3. Algo que celebrar #3
No respondí. Mi relación con el mejor amigo de David nunca había sido sencilla.
De hecho, habíamos empezado con muy mal pie.
De todos modos, agradecí que no hiciera ninguna alusión al pasado, aunque lleváramos ya años con el hacha de guerra enterrada.
Hugo se limitó a dar un corto trago a su whisky y me miró de arriba abajo con gesto evaluador.
—Te veo muy bien.
—Gracias —dije—. Yo a ti también.
—En realidad, el secreto para mantenerse activo es una demanda diaria de estrés laboral que haría llorar a un fiscal. La adrenalina me mantiene joven.
Sonreí. Como COO del Grupo VK en España, y por tanto segundo al mando de la filial, sus responsabilidades debían absorber gran parte de su tiempo. Pero, a diferencia de David, Hugo disfrutaba sinceramente de ese frenético estilo de vida. Parecía haber nacido para ser un ejecutivo estresado.
—Mientras a ti te funcione… —dije.
—Dime, por favor, que no va a haber discursos esta noche —pidió, dirigiéndose a David.
Este me miró, algo alarmado por si había algo que yo hubiera tramado a sus espaldas. Negué con la cabeza.
—No los habrá —afirmó aliviado.
—Pues voy a por otro whisky, entonces. ¿Te veo luego?
David asintió. Hugo se alejó con su paso decidido, y yo lo seguí con la mirada un instante.
Nos acercamos a la terraza, donde Íker, Greta y Clara estaban charlando. Al vernos, Íker hizo un fútil intento de esconder una cerveza que era evidente que se estaba tomando. Greta, que ya había cumplido la mayoría de edad, tenía un idéntico botellín en la mano y no tenía por qué ocultarlo.
—Pero Greta, qué guapa estás —la alabé. Llevaba puesto un vestido de terciopelo, sin mangas y escote en «V» y una gargantilla a juego, todo con un inconfundible aire noventero.
—Menudo vintage —añadió David.
La chica nos sonrió y dio una vuelta completa para que apreciásemos su look.
—Es un auténtico vintage —rio—, lleva casi treinta años en el armario de mi madre.
—Y tú —dijo David, dirigiéndose a su hijo—. ¿Qué haces con eso en la mano?
Íker, que ya parecía creer que se había librado, puso cara de susto.
—Vamos —intercedió Clara—, que ya tiene casi dieciocho.
—Siendo «casi» la palabra clave. Dame eso, jovencito.
—Solo he probado un poco… —Se excusó Íker, mientras le tendía el botellín a su padre.
—Pues muchas gracias por la bebida —repuso este, terminándosela de un sorbo.
A Íker casi le llega la mandíbula al suelo por la tremenda injusticia que constituía que su padre se terminase una bebida que era ilegal para él.
—Te está bien empleado, por beber antes de la mayoría de edad —le amonesté.
—Claro, porque tú no bebías nada antes de los dieciocho —dijo Clara—, ni hacías otras cosas como…
—Usted se calla —le espeté con una avergonzada sonrisa, temiendo todo lo que mi cuñada podía decir sobre mis muy variadas y bastante reprobables actividades juveniles delante de Íker.
Ella hizo el gesto de cerrarse la boca con una cremallera y tirar la llave por encima de la barandilla de la terraza, hacia el vacío.
—Mi silencio no sale gratis —bromeó.
—¿Un buen vino valdría como pago? —pregunté. Ella asintió—. Enseguida vuelvo.
Fui hasta la barra a pedir una copa de verdejo y, mientras esperaba, volví mi mirada hacia la terraza.
Desde donde estaba, pude ver que Clara y David estaban teniendo, al parecer, una conversación que se iba volviendo más tensa a cada segundo que pasaba, mientras Greta e Íker observaban la situación con cara de circunstancia.
Con la copa ya en la mano, me apresuré a volver hacia la terraza, pero cuando me acercaba, David venía en mi dirección.
—¿Qué ha pasado?
Él se limitó a cogerme del brazo y apartarme de allí.
—¡David! ¿Qué ocurre?
Se paró en seco y me miró. Todo su buen humor había desaparecido de nuevo.
—Es que… —Miró a nuestro alrededor para asegurarse de que nadie podía escucharnos—.
Clara, que se ha puesto a decirle a Íker que, teniendo tan buena mente para los números y para la organización de tareas, sería una auténtica pena que no se planteara estudiar algo relacionado con la gestión empresarial, que seguro que se le daría muy bien, y que además está tan guapo en traje y corbata…
—¿Y? —pregunté, esperando aún la razón del enfado de David. Nada de lo que había dicho Clara era mentira: el chico era listo, tenía una mente analítica y muy estructurada, siempre había sido bueno para los números y le quedaban tan bien como a su padre los trajes de sastre.
—¿No te das cuenta? —Parecía exasperado—. Le estaba presionando para que siguiera la tradición familiar. —Bajó la mirada, mortificado—. Por nada del mundo quiero que le hagan a Íker lo mismo que me hicieron a mí: no quiero que nadie lo aparte de aquello que de verdad desea hacer.
