A través del sexo. La saga completa 5. Unas pequeñas vacaciones
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5. Unas pequeñas vacaciones

UNAS PEQUEÑAS VACACIONES

L as escapadas a la casa de campo de David habían sido una agradable constante en nuestra vida en común.

Cada vez que podíamos, nos dirigíamos a la sierra y nos enterrábamos en sacos de heno y estiércol de caballo, dejando que el trabajo manual y el contacto con la naturaleza nos aclararan las ideas y nos hicieran de terapia.

Cuando era pequeño, Íker adoraba aquellas pequeñas excursiones.

Paco —el hombre que había vivido toda su vida en esa casa y que, según creía David, fue el verdadero compañero de su abuelo materno— lo consideraba como a un nieto.

Le enseñó a montar a caballo, igual que había hecho con David, cuando este apenas levantaba un palmo del suelo.

Pero con los años, Íker creció, perdió el interés por el campo y los animales, y Paco falleció.

De repente, ir a aquella casa dejó de ser una diversión y empezó a parecernos más una tarea penosa que otra cosa.

David contrató a una pareja que vivía en una masía cercana para que cuidaran de la finca y de los caballos, y se mantenía en constante comunicación con ellos, pero durante un tiempo bastante largo no fuimos a la casa.

Cuando Íker ya tenía bien cumplidos los dieciséis años y nos parecía lo suficientemente responsable para quedarse solo un fin de semana, David y yo empezamos a pegarnos de nuevo aquellas escapaditas, reencontrándonos con el placer que estar allí nos proporcionaba.

Aun así, no íbamos todo lo que nos habría gustado.

No nos entusiasmaba demasiado dejar a Íker solo con tanta frecuencia, aunque él insistiera en que no le importaba, y en todo caso, nuestras respectivas responsabilidades laborales nos mantenían atados a la ciudad más de lo deseable.

Sin embargo, aquel fin de semana nada podía habernos detenido.

Íker ya tenía casi dieciocho años, y si bien a él la intimidad le podría venir más bien que mal, nosotros la necesitábamos con desesperación.

De hecho, David me había pedido que alargáramos el fin de semana, y aunque a mí no me gustaba pedir días libres en el trabajo sin una razón de peso, acepté y solicité el lunes y el martes como días de asuntos propios.

A ninguno de los dos nos apetecía hacer la larga conducción hasta la sierra, así que el sábado por la mañana nos dirigimos juntos a la estación para coger el tren de las ocho y media de la mañana y llegar lo más temprano posible a la casa.

Era una travesía de algo más de tres horas, más unos treinta y cinco o cuarenta minutos en coche desde la estación hasta la casa.

Tras acomodarnos en el tren, David sacó una novela sci-fi y yo saqué un ejemplar de Breve historia de la química de Asimov, aunque en realidad pasé más tiempo mirando el paisaje que pasaba raudo por la ventana que leyendo, mientras que David parecía enfrascado en su libro.

No entendía cómo podía estar tan tranquilo ante la perspectiva de la conversación que teníamos pendiente.

A pesar de que él me había asegurado que su problema no estaba relacionado conmigo, yo estaba hecho un manojo de nervios y el viaje se me hizo interminable.

Finalmente, cuando pensaba que no aguantaría más sin pedirle que me contara de una vez qué le pasaba, nos acercamos a nuestra estación.

Este era un mero apeadero junto a un edificio de ladrillos rojos.

El cielo estaba nublado, cada pico que teníamos a la vista estaba teñido de blanco y la idea de la nieve no parecía tan lejana cuando, al salir del vagón, pudimos comprobar el frío que hacía.

Nos apresuramos hacia el edificio de la estación para alquilar un todoterreno.

—Joder, ¡qué frío hace! —exclamé mientras entrábamos en el vehículo, cuyo interior estaba helado.

—Espera. —David puso el motor en marcha y encendió la calefacción. En pocos segundos, el aire caliente empezó a caldear el ambiente—. ¿Mejor?

—Mucho mejor —afirmé, quitándome los guantes y frotándome las manos frente a las rejillas por las que salía el aire caliente.

David no esperó más y emprendió la marcha hacia la casa, que estaba a unos veinte kilómetros de la estación.

Ascendimos por una carretera secundaria que recorría una zona boscosa, plagada de baches, curvas estrechas y cambios de rasante, pero ambos la conocíamos tan bien como las palmas de nuestras manos.

Tras dejar atrás un pueblo, nos internamos en un camino de tierra que atravesaba un pinar.

Mientras escuchaba el crujir de la pinocha bajo las ruedas del vehículo, comenté:

—Creo que va a nevar.

—Eso decía la predicción del tiempo —corroboró él—. No creo que podamos salir con los caballos.

