5. Unas pequeñas vacaciones #5
El resto del tiempo lo dedicamos a leer, charlar o jugar a las cartas.
Al final, el lunes había mejorado el clima lo suficiente para poder sacar de paseo a los caballos.
Yo ya tenía la experiencia necesaria para llevar mi propia montura, y habíamos trotado por caminos bien conocidos sobre Ártax y Silver , aunque el terreno, aún algo embarrado y resbaladizo, había entorpecido el paseo y obligado a hacerlo algo más corto de lo habitual.
El humor de David había sido bastante bueno durante todo el tiempo que pasamos allí, pero a veces le pillaba lanzándome una mirada de soslayo, o portando una expresión meditabunda y algo apesadumbrada que hacía desaparecer en cuanto se percataba de que le estaba observando.
Yo sabía que el hecho de que David se hubiera animado por fin a decirme qué era lo que pasaba por su mente y cuáles eran sus planes de futuro, solo para que yo le dijera que no eran posibles, le había afectado más de lo que quería hacerme ver, y yo no sabía de qué manera aliviarle sin rectificar y decirle que lo abandonaría todo por él, algo que no estaba dispuesto a hacer.
Al menos, no a tiempo completo. Bromas sexuales aparte, mi ofrecimiento de pasar con él un tiempo en la isla había sido completamente sincero, e incluso empezaba a plantearme como una posibilidad cada vez más plausible pasar temporadas allí como una manera de descomprimirme de la ciudad.
Pero no me veía estableciendo mi residencia habitual en una isla medio perdida en algún lugar del Mediterráneo.
En todo esto pensaba durante nuestra última noche en la casa, acurrucado entre los brazos de David tras una larga y animada sesión de sexo.
Había apoyado la cabeza sobre su hombro y podía escuchar cómo su respiración iba volviendo a su ritmo normal.
Él sostenía una de mis manos entre las suyas, apoyada en el centro de su pecho, y solo el sonido del crepitar de la leña en el hogar atenuaba el silencio de aquel momento.
Sabía que debería sentirme saciado, seguro y feliz, pero a pesar de su cercanía física, podía sentir cómo esa distancia emocional que David había impuesto entre nosotros en los últimos meses empezaba a erigirse poco a poco de nuevo.
Quizás, pensé, esa era su manera de prepararse para volver a la rutina.
Observando el desenfadado comportamiento de David durante los últimos días, alejado de la ciudad, su trabajo y todo lo que él creía que era la causa de su malestar, podía empezar a entender por qué la idea de mudarse a una isla desierta constituía una especial atracción para él: estando a solas conmigo podía relajarse por completo, ser todo lo sincero, vulnerable, apasionado y entusiasta que él quisiera ser.
Y si bien era maravilloso verle tan libre, lo que yo deseaba para él era que pudiera serlo en cualquier lugar y circunstancia, y no solo escondiéndose en un pequeño rincón del mundo.
—¿En qué piensas? —le susurré.
—En si habrás vuelto a pensar en lo que te dije la otra noche.
Elevé el rostro para mirarle.
—Sabes que sí.
—Entonces, supongo que lo que me pregunto en realidad es si has cambiado de opinión al respecto.
Me hubiera encantado decirle que sí. Una parte de mí quería hacerle feliz y darle todas y cada una de las cosas que su corazón pudiera desear.
Pero otra parte de mí, quizás la más realista y pragmática, sabía que ese plan estaba condenado al fracaso, que en cuanto pasáramos unos pocos meses juntos y a solas en aquella isla, él comenzaría a sentirse como un animal encerrado, que empezaría a aburrirse, a agobiarse, y que posiblemente yo también.
Por muy idílica que pareciera esa idea, sabía que no era lo que David quería en realidad, lo supiera él o no.
—No, cariño, no he cambiado de opinión. Lo siento.
—No lo sientas. En realidad, no esperaba que lo hicieras, pero es que… —Calló durante un momento—. La otra noche me dijiste que me apoyarías en cualquier decisión que quisiera tomar: dejar mi trabajo y todo lo demás… Pero, ¿qué se supone que debo hacer con eso?
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que no sé de qué me sirve tu apoyo si nada va a cambiar: te niegas a mudarte, vas a seguir trabajando y pretendes continuar con tu vida como si nada pasara. ¿Qué hago yo mientras tanto? ¿Esperarte en casa y prepararte la cena?
—Hay miles de cosas con las que puedes ocupar tu tiempo.
—¿Clubs de lectura y macramé? —espetó con verdadero veneno en la voz.
Le miré largamente hasta que desvió la mirada.
—David —dije con un tono muy medido—, ¿por qué estás buscando pelea conmigo?
Suspiró.
—No lo sé. —Se mostraba incapaz de soportar mi mirada—. Porque me siento frustrado, supongo.
—Eres peor que un niño pequeño —le recriminé, apoyando mi barbilla en su pecho para mirarle.
Esta vez sí que me devolvió la mirada.
—No sé qué es lo que se supone que tengo que hacer ahora. Sé que no te puedo obligar a venir conmigo, pero…
—¿Estás planteándote mudarte sin mí? —pregunté con una calma que no sentía.
—Ni por un momento —dijo, para mi tremendo alivio—. Lo que quiero… Lo que quería era iniciar una nueva vida allí contigo. No tendría ningún sentido irme sin ti.
—Sé que debes de estar hecho un lío ahora mismo, pero no tenemos que tomar ninguna decisión en este momento. Y, como tú dijiste la otra noche, aún tenemos unos meses antes de que Íker se vaya de casa. Luego, ya veremos.
—Sí —suspiró, llevando mis dedos a sus labios para besarlos—, pero estos meses se van a pasar volando.