3. Algo que celebrar
ALGO QUE CELEbrAR
P or fin llegó la noche de la fiesta. Dado que el homenajeado ya sabía lo que le esperaba, no había necesidad de que Íker o yo recurriéramos a ningún subterfugio para llevarle a ninguna parte, lo cual nos hacía todo mucho más fácil.
Con bastante más entereza de la que me esperaba, David se duchó, se afeitó y se vistió a conciencia, poniéndose un traje gris de impecable factura, muy favorecedor, al resaltar el color de sus ojos y su perfecta silueta.
Luego, ayudó a su hijo a anudarse la corbata mientras yo terminaba de vestirme.
En ese momento, el móvil vibró en mi bolsillo. Era un mensaje de Clara:
Qué tal va todo?
Ya salís?
Qué nervios
Espero que le guste la sorpresa…
Sonreí. Afortunadamente para mí, ella desconocía el hecho de que yo ya se lo había contado todo a David. Le respondí, mintiendo como un bellaco:
Todo bien
Estamos a punto de salir
Él no sospecha nada
Unos minutos más tarde, nos subimos al coche y me dejó conducir hasta el evento. Habíamos acordado que se haría el sorprendido al llegar allí, pero con la cara de palo que traía en el coche, no sabía yo si iba a conseguir engañar a nadie.
Íker también estaba algo nervioso. Había invitado a Greta a la fiesta y sabía que se encontrarían allí. Verse fuera de su ambiente habitual y en ropa de gala era bastante diferente a pasar el rato juntos en el instituto.
—Que te dejes de mordisquearte ya las uñas —le dije, mirándole por el espejo retrovisor cuando paré el coche ante un semáforo en rojo.
—Lo siento. —El chaval dejó caer las manos en el regazo y se hundió en el asiento trasero.
—¿Y tú, qué? —Me dirigí a David, poniendo de nuevo el coche en marcha—. ¿No me piensas hablar en toda la noche?
David decidió darme la callada por respuesta, pero me puso una cálida mano sobre el muslo. Decidiendo conformarme con esa pequeña oferta de paz, conduje hasta nuestro destino.
La fiesta se celebraría en el Five Seasons , un hotel superpijo en el centro de la ciudad.
Paré el coche en la puerta, nos apeamos del vehículo y le di las llaves al valet que se encargaría de aparcarlo en el subterráneo.
Se suponía que David debía creer que acudía allí para una cena tranquila en familia, o eso es lo que Clara pensaba que le habíamos dicho.
Caminamos en dirección al salón de eventos y, mientras lo hacíamos, David me cogió del brazo.
—Estate tranquilo —me dijo con un indescifrable tono en su voz que me dejó más preocupado de lo que ya estaba—, que he practicado mucho mi cara de sorpresa.
Cuando entramos, unos cientos de pares de ojos nos miraron expectantes durante apenas un segundo.
Luego, todo el mundo estalló en un enorme grito de «¡Sorpresa!
». David se soltó de mi brazo, abrió mucho los ojos y sonrió, como si estuviera genuinamente complacido.
La gente rompió a aplaudir y, antes de que me diera cuenta, mi marido se había perdido entre la muchedumbre, apretando manos y repartiendo saludos.
—Pues sí que ha practicado su cara de sorpresa —musité para mí.
Cogí al vuelo una copa de champán y miré a mi alrededor en busca de alguien conocido. Distinguí no muy lejos a varios miembros de mi grupo de investigación y, mientras me acercaba a ellos, pude escuchar cómo Daniel les contaba el final de lo que parecía ser una divertida anécdota.
—Entonces, volví a coger la placa de Petri —dijo, a la vez que hacía el gesto de sostener algo en su mano—, le miré y le dije: «¿Se refería a esta, profesor?».
Todo el mundo estalló en carcajadas a nuestro alrededor. Yo me limité a sonreír y a saludar a los demás, como no había escuchado el resto de la historia, me resultaba imposible pillarle el chiste.
—¿De qué profesor estabas hablando? ¿No sería de mí?
Samuel también se acercaba al grupo y, al igual que yo, había llegado a tiempo solo para escuchar el final de la historia. Venía acompañado de Pablo, y ambos portaban sendas copas de vino.
—No, de ti no —repuso Daniel—. Les estaba contando la historia de la placa de Petri.
Samuel soltó una risita.
—Sí que me acuerdo, sí. Buena anécdota.
—Tan buena que hasta yo me la sé —me susurró Pablo, que se había puesto a mi lado.
Lo miré de reojo. Mi mejor amigo solía sentirse a disgusto en ese tipo de ambientes tan formales y de seguro había venido medio obligado por su pareja, por mucho que los trajes de chaqueta le favorecieran tanto.
Algo que tenía en común con David, pensé, aunque cualquiera de los dos preferiría cortarse un brazo antes de admitir que se parecían en algo.
—¿Y qué tal te trata tu jefe? —le preguntaba Samuel a mi asistente. Aunque hablaba con Daniel, me di cuenta de que miraba en mi dirección.
Daniel se puso un poco colorado cuando repuso:
—Oh, no puedo quejarme. Noah me trata demasiado bien. Y estoy avanzando un montón en la recogida de datos gracias a él… Y al resto del equipo, claro —se apresuró a aclarar.
De todas formas, no había ya nadie del laboratorio, aparte de mí, que le estuviera prestando atención en ese momento. En cuanto terminó de contar su aparentemente divertida historia acerca del profesor y la placa de Petri, las conversaciones se fragmentaron y el grupo se había ido dispersando.
