A través del sexo. La saga completa 1. Luces navideñas
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1. Luces navideñas

LUCES NAVIDEÑAS

A quel ya no era el sitio de moda que una vez había sido; las copas seguían pareciéndome caras y esa noche, a causa de la fiesta de nostalgia ochentera que tenía lugar, la música me parecía más hortera de lo habitual.

A mí esa década no me decía nada especial y solo me inspiraba recuerdos de mi más tierna infancia: Espinete y la Bruja Avería en la televisión, los radiocasetes, las horas pasadas en el colegio y el tener las rodillas destrozadas por caerme una y otra vez cuando jugaba al fútbol con otros niños en el asfalto frente a mi casa.

Pero ese lugar era el Sodoma, y el Sodoma era mi hogar.

Y con música hortera o sin ella, no había otro lugar en el que preferiría estar aquella noche, aunque solo fuera para complacer al hombre que me acompañaba.

Lo miré desde la lejanía. Había ido a pedir un par de copas a la barra y, mientras abría la cartera para pagar las consumiciones, hablaba, forzando una no muy sincera sonrisa, con un hombre que había junto a él, probablemente algún plasta que querría ligárselo.

«Y no es de extrañar», me dije, mientras permitía que mis ojos recorrieran su silueta.

Ahora, sus sienes estaban salpicadas de gris, pero seguía siendo tan guapo como siempre.

La edad había otorgado cierta rudeza a sus facciones y algo de robustez a su espalda, pero no había añadido ni un centímetro a su esbelta cintura, ni tampoco le había robado su natural elegancia al moverse.

Mientras le veía venir hacia mí, recordé con nitidez cristalina la primera vez que mis ojos se habían posado en aquel hombre de cuerpo delgado y enorme ego, que siempre sonreía como quien tiene la certeza de saberlo todo en el mundo.

Quizás eso era lo único que la edad sí que le había quitado.

—Aquí tienes. —Me tendió la copa—. Me encanta esta canción —exclamó al escuchar los primeros acordes de uno de los mayores éxitos de Wham!

Me cogió de la cintura y me obligó a unirme a él en el baile de aquella ridícula canción.

Creo que él la odiaba tanto como yo, pero aquella noche la felicidad y la nostalgia parecían haber nublado su juicio.

Siendo casi once años mayor que yo, estaba seguro de que los recuerdos ochenteros de David no incluían rodillas lastimadas. O no por jugar al fútbol, en todo caso.

Ha pasado mucho tiempo, no sé si te acordarás de mí.

Me llamo Noah y, para refrescarte la memoria, solo te diré que soy gay, un amante de las ciencias y que he estado enamorado del hombre medio borracho y completamente feliz que ahora mismo está bailando conmigo desde la primera vez que, con tan solo diecisiete años, lo vi.

Sé que no he sido el primer amor de David, pero él sí que fue el mío.

Y por el momento, los dos deseamos que este amor sea el último para ambos.

Han pasado muchas cosas en estos últimos años, y casi todas han sido buenas.

Quizás lo mejor ha sido ver cómo el mundo se abría y cómo el movimiento LGTBI se iba haciendo paso con una fuerza cada vez más intensa.

Ahora que miro atrás, pienso que quizás, al menos en España, el punto de quiebre estuvo marcado por la Ley 13/2005.

Quizás esos números no signifiquen nada para ti, pero a todos los homosexuales de este país nos dijo algo: que éramos iguales en derechos y deberes que los demás, que éramos libres para amar como quisiéramos y expresar ese amor al mundo.

Y es gracias a ello que, a día de hoy, David y yo podíamos lucir alianzas gemelas en nuestras manos.

Tampoco voy a mentir y decir que todo ha sido bueno.

Como en cualquier otra vida, en la mía ha habido también altibajos, y por desgracia algunos de ellos están motivados por la discriminación que las personas no heterosexuales seguimos sufriendo a ciertos niveles, pero por lo general creo que puedo afirmar que todo me va bastante bien.

Ahora, con treinta y siete años recién cumplidos, tengo todo lo que necesito para ser feliz: un trabajo que me apasiona, amigos que me quieren y que cuidan de mí y una familia a la que adoro.

—¿Crees que Íker seguirá estudiando para su examen de Química? —me preguntó David, acordándose de su hijo de repente.

Consulté la pantalla de mi teléfono móvil.

—¿A estas horas? —dije, moviéndome contra su cuerpo—. Espero que esté durmiendo.

—¿Tan tarde es?

—Siempre pierdes la noción del tiempo cuando canta George Michael —bromeé, inclinándome para besarle en los labios—. Anda, vámonos ya. Si vuelvo a oír otro sintetizador, me pego un tiro —añadí.

—Pues voy a tener que hacer algo para salvarte la vida.

Me empujó contra una pared cercana y me metió las manos bajo la camiseta. Cuando su lengua rozó la mía, un quedo gemido escapó de mis labios. Su boca sabía a ron y a deseo. Algunas cosas no cambian nunca.

Salimos a la calle abrazados, bajo las luces navideñas que aún adornaban la ciudad en aquellos últimos días de las fiestas.

Estuvimos tonteando todo el camino de vuelta a casa, como dos adolescentes.

