A través del sexo. La saga completa 3. Algo que celebrar #4
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3. Algo que celebrar #4

—Más bien: «Escándalo sexual fuerza la dimisión del CEO de una empresa del IBEX» —rebatió.

A veces se me olvidaba con quién estaba casado.

—Tienes razón, salgamos cuanto antes del armario. Literalmente, quiero decir.

Con cuidado de que nadie más nos viera, volvimos a la fiesta. David soltó mi mano en cuanto volvimos a vernos en compañía.

—Tengo un millón de personas más con las que hablar. Y he estado toda la noche evitando a mi tío —dijo—. Vete por ahí y pásalo bien un rato. Te veré luego.

—Está bien.

Me incliné para darle un piquito en los labios, pero me retuvo cuando hice el ademán de irme.

—Oye, por cierto… Por supuesto que todo el mundo en la Fundación sabe que eres mi marido y que recibiste una de nuestras becas —me explicó—.

Pero nadie piensa que no te la merecieras, y de verdad que todos están orgullosos de tus logros, como de los de cualquier otro de nuestros becados. Yo, el primero.

—Gracias por decir eso. Las viejas heridas vuelven a doler a veces, ¿sabes?

—Lo sé, pequeño. Pero no tienes nada de qué avergonzarte. Todo lo contrario. Así que, mantén la cabeza bien alta, ¿me lo prometes?

—Solo si tú prometes intentar estar de mejor humor el resto de la noche.

Pude ver cómo hacía un esfuerzo por presentarme la mejor de las sonrisas.

—Trato hecho.

Pasé el resto de la noche charlando con compañeros del laboratorio, con Pablo y Samuel, con mi padre, Lola y mis hermanos, que estaban impresionados por el esplendor del evento.

Mi madre también estaba allí, conversando con Lola como viejas amigas.

Tras nuestro distanciamiento, cuando salí del armario, tardé años en volver a verla.

Un día, poco antes de mi boda con David, él se plantó frente a su puerta con Íker en brazos y, tras decirle quién era, consiguió que lo invitara a pasar.

Nunca supe qué fue exactamente lo que le dijo, pero tras aquella visita, ella decidió volver a formar parte de mi vida.

Y aunque nuestra relación nunca volvió a ser la misma, sentía un enorme agradecimiento por no haberla perdido del todo.

Mientras disfrutaba de aquel momento en familia, estuve observando en la distancia a Íker y sus torpes intentos de acercamiento a Greta, y tuve un ojo puesto en David, para asegurarme de que todo fuera como debía.

Pero pronto dejé de preocuparme por él, por lo que parecía, estaba dispuesto a cumplir su promesa.

—¿Qué? ¿Cuándo me lo vas a presentar?

Daniel se había acercado a mí en uno de esos momentos en los que miraba hacia David para asegurarme de que todo iba bien.

Miré a Daniel, sopesándolo como si le viera por primera vez, recordando los comentarios que mis amigos me habían hecho sobre él al inicio de la noche.

Daniel era un buen chico, inteligente, ansioso por aprender y por complacer…

Pero nada de todo eso indicaba que quisiera tirarme los trastos.

Seguramente, me dije, Pablo y Samuel estaban viendo tan solo lo que querían ver.

—Ahora mismo, si quieres —le ofrecí.

Lo guié hasta donde estaba David, que charlaba con Hugo y otros miembros de su equipo directivo, y llamé su atención.

—Hay alguien a quien quiero presentarte —le dije cuando estuve a su lado—. Este es Daniel Pomar, mi asistente.

Daniel le tendió la mano con cordialidad.

—David Van Kerckhoven —se presentó, estrechándosela.

—Sé muy bien quién eres. El jefe de toda esta gente, si no me equivoco.

—De todos, no —repuso David mirando a su alrededor—, de un noventa por ciento, aproximadamente. —Sonrió, dando a entender que estaba bromeando—. Espero que estés aprovechando tu tiempo en los laboratorios BioKerck. Tengo entendido que tu tesis trata sobre fermentos.

—«Ingeniería metabólica en bacterias ácido-lácticas para la biosíntesis de butirato y GABA en entornos simulados de mucosa intestinal» —recitó el nombre de su tesis.

—Suena… complicado e impresionante.

—Daniel está haciendo un trabajo increíble —dije.

—Gracias a ti —me devolvió el cumplido—. Noah es la mejor persona de la que aprender sobre organismos fermentadores. Es uno de los mejores expertos en esa materia.

—Bueno —le interrumpí—, no es para tanto.

—Sí, sí que lo es —insistió Daniel—. Eres el mejor.

—Algo en lo que estamos de acuerdo —intercedió mi marido—. Encantado de conocerte. —Se despidió de él, ofreciéndole de nuevo su mano.

Hubo un incómodo momento en el que Daniel pareció pensar que David se iría, y en el que David dejó muy claro que el que se tenía que ir era él.

—Bueno, ejem , ha sido un placer —dijo el chico, antes de alejarse de nosotros.

—¿A qué ha venido eso? —le pregunté a David.

Me lanzó una de esas miradas con las que me hacía entender que sabía de la vida mucho más que yo.

—A que podrás ser uno de los mejores expertos en organismos fermentadores, Noah. —Acercó su frente a la mía—. Pero a veces parece que no te enteras de nada. Anda, vamos, que esta fiesta aún no ha terminado.

Cogiéndonos de la mano, nos mezclamos con la muchedumbre, mientras yo no dejaba de pensar en lo que mi marido acababa de decirme.