2. El enorme peso de los años
EL ENORME PESO DE LOS AÑOS
E l tráfico aquella mañana estaba imposible.
Era el primer día lectivo tras las vacaciones y parecía que todos los coches de la ciudad se hubieran puesto de acuerdo para salir a la vez, como si la ciudad entera quisiera sacudirse la resaca de las fiestas con una sinfonía de cláxones.
Y también era el día del temido examen, como Íker no dejaba de recordarme con su insoportable manía de morderse las uñas y escupir los trocitos por la ventanilla.
—Para ya de una vez —le amonesté—. Me estás poniendo de los nervios.
Íker escupió por última vez y cerró la ventanilla, para luego empezar a mover rítmicamente su pierna contra el asiento. Al mismo tiempo, un coche que circulaba en el carril contiguo hizo una precaria maniobra para adelantarme, obligándome a girar el volante con rapidez para evitar una colisión.
—Será capullo… —siseé, dándole un toque al claxon.
Un dedo levantado por fuera de la ventanilla fue la única respuesta que obtuve—.
Que te den —musité—. Y tú, estate quieto —añadí, volcando toda mi frustración en Íker.
De repente, el movimiento de su pierna contra mi asiento me parecía más exasperante que verle mordiéndose las uñas.
El chico no me contestó, pero detuvo todo movimiento, encogiéndose en su asiento y casi escondiéndose dentro de su sudadera oversize . Unos minutos después, paré el coche enfrente de la entrada de su instituto.
—Te vengo a buscar luego, ¿vale? —le decía, mientras se quitaba el cinturón de seguridad y cogía sus cosas—. Y estate tranquilo, que ya verás que te sale bien el examen.
—Que sí —dijo con hastío—. Hasta luego.
—Hasta lue… —No me dejó terminar, sino que salió del coche y cerró la puerta tras él antes de que me diera tiempo de terminar de despedirme.
Me quedé mirando para verle traspasar la puerta, cabizbajo y pensativo, antes de que la bocina del coche que había detrás me sacase de mi ensimismamiento.
Puse el motor en marcha y me fui de allí.
Llevar a Íker al instituto me permitía llegar al trabajo un poco antes de tiempo, lo cual siempre me resultaba reconfortante.
Me gustaba ser el primero en llegar y tener un rato para estar a solas y repasar los datos del día anterior o consultar bibliografía con el primer café de la mañana, pero ese día me encontré con que no era el único en llegar temprano.
Daniel, mi asistente, estaba en su mesa, con la cara casi pegada a la pantalla de su ordenador.
—Buenos días.
—Noah, mira esto —contestó a modo de saludo, tirando de mi manga para que me acercara y mirara lo mismo que él.
La pantalla de su ordenador mostraba una fotografía obtenida con microscopio electrónico, en la que se veía a una bacteria de la que protruían dos largos flagelos.
—¿Qué estoy mirando? —pregunté.
—Es una Shewanella oneidensis . —Daniel, seguro de haber obtenido ya toda mi atención, me soltó por fin—. Se alimenta de electricidad —dijo triunfal.
Asentí, recordando haber leído un artículo sobre la bacteria en cuestión un par de meses antes.
—Es más bien una respiración celular por reducción de iones metálicos en ambientes anaerobios, pero se puede decir que sí —contesté, dejando mi maletín sobre la mesa—.
La descubrieron allá por los ochenta. ¿Sabías que el año pasado consiguieron modificar las membranas de dos cepas de Shewanella por medio de una molécula sintética para aumentar la potencia que generan?
Daniel me miró asombrado.
—Sí, lo acabo de leer… Qué pasada.
—¿Qué haces aquí tan temprano? ¿Trabajando en la tesis? —inquirí.
Asintió. Daniel era doctorando en la UF7, la misma universidad en la que Clara, Samuel y yo nos habíamos licenciado.
De hecho, era pupilo de este último, y como su tesis giraba en torno al uso de organismos fermentadores para aplicaciones biomédicas, mi área de especialidad, Samuel logró convencerme para que lo acogiera de becario mediante un convenio con la universidad.
El puesto apenas estaba remunerado y su trabajo consistía más en tareas de apoyo que en investigación real, pero Daniel no parecía quejarse: además de cierta independencia para recopilar datos útiles para su tesis, pasaba sus días rodeado de microscopios, cultivos y conversaciones científicas.
—Es lo que debería estar haciendo, en todo caso —respondió, cerrando una ventana del navegador y abriendo otra de hojas de cálculo. Luego, como si de pronto recordara sus obligaciones, me miró algo azorado y preguntó—: ¿O necesitas algo primero?
—No, sigue con los datos. —Quiso protestar, pero insistí—. Ni tu horario ni el mío han empezado aún —dije, señalando el reloj de pared—. Me voy al despacho.
Cerré la puerta y encendí la luz. No pasaba demasiado tiempo allí durante el día; lo solía usar para reuniones puntuales o momentos de concentración.
Encendí el ordenador para revisar un par de artículos recientes, y mientras el sistema arrancaba, una revista científica sobre la mesa atrapó mi mirada.
