A través del sexo. La saga completa 4. Todo el mundo miente alguna vez #4
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4. Todo el mundo miente alguna vez #4

Aquella tarde decidí que ya tenía más que suficiente y opté por seguir el consejo de Pablo.

Íker no cenaría con nosotros aquella noche, pues era viernes y había quedado con Greta y otros amigos para ir al cine, así que llegué a casa cargado de bolsas de la compra y me esmeré en preparar un excelente plato de espaguetis mientras ponía a enfriar una botella de uno de nuestros vinos favoritos.

Mientras cocinaba, recordé, con una sonrisa, que la primera vez que David había cocinado para mí había preparado unos espaguetis.

Fue el día después de conocerle, cuando me aparecí en su casa ávido de más de lo que me había dado la noche anterior.

Recordé esa sensación intoxicante, esas ansias que David siempre me había inspirado y a las que yo, por aquel entonces, aún no sabía poner nombre.

Ahora sabía que, tras pasar solo una noche con él, ya estaba absoluta e irremediablemente enamorado de él.

Y aún lo seguía estando, algo más de veinte años más tarde.

Pero ahora era un amor diferente, reflexioné, menos ardiente pero más tenaz.

El enamoramiento es involuntario y súbito en su aparición y su fin, pero el amor es constante, insistente…

y opcional. Después de tantos años, el encandilamiento inicial había desaparecido, y si no fuera porque David y yo habíamos decidido trabajar en lo que surgiría después, quizás ya no seguiríamos juntos.

Amar a David ya no era solo una inevitabilidad, sino una elección, una que yo seguía tomando cada día.

Y no creía que hubiera nada en el mundo que pudiera hacerme nunca cambiar esa elección.

Sin embargo, la distancia que David había impuesto entre nosotros últimamente hacía que perseverar se hiciera un poquito cuesta arriba.

Y empezaba a sospechar que, quizás, yo no era el único de los dos que se sentía así.

Cuando David llegó a casa, me pilló aún entre fogones, pero el olor de la comida debía de ser ya perceptible desde la entrada, pues nada más salir del ascensor, le oí preguntar.

—¿Qué celebramos?

Esperé hasta que llegó a la cocina. Para ese entonces, ya se había deshecho de la chaqueta y se aflojaba la corbata. Me dio un beso en la mejilla antes de mirar hacia la cazuela.

—Huele que alimenta. En serio —insistió—, ¿celebramos algo?

—Oh, sí. Que nos vamos a sentar juntos a cenar y me vas a contar de una vez qué coño te pasa —comenté como si nada.

Noté cómo a mi espalda el cuerpo de David se tensaba.

—No sé a qué…

—No me vengas con mierdas ahora, que se me corta la bechamel —le interrumpí, tajante—. Vete a darte una ducha, organiza tus pensamientos y vuelve dispuesto a decirme la verdad. —Le lancé una miradita y él asintió—. La cena estará lista en diez minutos.

—Vale. —Se dio la vuelta y le oí subir escaleras arriba.

Unos minutos más tarde, yo estaba poniendo los platos sobre la mesa del comedor cuando le vi bajar vestido con ropa cómoda y secándose aún el cabello con una pequeña toalla.

Le serví una copa de vino y se sentó diligentemente en el lugar que solía ocupar en la mesa.

Yo me senté a su lado, llené mi copa de vino un poco más de lo acostumbrado y le di un buen sorbo.

David, por su parte, probó los espaguetis.

— Mmmh , qué rico está.

Parecía incómodo, y yo sabía que mis comentarios en la cocina le habían descolocado. Por un lado, eso me daba cierta ventaja, pero por el otro, nunca se podía saber cómo puede reaccionar una bestia acorralada, y así era como David debía sentirse en aquel momento.

Le di unos minutos, en los que yo comí algo y di otro sorbo de vino. Cuando el silencio se hizo incómodo, le oí carraspear y me di cuenta de que me estaba mirando. Tenía la copa en la mano, suspendida a medio camino hacia los labios, pero estaba inmóvil.

—En realidad, hace tiempo que quería hablar contigo —dijo al final.

Algo en su tono de voz hizo que me tensara, pero hice lo posible por no dejarlo ver.

—¿Acerca de qué? —indagué.

—Acerca de qué coño me pasa.

De repente, me sentí mal por haberle hablado de aquella manera y pensé que quizás había cometido una imprudencia. ¿Y si estaba subestimando el nivel de malestar de David? ¿Y si no le estaba dando la importancia que tenía? ¿Y si lo que le ocurría tenía algo que ver con…?

—No tiene nada que ver contigo. —Puso una cálida mano sobre la mía, casi como si estuviera leyendo mi pensamiento.

—¿Seguro? —pregunté, sintiendo una tremenda incertidumbre.

—Seguro. Sé que he estado algo difícil estas últimas semanas, pero no es por ti. De hecho —confesó—, creo que tú eres lo único que me mantiene cuerdo ahora mismo.

—Ojalá pudiera decir yo lo mismo, porque tú a mí me estás chiflando. —La broma aligeró el ambiente lo suficiente para que ambos sonriéramos. Me sentí inmediatamente más aliviado—. Entonces, ¿qué tripa se te ha roto?

—¿Qué te parecería pasar el fin de semana en la casa de campo? —preguntó a su vez—. Hace tiempo que no vamos a ver a los caballos y…

—David, no cambies de tema ahora —le rogué.

—No lo hago —aseguró—. Quiero hablar contigo de lo que me ocurre, pero antes de hacerlo necesito algo más que una buena cena —suspiró—. Necesito un respiro, un descanso, descomprimir… Y luego te prometo que te lo contaré todo.

—¿Todo? —pregunté incrédulo.

—Sí —repuso con calma.

Apreté su mano entre las mías, sintiendo por primera vez en varias semanas que David dejaba caer sus defensas conmigo. Parecía que tendría que conformarme con eso por aquella noche, pero me parecía más que suficiente.

—Me parece una idea genial.