A través del sexo. La saga completa 21. La razón adecuada #3
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21. La razón adecuada #3

Nos separamos como si nuestro contacto nos quemara, y vimos a Clara a nuestro lado, que nos miraba con las manos sobre la boca a la vez que daba saltitos de emoción.

Junto a ella, medio escondido tras sus piernas, vimos a Íker, que con sus enormes y verdes ojos nos miraba con curiosidad mientras se chupaba el dedo pulgar.

—¡Ay! —repitió Clara, cubriéndose aún la boca con las manos—. Hacéis la pareja más bonita del mundo.

Vi a David sonreír, y sentí que me ruborizaba con violencia.

—Clara, no…

—No, no digas nada —me interrumpió ella, evadiendo nuestra mirada con maestría—.

No hace falta que digáis nada, querréis estar solos para…

—Soltó una risita tonta—. Bueno, para vuestras cosas.

Íker y yo nos vamos de paseo, ¿verdad que sí, Íker?

—dijo, mientras se agachaba junto al niño y le arreglaba la ropita.

Luego cogió un bolso y una chaqueta que había en el colgador del recibidor—.

Volveremos dentro de una hora. —Le dio al botón del ascensor, y pareció pensárselo mejor—.

O dentro de dos —dijo. Entró en el cubículo seguida de cerca por el niño y añadió—: O bueno…

Mejor Íker y yo dormimos con la abuela en el hotel esta noche.

Justo antes de que se cerraran las puertas, la oímos gemir otra vez de emoción. David y yo nos miramos, y me di cuenta de que habíamos seguido abrazados todo el rato. Él me sonrió con calidez e intentó besarme de nuevo, pero yo reculé.

—Espera —le dije.

—¿Qué pasa?

—En realidad no he venido aquí a enrollarme contigo.

—¿Ah, no? —dijo. Había algo de decepción en su voz—. Entonces quizás no sea tan afortunado como creía.

—¿Podemos hablar?

—Por supuesto —dijo.

Me tendió la mano para ayudarme a bajar de la cómoda y me puse de pie, mirando al suelo al hacerlo para esquivar los pedazos del portarretratos que se había roto. En el suelo, entre los cristales rotos, pude ver una fotografía de la boda de David y Lorea, pero esa visión ya no me molestó.

Dejé que David me guiara hasta los sillones y me senté en uno de ellos. Él soltó mi mano y se sentó frente a mí.

—¿Qué ocurre, Noah? —preguntó.

Bajé la mirada, descubriendo en ese momento, no sin cierta sorpresa, por qué había estado tan enfadado con él, y qué era lo que quería decirle realmente.

—No te vayas —dije. Y mi voz sonó más suplicante de lo que creía que sonaría.

David frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué?

—Me dijiste que si yo te lo pedía, no te irías. —Respiré hondo—. No te vayas.

Me miró intensamente y yo bajé la mirada.

—¿Y qué pasa con tu novio?

—Hemos roto —contesté.

—¿Por qué? —me preguntó con dulzura.

—Porque me he dado cuenta de que no le puedo dar una oportunidad a ningún hombre si no te la doy a ti primero.

Sentí que se levantaba y se sentaba de nuevo, esta vez más cerca de mí. Sentí sus ojos sobre mí, pero no me atreví a levantar la mirada y enfrentarme a él.

—Aun así, tengo que irme —dijo.

Le miré, sintiendo que todo el enfado y la rabia que me habían dominado la última hora volvían a mí con renovadas fuerzas.

—Pero me dijiste que…

—Tengo que estar presente en la junta de accionistas del lunes —me dijo—, aunque sea para renunciar al nombramiento.

—Cogió una de mis manos entre las suyas, y yo no hice nada por evitarlo—.

Y no tengo ni idea del revuelo que ocasionaré al hacerlo, ni de cuánto tiempo tardaré en arreglar las cosas y poder volver.

Pero volveré, si tú me dices que estarás aquí, esperándome.

Le miré a los ojos, obligándome a soportar su mirada sincera, preñada de cariño.

—Lo estaré —dije. Se inclinó para besarme, y como la vez anterior, me aparté para que no lo hiciera—. Pero y si… ¿Y si estamos cometiendo un error? —le dije, sintiendo que me ahogaría en el pánico que sentía en aquel momento—. ¿Y si lo nuestro no funciona?

—Funcionará —dijo, con total confianza.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté con la vulnerabilidad de un niño, sintiendo cómo una lágrima corría por mi mejilla.

—Porque te quiero. Y porque tú me quieres a mí, o no estarías aquí a mi lado, diciendo tonterías.

Sonreí en medio del llanto a causa de su broma.

—Me dijiste una vez que el amor no era suficiente para mantenernos unidos.

—Me equivoqué, Noah. Si no, ¿qué hemos estado haciendo estos últimos cuatro años?

—¿Y si todo lo que ha pasado entre nosotros pesa más para mal que para bien? —pregunté, aún no muy seguro, pero David parecía no tener respuesta para esa pregunta—. Me gustaría que lo que me dijiste ayer pudiera hacerse realidad —susurré.

—¿El qué?

—Lo de que ojalá pudiéramos conocernos desde cero —dije.

—¿Y quién dice que no podemos hacerlo? —preguntó con bastante presunción, dejando que sus labios esbozaran su sonrisita ladeada—. Cuando vuelva de Berlín —titubeó—, ¿me dejarías invitarte una noche a cenar?

Le miré, entendiendo lo que me ofrecía: la posibilidad de vernos en un lugar neutral, de charlar, de conocernos. Me estaba pidiendo una cita, y la aparente normalidad de dicha propuesta hizo que no pudiera impedir que una sonrisa de genuina felicidad acudiera a mis labios.

—Eso estaría genial.

David sonrió. Entonces nos cogimos de las manos.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no tuve la sensación de que estuviéramos luchando el uno contra el otro. Tampoco de que intentáramos volver atrás. En aquella tarde en la que tantas cosas habían terminado, comprendí que David y yo podíamos empezar a construir nuestro futuro.

Y yo tenía por delante toda una vida para descubrir cómo sería.

Lo que ya no dudaba era que la viviría junto a él.