21. La razón adecuada #2
Rafael me había sacado de esa espiral, me había hecho ver las cosas de otra manera.
Me había ayudado a quererme más a mí mismo y me había enseñado que yo merecía un amor sincero y especial, y no las migajas que nadie estuviera dispuesto a darme.
Quizás por eso había pensado que debía quedarme con él, pero la verdad era que le estaba agradeciendo su ayuda con una mentira que yo mismo había acabado creyéndome.
Cuando llegué a su casa, supe que lo hacía sin previo aviso y dudé un instante de lo que hacer.
Él esperaba mi llamada, y debía suponer los riesgos del velado ultimátum que me había propuesto la noche anterior, pero no sabía si presentarme en su casa a la primera de cambio era la mejor opción.
Luego pensé que era precisamente por mis dudas y mi opacidad por lo que habíamos llegado hasta allí.
Si aquella mañana había comprendido por fin la verdad, seguir callándola aunque solo fuera unas horas más sería convertir el autoengaño en una mentira. Así que toqué al timbre.
Rafael no parecía muy sorprendido cuando me abrió el porterillo; sin embargo, cuando me recibió en la puerta de su piso, parecía tenso y alerta.
—Hola, Noah —me dijo.
Me franqueó la entrada. Avancé en su pequeño salón y me senté, sin esperar a que me invitara.
—¿Estás bien? —me preguntó, poniendo una manaza en mi hombro.
—Sí, pero necesito hablar contigo.
Asintió con gravedad y se sentó frente a mí.
Nos miramos durante un momento, sin decir nada. Justo cuando había conseguido reunir el valor que hacía falta para decir lo que tenía que decir, oí a Rafael hablar:
—Vas a dejarme, ¿verdad? —dijo con simpleza. Respiré hondo. Luego asentí—. ¿Por qué?
Lo miré, odiándome por tener que decirle lo que iba a decirle, porque sabía en carne propia el daño que le haría lo que iba a oír.
—Porque no te elegí por la razón adecuada —dije, recordando el eco de una frase escuchada no mucho tiempo atrás, y sintiendo que estaba completando un círculo perfecto.
—¿Qué quiere decir eso?
—Que… —titubeé, buscando una manera de suavizar el golpe—. Eres un tío genial, pero…
—No me vengas con esas —me pidió, bajando la cabeza.
—Quiero quererte —le dije, sabiendo que no había una manera suave de decir algo así—.
Llevo meses intentando hacerlo. Convenciéndome de que acabaría pasando.
Me gustaría poder quererte, y me gustaría que fuera así porque sé que serías un compañero maravilloso.
He querido con todas mis fuerzas que fueras tú. Pero no te quiero.
Sus ojos se humedecieron un poco, y asintió con rudeza.
—Sigues enamorado de ese tío, ¿verdad? ¿De David?
Bajé la mirada.
—Sí.
—Joder, Noah —gritó, levantándose.
Cerré los ojos y giré el rostro al tiempo que oía cómo algo se estrellaba contra el suelo.
—Lo siento —dije.
Abrí los ojos y lo miré. Estaba de pie, con las manos en la cintura y la mirada baja, contemplando a sus pies una figurita destrozada, una de esas que él había traído como recuerdo de su viaje a Ecuador.
—Yo también lo siento —le oí susurrar.
Me puse de pie, dudando de qué hacer a continuación.
Sabía que debía irme, pero parecía tener las suelas pegadas al piso.
Quise decirle algo más, algo que le resultara reconfortante, que le ayudara a pasar el mal trago, y que me ayudara a mí a pasarlo también, pero no se me ocurrió nada.
Él no me miraba, sino que se agachó para coger la figura, y contempló con cariño y culpa los trozos de cerámica pintada que tenía en la palma de la mano.
Como si esa visión fuera una señal, me dirigí a la salida.
Cuando salí del piso, aún estaba de pie, intentando recomponer con sumo cuidado los pedazos de aquello que acababa de romperse.
Salí de casa de Rafael pensando que me echaría a llorar en cuanto pisara la calle, pero no fue así. En su lugar, me encontré a mí mismo bastante cabreado. Eché a andar de nuevo, sin un rumbo fijo, intentando encontrar la razón de mi cabreo.
Lo más obvio era pensar que estaba enfadado conmigo mismo, y volqué toda mi rabia en machacarme sin piedad. Me acusé en silencio de ser un idiota insensible que había pecado de querer coger el camino más fácil, sin pensar en las consecuencias que tendrían mis actos.
Había elegido a Rafael porque había querido creer que con él podría dejar atrás a David.
Me convencí de que, si existía alguien capaz de hacerme olvidar todo aquello, tenía que ser él.
Me aferré a esa esperanza con todas mis fuerzas y terminé confundiendo el deseo con la realidad.
No solo había sido un iluso, sino que también había sido tremendamente cruel.
Le había dado esperanzas mientras yo mismo seguía esperando que el amor terminara por aparecer.
Le apreciaba y sentía bastante atracción por él, y durante meses confié en que aquello terminaría convirtiéndose en amor.
