21. La razón adecuada
LA RAZÓN ADECUADA
A l entrar en casa, me di una ducha para limpiar el sudor de mi cuerpo y me metí en la cama; sin embargo, apenas pude dormir.
Tumbado, vi a través de mi ventana cómo el día iba clareando cada vez más.
Escuché cuando Pablo volvió a casa, y un rato más tarde, el trastear en la cocina de Lola al preparar el desayuno.
Mi estómago rugió, hambriento, como respuesta, pero preferí quedarme en la cama.
Cada vez que cerraba los ojos con la esperanza de dormirme, la conversación con Rafael volvía a empezar en mi cabeza exactamente donde la habíamos dejado. Era incapaz de pensar en otra cosa.
Veía de nuevo su rostro frente a mí, sereno y confiado, diciéndome con calma que entendía que yo fuera uno de esos que no saben cómo decir «te quiero». Lo peor de todo era que yo dudaba ser uno de esos.
A lo largo de mi vida nunca me había costado expresarle mis sentimientos a las personas a las que quería: a mis padres, a algunos de mis amigos, como Clara, a Samuel y, sobre todo, a Pablo.
Pensé en las relaciones que había tenido, en los otros tíos con los que había estado: David, Darío, Santiago, Gabriel…
Había sentido algo especial por todos y cada uno de ellos, y en todo momento había sido sincero en cuanto a los sentimientos que me despertaban.
Y no recordaba haber tenido ningún problema al hacerlo.
Pero si lo pensaba fríamente, solo le había dicho que le quería a uno de ellos.
Lo extraño era que nunca me hubiera parado a pensar en ello.
Había dado por hecho que cada historia era distinta, que no todas las relaciones necesitaban las mismas palabras.
Sin embargo, cuanto más vueltas le daba, más me costaba creer que aquello fuera una casualidad.
Quizás con David había sido más fácil porque fue el primero, pensaba.
Quizás, después de que él me rompiera el corazón, me había resultado más difícil abrirme a los demás, y sin embargo, de una forma o de otra, me parecía que aquello no era cierto, que si no se lo había dicho a nadie más era por alguna razón importante, una razón que llevaba demasiado tiempo evitando; pero me quedé dormido antes de darme cuenta de por qué era.
Cuando me levanté, Lola y mi padre veían la tele en el salón. Se rieron de mí por tener cara de trasnochador y me informaron de que tenía un plato de comida esperando por mí en la nevera, así como de que Samuel y Pablo estaban en el cuarto de este último.
Me comí mi almuerzo y volví a mi habitación.
Desde el cuarto de Pablo podía oír voces y risitas, que a veces se convertían en carcajadas.
Ellos dos estaban bien, eran felices juntos, y yo los envidiaba por eso, porque sentía que yo tenía lo mismo que ellos al alcance de la mano y que no podía alcanzarlo.
Rafael era un tío genial, cariñoso, entregado y que me quería con fiereza.
Él se merecía más que nadie que hubiera conocido antes mi amor y mi entrega, y yo deseaba dárselos.
Entonces, ¿por qué no lo hacía? ¿Qué era exactamente lo que me retenía?
¿Qué me impedía cruzar una distancia que, sobre el papel, parecía tan pequeña?
Cuanto más intentaba responderme, más tenía la sensación de que la respuesta estaba justo delante de mí, escondida tras una puerta que me negaba a abrir.
De repente, escuché un estrépito en el pasillo y pasos apresurados que se dirigían a mi habitación.
—Noah —oí, a la vez que la puerta se abría de golpe. Vi a Samuel entrando en mi habitación entre carcajadas, llevando en las manos un folio con dibujos impresos.
—¡Dame eso, renacuajo! —gritaba Pablo, que intentaba alcanzarlo para quitarle el papel—. Que no se lo enseñes, te digo. Dame eso —pedía.
Me levanté y cogí el folio de manos de Samuel antes de que Pablo se lo arrebatara. Ellos dos aún reían y forcejeaban en el umbral, Samuel en un intento de impedirle a su novio la entrada a mi cuarto, Pablo queriendo entrar para quitarme lo que sostenía en las manos.
Lo que tenía ante mí era una tira cómica impresa en un folio común. El dibujo era indudablemente de Pablo, y en sus cuatro viñetas contaba las desventuras de un chico rubio con cara de bobalicón. No tardé más de tres segundos en leer la tira cómica.
—Serás cabrón —le dije a Pablo, mitad enfadado y mitad divertido.
La tira narraba, con bastante desparpajo, la historia de un chico que recibía de su novio, un tío muy cachas, la proposición de montárselo con un tercer tío, a lo que el rubio contestaba con toda la inocencia y mojigatería del mundo.
Me hubiera hecho reír a carcajadas, de no ser porque me di cuenta en el acto de que el chico tonto y rubio no era otro que yo.
—Te dije que no se lo enseñaras —se quejó de nuevo Pablo, dejando de forcejear con su novio por fin, que libre ya de ningún acoso, seguía riendo a mandíbula batiente.
—Ay, Noah, tienes que ver las otras que tiene en el ordenador. Son graciosísimas, ¡y van todas sobre ti!
