A través del sexo. La saga completa 2. El enorme peso de los años #3
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2. El enorme peso de los años #3

A pesar de que ninguno de los dos había tenido hijos propios, Clara y yo podíamos hablar por propia experiencia.

Durante el primer año de vida de Íker, ella había sido, a todos los efectos, una madre para él, asumiendo junto a su hermano el cuidado del bebé sin que ninguno de los dos tuviera experiencia alguna al respecto.

Por mi parte, cuando empecé a convivir con David y su hijo, este ya no llevaba pañales ni hacía tomas nocturnas y yo pensé, erróneamente, que lo peor de la crianza había quedado atrás.

Pero durante los siguientes años, David y yo compartimos muchas noches en vela por fiebres, toses o por los terrores nocturnos que Íker empezó a experimentar cuando tenía cuatro o cinco años y que nos acompañaron de manera intermitente hasta que tuvo casi diez.

También había estado la adaptación a las rutinas asociadas al colegio, las tareas y los deberes; los problemas de convivencia de Íker con otros niños y de nosotros mismos con otros padres, sobre todo por el hecho de que David y yo no constituíamos una familia normativa; el cambio al instituto, que conllevó ciertos niveles de bullying que el chico tuvo que sufrir por tener padres maricas; la adolescencia, una época oscura llena de rebeldía, acné y problemas de autoestima que apenas acabábamos de dejar atrás.

Ahora que Íker empezaba a acariciar la edad adulta, habiendo de cumplir los dieciocho a finales de ese mismo año, aún no podíamos decir que tener un hijo había dejado de ser una fuente de desvelos y preocupaciones.

Casi lo sentía por mi hermano: si los primeros cinco años de vida de sus hijas le estaban pareciendo muy duros, no quería ver lo muy cuesta arriba que se le iban a hacer los próximos diez.

—Bueno, en todo caso, espero que le vaya bien —dijo Clara, refiriéndose a Moisés, antes de volver a atacar—. En cuanto a la fiesta… Más vale que esté bien organizada. Mi tío quiere ir —dejó caer.

Adolph seguía siendo, a pesar de su ya muy venerable edad, la figura más poderosa dentro del entramado familiar y empresarial de los Van Kerckhoven.

Tras la muerte de Michael y la renuncia de David a postularse como Director General del Grupo VK —una decisión motivada por su deseo de quedarse en España y construir una vida a mi lado—, fue su tío quien dio el paso al frente y presentó una candidatura que hasta entonces había mantenido en reserva, por lealtad a su sobrino.

David lo respaldó entonces, no solo como muestra de gratitud por todo lo que Adolph había hecho por él, sino también como maniobra estratégica para impedir que el liderazgo del grupo cayera en manos de Florence, su medio hermana, que había ambicionado el puesto durante años.

Entre ellos siempre había existido una competencia feroz, en marcado contraste con la cálida relación que David mantenía con su otra hermana.

Una vez que Adolph obtuvo los apoyos necesarios para asumir la presidencia ejecutiva de VK International AG, Florence regresó a Estados Unidos para continuar dirigiendo la filial norteamericana, mientras que David asumió el cargo que hasta entonces había ocupado su tío: Director General de VK España.

—Vale, vale —me rendí—, pero como David se cabree… —No terminé la frase, dejando las implicaciones en el aire.

Clara se rio de mí. Ambos sabíamos quién cargaría con las culpas si ese enfado llegaba a materializarse.

Organizar una fiesta sorpresa de cumpleaños suele ser una tarea de por sí bastante difícil; organizar una fiesta sorpresa de cumpleaños para un alto ejecutivo con invitados millonarios, periodistas y gente importante era una misión imposible.

Ya solo los requerimientos logísticos de un evento así se salían por completo de mis competencias.

No me quedó otra opción que contratar a una organizadora de eventos que se ocuparía de elegir el lugar, contratar el catering y la banda de música, enviar invitaciones, contactar con una empresa de seguridad…

Clara puso en mi mano la lista de invitados y a mi disposición todos los recursos del Grupo VK, mientras que Hugo consiguió que la secretaria de David me ayudara a escondidas, limpiando la agenda de David para el día indicado y facilitándome las señas de contacto de muchos de sus colegas.

Sin embargo, y a pesar de toda esa ayuda, la preparación de la fiesta fue un verdadero quebradero de cabeza para mí durante las siguientes semanas.

—¿Todavía estás con eso, jefe? —me preguntó un día Daniel al entrar en mi despacho y verme con la nariz enterrada en los posibles menús del catering .

—¿Qué crees tú que será mejor? —pregunté a mi vez—. ¿Los corazones de alcachofas con boquerones del Cantábrico y mahonesa de trufa negra o los bocaditos de mousse de cangrejo con berberechos sobre cama de canónigos?

—No lo sé —dijo con simpleza, poniendo una taza de café frente a mí—. Donde esté un buen ibérico…

—Oh, tranquilo, que de eso también va a haber… a precio de oro el kilo.

—¿Qué sentido tiene contratar a una organizadora de eventos si luego tienes que elegirlo todo tú? —se quejó.