Era el número de diciembre de una de las publicaciones más reconocidas del sector, donde habíamos logrado publicar un ensayo clínico que había liderado el año anterior.
Tomé el ejemplar, hojeé las páginas hasta encontrar el artículo y no pude evitar sonreír, en parte avergonzado por el orgullo que ese logro me seguía produciendo.
Había sido la primera vez que ejercía como investigador principal en un proyecto propio, y el proceso, desde el diseño experimental hasta la feroz revisión por pares, había requerido meses de esfuerzo, coordinación de equipo y validación de resultados.
Toda mi vida laboral había estado vinculada a los laboratorios BioKerck y había tenido que trabajar muy duro para llegar donde estaba.
Paradójicamente, lo que me lo había puesto más difícil había sido aquello que los demás consideraban una ventaja: mi relación con David.
Ser la pareja del CEO del Grupo VK en España me había enfrentado a frecuentes sospechas de favoritismo, lo que hacía que mis superiores se mostraran más reticentes a asignarme responsabilidades clave, exigiéndome siempre más que al resto para demostrar que estaba ahí por méritos propios.
A pesar de ello, los murmullos maliciosos a mi alrededor seguían siendo una constante y sabía que algunas personas nunca estarían dispuestas a valorarme con la ecuanimidad que merecía.
Y, sin embargo, me sentía satisfecho con mi trayectoria en los laboratorios, cuyo punto álgido había sido aquella publicación.
Sabía que no bastaba, que todavía me quedaban muchas metas por alcanzar, pero también que con aquella firma como autor principal me había ganado, por fin, el respeto de muchos de mis colegas.
Mientras pensaba en ello, percibí el creciente murmullo en el pasillo.
El reloj marcó la hora en punto, y con ella, el inicio oficial de la jornada.
Casi al mismo tiempo, Daniel asomó la cabeza por la puerta.
—¿Qué, jefe? —dijo, con una sonrisa—. ¿Un café y empezamos?
Me puse de pie, tomé la bata blanca del perchero y asentí.
—Sí, empecemos.
Al salir del laboratorio aquella tarde, recorrí mi habitual camino de vuelta al instituto de Íker. Apenas había llegado cuando le vi salir del recinto.
Íker caminaba codo a codo con su mejor amiga, con la cabeza prácticamente enterrada en la pantalla del móvil.
Ella le hablaba, pero él no parecía escucharla; tecleaba algo con los pulgares a una velocidad inusual.
Se acercaron al coche y, justo cuando parecían estar despidiéndose, bajé la ventanilla y me dirigí a ellos.
—Hola. —Íker abrió la puerta del copiloto sin contestarme siquiera y pensé que su mutismo no presagiaba nada bueno, pero decidí dejar las indagaciones para más tarde—. Greta —dije, dirigiéndome a la joven—, ¿no viene a buscarte tu madre hoy? —Ella negó—. Sube si quieres, que te alcanzo.
Ella agradeció el gesto, se subió al coche y encendió su teléfono móvil. Puse el coche en marcha.
Íker y Greta habían sido amigos desde el primer día de instituto y la amistad que tenían siempre me había recordado un poco a la que yo había compartido con Clara muchos años atrás, pues lo hacían todo juntos, dentro y fuera de las aulas: eran los mejores amigos que se pudiera imaginar, se contaban todos sus secretos, compartían gusto en música, cine, ropa y aplicaciones para el ordenador.
Los dos eran unos frikis de la informática y a ambos les gustaba la música: mientras que Íker terminaba el grado medio de piano en el conservatorio y estaba excepcionalmente dotado, ella cantaba en el coro del instituto y tocaba la guitarra española.
La única diferencia era que yo no tenía claro que lo que había entre ellos fuera tan platónico como lo que hubo entre mi cuñada y yo.
Al menos, no por parte de Íker, que cada vez se mostraba más reservado con nosotros en todo lo referente a su amiga.
—¿Qué tal el día? —pregunté. No obtuve respuesta. Ambos seguían mirando las pantallas de sus teléfonos móviles—. ¿Y el examen? —insistí.
—No fue tan terrible. —Fue Greta la que contestó—. Creo que yo hice dos problemas mal. Íker lo bordó, como siempre.
El comentario fue hecho sin la menor malicia, pero al escucharlo, Íker se encogió en el asiento, intentando hacerse invisible.
Decidí no decir nada al respecto, sino que dejé que los dos jóvenes se embarcaran en una conversación sobre el examen, que parecían haber tenido ya un par de veces ese día.
Unos minutos más tarde, llegamos a casa de Greta y esta se bajó del coche tras despedirse.
—Entonces, bordaste el examen… —dejé caer en cuanto arranqué de nuevo el coche.
—No me salió mal —contestó él, algo evasivo.
—¿Y qué tal el día en el insti? ¿Algo que contar?
— Noooop —dijo, sin levantar siquiera la mirada de la pantalla.
Llegamos a casa unos minutos después sin haber intercambiado una palabra más. Aparqué el coche en el garaje subterráneo y subimos por el ascensor.