A través del sexo. La saga completa 2. El enorme peso de los años #4
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2. El enorme peso de los años #4

Suspiré. La mujer a la que había contratado llevaba una empresa de eventos de mucho éxito y era toda una profesional, pero para lo bueno y para lo malo, requería de mi aprobación antes de tomar cualquier decisión: me había consultado sobre el tipo de evento y si prefería de día o de noche; sobre la etiqueta y código de vestimenta; sobre el tipo de música, el estilo de las invitaciones y un sinfín de detalles más, entre los que incluía mis preferencias con respecto a la comida.

Mis respuestas se limitaban a elegir lo que creía que Clara hubiera preferido: entre todas las opciones, elegía siempre la más lujosa.

—Creo que le diré que ponga un poco de todo, y así no tendré que elegir. —Solté los menús y me di por vencido—. Solo quiero que esta maldita fiesta termine de una vez —afirmé, hundiendo la cara entre las manos.

—Necesitas relajarte —Daniel se puso detrás de mí y masajeó brevemente mis hombros—. Y tendrías que ir a un fisioterapeuta, que estás supercargado.

—Ya, ya lo sé. —Me incorporé un poco y caminé por el despacho para estirar las piernas mientras me tomaba la taza de café que me había traído—. ¿Sabes qué es lo peor? Que sé que estoy haciendo este esfuerzo por todo el mundo, menos para mi marido, que no va a disfrutar nada de todo esto.

—¿En serio? —se sorprendió—. Porque si mi pareja hiciera algo así por mí…

—Ya, pero no es solo que David sea bastante sencillo y prefiera mil veces más cenar macarrones con tomate que mousse de cangrejo con trufa negra, sino que, además, odia cumplir años —le confesé mientras nos sentábamos juntos, compartiendo el pequeño sofá—.

Y cuantos más años cumple, más gruñón se pone al respecto.

Ahora que se acerca a los cincuenta, está insoportable con el tema de su edad —dije, poniendo los ojos en blanco.

— Wow. —Se sorprendió—. Es mucho mayor que tú, ¿no?

—Solo once años. —Le resté importancia.

—Ya, pero es que tú tampoco aparentas la edad que tienes. Aparentas treinta, como mucho.

Se hizo un silencio, durante el que sonreí algo inseguro.

—Sí, seguro que sí —dije no muy convencido, pensando si el chaval estaría de alguna manera burlándose de mí—. Anda, vuelve al trabajo. Eso mismo voy a hacer yo.

Nos levantamos, yo para volver a mi escritorio, él para regresar a sus tareas.

—Espera. Repártelas por ahí, ¿quieres? —Le pedí antes de que saliera del despacho, dándole un fajo de invitaciones para la fiesta, dirigidas a los técnicos e investigadores de mi equipo.

Daniel las hojeó, mirando los nombres de los destinatarios. Cuando encontró una que llevaba su nombre, me miró con sorpresa.

—¿Estoy invitado a la fiesta? —preguntó, con una enorme ilusión en los ojos.

—Claro que sí, he invitado a mi familia y a todo el equipo del laboratorio, y tú no solo eres parte de él, sino el único que me ha echado un cable. Nos tomaremos una copa juntos y disfrutaremos al menos un poco de la dichosa fiesta. —Le guiñé un ojo—. ¿Te parece?

Con una resplandeciente sonrisa, Daniel salió de mi despacho.

Aquella noche, mientras me preparaba para meterme en la cama con David, tomé una decisión que sabía que Clara me reprocharía amargamente si llegaba a enterarse. Me giré hacia mi marido, que estaba apartando los almohadones de la cama para meterse en ella, y le dije a modo de advertencia:

—Creo que deberías saber que estoy organizando una fiesta sorpresa para tu cumpleaños.

Se quedó quieto, con un enorme cojín en la mano, y me miró.

—Ya me sospechaba yo algo. Y si me lo dices, será porque…

— Sip —le interrumpí, confirmando las sospechas que aún no había verbalizado—. Será tremendo fiestón. Que conste que tu hermana me ha obligado. Y tu tío va a venir —añadí.

—Y si mi tío va a venir —elucubró mientras se sentaba a mi lado en la cama y cubría sus piernas con la colcha—, significa que habrá allí directivos, ejecutivos, accionistas, políticos…

—Exacto. El paquete completo.

—¿Y cuándo tendrá lugar el feliz evento? —me preguntó con la voz cargada de ironía.

—El día después de tu cumpleaños.

Asintió con gravedad.

—Supongo que, además, pretenderás que te dé las gracias por avisarme.

—Pero mira que eres borde —le reproché con una media sonrisa—. Encima que te aviso con la antelación suficiente para que practiques tu cara de sorpresa.

Suspiró pesadamente y apoyó la cabeza contra el cabecero de la cama.

—A ver si tengo la suerte de morirme antes y evitar tanto suplicio.

—Y a ver si tú dejas de bromear con ese tema —le susurré, acercándome a él para besarle en la mejilla—, que pretendo que me dures unos cuantos añitos más.

Apagué la luz de la mesita y me tumbé, tapándome con la colcha hasta las orejas. Noté que a mi lado David hacía lo propio. Estaba empezando a quedarme dormido cuando le oí hablar de nuevo.

—¿Te has dado cuenta de que ese mismo día hará veinte años que nos conocimos?

Abrí los ojos de golpe, aunque no podía ver casi nada en la oscuridad. Con todo el follón de la organización, no me había parado a pensar en que David y yo nos habíamos conocido el 30 de enero de 1999. El día después de que él cumpliera veintiocho años.

—¿De verdad ha pasado ya tanto tiempo? —gemí, sintiendo cómo el enorme peso de los años me caía encima de golpe.

Le oí soltar una risita.

—Sí, pequeño —me dijo, abrazándome debajo de las mantas—. Pero mira el lado positivo: al menos tendremos algo que celebrar esa noche.