5. Unas pequeñas vacaciones #3
Durante un momento, David me dejó desatendido, y noté cómo tiraba de su propia ropa.
Miré hacia abajo, solo para ver cómo su erección emergía de sus pantalones y caía, caliente y pesada, sobre la mía.
David rodeó ambos miembros con sus largos dedos y empezó a masturbarnos.
La fuerza de su mano y la presión de su polla contra la mía durante el lento y tortuoso bombeo al que nos sometía eran enloquecedoras.
Miré a David, su rostro sobre el mío, contraído por el placer, los labios entreabiertos, la respiración rápida y entrecortada, eco de la mía propia.
Estaba completamente aprisionado por él: por el peso de su cuerpo sobre mis muslos, por la mano que aún sostenía las mías, pero sobre todo por el placer que me estaba proporcionando, y en aquel momento supe que, aun de haber podido moverme, no habría querido hacerlo.
La sensación de estar sometido y la necesidad de abandonarme por completo enviaban oleadas de anticipación y deseo por todo mi cuerpo.
Abrí los labios en mudo ruego y él aprovechó para invadir mi boca con su lengua y hundirme aún más en la cama con la violencia de un apasionado beso.
No fui consciente de que un gemido había escapado de mi garganta hasta que sentí cómo David se apartaba de mí, su peligrosa sonrisa ladeada bailándole en los labios.
—Ya eres mío —ronroneó.
Pero para ese entonces, el deseo contenido durante meses de obligada abstinencia había hecho presa de mí. Elevé la cabeza todo lo que la contención a la que estaba sometido me permitía para lamer y mordisquear sus labios.
—No quiero seguir jugando —rogué mientras lo hacía—, dame ya lo que quiero.
David se detuvo durante un segundo, como sopesando mi petición.
Luego, de improviso, soltó mis manos y me cogió de las piernas para voltearme violentamente en la cama, dejándome boca abajo.
Se tumbó de nuevo sobre mi cuerpo y pude notar cómo su erección se presionaba contra mi culo a la vez que su lengua empezaba a recorrer mi nuca y la delicada piel tras las orejas.
—Debería seguir jugando contigo —oí cómo susurraba muy cerca de mi oído.
El peso de su cuerpo me inmovilizaba contra la cama y sus caderas se movían suavemente contra las mías, masajeando al hacerlo su polla contra la hendidura entre mis nalgas—.
Debería obligarte a esperar, pero no lo voy a hacer, ¿sabes por qué?
—preguntó a la vez que sentía cómo su glande se presionaba contra mi ano—. Porque estoy deseando follarte.
Sus palabras, pronunciadas en voz queda, hicieron que me estremeciese.
Se apartó un momento de mí para coger un bote de lubricante y volvió a colocarse detrás.
Sus manos se posaron en mis nalgas con firmeza, abriéndome, y el primer roce de sus dedos húmedos sobre mi piel me arrancó un jadeo.
Me acarició con lentitud, deslizándose por mi entrada con movimientos circulares, hasta que sus dedos empezaron a hundirse en mí, despacio, con una presión deliciosa.
Solté un gemido ronco al sentir cómo me abría para él, con ese contacto firme y resbaladizo que me hacía arquear la espalda y presionarme contra su mano, buscándolo.
Mi cuerpo palpitaba alrededor de sus dedos, hambriento, vibrando de deseo.
Noté cómo aceleraba el ritmo, oí sus apremiantes jadeos y comprendí que ninguno de los dos podía aguantar mucho más.
Cuando retiró los dedos y lo sentí colocarse, contuve el aliento. La cabeza de su polla rozó mi entrada y luego comenzó a hundirse en mí, lenta, implacable. Mordí las sábanas para acallar un jadeo de dolor, mientras mi cuerpo cedía, milímetro a milímetro, al calor denso de su embestida.
—Ten cuidado. —Le pedí en un susurro.
David pareció entenderlo: tras meses sin practicar el sexo anal, mi cuerpo no estaba preparado para una incursión tan brusca.
— Shh , tranquilo —dijo, rodeando mi cuerpo con sus brazos—. Iré muy despacio, ¿de acuerdo?
Asentí, con la cara aún hundida en las sábanas.
David me abrazó con más fuerza a la vez que se adentraba un poco más en mí, antes de volver a retirarse para luego aumentar la profundidad en su siguiente embestida.
Su ritmo era lento, y sus maneras suaves, pero se le escapaba el control, y yo lo percibía en cada movimiento contenido, en cada respiración entrecortada.
En aquel momento, me sentí de nuevo como un torpe adolescente, experimentando por primera vez las acometidas de David en mi interior y desbordado por esa mezcla de dolor lacerante e insoportable excitación.
—¿Te sigue doliendo? —me preguntó.
—Solo un poco.
Lo cual era verdad. A medida que mi cuerpo se había ido reacostumbrando a acogerle en mi interior, el dolor empezaba a desaparecer, dando paso a un placer enloquecedor.
—Pero también te gusta —me susurró, la voz embargada por el deseo.
Giré un poco el rostro para mirarle.
—Eres un pervertido. Lo sabes, ¿verdad? —le dije.
—Nunca he podido evitar serlo contigo. Eres tan sexi, mi pequeño… —me dijo al oído, con el aliento entrecortado.
