4. Todo el mundo miente alguna vez #2
«¿Qué demonios me pasa?», me pregunté a mí mismo. Daniel no solo era mi asistente y el pupilo de un amigo, sino que también era mucho más joven que yo. Y, por encima de todas las cosas, yo no estaba disponible para buscar nada con nadie.
Lo peor de todo era que estaba bastante convencido de que nada en la actitud de Daniel había desencadenado esa reacción en mí, sino la mía propia.
La remota posibilidad de que Daniel pudiera sentir interés en mí me había hecho mirarle con otros ojos.
Por primera vez me había fijado en lo jugosos que eran sus labios, lo dulce que era su mirada, los reflejos cobrizos que el sol arrancaba de sus cabellos castaños.
Por primera vez, en definitiva, había mirado a Daniel como a un hombre, y no como a un mero becario, y esa había sido una experiencia sumamente confusa, por el simple y sencillo hecho de que lo había encontrado bastante atractivo.
Por supuesto, no era la primera vez en mis años de relación con David que me encontraba con un hombre que me resultase atractivo.
De hecho, era algo sobre lo que David y yo solíamos bromear: si aquel tío estaba más o menos bueno, o si era o no tu tipo o el de tu pareja.
Pero no pasaba de ser un juego inocente, una manera de tentarnos el uno al otro, de picarnos, porque ambos sabíamos que ninguno de los dos haría nada al respecto.
Pero ahora… Ahora sentía a David tan lejos de mí, que no me creía capaz de bromear con él acerca de lo que acababa de ocurrirme, además de que lo último que necesitaba mi marido era saber que acababa de fijarme en un veinteañero cuando él estaba tan preocupado por ir acercándose a los cincuenta.
En mi fuero interno, maldije a mis amigos por meterme ideas en la cabeza.
«Ese huevo quiere sal» había resultado no ser una broma tan inocente como en un principio yo había supuesto, sobre todo si de repente se me antojaba comerme ese huevo.
«No empieces a pensar en comerte huevos, Noah, que nos conocemos…
», pensé, sacándome una sonrisa a mí mismo ante el doble sentido que habían tomado mis propios pensamientos.
Lo único que tenía que hacer era olvidarme de que ese absurdo momento había ocurrido y hacer exactamente lo que le dije a Daniel que haría: ponerme a trabajar.
Tiré la inservible carpeta a la papelera, me puse la bata y salí en dirección al laboratorio.
Daniel estaba en su escritorio y me sonrió al verme pasar.
Le hice un gesto con la cabeza, recordándome que era el mismo chaval afanoso y extrovertido de siempre y que así debía pensar en él.
En cuanto entré en el laboratorio, mis compañeros me saludaron con comentarios de la fiesta y preguntas sobre David antes de ponernos a trabajar.
Había mucho que hacer, analizar y procesar aquel día, y para cuando aquella tarde colgué mi bata, ya me había olvidado de todo lo que tenía que ver con Daniel y sus preciosos ojos castaños.
Los días se fueron haciendo más fríos y lluviosos a medida que nos adentrábamos en febrero.
Habiendo dejado atrás las Navidades y el cumpleaños de David, pensé que poco a poco todo volvería a la normalidad, pero el humor de David no parecía mejorar.
Era como si la tensión que se había ido acrecentando a medida que nos acercábamos al veintinueve de enero —y que generalmente desaparecía al dejar atrás su cumpleaños— siguiera en plena ebullición.
Por eso, el ambiente en casa era como el interior de una olla a presión, y yo vivía temiendo el momento en que esta estallara.
Por eso agradecí tanto que Pablo me escribiera una mañana para invitarme a almorzar con él.
Tengo un notición que contarte
Almorzamos pizza?
Notición bueno o notición de los tuyos?
De los buenos
Pero con un poquito de misterio y escándalo
Qué intriga
Dónde siempre?
Dónde si no
Así que aquel día salí un poco más temprano del laboratorio y me dirigí hacia la pizzería en la que solíamos quedar.
Era un local que quedaba cerca de su casa y que nos recordaba mucho a aquel otro que solíamos frecuentar en nuestra época universitaria.
Había que reconocer que, para nosotros, quedar para ponernos al día no era lo mismo sin una pizza de por medio.
A pesar de que el restaurante estaba más cerca de su casa que de mi puesto de trabajo, y de que ese día el tráfico estaba imposible, Pablo llegó más tarde que yo. Parecía acelerado cuando entró en el local, como si se hubiera dado mucha prisa por llegar… o como si estuviera nervioso.
—Hola, cariño. —Se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla cuando me incorporé para saludarle.
Nos sentamos a la mesa y le hizo un gesto al camarero para que viniera a atendernos.
—Cuenta, cuenta —le apremié, deseando conocer ya «el notición».
—Espera un momento —dijo a la vez que el camarero se acercaba a nosotros, pero pude ver que, por la ilusión que se traslucía en su mirada, estaba deseando contármelo.
