A través del sexo. La saga completa 3. Algo que celebrar #2
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3. Algo que celebrar #2

Carraspeé incómodo, no sabiendo qué responder ante tanta sarta de disparates. Justo en ese momento, vi cómo David me hacía un gesto para que me uniera a él.

—El deber me llama —dije, señalando en su dirección con el pulgar—. ¿Os veré luego por aquí?

—No creo que…

—Sí, tranquilo —interrumpió Samuel a su pareja a la vez que le daba un codazo en las costillas—, no tenemos pensado irnos demasiado temprano, ni nada de eso. Mira, Pablo, canapés de gambas —añadió.

Se alejaron de mí en persecución de los susodichos canapés, pero pude ver cómo Samuel se giraba para guiñarme un ojo con complicidad.

Me acerqué a David y al grupo que le rodeaba, temiendo tener que involucrarme en una conversación críptica sobre el precio de las acciones, los movimientos de la bolsa o ciertas funciones ejecutivas, pero la resplandeciente sonrisa con la que David me recibió hizo que la tarea pareciera, de pronto, menos ardua.

Mientras llegaba hasta él y aceptaba la mano que me ofrecía, me di cuenta de que su humor había mejorado muchísimo.

Me presentó a varias personas que no conocía de nada y cuyos nombres pensé que olvidaría en cuestión de segundos, hasta que oí cómo David decía:

—Y estoy seguro de que recuerdas a Roberto Molina.

Por un momento estuve a punto de negar con la cabeza, pero al mirar el rostro del señor calvo y de aspecto bonachón que me miraba con algo parecido a la nostalgia, el recuerdo de una calurosa mañana de verano y unas oficinas art déco se materializó en mi mente.

—Por supuesto. —Estreché su mano con familiaridad.

Roberto Molina había sido el gestor de becas con el que me había entrevistado casi veinte años atrás, beca gracias a la cual había podido estudiar en la UF7, una de las universidades más prestigiosas del país.

Ese día, mi vida cambió para siempre—. Por supuesto que me acuerdo de usted.

—Oh, por favor, tutéame —me rogó a la vez que me soltaba la mano—, no me hagas sentir más viejo de lo que ya me siento al recordar el tiempo que hace desde que nos vimos por primera vez.

—Vaya, me sorprende que te acuerdes de mí —solté con genuina sorpresa—, debes de entrevistar a cientos de candidatos cada año.

—Pero Noah, ¿cómo no me voy a acordar de ti si eres…? —Lanzó una rápida y casi imperceptible mirada hacia David—. ¿… Si eres uno de nuestros becados más exitosos? —concluyó, con evidente incomodidad.

—Lo que Roberto quiere decir —intervino una sonriente mujer que David me acababa de presentar como Rita no-sé-qué—, es que eres el famoso Noah. Por supuesto que recuerda su entrevista contigo.

—Ah, claro —dije, sintiéndome de repente como un idiota por no haberme dado cuenta antes de que todo el mundo allí debía saber quién era yo, qué relación tenía con David y cómo había obtenido aquella beca.

Después de que me la ofrecieran, había tardado un tiempo en descubrir que la había recibido por recomendación de David, siendo él el presidente de la Fundación que las otorgaba.

Por aquel entonces, nuestra relación era tortuosa y yo sentí verdadero rencor hacia David, por darme algo de lo que yo no me creía merecedor, y me sentí tan humillado que llegué a plantearme renunciar al dinero y a mis estudios en la UF7.

Pero con el tiempo comprendí que David no era, sencillamente, tan cínico como yo pensaba o como él mismo pretendía dar a entender.

En el fondo, era un idealista: alguien que de verdad creía que podía usar su posición privilegiada para ayudar a construir un mundo mejor, y que darle oportunidades educativas y laborales a jóvenes talentos con pocos recursos económicos era una buena manera de empezar.

Que David me hubiera recomendado para una de sus becas cuando apenas me conocía era no solo una expresión de las esperanzas que había depositado en mí desde el principio, sino también de su imposibilidad para aceptar la desigualdad de oportunidades a la que yo, como tantos otros jóvenes, me enfrentaba.

Y, sin embargo, habiendo hecho las paces con todo ello muchos años atrás, ese sentimiento de humillación, de no ser merecedor de lo que tenía, se asomó a un rinconcito de mi cabeza.

—Roberto es ahora el vicepresidente de la Fundación —me informó David, cogiéndome del brazo, ajeno al remolino emocional que se estaba cociendo en mi cabeza—, y tiene un montón de ideas acerca de lo que podemos hacer. Es, de facto, quien dirige todo el cotarro ahora mismo.

—Justo estábamos hablando de cómo vamos a empezar a diversificarnos. Y no todas las ideas han sido mías precisamente… —dejó caer.

David bajó la mirada con una humildad que no le conocía. Me quedé mirando hacia él, expectante.

—A partir del curso que viene, vamos a implantar un programa artístico —explicó con parquedad.

—Todo idea suya, por supuesto —dijo Roberto, refiriéndose a David—. Músicos, actores, bailarines… Incluso puede que, si va bien, nos planteemos extenderlo a las artes plásticas.

—Eso es fantástico. —Le di un golpecito a David en el brazo.

