1. Luces navideñas #3
—¿Seguro que se va a estudiar y no a hacerse una paja? —preguntó Pablo, señalando la puerta con el pulgar—. Porque con esas prisas que se ha dado…
—Ojalá fuera eso —me quejé—, no sabes lo obsesivo que se pone con el tema de los exámenes y las notas… Es peor que un dolor de muelas.
—Los sacrificios de la paternidad —suspiró Pablo. Se estiró perezosamente en el sillón y alargó su mano hacia Samuel—, menos mal que nosotros no tenemos ese problema.
Samuel le sonrió y yo los observé. Sabía que años atrás Samuel había llegado a plantearse la posibilidad de adoptar un niño, pero al final había optado por no hacerlo, y hasta donde yo sabía, no se había arrepentido de su decisión.
—Bueno —dijo en tono conciliador—, cada pareja tiene sus desafíos. David y tú tenéis a Íker, y Pablo y yo tenemos…
—¿Un montón de amantes y orgías? —solté para picarlos.
Lo de las orgías era un poco exagerado, pero no lo del montón de amantes.
En los años que llevaban juntos, mis amigos habían explorado casi toda forma de relación que existía, excepto la convencional.
Al principio, hacían tríos, luego fueron swingers y al final pasaron a abrir la relación en canal, y cada uno podía tener encuentros sexuales con quien quisiera.
—¿Qué? —preguntó Pablo, enarcando las cejas—. ¿Celoso?
—¿Celoso de qué? —bufé—. ¿De tener una relación abierta como vosotros?
—Nunca es tarde para dejar la monogamia de lado.
Ahora fue mi turno de poner los ojos en blanco. Ya había perdido la cuenta de las veces que habíamos tenido esta conversación.
—Sabes muy bien que David y yo no funcionamos así.
—Y tú debes saber ya muy bien que las parejas monógamas dejan de follar tarde o temprano —replicó Pablo. Algo en mi cara debió agriarse, porque Pablo se incorporó como un resorte—. ¿Es que ya no folláis?
—Yo no he dicho eso.
—Pues tu cara lo ha dicho todo.
—Pablo, no me des la brasa, anda —rogué.
Pablo fue a replicar, pero Samuel puso una mano en su antebrazo.
—Deja al chico tranquilo.
—Solo me preocupo por su vida sex…
—Que lo dejes tranquilo.
—Pero míralo, si parece su hijo, se está mordiendo las uñas y todo.
Y era verdad. No fui consciente de que me estaba mordisqueando una uña hasta que Pablo lo hizo notar. Dejé de hacerlo de inmediato, pero mi lenguaje corporal decía a gritos que necesitaba desahogarme.
—¿Eso siempre es así? —pregunté.
—¿El qué?
—Que las parejas monógamas dejan de follar.
—Así que es verdad… —dijo Pablo.
—A lo mejor, si no se te notara tanto el entusiasmo, me animaría a hablar contigo del tema —contesté, escaldado.
—Igual estáis pasando por una de esas épocas. —Samuel me pasó otro trozo de roscón, conciliador como siempre.
—Eso pienso yo. Anoche casi lo hacemos… No sé. —Chasqueé la lengua—. No es que yo no quiera, y estoy seguro de que David quiere también, pero al final, por una cosa o por otra, nunca ocurre.
—¿Desde cuándo, Noah? —Ya no había en la voz de Pablo ni un solo tono de burla.
—¿Lo peor? —dije con amargura—, que ni lo sé.
—Vaya —musitó Samuel, quizás no sabiendo qué otra cosa decir.
—Entonces, vosotros no tenéis ese problema.
—Tener una relación abierta mantiene la pasión en la pareja —soltó Pablo, como si fuera una verdad universalmente aceptada.
—Si le insinuara a David que quiero una relación abierta, le daría un infarto.
—Pero, ¿es eso lo que tú quieres? —inquirió Samuel.
—Qué va —dije con total sinceridad—. Soy demasiado celoso para…
—Callé durante un momento—. A veces os envidio, ¿sabéis?
Pero no por la razón que piensas, Pablo —añadí con rapidez—.
Lo que envidio es la capacidad que tenéis de no sentir celos, pienso que estáis más evolucionados que yo y a vuestro lado soy como un hombre de las cavernas por no ser capaz de concebir las relaciones de pareja de una manera más liberal.
—Porque no quieres —apostilló Pablo.
—Porque no puedo —exclamé—. Soy incapaz de no pensar en David como en algo de mi exclusiva propiedad, ni considerar el sexo con otra persona como una traición a mi pareja.
Y supongo que también me siento algo inseguro, como si creyera que si David se lía con otra persona, aunque fuera con mi permiso, perdería la confianza en que luego volvería a mí.
¿Y si le gusta más el otro y se va con él?
—O con ella —puntualizó Pablo—, que todos sabemos que a David le gusta tanto la carne como el pescado. —No pudo evitar poner cierta cara de asco.
—En serio, ¿cómo lo hacéis? —pregunté con genuino interés—. ¿Cómo no enloquecéis de celos cuando tu pareja está teniendo sexo con otro tío?
—A veces, mirar ayuda —dijo Pablo.
—Y tampoco es que nunca nos sintamos inseguros o celosos —apuntó Samuel por lo bajini. Pablo le dedicó una miradita—. ¿Qué? —se quejó—. ¡Es verdad! ¿O es que quieres hacerle creer a Noah que lo que tenemos nosotros es perfecto?
—Es que es perfecto.
—¿Ah, sí? —Se sorprendió Samuel, enarcando las cejas con incredulidad—. ¿De repente te has olvidado de aquel pelirrojo que…?
Pablo chasqueó la lengua, fastidiado.
—Una vez. ¡Una vez que me he puesto celoso en más de quince años!
—Sí, al menos una vez —concedió Samuel—, así que haz el favor de no negarlo.
Durante el intercambio entre mis amigos, una sonrisa se había ido formando en mi rostro. A veces es verdad eso de que el mal ajeno es un consuelo.
—Lo siento, chicos, pero me alegra veros discutir. Ya estaba empezando a preocuparme.
—Es la pasión que seguimos teniendo lo que nos hace discutir —dijo Pablo con retintín.
Le saqué la lengua.
Justo en ese momento se escuchó el sonido del ascensor abriéndose.
David volvía a casa y los tres nos miramos, acordando tácitamente que la conversación había acabado.
Confiaba en David más que en nadie en el mundo, pero mientras le veía entrar en el salón y acercarse a nosotros, me acordé de que hay cosas de las que solo se puede hablar con amigos.