Hizo la comanda de bebida y comida y esperó a que el camarero se alejara para girarse hacia mí.
Cuando lo hizo, vi que le salían chiribitas de los ojos.
Se inclinó hacia mí sobre la mesa y dijo casi en un susurro—: Me han encargado que diseñe el cartel promocional para la fiesta del Sodoma.
—¿Qué fiest…? ¡Eso es fantástico! —Rogué por que Pablo no hubiera notado que mis prioridades no estaban donde se suponía que deberían estar—. ¡Felicidades!
—Gracias, muchas gracias. Como comprenderás, estoy que no quepo en mí.
—Lo comprendería si supiera a qué fiesta te refieres —repuse, algo escaldado por el hecho de que aún no me hubiera dicho nada sobre la misteriosa fiesta, y aún más escaldado porque él se hubiera enterado de un evento en mi alma mater gay antes que yo.
—Es que aún no es pública, pedazo de fisgón, para eso quieren que diseñe el cartel: para publicitarla.
Para Pablo, el verdadero éxito profesional siempre había estado un paso por delante.
Después de la relativa popularidad de su tira cómica, Drama Queer , cuyo protagonista, Noé, estaba claramente inspirado en mí, Pablo se mantuvo durante un tiempo en el mundillo editorial como ilustrador freelance .
Alternó encargos para publicaciones LGTB con colaboraciones en revistas independientes, fanzines y algún que otro libro infantil, casi siempre con presupuestos mínimos y plazos imposibles.
Durante años vivió con cierta precariedad económica, sostenido por el sueldo de Samuel y lo que heredó al morir su padre, pero la ilusión de formar parte de un circuito donde podía dibujar lo que quería le compensaba.
Sin embargo, con el tiempo, el reconocimiento fue menguando y los encargos más estables pasaron a ser trabajos menos creativos, como ilustraciones para webs corporativas y cosas por el estilo.
A pesar de todo, nunca dejó de dibujar ni de enviar proyectos a editoriales, pero sin demasiado éxito.
Que ahora le encargaran el cartel del Sodoma podía parecer algo menor, pero para Pablo era como recibir una llamada de un mundo que ya creía cerrado para él.
—¿Pero qué fiesta? —insistí, uniéndome al tono susurrante de la conversación.
Pablo miró a ambos lados para asegurarse de que nadie nos escuchaba. Gesto inútil, dado que la actividad del restaurante estaba en pleno apogeo y todo el mundo prestaba más atención a su comida que a lo que dos maricas pudieran estar cotilleando.
—El 20º aniversario del Sodoma —dijo en voz baja, pero con grandiosidad.
—¿Veinte años ya? —Me sorprendí, para luego añadir—: ¿Y lo van a celebrar?
—Por supuesto que lo van a celebrar —exclamó. Luego, recordando que se suponía que me estaba contando un secreto, volvió a bajar el tono de voz—. Pero esto es top secret . Se lo puedes contar a David si quieres, pero a nadie más.
En ese momento volvió el camarero, trayendo nuestras bebidas y una enorme pizza para compartir.
—No se lo diré a nadie —le aseguré, mientras cogía una humeante porción de pizza—, pero ya puedes ir diciéndome la fecha para asegurarme de que estaré libre. Porque yo a esa fiesta voy a ir…
—Claro que vamos a ir. —Pablo me guiñó un ojo—. Como parte del trato, conseguí un reservado VIP para el evento.
—No me lo puedo creer —exclamé, absolutamente extasiado.
—Ni yo —dijo él, uniéndose al festín—. ¿Te acuerdas de la primera vez que fuimos al Sodoma? —preguntó con nostalgia.
—Claro que me acuerdo.
Y la recordaba muy bien. Todavía no había cumplido los dieciocho años, seguía sin superar mi ruptura con David, ni sabía que nunca lo haría; no estaba muy seguro de qué tipo de relación tenía con Pablo o si nos terminaríamos liando alguna vez; acababa de terminar la que sería mi primera y última experiencia con una chica trans y nunca había estado en un cuarto oscuro.
Había quedado con Pablo en su casa y, antes de salir, este me había hecho un total makeover versión gay, antes de conducirme hasta allí en su destartalado SEAT Panda, el mismo coche en el que unas semanas antes nos habíamos liado y casi follado, sin que yo supiera si eso significaba algo para el tío que habría de convertirse en mi mejor amigo.
También recordaba mi primer paseo por el Sodoma, y todas y cada una de las cosas que mis aún demasiado inocentes ojos habían visto aquella noche.
En un momento dado, Pablo me había besado y yo pensé que por fin íbamos a liarnos, pero en vez de eso, me llevó al cuarto oscuro, se fue con el primer tío que pasó por delante y yo terminé acostándome con un hombre de aspecto turbio que, no sabía muy bien por qué, me había recordado vagamente a David.