—Bueno, qué se le va a hacer —dije yo, tampoco demasiado decepcionado. Adoraba los paseos en caballo, pero no era ese el principal objetivo de aquellas improvisadas vacaciones.

David detuvo el coche frente a la valla negra que daba paso a la propiedad y yo le tendí el mando a distancia con el que abrirla.

Recorrimos el camino flanqueado de árboles que nos llevaría hasta la pequeña casita en el medio de la finca.

Era una casa antigua, de dos plantas y techo a dos aguas.

Aparcamos frente al porche y nos bajamos del coche con las mochilas al hombro.

—Estoy molido de llevar tanto rato sentado —se quejó David mientras abría la puerta.

La decoración de la casa había cambiado con los años.

Habíamos sustituido los travesaños de madera del techo, reformado las paredes, renovado la mayoría de los muebles e instalado una cocina nueva.

Aun así, sobrevivían algunos elementos originales: la escalera de madera, que solo necesitó una restauración unos años atrás, y el suelo de barro cocido, que, pese a su antigüedad, seguía en perfecto estado.

Sin embargo, nos habíamos esforzado por mantener ese encanto rústico que tanto adorábamos.

Subí a dejar nuestras mochilas en el dormitorio principal mientras oía a David trastear en la cocina, preparando algo de picar.

Luego bajé, encendí la calefacción, activé el termo y levanté la palanca que regulaba la electricidad en el invernadero de la piscina, por si en algún momento de aquel largo fin de semana nos apetecía un baño en el agua aclimatada.

—Toma. —Salió de la cocina y me tendió un sándwich y una botella de agua. Noté que estaba impaciente por ir a los establos, a pesar de que sabíamos que los caballos estaban bien atendidos.

—Vamos —le dije, no queriendo hacerle esperar.

Nos comimos los sándwiches de camino a los establos, resoplando de frío.

—Mira el lado bueno. —Sonreía a medida que nos aproximábamos a los establos—. El trabajito que tenemos por delante nos hará entrar en calor.

Asentí, aunque tal y como yo lo veía, la principal ventaja de la tarea que íbamos a hacer era ayudar a mi marido a organizar su mente y calmarse.

Un coro de bufidos nos dio la bienvenida cuando abrimos las puertas.

Había ocho boxes en el establo, aunque dos de ellos estaban vacíos.

De los caballos que David tenía la primera vez que yo había ido a la casa, sobrevivían Arod y su hijo Ártax , dos soberbios sementales negros, así como Grani , la yegua de ojos negros y blancas crines.

El leal poni Bill había fallecido hacía varios años, así como Scrub , que murió pariendo a una yegua.

Por contra, teníamos dos adiciones en el establo: la hija de Scrub y Arod , una fabulosa yegua castaña llamada Sardinilla , y otra yegua torda, nacida del cruce entre Grani y Ártax , a la que habíamos llamado Silver y que pronto se había convertido en el ojito derecho de David.

También teníamos un poni, con el que habíamos enseñado a Íker a montar, un jovenzuelo gris con el nombre de Platero .

Nos acercamos a las bestias una a una, saludándolas con afectuosidad.

Saludé por último a Ártax , el primer caballo al que había visto crecer y con quien tenía un vínculo especial, tanto que David siempre había considerado que me pertenecía a mí más que a él.

Acaricié su cuello, palmeé sus flancos y apoyé mi frente contra la suya.

Sentí cómo la enorme testa del animal se presionaba contra la mía y escuché un afectuoso bufido.

Cerré los ojos, entregándome a ese momento de unión con un caballo al que adoraba.

Sentí cómo David se ponía detrás de mí y alargaba el brazo para acariciar a Ártax .

—Hola, bonito.

Giré la cabeza hacia él y le di un beso en los labios. David rodeó mi talle con sus manos y me apretó contra su cuerpo. Pasé el brazo por detrás de su cabeza y profundizamos el beso.

Por un momento, pensé que las actividades de la mañana podían tornarse más divertidas de lo que había pensado en un principio, pero al final David rompió el beso.

—Habrá que ponerse a trabajar, que este establo no se va a limpiar solo.

—Pues manos a la obra —repuse, separándome de él.

Nos quitamos los abrigos y nos arremangamos.

Sin necesidad de hablar para organizar el trabajo, cada uno fue a uno de los boxes y empezó a cepillar a uno de los caballos: él a Arod y yo a Ártax .

Luego le llegó el turno a Silver y a Grani , y al fin a Sardinilla y Platero .

Cuando todos los caballos estuvieron bien cepillados y aseados, los sacamos al cercado que había junto al establo para dejarlos pastar a su antojo y volvimos a entrar para empezar a limpiar.