Pero acababa de comprender que nunca había ocurrido. Porque estaba enamorado de otro.
Me paré en mitad de la acera al darme cuenta de eso, para luego volver a avanzar con renovado afán.
Rafael había dado en el clavo al nombrar a David, y ahora me veía obligado a replantearme las razones por las cuales le había rechazado.
No fue porque no le quisiera, ni siquiera —y me maldije por enésima vez a mí mismo— porque le quisiera menos que a Rafael.
La verdad era mucho peor. Si le rechacé, fue porque estar con Rafa era más fácil y seguro que estar con él.
Le rechacé porque tenía miedo de que volviera a hacerme daño.
Nadie podía culparme de sentirme así, me dije a mí mismo.
Había querido protegerme. Había escogido la opción que menos podía romperme el corazón.
Y, casi con alivio, descubrí que ese pensamiento me permitía volcar mi enfado en David, lo que me resultó tremendamente conveniente, dadas las circunstancias.
David me había hecho tanto daño en el pasado, y tantas veces…
¿Cómo no temer salir lastimado de nuevo, máxime cuando seguía desesperadamente enamorado de él?
De repente, me sentí amargado, traicionado, y las primeras lágrimas se agolparon en mis ojos, dificultándome la visión de la acera por la que caminaba.
Me paré y me apoyé en el portal de un edificio.
La imagen del que había sido mi novio hasta unas horas antes, sosteniendo en sus manos una figurita destrozada, acudió de nuevo a mi mente, produciéndome un ramalazo de remordimientos.
Me había fustigado a mí mismo por no ser capaz de amar a Rafael, pero ¿y si eso tampoco era culpa mía?
¿Y si nadie podía obligarse a enamorarse de otra persona? ¿Y si todo era culpa de David?
Me enjuagué las lágrimas y miré a mi alrededor, descubriendo con estupor que el lugar en el que me encontraba me resultaba muy familiar.
—Maldita sea… —susurré.
Me di la vuelta para constatar que el portal en el que llevaba un rato apoyado era el de David. De una manera o de otra, mis pasos me habían llevado hasta allí sin yo saberlo.
Sentí un escalofrío. En ese instante necesitaba creer que todo aquello era culpa de David.
Que si él no hubiera dejado una huella tan profunda dentro de mí, yo habría podido querer a Rafael como se merecía.
También era el culpable de que nunca hubiera sido capaz de enamorarme de nadie más, me dije, elevando la mirada hacia la imponente altura del edificio.
Presa de un nuevo acceso de enfado, toqué el timbre varias veces de manera impaciente.
Tras el cuarto o quinto toque, oí la voz de David.
—¿Sí?
—Soy yo —dije.
—¿Noah? —preguntó con extrañeza.
—Sí. Abre —le dije, no queriendo darle ninguna explicación a un aparato electrónico.
Oí el reconfortante zumbido de la puerta al abrirse, y me metí en el zaguán. Pocos segundos después, el ascensor bajó y se abrieron las puertas.
Estaba vacío, pero la llave de seguridad estaba en el panel, dándome a entender que David lo había enviado por mí.
Me subí, sintiendo un nudo de nervios en el estómago, que intenté disipar sin mucho éxito. Cuando las puertas se abrieron, me vi ante él.
Me miraba con curiosidad y con preocupación, y seguramente mi expresión no era muy halagüeña.
—¿Ocurre algo? —me preguntó.
Seguí mirándole sin poder decirle nada. Deseé decirle que era un cabrón, que le detestaba y que me había arruinado la vida, tal y como había estado planeando hacer mentalmente durante el trayecto en el ascensor, pero no podía más que mirar sus enormes y acerados ojos, y recordar el aparentemente sincero ofrecimiento que me había hecho la tarde anterior.
Al fondo, proveniente de uno de los dormitorios, podía oír la voz risueña de un niño y la risa argentina de Clara, y desvié brevemente la mirada en esa dirección.
—¿Has venido a ver a Clara? —tanteó.
Quise negar, pero tampoco pude. Justo entonces las puertas del ascensor empezaron a cerrarse frente a mí, y con un sobresalto me di cuenta de que ni siquiera había llegado a salir del cubículo.
Agarré las puertas con las manos para impedir que se cerraran.
Avancé dos pasos hacia él sin pensar siquiera en lo que estaba haciendo y lo cogí entre mis brazos para besarle.
Quizás, durante unos segundos, él estuvo tan sorprendido como yo, pero se repuso rápidamente y rodeó mi cintura, estrechándome contra su cuerpo. Su contacto, cálido y reconfortante, diluyó toda la confusión que había en mi mente, y cerré los ojos, para abandonarme a un beso que ya no dominaba.
Sentí que David me elevaba y me sentaba sobre la cómoda de la entrada, mientras sus labios devoraban los míos.
Oí cómo uno de los portarretratos caía al suelo y se hacía añicos, pero a ninguno de los dos le importó.
Le agarré por el cuello para atraerle hacia mí y él coló sus manos por debajo de mi camisa, mientras nuestras caderas se unían, enloqueciéndonos de placer.
—¡ Ayyyy ! —Escuchamos.