A través del sexo. La saga completa 6. Hacer lo correcto
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6. Hacer lo correcto

HACER LO CORRECTO

N o supe lo acertado que había estado David con su comentario acerca de lo rápido que pasaría el tiempo hasta que ya llevábamos más de un mes y medio de vuelta en casa tras nuestra escapada al campo.

Aquel largo fin de semana parecía ahora tan lejano como un sueño que apenas empieza a tomar forma al despertar, solo para desvanecerse poco a poco, hasta el punto de que a veces dudaba de que hubiese ocurrido de verdad. Era como si nada hubiera cambiado.

David volvió a encerrarse en sí mismo desde el momento en que entramos en casa.

Las cosas no volvieron a ser tan malas como antes de que se sincerara conmigo, pero tampoco conservaron la ligereza de cuando estuvimos a solas en el campo.

Sospechaba que la vuelta a la rutina fue dura para él, pues no había previsto regresar en las circunstancias actuales.

Supongo que una parte de él aún esperaba una respuesta más abierta a su propuesta, algo que le diera esperanza de un futuro distinto.

Pero aceptar que nada iba a cambiar en nuestra vida diaria, tomara la decisión que tomase respecto a su trabajo, era un escenario que, aunque decía haber considerado, quizá nunca terminó de creerse.

Yo no sabía qué hacer para sacarlo de su ensimismamiento. Ya había dejado clara mi posición, y aunque me la había replanteado mil veces en mi cabeza, siempre llegaba a la misma conclusión. Lo único que podía hacer era darle tiempo para hacerse a la idea.

—Pues si yo tuviera un marido así de buenorro, con canitas en las sienes, un culo de infarto y una cuenta bancaria más abultada que su paquete, y me ofreciera irme con él a una isla desierta a perdernos y estar todo el día haciendo el amor y bebiendo caipiriñas, no me lo pensaría ni un momento —me dijo Lola, la mujer de mi padre, un día que fuimos a verles—.

Solo pondría como condición que me pusiera un mayordomo: no estaría dispuesta ni a recoger un calcetín del suelo.

Ese día habíamos ido a almorzar al piso que todavía compartía con mi padre, y toda la familia estaba allí.

David e Íker seguían en el comedor con mi padre y mis hermanos, mientras que yo me había ofrecido a ayudar a Lola a preparar los cafés para la sobremesa.

Una vez a solas en la cocina, decidí confiar en ella.

Sonreí ante su respuesta; Lola seguía siendo la misma mujer vivaracha y divertida que había conocido cuando se emparejó con mi padre, unos dieciséis o diecisiete años atrás, y, a pesar de estar ya bien entrada en su sexta década de vida, mantenía la misma vitalidad y optimismo de siempre.

Ojalá, pensé con un suspiro, se pudiera decir lo mismo de mi padre.

—No, si todo el mundo me dice lo mismo. —Cogí unas tazas y las dispuse sobre la bandeja.

—Por algo será —me interrumpió.

—Pero en realidad, si te paras a pensarlo, no es tan idílico como suena.

—¿Por qué no? —repuso, e inclinó la cabeza para mirarme como una maestra que sabe que un mal estudiante está a punto de darle una respuesta errónea.

—Porque a las dos semanas de estar ahí, bebiendo caipiriñas como tú dices, David se empezaría a aburrir como una ostra. Y tú no sabes lo borde que se pone cuando se aburre.

—¿Más borde que ahora, que sabe que no va a poder hacer un De aquí a la eternidad contigo en una playa privada?

Tuve un flashazo de la escena a la que se refería: Burt Lancaster y Deborah Kerr comiéndose mutuamente la boca en la orilla del mar mientras una ola les pasaba por encima.

No podía negar que, desde que David me había dicho lo de la playa privada, había fantaseado con recrear esa escena con él… y todo lo que vendría después.

—Tampoco es que me niegue a ir a la isla. —Me ruborizé un poco mientras la idea de revolcarme sobre la arena con David se negaba a abandonar mi mente. El café empezó a borbotear en la cafetera—. Lo único que le dije es que no creo que mudarnos allí sea una buena idea.

—¿Entonces, divorcio?

—Oh, por Tutatis, espero que no —dije, medio en broma—. Ya me ha asegurado que no tendría sentido para él ir sin mí.

—Y encima es un romántico. —Puso un acusador dedo sobre mi pecho—. Por qué no huyes con él es algo que se me escapa.

—Entre otras cosas —dije, en tono comedido—, por papá.

Lola me miró, con la cafetera ya en la mano, para luego posarla sobre la encimera y acercarse para darme un abrazo.

—Oh, cariño, pero si tú no tienes que preocuparte por eso.

Mi padre había tenido otros dos ictus después del primero, el último apenas un par de años atrás, y aunque no habían dejado secuelas tan catastróficas como el primero, la salud de mi padre se había ido deteriorando y el carácter se le había agriado un tanto.

Eso, unido al hecho de saber que se estaba haciendo mayor y que, tarde o temprano, iba a necesitar más ayuda y cuidados de los que Lola podía darle, me hacía sentirme obligado a estar cerca, por si acaso.

—¿Cómo no me voy a preocupar?

—Tampoco es como si te fueras a vivir a otro planeta. ¿A cuánto está la isla, a un tren de distancia? —preguntó—. Si pasara algo, podrías estar aquí en un periquete —añadió en un susurro.

