5. Unas pequeñas vacaciones #2
Limpiar un establo tan grande es un trabajo extenuante: tras desinfectar los graneros y abrevaderos, quitar la paja del suelo para poder limpiar cada box, reponer el agua y el grano y poner paja limpia, ambos estábamos sudorosos y acalorados, y la noche casi se nos había echado encima.
Volvimos a meter los caballos al establo y nos dirigimos a la casa para ducharnos y cenar algo.
Casi no habíamos intercambiado una palabra en toda la tarde.
Yo sabía que David disfrutaba de ese tipo de tareas sencillas y manuales, y que le resultaban muy relajantes.
Yo, por mi parte, había aprendido a apreciar el trabajo en el establo: siempre me había gustado la actividad física para dejar vagar mis pensamientos y aclarar mi mente, y esta era una actividad tan buena como cualquier otra.
—¿Estás cansado? —me preguntó mientras entrábamos en la casa.
—Un poco, ¿y tú, qué tal estás?
—Bien —repuso, entendiendo perfectamente que me refería más a su estado emocional que físico—. Con ganas de darme una buena ducha. Vamos. —Me cogió de la mano y me guio hacia el piso superior.
Noté su buen humor de inmediato, incluso antes de que cerrara la puerta del baño tras nosotros y me empujara contra la pared azulejada para darme un profundo beso.
Olía a paja, a pelo de caballo, a sudor.
Me dejé arrastrar por ese beso mientras nos quitábamos, con apresuramiento, la ropa el uno al otro.
A tientas, entramos en la ducha y accioné el mando del agua antes de darme cuenta de que no había dado el tiempo suficiente para que esta se calentara.
Un chorro de agua helada cayó sobre nosotros, haciéndonos dar un brinco para apartarnos, todo nuestro apasionamiento momentáneamente olvidado.
Nos miramos el uno al otro y estallamos en carcajadas.
—Casi me da un infarto —se quejó.
—Lo siento —reí.
Notamos cómo el agua, que aún nos salpicaba, se iba calentando poco a poco.
—Vamos a ducharnos, anda —dijo, empujándome hacia el chorro de la ducha, que ahora estaba maravillosamente cálida—, que me muero de hambre.
Nos lavamos con cierta prisa, pero no tanta como para no robarnos algún beso, permitirnos algún roce, sacarnos algunas sonrisas. Para cuando salimos del baño y nos dirigíamos hacia la cocina, me di cuenta de que no había visto a David sonreír tanto en todo lo que llevábamos de año.
En cuanto llegamos a la cocina, abrí la nevera, pero él me apartó.
—Quita, que ya hago yo la cena. —Cogió una botella de vino y me la tendió—. Sirve un par de copas y siéntate. Hoy me apetece cocinar para ti.
—Como tú quieras.
Con la copa en la mano, volví al salón y me dediqué a seleccionar un álbum de la pequeña colección de vinilos que habíamos heredado de Paco. Elegí el The Soft Swing de Stan Getz y me agaché para encender la chimenea.
—Buena elección —escuché decir a David desde la cocina en cuanto reconoció los primeros acordes.
Una vez el fuego crepitaba con viveza y con la música y el ruido de cacharros proveniente de la cocina como banda sonora, me senté en el sofá orejero y di un sorbo al vino.
Recordé con una sonrisa lo feliz que parecía David esa noche, lo divertido que había estado durante nuestra accidentada ducha, el animado tono de voz con el que tarareaba las melodías que surgían del reproductor de discos mientras preparaba la cena.
Me sentí estúpido por no haber sido yo quien propusiera una escapada al campo, sabiendo lo bien que el contacto con la naturaleza y los animales siempre le hacían a David.
Aunque, pensándolo bien, quizá no estaba tan contento solo por eso.
Tal vez lo que había aligerado tanto su ánimo era la decisión de hablar conmigo sobre lo que le preocupaba.
Me sorprendió haber pensado, siquiera por un momento, que aquello pudiera tener que ver conmigo.
En aquel instante de calma absoluta, me sentía seguro de sus sentimientos, de lo sólida que era nuestra relación, de que juntos podíamos afrontar cualquier cosa que la vida nos pusiera por delante. ¿Cómo podía haberlo puesto en duda?
Cerré los ojos para relajarme un poco y, por primera vez en mucho tiempo, lo conseguí por completo. La música seguía sonando, cada vez más lejana, y un profundo suspiro de satisfacción escapó de mis labios. Lo siguiente que supe era que David me estaba despertando.
—Ya está la cena, pedazo de vago —me decía, a la vez que me revolvía el pelo.
—No estaba durmiendo —refunfuñé, dándome cuenta mientras lo decía de que estaba mintiendo.
Cenamos juntos en la pequeña cocina, una comida sencilla a base de pan de pueblo, queso curado, un humeante revuelto de setas y patatas asadas.
