A través del sexo. La saga completa 5. Unas pequeñas vacaciones #4
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5. Unas pequeñas vacaciones #4

Él se limitó a esbozar un leve encogimiento de hombros.

—Es tan bueno como cualquier otro. —Calló unos segundos mientras yo escrutaba su rostro, buscando alguna pista que me permitiera entrever lo que ocultaban sus oscuros ojos grises.

Encontré dudas y resolución, miedo y serenidad, esperanza e incertidumbre.

Era como mirar el rostro de una esfinge, que expresa todas las emociones y ninguna al mismo tiempo.

Al final, me miró, y al hacerlo, las llamas de la chimenea se reflejaron en sus pupilas, haciendo que su mirada pareciera arder—.

Supongo que hace tiempo que decidí algo que…

Llevo un tiempo pensando en… Tsk. —Chasqueó la lengua mortificado, como si no supiera por dónde empezar.

Yo apenas me atrevía a respirar—. Quiero dejarlo, Noah —concluyó, aparentemente sin intención de dar más explicaciones.

—¿Te refieres a la presidencia de la Fundación? —pregunté, recordando lo que había dicho Roberto Molina en su fiesta de cumpleaños.

—No, no solo eso. Me refiero a que quiero dejarlo todo. La Fundación, mi puesto en el Grupo Van Kerckhoven, mis participaciones en la empresa, la junta de accionistas… Todo.

—¿Quieres dejar tu trabajo?

—¿Tanto te extraña? —preguntó a su vez—.

Sabes que nunca quise hacer esto, que he dedicado casi veinticinco años de mi vida a una empresa tan sólo porque era lo que mi padre esperaba de mí.

—Unas lágrimas de furia se asomaron a sus ojos.

Parpadeó rápidamente para apartarlas y yo no hice ningún comentario al respecto—.

Creo que ya he desperdiciado bastante tiempo de mi vida.

—Yo no diría que lo que has hecho durante estos años haya sido un desperdicio.

—Tú sabes a qué me refiero —replicó, sin poder disimular su incomodidad.

—Bueno, supongo que eso es lo bueno de ser rico —dije, a modo de broma—, que no tienes que trabajar si no quieres. Puedes replantearte tu vida, dedicarte a estudiar, tomarte un año sabático… Tampoco es que tengas problemas para pagar las facturas.

—No quiero tomarme un año sabático, Noah. —Se mostraba muy serio y no me siguió la broma—. Quiero retirarme.

—¿No eres un poco joven para eso? —espeté.

—¿Y por qué esperar, si podemos dedicarnos a disfrutar de la vida? —preguntó a su vez.

—¿Podemos? —dije, enarcando las cejas.

—Hay algo más que no te he dicho. —Se aproximó a mí un poco más—. ¿Conoces Antlia?

—¿La constelación?

—No —dijo, y por fin sonrió—. Es una diminuta isla, prácticamente un islote, que se encuentra en la costa mediterránea.

Está unida a la península por un puente de apenas un kilómetro de largo y tiene unas doscientas hectáreas de extensión.

Hay varios acantilados, pero también playas y calas en sus costas.

Tiene solo dos construcciones: una es un faro en desuso del siglo XVIII, y la otra, un chalet frente a la mayor playa de la isla.

—Vale, pero… ¿Por qué me cuentas todo esto?

Pareció algo consternado.

—Porque acabo de comprarla —soltó.

—¿Te has comprado una isla? —exclamé, incorporándome.

— Nos he comprado una isla —aclaró, incorporándose a su vez—. Y en realidad es un islote, ya te lo he dicho.

A pesar de la resolución que había en su voz, su mirada dejaba entrever una inseguridad que era incapaz de disimular.

—¿Por qué demonios has comprado una isla?

—Un islote.

—Lo que sea.

—Porque… —Suspiró y me agarró del brazo, para que nos tumbáramos juntos de nuevo—.

Íker se va a ir de casa dentro de unos meses, y no hay nada que nos obligue a seguir viviendo allí.

Podríamos irnos a esa isla. —Me cogió por la cintura y acercó mi cuerpo al suyo—.

Vivir en una casa a la orilla del mar, disfrutar de nuestra propia playa privada.

Podríamos construir un pequeño establo y llevarnos algunos de los caballos, y dedicarnos a nadar, y cabalgar, y a hacer el amor…

No tendríamos que soportar el tráfico, ni el ruido de la ciudad, ni el estrés.

Y si en algún momento dado nos aburrimos y queremos volver por unas horas a la civilización, solo tendríamos que cruzar un puente.

Pensé durante un momento lo que David me estaba proponiendo: una vida sencilla y cómoda, sin más ocupación que la contemplación y sin más preocupación que saber qué tiempo haría al día siguiente.

Pero también sería una vida alejada de mis amigos, mi familia y mi trabajo, y solo nos tendríamos el uno al otro como única compañía.

