A través del sexo. La saga completa 4. Todo el mundo miente alguna vez #3
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4. Todo el mundo miente alguna vez #3

Durante los siguientes años, el Sodoma fue el escenario de los momentos más divertidos de mi vida, pero también de las mayores tonterías que he hecho jamás y de casi todos los errores que cualquier adolescente puede cometer.

Había tenido sexo allí con múltiples hombres, casi todos completos desconocidos, pero también con todos mis novios, algunos de mis amigos y, cómo no, también con David.

Había bailado incontables horas, sobre todo con Pablo y Clara, y me había emborrachado más veces de las que podía recordar.

Pero con todo lo bueno y todo lo malo, el Sodoma siempre había sido un segundo hogar para mí, un sitio de libertad y seguridad: la libertad de ser yo mismo y la seguridad de no ser juzgado por ello.

Pensar que hacía casi veinte años que ese templo del mundo gay había abierto sus puertas, y que yo había estado presente en él desde el principio, me producía tanto vértigo como orgullo.

—¿Cómo puede pasar el tiempo tan rápido? Si parece que fue ayer —suspiré, pasándome la mano por el pelo.

—Siempre pensé que alguna vez te follaría en el cuarto oscuro —confesó Pablo—, pero nunca te dejaste.

—Sí que me hubiera dejado, tontorrón —musité, sintiéndome algo avergonzado.

Hacía mucho tiempo que la tensión sexual no resuelta entre Pablo y yo había desaparecido, y el recuerdo de que en un tiempo nuestra relación había sido no del todo platónica también parecía haber quedado atrás.

Casi me costaba creer que durante un tiempo hubiera sentido algo que se parecía al amor, pero que era más bien lujuria por alguien a quien ahora consideraba un hermano.

Pensar que él también había albergado sentimientos similares hacia mí solo lo hacía más confuso.

Pablo me sonrió con afabilidad, como si supiera perfectamente qué estaba pensando.

—Me alegro de que nunca pasara nada entre nosotros. —Me cogió de la mano—. Al igual que me alegro de que no desvirgaras al pobre Samy en aquel antro de mala muerte —añadió, recordándome otro de mis momentos estelares en el Sodoma—. Gracias por dejarme a mí ese honor.

Reí y negué con la cabeza al recordar a los jóvenes atolondrados que alguna vez habíamos sido. En aquella época había pensado que mi vida era complicada, pero al mirar atrás con la perspectiva que te dan los años, me daba cuenta de que todo parecía muy fácil, no como ahora…

De nuevo me vino a la mente la situación en casa, la constante ansiedad de Íker y, sobre todo, el malhumor de David.

Había pasado ya un mes desde su cumpleaños y aún no había querido hablar conmigo acerca de la Fundación íCaro y lo que dijo Roberto Molina sobre que él dejaría la presidencia en breve.

¿Por qué no me contaba lo que pasaba por su cabeza?

—Cariño, ¿estás bien?

La voz de Pablo me sacó de mi ensimismamiento. Asentí con poca convicción.

—¿Estás seguro? —insistió.

—No —dije al final—. Lo siento. —Todo mi entusiasmo acerca de la fiesta aniversario del Sodoma esfumado por completo—.

Sé que debería alegrarme por lo de la fiesta y por lo del cartel, pero no puedo evitar sentir que algo no va bien en casa —añadí, para luego contarle por encima lo que estaba pasando.

—¿Pero estáis enfadados o algo? —me preguntó Pablo cuando terminé de hablar.

—No… que yo sepa. —Acabé la frase más inseguro de como la había empezado.

Pensé durante unos segundos, pero por mucho que me estrujé el cerebro, no pude recordar un momento en el que hubiéramos discutido por algo concreto o nada que yo hubiera podido hacer para molestarle—.

No es que discutamos ni nada y cuando hablamos parece ser el David de siempre, pero…

—Pero tú le conoces demasiado bien —apuntilló Pablo.

—Exacto —dije—. No creo que ni siquiera Íker se haya dado cuenta, pero a David le pasa algo que no me quiere contar, y eso hace que se muestre… No sé… Algo distante —concluí.