Charlamos de nimiedades durante la cena, suponiendo que David esperaba el momento adecuado para decirme lo que tuviera que decir y sabiendo que era mejor no presionarle.
Estaba obsequioso aquella noche, parecía ansioso por complacerme, y me miraba de una forma que me hacía sentirme como un adolescente enamorado.
Supe que estaba intentando seducirme y yo estaba completamente dispuesto a dejarme hacer.
No tardamos en terminar en el dormitorio.
—Hace mucho tiempo que no te follo en esta cama —me dijo, sentándose a horcajadas sobre mí.
—Hace mucho tiempo que no me follas —repliqué.
David tuvo el buen gusto de no hacerse el ofendido.
—No te preocupes, que eso lo arreglamos esta noche. —Tiró de mi ropa con una sonrisa juguetona bailándole en los labios.
Me aferré a mi camisa cuando estaba a punto de arrancármela.
—¿Y qué te hace pensar que te voy a dejar?
—¿Y qué te hace pensar que necesito tu permiso? —contraatacó.
Su expresión se tornó peligrosa y yo sentí cómo mi cuerpo se estremecía con anticipación.
Aquel era nuestro juego favorito: yo fingía que no quería tener sexo con él o que no le dejaría hacerme determinadas cosas, solo para que él tuviera que seducirme, persuadirme o someterme.
Entre nosotros siempre había sido así, incluso desde el principio, y aunque con los años nuestra sexualidad había cambiado y habíamos probado otras cosas, al final siempre volvíamos a aquello que había definido nuestra relación: a David le gustaba creerme de su propiedad, y a mí me enloquecía sentirme deseado y poseído por él.
No esperaba una respuesta verbal y no la obtuve. David se limitó a coger mis manos entre las suyas y a aplastarlas contra el colchón, utilizando todo el peso de su cuerpo para inmovilizarme.
—Tienes cinco segundos para soltarme —dije, consiguiendo, esta vez, sonar algo más en serio.
—Cinco minutos.
—¿Cómo dices? —pregunté, algo descolocado.
—Si en cinco minutos no consigo hacerte gemir de placer, te soltaré y haremos lo que tú quieras, pero si lo consigo…
Dejó la insinuación en el aire y guardó silencio, dándome tiempo para imaginar ese escenario.
La mera perspectiva bastaba para excitarme, y supe que le dejaría, como siempre, salirse con la suya.
Pero también sabía que sería más divertido si alargaba todo lo posible el juego que él acababa de plantear.
Elevé mi barbilla con fingida determinación.
—No lo vas a conseguir —afirmé con bravuconería.
—Eso ya lo veremos.
Se abalanzó sobre mí para hundirme aún más en la cama con un apasionado beso.
No pude evitar corresponderle, pues, para ese entonces, mi cuerpo ardía de deseo contenido.
Al fin y al cabo, hacía mucho tiempo desde nuestro último encuentro sexual.
Aún había cosas sin hablar entre nosotros y la tensión no se había disipado del todo, pero en aquel momento nada de aquello parecía tener importancia.
Solo la tenía la rudeza de sus labios contra los míos, la fuerza con la que sus dedos apresaban mis muñecas, el peso de sus caderas contra mi naciente erección.
La boca de David fue bajando, hambrienta, por mi barbilla, mi cuello, mis clavículas, a la vez que atrapaba uno de mis pezones y lo retorcía con su cálida lengua. Inmovilizó mis muñecas con una sola mano para llevar la otra, reptando por mi brazo y mi costado, hacia las cercanías de mi entrepierna.
La mera proximidad de sus dedos hizo que mis ingles latieran con insistencia, y cuando noté cómo bajaba los pantalones de mi pijama, un estrangulado jadeo escapó de mis labios.
David elevó el rostro para mirarme.
—Eso no ha sido un gemido —me apresuré a aclarar.
Él escrutó mi rostro, como sopesando lo que acababa de ocurrir, y consultó brevemente el reloj de la mesita de noche.
—Está bien —dijo, su sonrisa ladeada iluminando su rostro con malicia—, aún me quedan algo más de cuatro minutos.
Me supe perdido en aquel momento, lo que solo sirvió para excitarme aún más.
Sabía lo que iba a pasar, y todo mi cuerpo ardía en deseos de que ocurriera, pero todavía no había olvidado que se suponía que tenía que hacerme el difícil.
Por eso, cuando volvió a llevar la mano hacia mi entrepierna para liberar mi palpitante polla de la tela que la aprisionaba y empezaba a bombearla, tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no hacer ningún sonido.
De haber podido, me habría tapado la boca con las manos, pero al ser eso imposible, me tuve que conformar con morder mi labio inferior con la fuerza suficiente como para mitigar, al menos en parte, mis inflamados deseos.