Miré a Pablo, que me devolvía una mirada mitad desafiante, mitad suplicante.
—¿Esto es para ese magacín gay? —le pregunté.
—Sí, ¿por?
—Por nada —me encogí de hombros y le devolví el folio. Pablo me miró como si me hubieran salido unas antenas de la frente—. Es muy bueno, Pablo —dije al final—, no me molesta que me uses como inspiración, ni nada de eso.
Me senté de nuevo en la cama, y Samuel dejó de reírse en el acto.
—¿Y a este qué le pasa? ¿No te vas a enfadar? —se extrañó.
—¿Es por Rafa? —preguntó Pablo, sentándose a mi lado en la cama—. ¿Rompió contigo anoche?
Samuel, con quien evidentemente Pablo no había hablado del tema, y que al parecer no tenía ni idea de lo que estaba pasando, puso cara de circunstancia, quizás sintiéndose culpable por haber querido gastarme una broma pesada sin saber que yo estaba mal, y cerró la puerta tras de sí.
—No —dije al fin—. Pero sí que hablamos.
—¿Qué pasa? —quiso saber Samuel.
—Que el otro día discutimos porque yo… nunca le he dicho que le quiero.
—¿Por qué no? ¿No le quieres?
—No es eso. No lo sé —dije. Pablo seguía sentado a mi lado, y se mantenía en un inusual silencio, mirándome atentamente—.
Anoche me dijo que entendía que a mí me costara decir esas cosas, pero que quería que yo le demostrara de alguna manera lo que siento por él.
Pero es que no sé por qué no puedo decírselo.
—¿No será que ya estás demostrándole lo que sientes por él? —preguntó Pablo, muy despacito.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
Pablo me miró con esos ojos ambarinos y maravillosos que tiene.
—Que si no crees que tu comportamiento actual es una prueba de lo que sientes por Rafa, cariño.
—No, porque no le estoy demostrando que le quiera, precisamente —me quejé.
—Precisamente —repitió.
—¿Qué? —Le miré a él primero y luego a Samuel, sintiéndome como una bestia acorralada.
—Cariño —me dijo Pablo con la voz muy calmada, como si temiera que yo fuera a saltar en cualquier momento—. Llevo meses esperando a que te des cuenta por ti mismo de que no estás enamorado de Rafael.
—Eso no es cier… —Empecé. Las palabras se quedaron suspendidas en mi garganta.
Quise terminar la frase. Decirle que se equivocaba.
Que claro que quería a Rafael. Que simplemente era torpe para expresar ciertas cosas.
Pero cuanto más desesperadamente intentaba convencerme de aquello, menos cierto sonaba dentro de mi cabeza.
Pensé en David. En todos los «te quiero» que le había dicho sin ningún esfuerzo.
Pensé en todos los hombres que habían venido después.
En cuanto los había apreciado. En cuanto había disfrutado con ellos.
En cuanto había deseado que alguno consiguiera ocupar el lugar que David había dejado vacío. En cómo ninguno lo había conseguido.
Y eso era, precisamente, lo que me negaba a aceptar. Solo le había dicho «te quiero» a un hombre en mi vida, y no había sido por temor o por falta de confianza. Había sido porque solo le había querido a él.
—¡Soy un hijo de puta! —exclamé, incorporándome.
—¿Qué dices? —se alarmó Samuel.
De repente, lo entendía todo. Por qué con Rafa siempre sentía que faltaba algo.
Todas las veces que él había intentado acercarse y yo había respondido con cariño, pero no con el mismo entusiasmo.
Todos los planes de futuro que siempre me parecían una mala idea.
Había cometido el error de pensar que estaba enamorado de Rafael solo porque él se lo merecía.
Pero el amor casi nunca funciona de esa manera, y yo había actuado como un idiota al pensar así.
—Le he hecho a Rafa lo mismo que David me hizo a mí.
—¿De qué estás hablando?
Miré a mis amigos alternativamente, antes de abrir el armario, para cambiarme de ropa apresuradamente.
—Tengo que irme —anuncié.
Samuel me miraba asombrado, como si no entendiera mi comportamiento, pero el rostro de Pablo solo mostraba una sonrisita de conocimiento.
—¿A dónde? —preguntó Samuel.
No le contesté, sino que me giré para mirarlos por última vez, antes de salir por la puerta.
—Gracias, Pablo.
—De nada, cariño —me dijo.
Salí de la habitación, pero aun así pude escuchar a Samuel decir:
—¿De qué va todo eso?
Sin embargo, no me quedé a escuchar la respuesta.
Recuerdo aquella tarde con claridad meridiana, mientras caminaba por las calles, perdido en mis pensamientos.
A mi mente venían una y otra vez escenas de mi pasado: la primera vez que había visto a David, el momento en el que me dijo que me quería, el dolor que sentí al descubrir que no me había elegido por la razón adecuada.
A partir de ese momento, y visto desde cierta perspectiva, mi vida parecía haber avanzado a tumbos, recibiendo un impulso tan solo cuando David aparecía de nuevo, y vagando sin rumbo de nuevo cuando no lo hacía.