A través del sexo. La saga completa 20. Mi razón para quedarme #6
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20. Mi razón para quedarme #6

Me adentré en los servicios de caballero y oriné.

Luego me lavé las manos y la sudorosa cara, y me miré en el espejo.

Estaba completamente ruborizado por el calor, y me di cuenta de que había perdido mi chaqueta y mi corbata, no sabía muy bien ni dónde ni cuándo.

Sonreí al pensar que probablemente había bebido un pelín más de la cuenta.

Cuando ya me disponía a salir, oí un ruidito proveniente de uno de los aseos, un ruidito que uno no espera escuchar en los baños de un selecto night club , sino en el cuarto oscuro del Sodoma.

Por pura curiosidad, presté más atención y escuché unas risas y voces que me fueron conocidas.

Oí cómo alguien se subía una bragueta, y sonreí con malicia al ver salir a Pablo del baño, seguido de cerca por Samuel.

Ya estaba a punto de lanzarles una pulla, cuando vi salir a un tercer chico del baño, un tío que me resultaba vagamente familiar y que reconocí como el hermano de uno de mis compañeros más homofóbicos.

Me quedé de piedra al verlos, y Samuel y el otro chico tuvieron la decencia de parecer avergonzados, saliendo del baño con rapidez y rehuyendo mi mirada, sin decir una palabra.

Sin embargo, Pablo se acercó a mí para lavarse las manos, como si nada.

—¿Pero qué…? ¡Guau! —comenté, atónito, pensando que mi amigo estaba pervirtiendo al bueno de Samuel—. ¿Qué ha sido eso?

Pablo se encogió de hombros, como si no entendiera la razón de mi estupor, mientras se secaba las manos con una servilleta de papel.

—Samy quería probar cosas nuevas —dijo, como si tal cosa—, yo solo le he complacido.

—¿Fue Samuel quien quería hacer eso? —pregunté, no saliendo de mi asombro.

—Cuando te digo que Samuel es un pervertido con gafas, ¿por qué te empeñas en no creerme? —preguntó a su vez.

—Sois tal para cual —comenté, sonriendo.

—¿Y tú cómo estás? —preguntó, tirando la servilleta a una de las papeleras y rodeándome los hombros—. ¿Qué tal con Rafa?

—No lo sé. Dice que no está enfadado conmigo, pero no sé… Me da que la estoy cagando en esta relación.

—¿Tan mal está la cosa?

—Creo que a lo mejor Rafa quiere cortar.

—¿Y eso sería tan malo?

Hice un gesto de disgusto.

—¿Qué quieres decir?

—No lo sé, cariño, ¿no te planteas tú lo mismo?

—No —exclamé, apartándome de él.

—Pues si quieres estar con él, más vale que espabiles. Porque no lo parece.

—Ya. Ese parece ser precisamente mi problema. Nosotros nos vamos ya, ¿te llevamos o…?

—No, no. Id vosotros solos. Samy y yo nos las arreglaremos.

—Está bien. —Le di un beso en los labios, como agradecimiento, y salí de allí.

Me reuní fuera con Rafael, y me fijé por primera vez en que agarraba mi chaqueta y mi corbata, y que probablemente me las había estado guardando todo el tiempo.

Le hice un gesto para que saliéramos de allí, lo que hicimos tras despedirnos de mis hermanos y de Clara.

Le miré mientras nos dirigíamos a la salida, y mientras lo hacía, esa incómoda sensación de que algo iba mal, que había conseguido disipar un tanto mientras bailaba y bebía, volvió a tomar posesión de mis tripas.

Caminamos por las silenciosas calles hasta llegar a su coche. Cuando nos subíamos, comentó:

—¿Te parece bien si te llevo a casa? —dijo, a pesar de que habíamos quedado en que yo dormiría esa noche con él. Pero aquello había sido antes de nuestra discusión, y ahora a mí ya no me parecía tampoco tan buena idea.

—Claro —dije—, estoy cansado.

Condujo en silencio, y yo no dije nada más, sino que me contenté con mirar por la ventanilla.

Apenas había tráfico a aquellas horas, salvo coches de reparto de mercancía y taxis que devolvían a casa a los más trasnochadores.

Pude ver a un vendedor ambulante de periódicos, disponiendo su mercancía en la acera, cerca del semáforo en el que luego los vendería, y a un hombre abriendo las puertas de su churrería a un nutrido grupo de juerguistas, que esperaban pacientemente para terminar la noche de marcha con un chocolate caliente, pero aparte de ellos, las calles estaban vacías y sin vida.

Cuando Rafael aparcó el coche en la acera que había frente a mi portal, me sobresalté, dándome cuenta de que casi me había quedado dormido. Me desperecé un poco y me estiré, antes de ser consciente de que Rafael me miraba atentamente.

—¿Podemos quedar mañana para hablar? —me dijo.

—¿Podemos hablar ahora?

Él asintió, pero no dijo nada.

—¿Qué fue lo que te dijo David? —le pregunté, temiendo que no me contestaría.

—Que tuviera paciencia contigo —dijo. Le miré de hito en hito.

Había esperado escuchar algo más grandilocuente, algo que explicara que Rafael hubiera cambiado su actitud, pero no algo tan prosaico ni condescendiente—.

¿Sabes lo que quiso decir él con eso? —preguntó.

Negué con la cabeza—. Quiso decir que valen la pena los desvelos, y las preocupaciones, y los cabreos también.

Quiere decir que vale la pena luchar por ti, que vale la pena esperar por ti.

—Bajé la mirada, completamente abochornado—.

Pero para eso, yo necesito saber si… —Suspiró, y se pasó las manos por el pelo—.

Hay personas a las que les cuesta demostrar sus sentimientos, y personas a las que les cuesta decir determinadas cosas, y a lo mejor tú eres de esas personas —me dijo— , y si es así, yo no debería presionarte.

—No es culpa tuya —le dije—. Y no me has presionado.

—Sí que lo he hecho. No debí haberte dicho lo que te dije ayer. Lo de vivir juntos —aclaró, por si yo no lo había pillado—. Claro que me gustaría, pero en realidad lo dije para ponerte a prueba, para ver cómo reaccionabas, no porque lo pensara de verdad, y lo siento.

—Está bien.

—Yo puedo ser muy paciente —dijo, cogiéndome de la mano—, puedo serlo por ti. Pero necesito saber si tú estás en esta relación como lo estoy yo. No me tienes que decir nada ahora —se apresuró a decir, al ver que yo iba a replicar—. Quiero que lo pienses, ¿vale?

—Vale.

No hacía falta que dijera nada más, sabía que él haría lo que fuera por mí si le decía que quería que estuviéramos juntos, pero también sabía lo que pasaría si le decía que no estaba seguro de cuáles eran mis sentimientos.

Le miré, sabiendo que no quería despedirme de nuestra relación, pero que tampoco estaba preparado para afrontarla con todas sus consecuencias.

—Te llamaré mañana, ¿de acuerdo? —le dije.

—Está bien. Descansa —dijo como despedida.

Sin saber qué más decir, me bajé del coche y, cabizbajo, entré en casa.