El taxista que nos llevaba nos miró con cierta desaprobación por el espejo retrovisor, pero David no parecía dispuesto a prestarle la más mínima atención y yo tampoco lo hice.

Entramos a trompicones en casa, aún besándonos y tirándonos de la ropa, ignorando tanto al enorme árbol de Navidad que presidía el salón como a la multitud de regalos pulcramente envueltos que había a sus pies.

David intentó llevarme hacia el sofá, pero se lo impedí riendo bajito.

—Tenemos la casa llena de gente —le recordé—, ¿seguro que quieres hacerlo aquí?

Su sonrisa auguraba peligro.

—¿De verdad crees que puedes aguantarte las ganas hasta que lleguemos al dormitorio? —dijo a su vez, mientras mordisqueaba la piel de mi cuello.

Me hubiese sentido tentado de darle la razón de no ser por los pasos que escuché provenientes del pasillo.

—¿Papá? —oímos con claridad, antes de que las luces del salón se encendieran.

Íker nos miraba desde el umbral de la puerta, con ojos enrojecidos y soñolientos.

Llevaba puesto un pijama de cuadros, arrugado y a medio abrochar, y unas pantuflas viejas que alguna vez habían pertenecido a su padre.

Se rascó la cabeza, revolviéndose al hacerlo su tupido cabello negro, ya bastante alborotado.

—¿Qué haces despierto? —preguntó David nada más verlo.

—Interrumpir, por lo visto —dijo, mirando nuestros rostros acalorados y nuestra ropa a medio arrancar—. ¿Qué horas son estas de llegar? —nos exigió.

David enarcó las cejas.

—¿Qué pasa? ¿Ahora eres tú el que manda en esta casa?

—Me habéis despertado, joder…

Se dio la vuelta para irse por donde había venido.

—Esa lengua —le amonestó débilmente David, no muy seguro de si iba a surtir algún efecto.

Me miró consternado, pero yo me limité a encogerme de hombros.

—El chico tiene razón. Creo que hemos hecho más ruido de la cuenta —dije algo compungido—. Vámonos a la cama, anda, antes de que despertemos a alguien más.

Mi propuesta no contenía ninguna libidinosa intención, y David asintió. Parecía que él también había perdido el humor para el resto de la noche.

Nos desnudamos a oscuras y nos metimos en la cama. Para cuando me abracé a su espalda, él ya se había quedado dormido.

Me despertó el sonido de cacharros y animada conversación en el piso inferior. David dormía a mi lado, tumbado sobre su costado derecho y con un brazo bajo la almohada. Me levanté, me vestí en silencio y salí de la habitación sin despertarle.

Cuando entré en la cocina, tres pares de ojos me miraron.

—¿Dónde está el vago de mi hermano? —me preguntó Clara sin más ceremonia mientras le tendía a su madre una taza de café.

Alargué la mano con la esperanza de que me sirviera otra a mí.

—Durmiendo —repuse—. Y auguro que no se despertará de buen humor.

Con un gruñido de satisfacción, tomé entre las manos la taza que Clara acababa de servirme y le di un sorbo. Luego, me senté a la mesa junto a Íker para gorronear del desayuno que habían preparado.

—Buenos días, Sonia —dije al verme sentado frente a mi suegra.

Ella untaba una rebanada de pan con mantequilla y elevó la mirada un segundo para hacerme un gesto de saludo.

A sus setenta y pico años, Sonia seguía conservando un cierto aire de grandeza que nada tenía que ver con la menudez de su cuerpo.

Era una mujer increíblemente sofisticada, comedida en sus palabras y muy reservada, y a pesar de los años que hacía desde que nos conocíamos, siempre me sentía algo cohibido en su presencia.

Viéndola, no era difícil imaginar por qué David estaba envejeciendo tan bien.

Clara también se parecía mucho a su madre, pues le debía su pequeño cuerpo y su impactante belleza, pero a diferencia de ella, Clara no era reservada en absoluto.

Mientras la veía sentarse junto a Íker y revolverle el pelo para hacerle rabiar, pensé en lo espontánea y excéntrica que había sido siempre.

—¿Y tú qué? —pregunté volviéndome hacia Íker, quien todavía intentaba, sin mucho éxito, recolocar su cabello a una posición aceptable—. ¿A qué hora te acostaste anoche?

—A eso de las tres —dijo, y luego añadió—: No llevaba mucho rato dormido cuando me volvieron a despertar.

Sonia me lanzó una brevísima pero muy significativa mirada y de repente estuve seguro de que a ella también la habíamos despertado, pero Clara, que era la única que parecía no haber notado nuestra abrupta llegada a casa la madrugada anterior, exclamó:

—Mira que poner un examen el primer día después de las vacaciones de Navidad. Ese profe tuyo es un capullo.

—Ya te digo —respondió el joven, masticando su tostada con malhumor apenas disimulado.

—¿Y para qué te quedas estudiando hasta tan tarde? —le amonesté con suavidad—. Si ya te lo sabes todo…

Íker me miró con cara de horror.

—Qué va, si tengo un montón de dudas. Vas a tener que venir luego a ayudarme…

—Como quieras —me rendí.