—Tampoco es que tu marido haya sido nunca un dechado de honestidad —intercedió Pablo.

—Que a ti, David, te caiga o no bien, me la sopla muchísimo ahora mismo —dije con cierta impaciencia—. Sé la impresión que da David a los demás, pero conmigo es muy abierto y un verdadero encanto. —Pablo enarcó una ceja—. Menos ahora, claro —apostillé por lo bajini.

—¿Y la sequía continúa?

—Debo tener telarañas por ahí abajo. —Intenté sonar casual. Pablo elevó ambas cejas, no siendo capaz de concebir estar más de unos pocos días sin sexo—. Fíjate si estoy salido, que el otro día me fijé en alguien —solté, antes de arrepentirme inmediatamente de hacer tal comentario.

—¿En serio? —se extrañó Pablo—. ¿En quién?

—En nadie —negué—. En un tío que vi por la calle.

—Pedazo de mentiroso —dijo, cogiéndome al vuelo—. ¿En quién? —volvió a preguntar.

—En Daniel. —Y antes de que pudiera replicar, añadí—: Pero es culpa tuya y de Samuel, por meterme estúpidas ideas en la cabeza.

—Conque era apenas un niño, ¿eh? ¿Ya te has quitado la venda de los ojos y te has dado cuenta de que…?

Chasqueé la lengua, fastidiado por su insistencia.

—Que Daniel no está por mí. Pero no voy a negar que el chico sea… fácil de mirar.

—Fácil de mirar, dice, si está para comérselo con patatas. Más te vale tener cuidado.

—¿A qué te refieres? —me extrañé.

—A que los veinteañeros buenorros y la abstinencia sexual no son una buena combinación.

—Pablo: el campeón de la monogamia —me burlé.

—Más te vale no cachondearte. Sabes perfectamente lo que opino acerca de vuestra decisión de tener una relación cerrada a cal y canto, y que yo no creo que pudiera hacer algo así durante tantos años, pero conociendo a tu maridito como le conozco, como se entere de que te estás tirando a un tío que tiene la mitad de años que él…

—¿Quién ha dicho nada de tirarse a Daniel? —me exasperé.

—Pues que siga así —me advirtió—. Lo último que quiero es verte haciendo una tontería por tener un calentón.

—No voy a hacer ninguna tontería —me quejé.

— Mmmh … Eso espero. —Pablo asintió y se concentró en la pantalla de su teléfono móvil, no teniendo, al parecer, nada más que aportar a la conversación.

Por mi parte, yo también guardé silencio, absorto en mis pensamientos.

Que Pablo pensara que yo me estuviera planteando tener un affaire solo porque David y yo estábamos pasando una racha algo rara no era de extrañar, siendo, probablemente, lo primero que él haría de estar en mi situación, pero algo se había revuelto en mí por dicha insinuación, y no solo la indignación propia de que alguien pudiera pensar eso de mí.

En cuanto a David, siempre había sido reservado, incluso hermético, pero no conmigo.

Desde el principio me mostró emociones que rara vez dejaba ver a los demás; era cercano, cándido y se dejaba ver sin escudos.

No siempre fue honesto, como cuando omitió detalles de su situación sentimental al conocernos…

Pero esa no era la cuestión. Todo el mundo miente alguna vez, y tampoco es que yo le guardara rencor por ocultar información sensible a un adolescente demasiado inocente para entender la complejidad de las relaciones humanas.

La cuestión era que para David, hablar conmigo siempre había sido fácil.

Me lo había dicho más de una vez: yo era la única persona con la que no tenía que fingir, con la que podía mostrarse humano, vulnerable, real.

La única en la que confiaba sin reservas.

Y eso, durante años, me hizo sentir especial. Me hizo sentir amado.

¿Por qué parecía de repente que todo eso estaba cambiando?

—Lo que deberías hacer es hablar con tu marido —me dijo Pablo, apartando por fin la mirada de la pantalla de su móvil—. Oblígale a sincerarse contigo de una puñetera vez. Y luego, te lo follas. Asunto resuelto.

Asentí, sopesando tanto la sabiduría de sus palabras como el hecho de que eso era mucho más fácil de decir que de hacer.