A través del sexo. La saga completa 2. El enorme peso de los años #2
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2. El enorme peso de los años #2

Fiel a la filosofía personal de David, seguíamos ocupando el mismo edificio en el que él había vivido cuando le conocí.

Él nunca había hecho ostentación de la fortuna que poseía.

Sí, era generoso con su dinero y nunca daba la impresión de que le faltase, pero cualquiera que le tratase en un encuentro casual pensaría que era alguien con una holgada situación económica y un trabajo bien remunerado, como abogado, arquitecto o directivo intermedio de alguna empresa.

Yo mismo había pensado eso al conocerle.

Siempre supe que tenía bastante pasta, pero nunca imaginé la magnitud de su posición hasta que alguien me lo hizo notar.

No fue hasta la muerte de su padre, cuando la prensa se llenó de artículos sobre los herederos del multimillonario Michael Van Kerckhoven, que comprendí de verdad quién era David: no solo alguien con dinero, sino parte de una élite empresarial cuyos apellidos aparecen en los suplementos económicos, pero rara vez en las páginas de sociedad.

Supongo que es porque uno tiende a imaginar que las personas de ese nivel adquisitivo viven en urbanizaciones exclusivas con seguridad privada, se desplazan en coches oscuros con chófer y no se mezclan con la multitud.

Pero ese fue el mundo en el que David se había criado, y huir de él fue su principal objetivo al convertirse en adulto.

Por eso, cuando le conocí, vivía en un apartamento en el centro de la ciudad.

Una propiedad costosa, sin duda, pero sin más rastro de ostentación que una excelente ubicación y una estantería llena de libros.

Nada que ver con la mansión de superlujo llena de sirvientes que se le podría atribuir a alguien de su procedencia.

En cuanto empezamos a convivir, y a medida que Íker iba creciendo y demandando más espacio, nos planteamos durante un tiempo mudarnos a una casa más grande en las afueras.

Pero ninguno de los dos quería renunciar a las ventajas de la ciudad ni marcharse a uno de esos chalets de lujo en urbanizaciones superelitistas, de las que él siempre había huido.

Así que optamos por aumentar la casa hacia abajo, integrando el piso inmediatamente inferior del edificio para disfrutar de un dúplex en plena ciudad, multiplicando nuestro espacio por dos.

Tras trasladar la cocina, el salón y el despacho de David al piso inferior y dejar el superior solo para los dormitorios, ampliar la terraza ya existente y construir otra más pequeña en nuestro dormitorio, teníamos todo el espacio que necesitábamos y nunca más hablamos de mudarnos.

Yo sabía que, en parte, su decisión estaba motivada porque no quería que Íker se criara en el mismo ambiente elitista y alejado de la realidad que él había vivido. Pero siempre creí que le costaba desprenderse de un piso que le traía tantos recuerdos.

Por mi parte, yo también tenía un enorme apego sentimental por aquel lugar, pues la habitación que ahora compartíamos había sido, casi veinte años antes, la misma en la que había pasado mi primera noche con él.

Dormir a su lado en ella, noche tras noche, cerraba un círculo perfecto en mi vida que me recordaba cada día que había conseguido todo aquello que había deseado para mí mismo.

—Ya estamos en casa —anuncié cuando las puertas del ascensor privado se abrieron para dejar paso al salón.

David estaba allí, guardando en una caja de cartón los adornos navideños que aún colgaban del árbol.

A pesar de que teníamos una asistenta que venía cada mañana para limpiar y adecentar la casa, había cosas que él se empeñaba en seguir haciendo personalmente, y esta era una de ellas.

Su chaqueta descansaba sobre una de las sillas, pero, por lo demás, seguía vistiendo la misma ropa con la que había ido al trabajo.

Puede que él odiara los trajes, pero verle con chaleco y corbata sobre camisa blanca era uno de los grandes placeres de mi vida.

—¿Qué tal el examen? —preguntó al vernos entrar.

Íker se encogió de hombros y desapareció escaleras arriba, en dirección a su habitación.

—Según Greta, lo bordó —informé a mi marido mientras me acercaba a él y le abrazaba por la espalda, a la vez que desabrochaba los botones de su chaleco—. ¿Por qué no me acompañas a la ducha? —le sugerí—. Luego, si quieres, terminamos de desmontar el árbol juntos.

Giró el rostro para darme un beso.

—Prométeme que no lo vamos a dejar para mañana. Sabes que odio…

—… Ver el árbol de Navidad aún montado después del ocho de enero. —Terminé la frase por él—. Lo sé, y te lo prometo —le aseguré.

Tiré de él hacia el piso superior y nos empezamos a desvestir una vez en el dormitorio.

—¿Sabes una cosa? —le dije—. Creo que tienes razón.

—¿En qué?

—Íker está muy callado cuando Greta está delante.

Y cuando ella habla, se le ponen las orejas coloradas, sobre todo si habla de él.

—Me reí y David sonrió con conocimiento.

Yo no me había fijado en ese detalle hasta que él me lo hiciera notar un par de semanas atrás—.

Debiste ver su cara cuando ella dijo que él había bordado su examen «como siempre». El pobre no sabía dónde esconderse.

