4. Todo el mundo miente alguna vez
TODO EL MUNDO MIENTE ALGUNA VEZ
— S i hay algo en lo que noto que me hago mayor, es que al día siguiente de beber, estoy para el arrastre.
—Ya te digo —afirmé, tendiéndole a Clara una taza de café y tomando un sorbo de la mía.
Era la mañana después de la fiesta y Clara y yo habíamos sido los primeros en despertarnos. Ahora, en la cocina, intentábamos despejar nuestras cabezas con sendas raciones de cafeína.
—No fue tan mal la fiesta, ¿no? —tanteó.
Recordé los más y los menos de la noche anterior.
—Podría haber ido mejor.
—¡ Bah ! —dijo ella—. Siempre ves el vaso medio vacío.
—Y tú siempre lo ves lleno de purpurina —contraataqué.
—Por cierto… Anoche vi a tu hermano —dejó caer.
Disimulé una sonrisita.
—¿A cuál de los dos?
Clara ladeó la cabeza, en un gesto de hastío.
—A Moisés —recalcó—. A Aaron también lo vi, pero… Tsk . Ya sabes a qué me refiero.
—¿Y?
—Y nada. —Mantuve el silencio durante unos segundos, sabiendo que Clara aún no había dicho todo lo que tenía que decir al respecto—. Me comentó lo de su separación —añadió al final—. Mal asunto.
—Te lo dije.
—Pero a él… se lo veía bastante bien, ¿no crees?
—No sé. —Me hice el tonto—. ¿A qué te refieres?
—A que no le vi muy afectado, más allá del tema de las niñas. Y tenía muy buen aspecto.
«Ajá», pensé triunfalmente. Desde que los viera charlando la noche anterior, me había esperado algún comentario por el estilo.
—¿Te ha dicho él algo sobre mí? —inquirió, como si el tema le importara más bien poco.
—No. Pero la verdad es que anoche apenas hablamos.
—Ah —suspiró—. Oye, ¿crees que David seguirá enfadado conmigo? —preguntó de golpe, cambiando de tema.
—No lo sé.
—¿Te comentó por qué discutimos?
—Algo me contó…
—¿Y no te parece que es una tontería que…?
—No, no, no. —La corté, tajante—. Ahí no me voy a meter. Cada uno tiene su parte de razón. Lo que quieras hablar con David, lo hablas tú con él.
—Maldito cobarde… —siseó ella con una sonrisa antes de dar un sorbo a su café.
Sabía muy bien por qué estaba David tan enfadado: no soportaba la idea de que alguien presionara a Íker para dejar la música de lado, porque era lo mismo que su padre le había hecho a él cuando era joven.
David solo quería que Íker fuera capaz de tomar sus propias decisiones, de seguir sus sueños y convertirse en la persona que quería ser.
Recordé una noche, muchos años atrás, sentado con David casi a oscuras en el salón de la casa que ahora compartíamos.
Íker, que apenas era un bebé por aquel entonces, estaba en brazos de su padre, quedándose dormido, y David se sinceró acerca de sus sentimientos por él.
«No sería capaz de enfadarme con mi hijo por ser quien quiera ser.
Ahora sé que nunca podré ser como mi padre, y darme cuenta de eso ha sido tremendamente curativo», me había dicho en aquel momento.
El padre de David siempre le había rechazado por ser como era: por su sensibilidad, por su talento para la música, por su escaso interés por los negocios, por su sexualidad…
Y David no quería que su propio hijo sintiera nunca cómo su padre le presionaba o, aún peor, le rechazaba.
Y tampoco estaba dispuesto a dejar que nadie más lo hiciera.
Tal y como lo veía David, las palabras de Clara habían sido un intento de manipulación, y eso era algo que no estaba dispuesto a tolerar, aunque yo estaba seguro de que mi amiga no había pretendido eso en ningún momento.
—Por cierto… —Tanteé—. ¿Sabes algo acerca de los planes de David con respecto a la Fundación?
—No, no, no. —Me interrumpió, imitándome—. Lo que tengas que hablar con David, lo hablas tú con él.
—Pero sabes algo…
—Más bien lo sospecho. Decirme, no me ha dicho nada. ¿Contigo no ha hablado al respecto? —se extrañó.
—Sobre eso, no —repuse—. Pero en la fiesta, alguien dijo que David pensaba dejar la presidencia de la Fundación.
Clara resopló.
—Algo había oído, pero lo que no sé es por qué.
Ambos callamos durante un momento.
—Simplemente, discúlpate —solté de repente.
—¿Qué?
—Sobre lo de anoche. Discúlpate.
—Pero si yo no he hecho nada malo…
—No, pero tu hermano cree que sí. Ya sabes cómo es con respecto a Íker —le excusé.
—Ya, ya sé cómo es, y me disculparé. Al fin y al cabo, tengo que coger un avión en breve, y no quiero que nos separemos enfadados.
—Muy sensato por tu parte. ¿Mucho trabajo de vuelta a casa?
—No vuelvo a Alemania —contestó—. Me voy a Corea.
—¿A Corea? ¿Y qué se te ha perdido a ti por esos lares? —pregunté, con genuino interés.
—Tengo una reunión con… ¿Sabes qué? —se interrumpió—. No te lo voy a contar. No quiero gafarlo.
—¿Desde cuándo eres tú supersticiosa?