Y si bien era verdad que David era, sin lugar a dudas, la persona de todo el mundo con quien más a gusto me encontraba, no creía que estar todo el día sin ver a nadie más fuera tan idílico como él lo pintaba.

Pero, por otro lado, era consciente de lo que ese sitio debía significar para él: la oportunidad de dejarlo todo atrás, de ser libre por primera vez en su vida, de tomar sus propias decisiones.

Y su decisión había sido comprar esa pequeña isla, con su faro, su chalet y su playa privada, y la esperanza de construir una nueva vida en ella.

—David —dije con cautela—, ¿te das cuenta de lo que me estás pidiendo?

Su mano se deslizó lentamente desde mi cintura hasta el colchón.

—Claro que me doy cuenta, por eso he postergado tanto el tener que decirte todo esto, porque sé bien lo que implicaría para ambos irnos a vivir allí. Pero piénsalo —insistió—. Podríamos tener la vida que queremos.

—Pero es que yo ya tengo la vida que quiero —repuse—.

Solo tengo treinta y siete años, aún no quiero dejar mi trabajo.

Sabes que adoro lo que hago, lo mucho que me he esforzado por estar donde estoy y que, por fin, estoy obteniendo el reconocimiento que merezco.

Y tampoco quiero dejar nuestra casa, o alejarme tanto de mis padres y de mis amigos.

Por mucho que lo intentó, no consiguió que la decepción no se pintara en su rostro.

—Supongo que ya sabía que esa iba a ser tu respuesta.

—Lo siento. Siempre creí que, si algún día decidías retirarte, sería a esta casa. Y nunca pensé que fueras a quererlo tan pronto —confesé.

—Siento decepcionarte.

—No me decepcionas, David —le dije con candidez—. Y por supuesto que apoyaré cualquier decisión que decidas tomar —me apresuré a decir—, y si lo que tú quieres es dejar la empresa y tu trabajo… Sabes que estaré ahí para ti, siempre.

David guardó silencio, como si estuviera sopesando sus expectativas. Yo también lo hacía y me preguntaba si rechazar su oferta de dejarlo todo para vivir en una isla paradisíaca era una locura. Pero la verdad era que yo sabía perfectamente lo que quería.

—Hagamos una cosa —le propuse, presionando mi cuerpo contra el suyo—: Sigamos como hasta ahora unos meses más, hasta que Íker se vaya a Londres. Pasaremos un último verano en familia y luego alargaré un poco más mis vacaciones para que me enseñes esa isla.

—Islote —dijo él, aún un poco malhumorado.

—Islote —concedí—. Podemos pasar un tiempo allí, tú y yo a solas, disfrutando de la casa y de la playa privada y de la tranquilidad… Y mientras estemos en nuestro paraíso particular —añadí, apretándome aún más contra él—, no me pondré ni una sola prenda de ropa.

—¿Ni una sola? —preguntó.

—¿Quizás un delantal cuando tenga que cocinar? —sugerí, consiguiendo robarle una furtiva y lasciva mirada.

—¿Estás hablando en serio? —dijo.

—Lo digo en serio —afirmé con rotundidad—. Estaré completamente en pelotas, y podrás mirar cuanto quieras, tocar cuanto quieras y hacerme todo lo que te plazca.

Una de sus cejas se levantó como un resorte.

—¿Y harás cualquier cosa que yo te pida?

Sonreí al darme cuenta de que me estaba saliendo con la mía. Usar el sexo para despistar a David del hecho de que acababa de rechazar su plan estaba resultando mucho más fácil de lo que había esperado.

—Cualquier cosa que me pidas.

—¿Y por qué esperar hasta el verano…? —dijo con la voz ronca y girando nuestros cuerpos hasta quedar tumbado encima de mí—. ¿… si podemos empezar ahora?

Le respondí de la única manera posible, y no hizo falta volver a hablar en toda la noche.

El alargado fin de semana iba tocando a su fin y empezábamos a prepararnos mentalmente para la vuelta a casa. Habíamos pasado casi todo el rato en el interior de la cabaña a causa del mal tiempo, salvo cuando salimos para encargarnos de los caballos, pero eso poco nos había importado.

Después de reencontrarnos aquella primera noche, era como si nuestros cuerpos quisieran recuperar el tiempo perdido.

Parecíamos dos recién casados, tocándonos y besándonos a todas horas, y para cuando nuestras cortas e improvisadas vacaciones llegaban a su fin, me di cuenta de que habíamos hecho el amor en todos los lugares y maneras que se nos ocurrieron: en una posición muy incómoda y bastante poco digna sobre el sofá orejero; con mi cara aplastada sobre la superficie de madera de la pequeña mesa de la cocina mientras David me tomaba por detrás; o un más que satisfactorio sesenta y nueve sobre la mullida alfombra de pelo que había en el salón, delante de la chimenea; aparte de las múltiples veces que yacimos entrelazados en la cama, riéndonos por tonterías, disfrutando del sencillo placer de sentir la desnuda piel de mi amante contra la mía.