Conociendo su pasión por la música, de repente entendí que era extraño que no se le hubiera ocurrido hacer algo así antes.

—Es que… Ahora que es probable que Íker entre en el Royal College, me parece injusto que otros jóvenes de igual talento no tengan una oportunidad siquiera de audicionar para una escuela así.

El Royal College of Music de Londres era una de las escuelas de música más antiguas y prestigiosas del mundo, e Íker iba a audicionar en unos meses para estudiar en ella.

Con el maravilloso talento que tenía frente a las teclas de un piano, nadie dudaba de que conseguiría entrar.

De ahí a poder dedicarse por entero a la música solo había un paso y, por supuesto, para alguien con el apellido de Íker, ni el prestigio ni el dinero necesarios para estudiar en un colegio así le iban a faltar.

Pero David tenía mucha razón al suponer que la mayoría de los chavales no tenían esas ventajas.

—Imagínate —continuó David con aire ensoñador—, poder ayudar a jóvenes a entrar en el Royal College, en Juilliard, en la New York Film Academy, en la Academia de Danza Bolshoi…

Sonreí genuinamente al verle tan entusiasmado. Si había alguna faceta de su trabajo que David disfrutaba de verdad, era la presidencia de la Fundación íCaro. La dirección del Grupo VK era su principal actividad, pero el trabajo en la Fundación sería su verdadero legado.

—Es una idea maravillosa —le sonreí.

David acarició el dorso de mi mano con su pulgar.

—Gracias —dijo.

—Y no es la única que tenemos —continuó Roberto—. Vamos a aumentar nuestros presupuestos para poder incrementar el número de becados, y esperamos poder iniciar en un par de años un programa de búsqueda de talentos en Latinoamérica.

—Vaya. —Ni siquiera intenté ocultar mi sorpresa.

—Estamos muy contentos de todo lo que hemos conseguido y del trabajo que estamos haciendo ahora —intervino Rita de nuevo—. Y verte a ti aquí… —Suspiró—. Saber todo lo que has conseguido, y que ha sido gracias en parte al trabajo de la Fundación… Felicidades por la publicación, por cierto —añadió.

—Gracias —dije, sintiendo de nuevo ese incómodo pinchazo.

—Nos encanta seguir las carreras de nuestros becados, ver sus trayectorias… Es una de las partes más reconfortantes de nuestro trabajo —añadió.

—Y no solo la del «famoso Noah» —musitó David junto a mi oído, haciéndome entender que los halagos de Rita eran bienintencionados, y no solo porque era el marido del presidente de la Fundación.

A lo mejor, David era en aquel momento más consciente de mi estado emocional de lo que yo había supuesto en un principio.

—Deberías venir algún día a ver lo que estamos haciendo, Noah —me invitó Roberto—.

Así verás lo bien que funciona nuestro pequeño proyecto.

Nada va a cambiar a peor cuando dejes la presidencia, David, te aseguro que todos los proyectos en los que tanto has trabajado van a seguir en marcha, sea quien sea el nuevo presidente.

—David, ¿qué…? —Sentí cómo los dedos de David se entrelazaban con los míos y apretaba mi mano con fuerza. Capté la indirecta al momento—. Me encantaría visitar las oficinas algún día, Roberto —dije.

—Te tomo la palabra, jovencito —dijo guiñándome un ojo—. Felicidades de nuevo por tu cumpleaños, David.

—Gracias, gracias —dijo—. Y ahora, si nos disculpáis, Noah y yo tenemos que seguir circulando.

—¿Vas a dejar la presidencia de la Fundación? —le siseé mientras nos alejábamos del grupo.

—Ahora no, cariño.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

—Ahora no —insistió, acercando mi mano a sus labios y dándome un beso en el dorso.

—Vale —concedí—, pero solo has conseguido una prórroga. Vamos a tener que hablar de esto en otro momento.

—Por supuesto.

Justo entonces nos topamos con un hombre alto, calvo y con un marcado hoyuelo en la barbilla. En la mano llevaba un vaso de whisky y en el rostro, un gesto bastante severo.

—Feliz cumpleaños. —Esbozó una sonrisa tan sincera que sus marcadas facciones se suavizaron.

Al verle, David se abrazó a él.

—No sabía que estabas aquí —dijo, visiblemente emocionado. Se separó un poco—. Pensé que seguías en Euskadi.

—¿Y perder la oportunidad de hacerle la pelota a mi jefe? —bromeó con esa voz grave que siempre parecía estar a punto de dictar una sentencia—. Por nada del mundo. Hola, Noah —añadió, girándose hacia mí—. Gracias por la invitación.

—Hola, Hugo. —Le estreché la mano—. De nada.

—Tu marido ha trabajado muy duro en prepararte esto —le dijo a David—, espero que lo sepas y lo agradezcas.

Sonreí por lo bien que Hugo conocía a David. No era de extrañar, dado que eran amigos desde la infancia.

—Gracias por el recordatorio. —David ni siquiera se esforzó en disimular—. A veces soy un imbécil.

—Quita el «a veces» —repuse, en tono jocoso.

—Tú ya sabes cómo es, y sigues con él —añadió Hugo, mirándome con una chispa burlona en los ojos—. Tampoco te quejes mucho.