—Aun así, no quiero estar tan lejos. Y además —añadí antes de darle tiempo a protestar— no es solo por eso: no quiero dejar mi trabajo…

—El trabajo está sobrevalorado —sentenció ella, que estaba a pocos meses de jubilarse y, por lo que sabía, lo estaba deseando.

— Tsk —chasqueé la lengua—. ¿De verdad te irías a vivir a una isla en medio de la nada, a solas con tu pareja, sin nada más?

—Entonces, el problema es que tú no quieres estar aislado. No pongas a tu padre y a tu trabajo como excusa.

—Joder, Lola…

—No te estoy juzgando, Noah, pero lo que tú quieres es quedarte en la ciudad, cerca de tus amigos, con cines, bares, discotecas, museos y restaurantes al alcance de la mano. —Cogió de nuevo la cafetera y empezó a servir el café en las tazas—. Y dedicarte a hacer lo que has hecho siempre.

—Cuando lo dices así, haces que me sienta como un niño caprichoso —repuse, cogiendo la bandeja para dirigirnos de vuelta al comedor.

—No más caprichoso que tu marido, que pretende que renuncies a todo eso por él —dijo, poniéndose de mi parte—.

El problema no es querer algo, eso es natural y humano —añadió, posando una mano en mi brazo antes de salir de la cocina—.

El problema es que él quiere una cosa y tú la contraria.

¿Cómo puede una relación prosperar si cada uno quiere algo completamente diferente?

—Lola soltó tal bomba con toda la dulzura de la que fue capaz.

Luego se forzó a sonreír—. Vamos, anda, que se enfría el café.

Volvimos de vuelta al comedor, pero cuando vi cómo David me miraba al entrar en la estancia, sentí que se me helaba la sangre en las venas. Dejé la bandeja sobre la mesa y me senté en silencio en mi silla, con las palabras de Lola aún dando vueltas en mi cabeza.

—¿Estás bien, enano? —oí que Aarón me preguntaba.

Levanté la mirada y me encontré a los gemelos, con idénticas expresiones de preocupación en el rostro.

—Sí —dije evasivo—, no es nada.

—¿Seguro? —insistió Moisés, cogiendo una de las tazas y sirviéndose algo de leche—. Porque estás un poco pálido.

—Oye, cuando te separaste de Lidia… ¿Fue porque queríais cosas diferentes? —le pregunté de sopetón.

—¿A qué viene eso? —se extrañó. Me encogí de hombros, como si solo lo preguntara por curiosidad—. En parte sí. No puedes construir una vida con una persona que no quiere lo mismo que tú. Es lógico, ¿no?

Lancé una rápida mirada hacia David, que charlaba con mi padre y parecía ajeno a todo lo que me pasaba por la cabeza en aquel momento.

—Sí, lo más lógico del mundo.

—Fue algo parecido a lo que me pasó con Clara en su momento —continuó Moises, más centrado en su vida sentimental que en la mía—. Yo quería algo más serio y ella no, así que cortamos. Con Lidia fue por otros temas, pero al final creo que muchas rupturas tienen como base ese tipo de desavenencias.

—Ya.

Estaba a punto de hacer una bola de nieve en mi cabeza acerca de todo lo que acababa de escuchar, si sería cierto y qué significaba para mi relación con David, cuando Moisés me sacó de mi mente con una sola frase.

—De hecho, Clara y yo lo estuvimos hablando cuando quedamos. Ella me dijo que…

—¿Has quedado con Clara?  —espeté.

Moisés levantó las cejas, con una expresión de sorpresa que no intentó disimular.

—Sí, la última vez que estuvo por España. Nos vimos para tomar un café y eso… Pensé que te habría comentado algo.

—Pues no.

—De todas formas, no fue nada —afirmó—, solo quedamos para ponernos al día, como viejos amigos.

—Eso no fue lo que me dijiste a mí —canturreó Aarón por lo bajini.

—Calla, mamón —le reprendió Moisés.

—¿Pasó algo entre Clara y tú? —pregunté, abriendo desmesuradamente los ojos e inclinándome sobre la mesa para ver más de cerca su reacción.

—¡No! —dijo Moisés—. No pasó nada.

Aarón carraspeó de manera exagerada.

—Ten cuidado y no te atragantes con las pastas, querido —le gritó Lola por encima del tumulto que era la sobremesa.

Ambos reímos, pero ahora fue el turno de Moisés para ponerse algo pálido.

—¿Moi?

—No pasó nada —insistió. Le miré con intensidad, pues la reacción de su gemelo me hacía ver que no estaba siendo del todo sincero—. Nos besamos, ¿vale? Pero no fue na…

—¿Te morreaste con Clara? —exclamé.

—¡ Shhh !  —Moisés alargó los brazos para ponerse sus manazas sobre la boca—. Baja la voz, ¿quieres? Que mis hijas están ahí. —Echó una miradita hacia el final de la mesa, donde las gemelas se tiraban migas de pan la una a la otra.

Me soltó tan rápido como me había agarrado, pero fue suficiente para que se enfriara mi sorpresa.

—¿Te besaste con Clara? —volví a preguntar, esta vez en un susurro.

—Te he dicho que no fue nada. —Parecía hastiado de tener que repetirlo—. Fue hace más de un mes, y apenas hemos hablado desde entonces.

—¿Pero sigues en contacto con ella?

—Sí. —Fue Aarón quien contestó—. A lo mejor ahora que todo el mundo tiene unos añitos más, ya es el momento de ir más en serio —sugirió como si nada.