David tiró los calcetines que acababa de quitarse al cesto de la ropa sucia y, ya desnudo, se metió en la ducha.

—A ver cuándo se va a atrever a decirnos que le gustan las chicas —dijo con una risita.

Me uní a él bajo la ducha y me arrimé a su cuerpo para disfrutar del agua caliente—.

¿Te imaginas el drama? Papá, Noah, ejem —continuó, imitando el tono nervioso y dubitativo de la voz de nuestro hijo—, tengo que deciros… que no soy gay.

Me carcajeé.

—Pero, hijo mío —seguí la broma con voz aflautada—, ¿qué hemos hecho mal contigo? ¿Cómo pueden gustarte las mujeres?

—Qué aberración —continuó él, entre carcajadas—. ¿De verdad eres heterosexual? Vamos a tener que llevarte a un curso de conversión marica, a ver si te curas de tu enfermedad.

Ambos nos reímos ante lo absurdo de la situación. Una situación que, a la inversa, ambos habíamos sufrido.

—¿Crees que seguirá siendo virgen? —preguntó cuando nuestras risas se nos apagaron.

—No lo sé. Tú y yo perdimos la virginidad a los diecisiete, la misma edad que tiene él ahora. ¿Te habías dado cuenta?

—No, nunca lo había pensado. ¿A ti te ha dicho algo? —preguntó, sabiendo que Íker tendía a ser más abierto conmigo que con él.

—No —dije, de repente muy serio—, no me ha dicho nada.

David se pasó las manos por el pelo, salpicándome el rostro con diminutas gotas de agua, antes de mirarme con la misma seriedad.

—Ni a mí tampoco.

Los días se fueron haciendo más largos y fríos a medida que nos adentrábamos en enero.

A pesar de sus buenas notas, Íker parecía más agobiado que nunca con sus estudios, tanto en el instituto como en el conservatorio y, como cada año, el humor de David se iba haciendo más y más sombrío a medida que nos precipitábamos hacia su cumpleaños.

—Te digo yo que no le va a hacer ninguna gracia todo esto —le decía a Clara una tarde lluviosa por teléfono, mientras ella me presionaba para que le hiciéramos una fiesta sorpresa a David.

Estaba en casa de mi padre, visitándolos a él y a Lola, cuando Clara me había llamado.

Mis sobrinas estaban también allí, un par de gemelas de apenas cinco años que traían a mi hermano Moisés por el camino de la amargura.

Salí del salón para que los gritos de las hiperactivas niñas no interrumpieran la conversación.

—Es peor que un crío —se quejaba Clara—. ¿Y qué si cumple cuarenta y ocho tacos? Por mí, como si cumple noventa y cinco, el cumpleaños de uno hay que celebrarlo.

—Si yo no te digo que no lo celebremos. Pero seguro que él preferiría algo más íntimo.

—Ya, ya lo sé. Pero mi hermano tiene que saber que no es una persona anónima que pueda hacer lo que le venga en gana.

Es el Director General del grupo VK en España, el Vicepresidente del Comité de Ética de la empresa matriz y el Presidente de la Fundación íCaro.

Eso conlleva unas responsabilidades que no se acaban cuando se sale de la oficina.

Una fiesta así es un momento ideal para quedar bien de cara a los accionistas y lamerle el culo a algunas personas.

Y dejar que otros nos lo laman a nosotros.

Todo el mundo espera que le hagamos una fiesta, y se la vamos a hacer —sentenció.

—Ya, pero tú me estás hablando de trabajo, Clara —le contesté con aspereza—, y yo te estoy hablando de tu hermano y de sus necesidades.

—Sus necesidades están plenamente cubiertas, que yo sepa. Ya te encargarás tú de darle una celebración de cumpleaños más íntima —afirmó. En ese momento, las crías salieron del salón para pasar, corriendo y gritando, delante de mí—. ¿Qué griterío es ese? —me preguntó.

—Mis sobris, que no paran. ¡Miriam! ¡Séfora! —les grité, tapando el auricular con la mano—. Dejad de correr por el pasillo, niñas, que estoy hablando por teléfono.

Como era de esperar, me hicieron caso solo a medias: se fueron al que había sido mi cuarto, tal y como les pedí, pero chillando más fuerte que nunca por todo el camino.

—Perdona —le dije a Clara al volver al teléfono—. Son dos pequeños terremotos.

—Tu hermano tiene que estar contentísimo con ellas, entonces —se burló Clara.

—Calla, calla. Que encima se acaba de separar —le informé.

La relación que Moisés había mantenido con la madre de sus hijas era la más larga que había tenido nunca, incluyendo la que tuviera con Clara, terminada de manera muy amistosa un par de años después de comenzar.

Esta última separación, por el contrario, no estaba teniendo nada de amistosa, lo cual era aún más doloroso, teniendo en cuenta que había dos niñas de por medio.

—¿No me digas? —Clara parecía genuinamente sorprendida—. Pero si cuando los vi estas Navidades, parecía irles genial.

—Pues era fachada, por lo visto. Todos pensábamos que estaban bien, pero ahora nos hemos enterado de que llevaban años con problemas.

—Criar gemelas no debe ser nada fácil.

—No, no debe serlo. La paternidad es bastante jodida incluso con un solo niño en casa.