6. Hacer lo correcto #2
Su gemelo le echó una mirada asesina y supe entonces que esa debía ser la esperanza de Moisés.
—Vaya… —dije, quedándome sin palabras.
—No le vayas a decir nada a tu marido —me pidió mi hermano—, ni a papá.
Nadie sabe nada, salvo vosotros dos. —Nos miró alternativamente a Aarón y a mí—.
Y hasta que no sepa si va a ocurrir algo, quiero que siga siendo así.
—Asentí, comprendiendo el porqué de su reticencia a hablar del tema—.
Y ahora, ¿nos vas a decir qué te pasa a ti?
El corazón me dio un vuelco.
—Hasta que no sepa qué va a ocurrir, prefiero no hablar del tema —repuse, haciéndome eco de las palabras de Moisés.
Ambos asintieron, comprensivos, y yo volví a sumergirme en mis pensamientos.
La fecha de la audición de Íker se acercaba a velocidad de vértigo y David y yo estábamos cada vez más y más nerviosos.
Íker se pasaba los días pegado a las teclas de su piano, hasta el punto de que empezó a descuidar sus estudios, lo que, aproximándose los exámenes del segundo trimestre, era mucho decir.
Pero a pesar de todo, me sorprendía lo tranquilo que estaba el muchacho.
Con lo ansioso que siempre se había puesto ante el más mínimo test, pensé que audicionar para una de las más prestigiosas escuelas de música del mundo sería para él una gran fuente de estrés, pero si era así, no lo estaba dejando ver.
No se mordía las uñas, dormía y comía con normalidad y no se pasaba los días diciendo cosas como: «Voy a suspender, soy un desastre…
». Por primera vez, empecé a pensar que Íker se sentía genuinamente seguro ante una prueba, y empecé a sentirme muy orgulloso de él.
Por aquellos días, Clara volvió a España y estuvo quedándose en casa con nosotros, momento que aproveché para preguntarle acerca de lo que había ocurrido con Moisés. Cuando le dije que sabía que se habían besado, esbozó una sonrisita ladeada, muy parecida a la de David.
—Tu hermano es un amor, pero no fue nada.
—Eso mismo dice él —musité.
—¿Ah, sí? —Levantó sus finas cejas—. Pues por algo será.
—Vamos, Clara —le dije, intentando sonsacarle algo más—. Sé lo que significáis el uno para el otro.
Para Moisés, Clara había sido la primera chica de la que de verdad se había enamorado; para Clara, Moisés había sido la última relación que había tenido con nadie. En casi trece años, Clara no había hecho otra cosa que picar de flor en flor. Por algo sería.
—Eso fue hace mucho tiempo… —Se mostró evasiva.
—Entonces, ¿se acabó?
—Yo no he dicho eso.
—¿Vais a volver a quedar?
—Esta misma noche —contestó.
—Ajá —dije yo, como si con eso atajara el tema.
—¿Y qué le pasa a David? —me preguntó ella de sopetón—. ¿Ha estado así desde enero?
Suspiré.
—Se ha comprado una isla.
— Middle age crisis —tosió ella cómicamente. Luego torció el gesto—. Bueno, tú no te quejes: mejor eso a que te deje por un veinteañero.
—Ya, pero podría haberse limitado a comprarse un cochazo, como todos los cincuentones —solté.
—¿Le llamas cincuentón a la cara? —preguntó ella, elevando las cejas en un gesto de sorpresa idéntico al de su hermano.
Se me escapó un bufido.
—Aún no he conseguido que se acostumbre a cuarentón… —le contesté, para luego contarle el resto de la historia.
—¿En serio quiere dejar la empresa? —Se llevó las manos a la cabeza—. ¿Y qué va a decir la Junta Directiva? Pero si el exit package de David bastaría para…
—Hazme un favor —le interrumpí—: finge por un momento que no eres parte de un conglomerado multinacional del que David es ejecutivo, sino solo una mujer preocupada por su hermano.
—Joder, lo siento. Pero cuando mi tío se entere…
—Razón por la cual no se lo vas a decir de momento. —La cogí de los hombros para mirarla fijamente—. Clara, céntrate en el problema personal, no en el empresarial, anda. Yo sé que tú puedes tener sentimientos cuando te lo propones.
Ladeó la cabeza para mirarme con un gesto lleno de disgusto.
—Claro que me preocupo por David. Espero que le dijeras que todo esto es una locura.
—Le dije que no voy a mudarme a una isla con él, pero que le apoyaría en cualquier decisión que…
—¿Acaso tú también estás loco? —se exasperó—. David no puede dejar la empresa así como así. Es su legado, su herencia y su derecho de nacimiento. Y no solo el suyo, también el de Íker.
—¿El de Íker? —pregunté, seguro de que Clara solo había dicho eso en un intento de manipularme—. Ambos sabemos que al chico la empresa le da igual.
—¿Estás seguro de eso? —rebatió—. ¿Sabes qué creo? Que David y tú habéis estado tan ocupados mirándoos el ombligo que ni siquiera os habéis dado cuenta de lo que está pasando con vuestro propio hijo.
—¿De qué estás hablando?
De repente, me di cuenta de que Íker estaba tocando. En las últimas semanas tocaba tanto y tan a menudo la misma pieza que ya apenas le prestaba atención, pero mi cerebro escogió precisamente aquel momento para notarlo.
