A través del sexo. La saga completa 6. Hacer lo correcto #3
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6. Hacer lo correcto #3

—Las cosas no funcionan así, Íker. No tienes la obligación de dedicarte a algo solo porque seas bueno en ello.

—Mi talento es un regalo. Eso dice papá. Y tú también lo dices. ¿Cómo voy a desperdiciarlo?

En aquel instante, me maldije por todas y cada una de las veces que había alabado sus dotes musicales, si con ello le habíamos hecho creer que era eso lo único que podía hacer con su vida.

—Mira, Íker…

—La semana que viene es la audición —me interrumpió—, y la voy a clavar, y voy a entrar en el Royal College —dijo con una seguridad inusual en él—. No intentes decirme que eso no haría feliz a papá.

—Claro que le haría feliz, pero solo si…

—Pues ya está. No hay nada más que hablar.

—Claro que hay más de qué hablar. Si esto no es lo que quieres… Tenemos que hablar con David, él entenderá que…

—¿Qué? —se enfrentó a mí—. ¿Qué es lo que entenderá? ¿Que no quiero hacer lo que él quiere que haga? ¿Que voy a defraudarle?

—No vas a defraudarle, hagas lo que hagas. Él solo quiere que…

—No, Noah. Él quiere esto para mí. Es importante para él.

—Pero Íker…

—¿Puedes dejarme a solas, por favor? —dijo de repente—. Necesito seguir practicando.

—Lo que necesitas es ser sincero con nosotros, y contigo mismo, acerca de lo que quieres realmente.

—Lo que quiero es estar solo —sentenció en un tono que daba a entender que no quería continuar la conversación.

Me puse de pie.

—Esto no se ha acabado aquí, Íker. Tenemos que hablarlo los tres.

—No, por favor —me rogó. De repente tuve en frente de mí al muchacho ansioso al que estaba acostumbrado—. No se lo digas a papá, Noah, por favor.

—¿Cómo no se lo voy a decir? Íker, ¿te das cuenta de que me estás pidiendo que le mienta?

—Me acabas de decir que ya soy mayor para tomar mis propias decisiones, ¿no?

—dijo, buscando en algún lugar de su interior el suficiente coraje para poder decir esas palabras—.

Pues esto es lo que quiero: quiero hacer la audición.

Si no consigo entrar —añadió cuando vio que iba a protestar—, entonces hablaremos de otras opciones. Pero solo si no consigo entrar.

—¿Estás seguro?

Asintió con ímpetu.

—Estoy seguro.

Suspiré, no muy convencido.

—Está bien. Haz la audición primero y luego ya veremos. Pero seas aceptado o no, tendremos que hablar de esto.

—Gracias.

Salí de la habitación, cerrando la puerta tras de mí, y volví a escuchar cómo su mano izquierda repetía los mismos compases que había estado tocando unos minutos antes, teniendo la terrible certeza de que la interrupción no había sido de ninguna ayuda.

Aquella noche, cuando me vi a solas con David en la tranquilidad de nuestro dormitorio, me sentí tentado de contarle la conversación que había tenido con Íker.

Una parte de mí sentía que David tenía todo el derecho del mundo a saber lo que nuestro hijo quería o no quería hacer; por otra, sentía vergüenza de que Clara, que veía a Íker cuatro o cinco veces al año, fuera más consciente de sus verdaderos deseos que nosotros, que convivíamos con él.

Quizás ella tenía razón al decir que David y yo debíamos dejar de centrarnos en nuestros pequeños dramas personales y hacer de padres.

Pero, por otro lado, Íker solo tenía diecisiete años, y bien podía sentirse simplemente confuso o inseguro con respecto a su futuro.

No todos los adolescentes saben a esa edad lo que quieren hacer y tomar decisiones apresuradas podía tener consecuencias desastrosas para su vida.

El chico llevaba años con la vista puesta en el Royal College, y ahora que estaba a una semana de viajar a Londres para hacer la audición, ¿de qué serviría remover las aguas?

¿No era mejor, como yo mismo había dicho, esperar a que hiciera la prueba antes de hablar con David?

Aun en el caso de que entrara en la escuela y luego decidiera no estudiar allí, siempre podía renunciar a la plaza, pero si yo abría la boca ahora y provocaba un cataclismo en casa, podía perjudicar sus perspectivas de hacer una buena audición y robarle la posibilidad de estudiar allí, si al final decidía que sí que era lo que quería.

Quizás fue el recuerdo del desesperado ruego del muchacho lo que me terminó de convencer de no decirle nada a David, además del hecho de que se lo había prometido.

De todas formas, aun con la decisión tomada, sentado al lado de mi marido en la cama y fingiendo que leía un libro al que no estaba haciendo el menor caso, me sentía bastante incómodo por ocultarle algo.

Aunque si lo veía desde un punto de vista algo más cínico, si David no parecía tener reparos al ocultarme cosas importantes durante meses, ¿por qué habría yo de tenerlos por ocultarle algo durante unos días?

—¿Te pasa algo?

Las palabras de David me sacaron de mi ensimismamiento.

—¿Eh? ¿Por qué?

—Porque llevas como diez minutos mirando la misma página —me hizo notar.