—Desde hoy. —Apuró su taza de café y la dejó en el lavavajillas—. Llevo un tiempo barruntando una idea y… hasta que no se concrete nada, no lo quiero contar.
—Está bien, señorita misteriosa. Espero enterarme si se concreta.
—Créeme —me dijo mientras se dirigía a la puerta—, serás el primero en enterarte. —Me dedicó una enigmática sonrisa y añadió—. Y ahora voy a despertar al cabezota de mi hermano para hablar con él antes de irme.
—Procura no dejármelo de muy mal humor —exclamé a su espalda mientras salía.
Giró el rostro hacia mí y me guiñó un ojo, en actitud divertida.
—Lo intentaré.
El siguiente lunes, el tema de la fiesta fue la comidilla en el laboratorio. Todos y cada uno de ellos habían sido invitados, pero no todos habían aceptado dicha invitación, y por los retazos de conversación que oí a mi paso, me dio la sensación de que muchos ya se estaban arrepintiendo.
—Vaya exitazo, Noah. —Daniel se coló en mi despacho a primera hora de la mañana. Para mi deleite, llevaba una taza de café en la mano, que posó a mi lado, sobre el escritorio—. Todo el mundo está hablando de la fiesta, los que fueron y, sobre todo, los que no.
Sonreí mientras daba un reconfortante sorbo de café.
—Ya me he dado cuenta. Me he llevado un par de felicitaciones nada más entrar. Ni que el cumpleaños hubiera sido el mío.
—Es que estuvo genial, y todo fue mérito tuyo.
—Más bien de la organizadora de eventos —remarqué, estirándome perezosamente—. Y un poco tuyo también. Gracias por echarme un cable, por cierto.
—Aquí estoy, para lo que haga falta.
Algo en su tono de voz me hizo escrutar su rostro.
De repente, recordé lo que Pablo y Samuel me habían dicho acerca del supuesto interés de Daniel por mí.
Si creía en los dos pedazos de cotillas que eran mis amigos, el comentario hecho por mi asistente podía interpretarse como una invitación, pero yo seguía sin ver más que un chaval que estaba ansioso por impresionar a su jefe, hacer una buena tesis y ganarse por el camino un puesto algo más permanente en el equipo.
Y en el peor de los casos, tanto si Daniel andaba medio enamoriscado de mí como si buscaba un polvo rápido, tampoco era que fuera a conseguir nada por mi parte.
—Gracias —dije, desechando mis pensamientos.
—¿Y tu marido? —inquirió.
—¿Qué pasa con él?
—Nada. —Se encogió de hombros y se sentó en el pico de la mesa—. Es que dijiste que solo aparentaba estar a gusto en la fiesta… Me pregunto si al final lo pasó bien o si te dio las gracias por hacer todo eso por él.
Tuve una fugaz visión de mí mismo, arrodillado ante él en un armario a oscuras, y en lo que podía haber ocurrido entre nosotros de no haber sido interrumpidos.
Recordé su actitud imperiosa, dominante, esa sensualidad animal que desplegaba cuando quería doblegarme a su voluntad y lo mucho que eso siempre me había enloquecido.
Quizás, si aquel camarero no hubiera abierto la puerta, David sí que lo habría pasado bien.
Quizás habríamos puesto fin a ese periodo de sequía que estábamos atravesando.
Quizás, después del sexo, David se habría puesto cariñoso, habría hablado conmigo, se habría disculpado por portarse como un memo.
Quizás aquella podría haber sido una buena noche, pero se tenía que haber abierto aquella maldita puerta…
Me percaté entonces de que Daniel me había estado mirando durante todo el tiempo, y al darme cuenta del tipo de pensamientos que se me podían haber reflejado en la cara, se me subieron súbitamente los colores.
—¿Noah? —preguntó.
—Sí. —No sabía muy bien qué más añadir—. Al final lo pasó más o menos bien.
—¿Por qué será que no me pareces muy convencido? —inquirió, inclinándose hacia mí para escrutar mi rostro.
Al notarle cerca de mí, mirándome con tanta atención, noté cómo la intensidad de mi rubor iba en aumento.
Me puse de pie de inmediato, antes de darme cuenta de que lo había hecho para tener una excusa para apartarme de él.
Caminé hacia el armarito y lo abrí, haciendo como que buscaba algo, solo para no tener que enfrentarme a él mientras tuviera la cara como un tomate.
Cuando se acercó a mí, había visto algo en su rostro que hacía tiempo que no veía, algo con lo que ya no estaba acostumbrado a encontrarme, ni buscaba activamente: un territorio inexplorado, la incertidumbre de la novedad, la excitación de una conquista.
—No es nada. —Me volví hacia Daniel con mi mejor cara de póker y una carpeta en mis manos.
La abrí como si estuviera examinando su contenido—.
Es solo que la noche pudo ir mejor de lo que fue, eso es todo.
¿No tienes nada que hacer? —pregunté al final, intentando echarlo de mi despacho sin que se notara demasiado.
—Sí, claro. —Se puso en pie como un resorte—. Un montón de cosas.
—Pues hala, ve a trabajar. Yo voy a revisar esto —dije, refiriéndome a la carpeta que tenía en mis manos y que no contenía más que datos ya obsoletos—, y luego voy al laboratorio.
—Te van a recibir con vítores —me advirtió Daniel, antes de salir.
Asentí con una forzada sonrisa en el rostro, pero en cuanto salió, me desmoroné sobre mi escritorio y hundí la cabeza entre las manos.