—No sabes cuánto me alegro. —Samuel sonreía sobre su copa—. Aprende mucho de Noah, que es uno de los mejores.
Ahora fue mi turno de ruborizarme.
—Ya será para menos…
—Oh, no me seas tan modesto —dijo Samuel—. Siempre fue el mejor de la clase —le relató a Daniel a modo de confidencia—. Un estudiante brillante que luego ha tenido una carrera de lo más fascinante. Y ahora con esa publicación tan reciente…
Dejó la frase en el aire.
—Sí, todo el mundo en el laboratorio está muy orgulloso de eso. Ojalá hubiera podido colaborar contigo en ese proyecto. — Daniel me miró con anhelo. Cuando él se había incorporado al equipo, la investigación estaba a punto de ser publicada.
—Para la próxima —le dije.
De repente, nos quedamos todos en un incómodo silencio.
—La fiesta es espectacular, Noah —me dijo Samuel—, y el sitio es precioso. A David pareció gustarle la sorpresa.
—¿Verdad que lo pareció? —Solté una risita y miré a mi alrededor para asegurarme de que nadie nos estaba prestando atención.
Solo estábamos nosotros cuatro—. Al final se lo conté el otro día, porque sé que no le gustan las sorpresas de este tipo, y se enfadó un poco conmigo.
Hoy, en el coche, el muy capullo vino toooodo el camino con cara de malas pulgas, pero ha sido entrar por la puerta y…
—Lo busqué hasta encontrarlo con la mirada y lo vi charlando en actitud relajada con un grupo de encorbatados, una copa de champán en la mano y una expresión de absoluto deleite en el rostro.
Le señalé—. Ahí lo tenéis: todo encanto.
—O sea, que el mal humor, solo para ti —resumió Pablo.
Puse los ojos en blanco.
—Ya sabéis cómo es. Se lo perdono todo porque es guapo —bromeé.
Mis amigos rieron, pero vi que Daniel observaba a David con detenimiento.
—Luego te lo presento —le dije, pensando que lo miraba por simple y pura curiosidad.
—Oh, genial. Me gustará conocerle por fin, tras tanto oír hablar de él. —Alguien le hizo un gesto, y Daniel se excusó—: Bueno, me voy un rato con los chicos, que me llaman. Luego nos vemos por aquí y me presentas a tu marido.
Con una última mirada por encima de su hombro, se alejó de nosotros.
Pablo, que apenas había abierto la boca en todo el rato, se abrazó a la cintura de Samuel y se inclinó hacia él para hablarle.
—La verdad es que tenías razón, cariño. —Ladeó la cabeza para mirarle el culo a Daniel mientras se alejaba, luego añadió—: El chico es bastante mono.
—Te lo dije.
—No os paséis —les advertí—, que Daniel es prácticamente un niño.
—Y se le nota un montón —prosiguió Pablo, ignorando mi comentario.
—También te lo dije —asintió Samuel.
—Chicos, ¿de qué habláis?
—Oh, Noah, por favor —me pidió Pablo haciendo aspavientos—. No me digas que no te has dado cuenta de que ese ayudante tuyo es más marica que una flor de primavera.
Sonreí y bajé la mirada hacia mi copa.
—Ya lo sé. Samuel tuvo a bien advertírmelo nada más recomendármelo, por si yo no me daba cuenta por mí mismo.
—Es que tu gayradar nunca ha estado muy bien afinado —añadió este, riéndose de mí.
—Y sabes también… —continuó hablando Pablo mientras pasaba un brazo sobre mi hombro y se acercaba a mí, como para hacerme una confidencia—, que ese huevo quiere sal.
—¿Qué huevo quiere sal con quién? —pregunté algo despistado, mientras otra cosa ocupaba mi atención: desde donde estaba podía ver cómo Moisés y Clara se habían encontrado y charlaban el uno con el otro de manera muy afectuosa.
—Ay, Noah, de verdad que no te enteras de nada. —Mis amigos se carcajearon de mí y yo volví a la realidad.
—¿Qué pasa ahora?
—No me digas que no te has dado cuenta —decía Samuel, ocultando una sonrisa traviesa tras su copa.
—El rubio, que siempre está en la parra.
—Tíos, ¿de qué va esto?
—De que ese «niño» va detrás de ti —afirmó Pablo—. Y que de niño, por cierto, no tiene ni un pelo del pubis.
—Solo quería decir que era muy joven para vosotr… Espera, ¿qué?
—Que el pobre chico está coladito por su jefe —sentenció Samuel.
—¿Quién puede culparle? —añadió Pablo—. Si su jefe está como un queso.
—Os estáis cachondeando de mí, ¿verdad? —pregunté, habiendo decidido ignorar el cumplido. Mis amigos negaron con la cabeza al unísono—. ¿Qué va a estar Daniel colado por mí? —negué—. Dejaos ya de tonterías, que hay un montón de compañeros del curro por aquí y alguien os puede oír.
—¿De verdad crees que nadie se habrá dado cuenta ya? —Pablo levantó una ceja con incredulidad—. ¿Cuánto tiempo lleva ya Daniel trabajando para ti? ¿Dos, tres meses?
—Casi cuatro. Pero sois unos idiotas. Os digo que Daniel no está por mí… Solo me hace un poco la pelota porque soy su superior y…
—Sí, seguro que le encanta eso de estar debajo de ti —se carcajeó Pablo.
—Pero si soy por lo menos diez años mayor que él —sentencié.
—Dijo el que se enamoró a los diecisiete de un hombre de veintiocho —me rebatió.