Entendí lo que quería decir. En su juventud, David había tenido que renunciar a una prometedora carrera como pianista por culpa de las imposiciones de su padre de que se dedicara al negocio familiar.
Si bien David había cedido a esas presiones, lo había hecho de mala gana y nunca había sido feliz en su trabajo.
Íker tenía el mismo talento al piano que su padre y David estaba decidido a que nadie lo alejara de aquello que quería de verdad.
—No creo que esa sea la intención de Clara —dije, con tono conciliador—. Sabes que ella solo piensa en lo mejor para Íker cuando dice esas cosas. Y en todo caso, aún hay tiempo antes de que tenga que decidir qué quiere hacer. Nadie va a presionarle —le aseguré.
Desvió la mirada y un músculo se tensó en su mandíbula. Había un centenar de personas a nuestro alrededor, pero en ese momento supe que se sentía completamente solo.
—Esta fiesta está siendo peor de lo que me esperaba. —Había cierta amargura en su voz.
—No seas cenizo, cariño. Hace un rato no parecía que lo estuvieras pasando tan mal —le recordé con voz muy tranquila, y acerqué mi cuerpo al suyo en un intento de suavizar el reproche.
Ni siquiera me miró—. Te guste o no, es lo que se espera que hagamos y, además…
—Me acerqué más a él, todo lo que la situación en la que estábamos nos permitía—.
¿Qué tiene de malo que queramos celebrar tu cumpleaños?
Esta vez sí que me miró, pero supe en seguida que fue más por el estímulo de mi cercanía que por mis palabras. De repente, su mirada se había tornado peligrosa y su sonrisa ladeada se insinuaba en sus labios.
—¿Dices eso en serio? Porque tú y yo tenemos otra celebración pendiente…
—¿Cuál? —le pregunté antes de recordar a qué se refería. Me puse en alerta, pero él se limitó a sonreír—. Debes estar de broma —dije en cuanto intuí sus intenciones.
—Ven conmigo. —Me cogió de la mano y empezó a guiarme.
Recorrimos la sala, esquivando gente. David aún tuvo que pararse a saludar a algunas personas y darles las gracias por su presencia allí, pero no soltó mi mano en ningún momento, ni pareció perder de vista su objetivo.
Me guio hasta que casi llegamos a la cocina, de la que un camarero salía portando una bandeja en alto, y giró rápidamente hacia la derecha.
Allí, justo antes de llegar al pasillo que llevaba a los servicios, había una puerta casi disimulada al estar pintada del mismo color oscuro que la pared.
David accionó el picaporte y me invitó a entrar con él.
La sala estaba a oscuras, pero por lo poco que pude intuir, parecía algún tipo de almacén. Había altos estantes que estaban ocupados por menaje y lencería. David me arrastró hasta detrás de uno de esos estantes y me empujó contra la pared.
—Veinte años de nuestro primer polvo… Eso sí que es algo que me apetece celebrar.
Pensé que iba a besarme, pero, en lugar de eso, puso las manos sobre mis hombros, obligándome a arrodillarme ante él. Elevé la mirada, pero apenas pude verle en la penumbra.
—¿De verdad quieres hacerlo aquí?
Como respuesta, dio un paso hacia mí, aprisionándome entre su cuerpo y la pared, y se desabrochó el cinturón y la bragueta.
El olor del sexo de David inundó mis fosas nasales.
Apoyé la frente en su regazo y froté mi nariz contra la cremallera abierta de sus pantalones, dejando que el deseo me guiara.
Él siguió forcejeando con su ropa hasta que consiguió apartar la tela y exponer su erección.
Luego, enredó las manos en mi pelo y me animó a acercarme más a él.
—Vamos, pequeño. No me hagas esperar.
Para entonces, el deseo por él me había embargado por completo.
Dejé que penetrara mi boca y le paladeé al hacerlo.
David mecía mi cabeza entre sus manos, marcando el ritmo, y yo le dejaba hacer, completamente entregado.
Desatendiendo mi propia erección, que palpitaba impaciente, rodeé sus caderas con mis manos y agarré sus pequeñas nalgas por encima de la tela de sus pantalones.
Él no me daba respiro, y yo no quería que lo hiciera, conformándome con ser un instrumento para su placer, entregándome a él por completo.
De repente, la puerta se abrió. La luz se encendió y se volvió a apagar casi de inmediato, a la vez que alguien musitaba una apresurada disculpa antes de retirarse.
Quienquiera que hubiera sido —un camarero con casi toda seguridad— solo habría visto una figura difusa tras una estantería, pero parecía haber entendido lo suficiente de la situación como para haberse ido azorado.
—¡Joder! —dijo David, con la voz contenida pero con evidente enfado. En la relativa oscuridad le oí forcejear con su ropa para recomponerse y yo me incorporé—. Lo siento.
—No ha sido culpa tuya —repuse.
—Sí que lo ha sido. No tendría que haberte traído aquí. No sé en qué estaba pensando.
—Yo sí que lo sé.
La sombra de una sonrisa pasó por su cara.
—Salgamos de aquí antes de que alguien nos pille. Otra vez. Imagínate el escándalo.
—Oh, sí —bromeé—, ya veo los titulares: «Un hombre le hace una felación a su marido» —reí.