A través del sexo. La saga completa 1. Luces navideñas #2
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1. Luces navideñas #2

No fallaba: Íker siempre dudaba de sus conocimientos antes de un examen, aunque luego sacase sobresalientes en todo, lo que le convertía en el tipo de estudiante más insoportable que hay.

David solía bromear diciendo que esa vena empollona la había heredado de mí, pero la verdad era que no nos parecíamos en nada: yo necesitaba poner todo mi empeño y esfuerzo para destacar; por contra, la inteligencia de Íker era tan brillante como la de su padre.

Siempre había estado convencido de que con una fracción de su esfuerzo sacaría los mismos resultados, lo que me llevaba a sospechar que lo demás era simple y pura inseguridad.

Quizás era en eso, y en el vivo color de sus ojos verdes, en lo único en lo que Íker no se parecía a su padre.

Había heredado la misma elegante estructura ósea y el esbelto cuerpo de David, siendo ya, a sus diecisiete años, un poco más alto que él.

Tenía el mismo hermoso rostro, de expresivos ojos, larga nariz y finos labios, y las mismas manos, grandes y fortalecidas a base de las extenuantes horas que pasaba frente a un piano.

Íker también había heredado el talento musical de su padre y su abuela paterna.

—Ve a despertar a tu padre, anda.

En cuanto Íker hubo salido, Clara me interpeló:

—¿Qué es lo que le pasa a este chico? Lleva todas las navidades más mustio que una flor sin agua, y no me digas que es solo por ese examen de química…

Viviendo en Alemania como lo hacía, Clara sólo veía a su sobrino en contadas ocasiones al año, pero eso no le restaba un ápice de su legendaria intuición, sobre todo tras haber pasado las Navidades compartiendo el mismo techo que él.

—Estoy por averiguarlo —contesté—. Te mantendré informada.

—¿Y qué piensas hacer por el cumpleaños de David? —preguntó, cambiando radicalmente de tema.

—Intentar impedir que se suicide —contesté con toda la seriedad de la que fui capaz.

A Clara casi se le sale el café por la nariz para luego empezar a carcajearse, pero Sonia nos miraba como si la broma no hubiese sido de su agrado. El tema de las crisis de edad de David parecía tener suma gracia para todo el mundo, salvo para ella.

—Buenos días.

David entró en la cocina, seguido de cerca por su hijo.

Besó a su madre en la mejilla y se sentó junto a mí.

No necesité echarle más que un vistazo para saber que tenía resaca y que no pensaba quejarse al respecto.

Habiendo casi terminado de desayunar, me levanté para servirle un café bien cargado y prepararle unas tostadas. En ese momento, sonó el timbre.

Todos nos miramos extrañados, pues no esperábamos a nadie.

—Voy a ver quién es… —dije, saliendo de la cocina.

El timbre volvió a sonar cuando iba de camino a la puerta, con insistencia.

—Ya voy, ¡ya voy! —exclamé, malhumorado.

Pero mi mal humor se despejó en cuanto abrí.

—¡Felices Reyes! —me gritaron al unísono mis dos mejores amigos.

Allí, en el umbral, estaban Pablo y Samuel, exhibiendo sus mejores sonrisas.

Samuel llevaba una enorme bolsa que no podía sino estar llena de regalos, mientras que Pablo sostenía una bandeja de cartón de la que provenía el delicioso aroma a crema pastelera y flor de azahar, típico de los roscones de Reyes.

—¡Ey! ¿Qué hacéis aquí? No os esperábamos hasta esta tarde. Felicidades a vosotros también —los saludé, abrazándolos y franqueándoles el paso.

—¿Pero es que ni siquiera habéis abierto los regalos? —exclamó Pablo al ver los paquetes envueltos a los pies del árbol.

—Nos acabamos de despertar. Estamos desayunando. Anda, pasad.

—Sí, que bonita juerga os pegasteis anoche, ¿no? —me decía Samuel de camino a la cocina—. Publicando stories desde el Sodoma a las y pico de la madrugada como si fueras un adolescente.

—A lo de los stories me aficionaste tú —le reproché en broma—, que no se te olvide. Mirad quién ha venido —anuncié al llegar a la cocina.

—¡Chicos! —exclamó Clara, corriendo hacia ellos para abrazarlos—. Ya pensaba que no os vería antes de irme.

—¿Y dejarte a ti y a nuestro sobrino favorito sin regalos? —dijo Pablo a la vez que le revolvía el pelo a Íker.

El muchacho volvió a atusarse el cabello, refunfuñando enfadado, mientras Pablo y Samuel repartían besos y felicitaciones por toda la cocina.

En cuanto estuvieron sentados a la mesa, serví café para todos y se repartieron raciones del roscón.

David apenas había probado el suyo cuando una figurita dorada apareció en su tenedor.

—Mirad, a David le ha tocado ser el rey de la casa, para variar.

Pablo le puso en la cabeza la corona de cartón que, como manda la tradición, viene con cada roscón. Al hacerlo, le manchó el cabello con un poco de azúcar glass y fruta escarchada.

—Su Majestad, estamos a su entera disposición —se burló.

Todos nos reímos, excepto David, que se quitó la corona con rapidez y se atusó el cabello en un gesto idéntico al que su hijo había hecho apenas unos minutos antes.