—Sí, lo siento. Es que… —Recordé entonces que se suponía que no podía ser del todo sincero. Odiaba el sentimiento de ocultarle algo, y pensar que a él no le costaba ocultarme cosas me hizo sentir un súbito e irracional resentimiento—. Estaba pensando en cosas del trabajo —mentí.

—¿Algún problema? —se interesó.

—No, pensaba en algo de lo que estuve hablando con Daniel —improvisé—, acerca de las decisiones que tenemos que tomar en la vida, a veces cuando aún somos demasiado jóvenes.

—¿Como la decisión de emparejarte con un hombre mayor que tú y que encima tiene un hijo?

Su suposición de que la inexistente conversación que había mantenido con mi asistente había tratado sobre mí y mi decisión de empezar algo serio con David cuando tenía tan solo veintiún años, me cogió por sorpresa.

—No —dije tajante—. Hablábamos de los estudios. ¿A qué viene eso?

—No lo sé. A que eras muy joven cuando empezamos a salir en serio, cuando empezamos a vivir juntos, cuando nos casamos…

—¿Y piensas que ahora, que ya soy algo mayor, me replanteo si tomé la decisión correcta y que lo hago delante de mi asistente?

Se encogió de hombros.

—No creo que nadie te pudiera culpar por preguntarte si sigues queriendo lo mismo que querías a los veintipocos. En cuanto a tu asistente… Pensaba que confiabas en él.

El burbujeo de resentimiento, que sentía desde hacía un rato, se intensificó violentamente en mi pecho.

—¿Y tú qué? —le espeté—. Ahora que te acercas a los cincuenta, ¿sigues queriendo lo mismo que querías a los treinta y tantos?

—No era eso lo que quería decir.

—Pues a lo mejor es lo que debías haber dicho, si es lo que piensas.

—Nunca he dicho que lo piense.

—Pues, ¿sabes qué? —dije sintiendo cómo mi enfado se intensificaba.

Me levanté de la cama—. A lo mejor sí que deberías pensarlo.

A lo mejor sí que deberías plantearte si lo que tienes es lo que realmente quieres, porque, y perdóname que te lo recuerde, a pesar de esa juventud mía, que tanto te ha molestado, yo siempre supe lo que quise.

Lo he sabido desde que tenía diecisiete años, desde la primera vez que te vi —afirmé con amargura, sintiendo cómo las lágrimas me escocían en los ojos—.

El único que tuvo alguna vez dudas acerca de lo nuestro has sido tú.

Me pregunto si no las estarás teniendo otra vez.

—Noah…

—No, déjame en paz. Esta noche dormiré en el otro cuarto. Ni se te ocurra venir a molestarme —exclamé, saliendo del dormitorio como una exhalación.

Caminé por el pasillo, sosteniendo el libro con una mano y con la otra una manta que había robado de la cama y que ahora arrastraba por el suelo. Vi cómo, delante de mí, Íker asomaba la cabeza por la puerta de su dormitorio.

—¿Qué ha pasado?

—Nada, vete a dormir —respondí, sin querer detenerme.

—Pero…

—No le he dicho nada de lo tuyo —le aseguré, recordando de repente qué era lo que había iniciado mi malestar de aquella noche.

Me pregunté cómo podían haberse complicado tanto las cosas en un instante—.

Vuelve a la cama —añadí, no queriéndome parar a seguir hablando con él.

Ya bastante tenía con que Íker supiera que habíamos discutido como para que encima viera las lágrimas en mi cara.

Seguí caminando y sentí cómo a mi espalda el chico cerraba la puerta de su dormitorio.

Mi primer instinto fue ir a la habitación de invitados, pero en cuanto abrí la puerta y vi las cosas de Clara desperdigadas por la estancia, recordé que ella la estaba usando.

Aun así, Clara no estaba en casa en aquel momento, así que decidí cerrar la puerta tras de mí.

La habitación de invitados estaba preparada para alojar a dos personas, con una cama, una mesita de noche y una cómoda en cada extremo de la estancia, separados ambos ambientes por un biombo de madera.

Lo habíamos hecho así para cuando Clara venía a visitarnos acompañada por su madre.

Ambas preferían pernoctar en nuestra casa que en un hotel, por el simple deseo de estar cerca de David y de Íker el mayor tiempo posible.

Clara había ocupado la parte de la habitación más grande y más cercana a la puerta, y gran parte de su ropa yacía sobre la espaciosa cama o sobre una butaca cercana; varias de sus joyas estaban desperdigadas sobre la mesita de noche, así como un pastillero y un bote de crema para las manos.

A pesar de haber otra cama, no sabía si debía quedarme a dormir allí.

En primer lugar, no estaba seguro de querer que Clara supiera que David y yo habíamos discutido, y en segundo lugar, tampoco sabía si ella pasaría la noche con mi hermano o querría volver a dormir a casa.

Me quedaba la esperanza de que decidieran pasar la noche juntos en algún hotel, pero para saberlo, tendría que preguntarle.

Y dada la manera en la que Clara y yo nos habíamos separado aquella tarde, no sabía cómo se tomaría tal pregunta.

—Menuda mierda de día —siseé en voz alta, pensando que había discutido con todos los habitantes de la casa en la misma tarde.