—¿No te extraña que Íker esté tan tranquilo de cara a la audición?
—Un poco sí —confesé.
—¿Y por qué crees que es?
—No lo sé —exclamé—. Dímelo tú, que pareces saberlo todo.
—No —negó—. Si no lo sabes es porque ni siquiera te has preocupado por averiguarlo —dijo enfadada, cogiendo su bolso de encima de la mesa—. Y lo mismo va por mi hermano. Estáis siendo unos irresponsables. Los dos —sentenció.
Y sin dejarme decir una palabra más, se dirigió al ascensor y desapareció tras sus puertas metálicas.
Me quedé a solas en el salón unos minutos, pensando en todo lo que acababa de ocurrir.
Deseaba hablar con David, pero él no estaba en casa en aquel momento, y no me parecía un tema del que hablar por teléfono.
Despacio, me dirigí hacia el piso superior en dirección a la habitación de la que provenía la música.
Era la misma en la que David había tenido el primer piano que le había visto tocar, el mismo piano del que tuvo que deshacerse para convertir esa estancia en el dormitorio del hijo que estaba a punto de tener y que había seguido siendo el dormitorio de Íker mientras este fue pequeño.
Cuando anexionamos el piso inferior al domicilio, el antiguo estudio de David, más grande, se había convertido en el nuevo dormitorio de Íker y esta habitación había vuelto a tener su uso original, alojando un piano de media cola, que ahora Íker tocaba durante horas y horas cada día.
El chico estaba sentado al piano, con una partitura muy usada sobre el atril y tocando las teclas con una rapidez y maestría nacidas de la práctica y la testarudez.
Sin necesidad de mirar la partitura, tocaba los mismos compases una y otra vez, solo con su mano izquierda, como si quisiera perfeccionar algún aspecto muy concreto de su interpretación.
Tenía los ojos entrecerrados y una expresión de profunda concentración en el rostro.
Dudé un momento antes de interrumpirle, pero al final, carraspeé con suavidad.
Íker abrió los ojos.
—¿Te molesto? —preguntó.
—No, qué va. —Me senté a su lado en el taburete—. ¿Te molesto yo a ti?
—No, me molesta más Liszt —bromeó, señalando a la partitura. Por lo que yo sabía, se estaba preparando una pieza especialmente difícil para la audición.
—¿Cómo lo llevas?
—Bien —contestó—. Cansado —añadió, mientras se estiraba con desgana.
—¿Es por eso que no pareces muy nervioso? ¿Porque lo llevas bien?
—Supongo.
—Es que nunca te había visto tan tranquilo antes de una prueba. Es la semana que viene. —Para mi sorpresa, se encogió de hombros, como si el poco o mucho tiempo que quedara para la audición no fuera un factor a tener en cuenta—. ¿No te preocupa hacerlo mal?
Volvió a encogerse de hombros.
—¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que no entre en el Royal College? —dijo, quitándole importancia al hecho de ser o no aceptado en la escuela de música más prestigiosa del mundo.
—Pensé que entrar en el Royal College era tu sueño —tanteé.
—Sí, bueno. Era donde papá quería estudiar —contestó.
—Pero, ¿no es donde tú quieres estudiar? ¿Preferirías audicionar para otra escuela?
—Yo no he dicho eso —negó con rotundidad—. Si tengo que estudiar música, el Royal es el mejor lugar.
—¿Si tienes que…? —me interrumpí. Una terrible comprensión empezó a nacer en mi mente—. ¿Acaso no es eso lo que quieres hacer? ¿No quieres dedicarte a la música?
El chaval desvió la mirada y la clavó en las teclas del piano.
—He estudiado mucho para estar donde estoy, solo la posibilidad de audicionar es un éxito —me recordó—.
Papá ha invertido muchas horas en ensayar conmigo, se ha preocupado de que tenga los mejores profesores y todos me dicen que estoy preparado y que soy lo suficientemente bueno…
He dedicado toda mi vida a llegar a este momento. Debo hacerlo.
—Puede, pero sólo si es lo que tú quieres hacer.
—Es lo que quiero hacer. —No había la suficiente convicción en su voz como para que yo le creyera del todo.
Lo miré con intensidad, empezando a darme cuenta de lo ciego que había estado.
Por primera vez, empecé a pensar que quizás había dado por sentado que Íker tenía el sueño de ser pianista porque era excepcionalmente talentoso frente al teclado.
Y que quizás David había cometido el mismo error.
¿Acaso alguna vez le habíamos preguntado si tenía algún otro interés?
¿Si se veía a sí mismo haciendo otra cosa cuando fuera mayor?
Clara tenía razón: éramos unos completos idiotas.
—Íker, es de tu vida de lo que estamos hablando, no de la mía, ni de la de tu padre —dije con cautela—. Si hay otra cosa, cualquier otra cosa, que quieras hacer en vez de esto… Ya eres mayor para tomar tus propias decisiones.
El chico se mordió el labio inferior, lleno de dudas.
—Supongo que si no entrara en el Royal, no me importaría hacer lo mismo que hace papá… Trabajar en la empresa.
—¿Quieres entrar en VK? ¿Te gustaría ser ejecutivo? —pregunté, sorprendido.
—Es una tontería, ¿verdad? —Sonrió sin ganas—. Es en esto en lo que soy bueno de verdad —añadió posando las manos sobre las teclas, dejando que varias notas discordantes sonaran al hacerlo.