—Póntela de nuevo —rogó Samuel, sacando su móvil y poniéndolo frente a él—. Para el Insta.

David esbozó la primera sonrisa de la mañana mientras negaba con la cabeza.

—Creo que paso. Se la cedo a Pablo. —Se la tendió a mi amigo—. Siempre ha sido más reinona que yo.

Pablo aceptó la corona, pasándose por el arco del triunfo el velado insulto que mi marido le acababa de dedicar, y se la puso con excesiva ceremonia.

—¡ Ooooh ! Estás monísimo —exclamó Samuel volviéndose hacia su pareja—. ¡No te la quites!

Pablo posó gustosamente para la instantánea que David no había querido sacarse y Samuel se entretuvo unos segundos en ponerle varios filtros y subirla a sus redes sociales antes de enseñarnos el resultado.

Me reí como el que más, pero en cuanto pude le lancé una miradita a David para advertirle de lo borde que estaba siendo.

Él hizo lo posible por hacer como que no me había visto.

—Eh, ¿dónde vas? —dijo, en cuanto vio a Íker salir de la cocina.

—A estudiar un rato… —respondió azorado al verse sorprendido en su fútil intento de escabullirse de nosotros.

—¿Cómo que vas a estudiar ahora? —Me puse de pie y le tendí la mano—. Es hora de abrir los regalos.

—Pero…

—Que es hora de los regalos. —Vino Clara en mi ayuda, cogiendo a su sobrino del brazo y llevándolo a la fuerza hacia el salón.

—Es la primera vez en mi vida que veo a un niño que prefiere estudiar a abrir regalos. —Me musitó Samuel mientras nos dirigíamos de vuelta al salón.

—Es que Íker ya no es ningún niño —le respondí, repentinamente serio.

Íker solo tenía un año y medio cuando David y yo retomamos nuestra relación y más de dos cuando empezamos a convivir. Y no nos habíamos vuelto a separar desde entonces.

Muchos de los que nos conocían de antes se sorprendieron cuando empezamos a celebrar un aniversario detrás de otro, tras cuatro años de mantener una relación intermitente, tumultuosa y llena de altibajos.

Sin embargo, para Íker, que no recordaba una época en la que yo no había sido la pareja de su padre, esa inesperada estabilidad era lo normal.

Recuerdo que, al principio, me daba muchísimo pudor que el niño nos viera juntos, aunque solo fuera cogiéndonos de la mano o compartiendo un beso, pero David siempre insistió en que su hijo era demasiado pequeño para cuestionarse determinadas cosas y que no debíamos mostrar más que naturalidad delante de él.

El tiempo pareció darle la razón, pues en los más de quince años transcurridos desde entonces, nunca vi a Íker cuestionarse nuestra relación o expresar desconcierto o sorpresa por tener, a diferencia de otros niños, dos padres.

Y es que, aunque Íker nunca me llamaba papá, término que usaba exclusivamente para referirse a David, por lo demás se comportaba conmigo como cualquier niño lo haría con uno de sus progenitores.

Yo, que nunca había pensado en la paternidad o deseado tener hijos, me vi de la noche a la mañana compartiendo mi vida con un niño de corta edad antes de darme cuenta de que eso me convertiría de facto en padre.

No fue algo previsto o planeado, pero con el correr de los años, había llegado a verlo como una bendición.

Salvo cuando el crío en cuestión se empeñaba en comportarse como un neurótico.

—Voy a suspender el examen —dijo por enésima vez aquella tarde.

Algunos de los regalos de Reyes aún estaban esparcidos por el suelo, así como parte del papel que los había envuelto.

Pablo, Samuel, Íker y yo estábamos tirados en el sofá, con la tele puesta de fondo y pegándonos una segunda ración del roscón sobrante del desayuno, mientras que David había salido para acompañar a Clara y a su madre hasta el avión que habría de llevarlas de vuelta a casa.

Íker se sentaba encogido, con las piernas pegadas al torso y mordiéndose las uñas, haciendo un sonido de lo más irritante.

—No vas a suspender. Y deja de hacer eso —le sermoneé—. Que te vas a hacer daño.

Íker escupió un último trocito de uña y cambió de postura, pero siguió mordisqueándose el pulgar izquierdo.

—A ver si pierdes esa manía —le amonestó Pablo—. Que eres un artista y tienes que cuidarte esas manos.

—Pues un montón de pianistas famosos se mordían las uñas —dijo el chaval—. Gottshalk, por ejemplo. O Mahler, que a veces dejaba las teclas manchadas de sangre.

—¿En serio? —exclamó Pablo, acercándose a Íker, al parecer interesado en la información.

—Pablo, eso no ayuda —me quejé.

Ambos se giraron hacia mí e Íker tuvo la osadía de ponerme los ojos en blanco. Le devolví una mirada no muy amistosa.

— Vaaaale. —Se sacó el dedo de la boca—. ¿Puedo irme ya a estudiar?

—Cualquiera diría que te tienen castigado sin estudiar —se burló Samuel.

—Es que voy a suspender el…

—Vete, anda —concedí al final, solo para evitar que terminara la manida frase. Llevábamos todo el día intentando entretenerle para que pusiera su mente en otra cosa, pero parecía imposible.

Íker no necesitó nada más, se levantó de un salto y desapareció del salón.