daba cuenta de que en realidad no había sido más que un niño.

Pero lo que le había dicho era también cierto: niño o no, siempre había sabido que quería estar con él, siempre había sabido que le amaba, y nunca dudé cuando se me presentó la oportunidad de estar a su lado, bien fuera para una noche o bien para el resto de mi vida.

Cuando empezamos a salir en serio y luego, cuando nos casamos, lo hice convencido de que eso era lo que ambos queríamos, y nunca creí que David pudiera seguir albergando las dudas que una vez había tenido.

Pero parecía que al menos una parte de mí sí que lo había pensado, la misma parte de mí que había estallado aquella noche, tras hartarse de soportar a un marido distante que había estado ocultándome durante meses el hecho de que planeaba dejar su trabajo y de que se había comprado una isla.

Y yo, mientras tanto, sintiéndome culpable por no poder ser completamente sincero con él durante la semana que quedaba hasta la audición de Íker.

Miré el reloj de la mesita de noche y comprobé que aún no era demasiado tarde. Había dejado mi móvil en el dormitorio, como el idiota que era, pero gracias a que me sabía su número de teléfono de memoria, pude llamar a Pablo desde la línea fija. Mi amigo contestó enseguida.

—¿Qué pasa? —contestó al teléfono. No parecía muy sorprendido de que le llamara en plena noche.

—Acabo de discutir con David —dije con parquedad.

—Vaya, qué casualidad —le oí exhalar el humo de lo que seguramente sería un porro—. Yo acabo de discutir con Samuel.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

— Bah , y yo qué sé —contestó—. Se acerca la fecha tope para entregar el cartel, y estoy trabajando en tres propuestas a la vez, y ninguna de ellas termina de convencerme, y Samuel dice que estoy demasiado obsesionado.

Y yo le dije que él está demasiado obsesionado con…

—Se calló de repente, como si hubiera estado a punto de decir algo que no quería.

—¿Con qué? —presioné.

— Tsk —chasqueó la lengua, mortificado—. Con un tío con el que ha quedado unas cuantas veces.

Entendí por qué Pablo se había mostrado reticente a contármelo: le encantaba presumir de lo perfectas que eran las relaciones abiertas y, por lo tanto, odiaba tener que admitir que, como todas las demás relaciones, también presentaban sus desafíos.

—Pensé que teníais reglas con respecto a ese tipo de cosas —dije con cautela.

—Y las tenemos —corroboró—, y, técnicamente, Samuel no ha roto ninguna, pero es que cada vez que me habla de ese tío, se me inflan los huevos.

—¿Por qué? ¿Es por celos o…?

—¿Y a ti qué te ha pasado con David? —me interrumpió—. Pensé que, desde que habíais vuelto a follar en el campo, todo iba sobre ruedas.

—Más o menos. —Empecé a contarle que David seguía algo distante, la conversación que había tenido con Clara, la confesión de Íker y, al final, la discusión que había tenido con David—.

Y ahora, estoy aquí escondido en el cuarto de Clara, porque no quiero volver a la cama con él, pero no sé dónde voy a dormir, porque Clara puede volver en cualquier momento.

—No te preocupes por eso, que te puedes quedar donde estás.

—¿Cómo dices?

—Que esta tarde tu cuñada nos llamó para desahogarse y quedamos para tomarnos un café.

Nos contó que había tenido que salir de casa como dos horas antes de lo que tenía previsto, que no se había podido arreglar para su cena con Moisés.

Nos dijo por qué discutió contigo, que te odia y que iba a reservar una habitación de hotel para follarse a tu hermano esta misma noche.

—O sea, que ya sabías más o menos todo.

—Excepto que sigues receloso con respecto a David. ¿Por qué le dijiste esas cosas?

—Y yo qué sé —suspiré—. Supongo que porque en parte debo pensarlo. O temerlo. No lo sé. Este año está siendo tan raro…

—Y que lo digas —dijo Pablo—. Fuiste bastante tonto al nombrarle a Daniel —añadió de repente.

—¿Qué? —pregunté, algo descolocado por su comentario.

—Lo que le dijiste a David, acerca de tu supuesta conversación con Daniel. Vale que tuvieras que improvisar una mentira, pero mira que decirle eso…

—¿Qué tiene de malo?

—Que Daniel tiene veinticinco años y está para mojar pan. Eso tiene de malo.

—¿Crees que por eso supuso que yo me estaba replanteando mi relación con él?

—Elemental, mi querido Noah.

—¿Cómo puede David estar celoso de…?

—¿…Un tío bueno que anda detrás de ti? Pues con toda la naturalidad del mundo, que todos sabemos que David siempre ha sido de celo fácil. Sobre todo contigo —añadió.

—¿Pensará David que Daniel está por mí?

—Sí, si tiene ojos en la cara.

—Pero yo no creo que Daniel esté…

—No voy a tener esta conversación de nuevo contigo —dijo Pablo, aparentemente hastiado—. Lo importante no es lo que tú creas, o si es verdad o no. Lo importante es si David lo cree, y todo parece indicar que así es. Deberías deshacerte de él.

—¿De quién? ¿De Daniel? No puedo hacerle eso, le jodería toda la tesis.

—A la mierda su tesis, Noah.

—Si le digo a Samuel que me acabas de decir eso… —dije, a modo de broma.

—Me buscas la ruina, ya lo sé. Entre eso y el Jose Ángel de los cojones…

—Deberías hablar con él. No es que yo sea un experto en relaciones abiertas, pero si alguien con quien os veis os molesta a uno de vosotros, el otro debería dejar de verlo. Díselo.

—Y tú deberías dejar de esconderte en el cuarto de invitados y hablar con David.

No soy un experto en relaciones cerradas, pero si tu pareja cree que estás contemplando la posibilidad de dejarle por un querubín, lo menos que puedes hacer es volver a la cama y follártelo muy fuertecito para que pueda comprobar lo equivocado que está.

—Supongo que tienes razón.

—Y supongo que tú también la tienes. ¿Qué te parece si colgamos y cada uno va a arreglar su relación?

—Me parece bien. Buenas noches, Pablo.

—Buenas noches, cariño.

Colgué el teléfono y salí de la habitación de invitados.

Volví a recorrer el pasillo, esta vez en camino opuesto, y vi que David había vuelto a abrir la puerta del dormitorio después de que yo saliera dando un sonoro portazo, como una clara invitación al diálogo por si yo decidía volver.

Me asomé con la mirada baja, lleno de vergüenza.

—Lo siento.

—Yo también lo siento —le oí decir. Levanté la mirada a tiempo de ver cómo avanzaba hacia mí—. A veces soy un idiota.

—Yo también. —Acepté la mano que me ofrecía.

Cerré la puerta antes de adentrarme en el dormitorio, esta vez sin hacer ruido.

Luego me giré hacia él y le di un tímido beso en los labios.

David correspondió a mi beso y lo profundizó.

A medida que sus brazos rodeaban mi cuerpo, el resentimiento y el enfado que había sentido un rato antes, así como la profunda vergüenza que sentía en aquel momento, empezaron a derretirse.

Noté cómo David me guiaba a la cama y empezaba a desnudarme.

Yo hice lo propio con él y no tardamos en estar enredados entre las sábanas, como si toda nuestra discusión hubiera quedado atrás.

Pero, en algún momento durante la vorágine del sexo, sentí que tenía que demostrarle que todavía era suyo.

Y sentí que él, a su manera, estaba haciendo lo mismo.