El ritmo de sus embestidas aumentó, sus labios recorrieron la piel de mis hombros y sus jadeos se acompasaron a mis gemidos, que aumentaban en intensidad a medida que lo hacía el placer que sentía.
Cerré los ojos con fuerza cuando noté cómo sus dedos bajaban por mi abdomen y empezaban de nuevo a bombear mi erección.
Me sentía al borde del orgasmo, pero una parte de mí quería alargar la experiencia todo lo posible, saborear ese momento que llevaba tanto tiempo esperando, deleitarme tanto en el placer físico que su cuerpo me proporcionaba como en el amoroso fervor que sentía cuando la unión de nuestra carne daba forma al vínculo que siempre había unido nuestros corazones.
Me concentré en el tacto de su sudoroso pecho contra mi espalda, en su cálido aliento cayendo sobre mí, en sus gemidos que restallaban en mis oídos, maravillándome de todas las formas en que la cercanía de David me había sido negada.
Él también parecía querer disfrutar del momento, pues había alcanzado una cadencia estable, lo bastante apasionada y a la vez calmada para mantenernos a ambos en el culmen de la excitación, pero sin permitirnos precipitarnos hacia el orgasmo.
No sé cuánto tiempo estuvimos así, con su erección abriéndose paso con suavidad y profundidad en mis entrañas mientras sus labios y sus manos recorrían mi piel.
Yo, completamente embargado por el placer, era incapaz de hacer otra cosa que lamer sus labios, gemir con desesperación y soltar ruegos incoherentes, que él apenas parecía escuchar.
Casi sin darnos cuenta, poco a poco nos dejamos llevar por nuestras pasiones y el ritmo volvió a incrementarse, a la vez que nuestros labios se encontraban de nuevo, cada uno bebiendo del otro, respirando ambos el mismo aire, húmedo y lleno de quejidos.
El clímax me llegó entonces, con la lengua entre los dientes de David y mis dedos clavándose con desesperación en las sábanas.
En cuanto él notó cómo yo me corría, arremetió con más intensidad, hasta que poco después le sentí derramarse en mi interior.
Tras el intenso orgasmo, me sentí débil y vulnerable, consciente quizás por primera vez de lo muchísimo que había añorado intimar con David.
Él, quizás sintiendo lo mismo, me besó con una infinita ternura antes de salir de mí.
Se tiró a mi lado en la cama y yo quedé boca abajo, como estaba, luchando aún por recuperar el control sobre mi respiración y mis desbocadas emociones.
David me besó con esa sensual dulzura que siempre me encendía y me apaciguaba a la vez.
—Recuérdame por qué llevamos tanto tiempo sin hacer esto —jadeó.
—No lo sé —dije casi sin aliento.
—Sí que lo sabes: porque tu marido es un capullo. Lo siento.
—No tienes que disculparte. Nuestra vida sexual es responsabilidad de ambos.
Entrecerró un poco los ojos.
—Solo dices eso para hacerme sentir bien.
—En parte sí —confesé con una sonrisa—. Pero lo digo en serio, no es solo culpa tuya —añadí—. Supongo que a veces ambos nos dejamos llevar por la rutina. —Y era verdad, como también lo era el hecho de que estaba intentando minimizar el tema para que no se sintiera mal al respecto.
—Supongo —dijo, sin mucha convicción—. No es que no te desee… —añadió, atrayéndome hacia su cuerpo y dejando que sus manos reptaran por mis caderas hacia mi culo.
Intentó besarme de nuevo, pero lo impedí, acostándome encima de él con un rápido movimiento.
—¿Qué crees que estás haciendo?
—No pensarás que con una sola vez voy a quedarme satisfecho esta noche.
—Por supuesto que no. Pero creo que antes tenemos algo más importante que hacer —afirmé, riendo mientras apartaba sus manos de mi cuerpo.
De repente, no tuve que hacer esfuerzo alguno: David ya no parecía interesado en seguir toqueteándome.
Vi cómo sus pupilas se posaban en mí, inquisitivas, y cómo su rostro se tornaba serio.
Quise decir algo más, pero no supe qué. A pesar de no haber repetido la pregunta que le había hecho la noche anterior, la misma que él había prometido responder una vez que se sintiera relajado y preparado para ello, ambos sabíamos que era precisamente a eso a lo que me refería, aunque ninguno lo dijo.
Yo estaba resuelto a no presionarle, pero aquel instante me había parecido el indicado para volver a sacar el tema, tanto que lo había hecho de manera casi inconsciente, pero ¿y si no era el momento adecuado para él?
Todas mis dudas se disiparon en un instante. David giró su cuerpo, de manera que yo caí sobre la cama y ambos quedamos tumbados de lado, frente a frente.
—Tienes razón. —Utilizó su mano como apoyo para la cabeza—. En realidad, y aunque te sorprenda saberlo, llevo un tiempo queriendo hablar contigo —dijo, como si la conversación que habíamos empezado la noche anterior durante la cena nunca hubiera sido interrumpida.
—Pues nadie lo diría… —musité.
—Ya. Supongo que estaba buscando el momento adecuado.
—¿Y este lo es? —pregunté.