A través del sexo. La saga completa 20. Mi razón para quedarme #5
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20. Mi razón para quedarme #5

Miré hacia Rafael, que parecía agradablemente sorprendido, y esa expresión dio paso a otra de comprensión en pocos segundos. De repente, parecía más relajado de lo que había estado en toda la noche.

—¿Qué demonios fue lo que te dijo? —pregunté, cada vez más mosqueado.

Rafael me dio un cariñoso beso en la sien.

—Algo que al parecer estaba empezando a olvidar —dijo. Le miré extrañado y me sonrió—. Anda, vamos a divertirnos.

Una vez la recepción terminó, los alumnos nos desplazamos al lugar en el que se celebraría la fiesta propiamente dicha.

El alquiler de aquel conocido y muy pijo night club al aire libre se había llevado por delante gran parte del presupuesto de la celebración de aquella noche, así que a cambio, pensábamos disfrutarlo. Aunque yo dudaba de poder hacerlo.

Tras despedirnos de mi padre y de Lola, que como la mayoría de los padres y profesores habían decidido no ir a la fiesta, mis amigos y yo fuimos hasta allí en el coche de mi novio.

Mientras que Samuel y Pablo se pegaron el corto trayecto besuqueándose en el asiento de atrás y susurrándose carantoñas, Rafael y yo no intercambiamos ni una sola palabra.

No podía dejar de darme cuenta del cambio de actitud operado en él tras su corto intercambio con David.

Ya no se mostraba tan tenso, ni parecía estar ya enfadado conmigo.

No dejaba de preguntarme qué le habría dicho David, pero aun así, seguía teniendo la sensación de que teníamos una conversación pendiente.

Tras aparcar el coche todo lo cerca del local que las abarrotadas calles nos lo permitieron, nos dirigimos hacia allí, dándonos cuenta de que la fiesta había empezado sin nosotros.

La música estaba tan alta que pudimos escucharla reverberar a lo lejos, incluso antes de ver la entrada realmente.

Una vez dentro, vimos que ya había una multitud congregada allí, charlando, bebiendo y bailando bajo el enrejado de bombillas doradas que constituía todo el techo del club, a través del cual uno podía ver el oscuro y despejado cielo de aquella noche de verano.

Mientras avanzábamos entre la multitud, buscando nuestro grupito, me di cuenta de que allí había mucha más gente de la que yo pensé en un principio que habría.

No solo estábamos los miembros de la promoción, sino la mayoría de nuestros amigos, novios, primos o hermanos.

Incluso distinguí a algunos alumnos de otras facultades, así como al vicedecano, uno de los pocos miembros del equipo docente que estaban allí, que, ya completamente relajado por el éxito de la ceremonia, bailaba desenfadadamente con un grupo de chicas que se reían de él sin el más mínimo disimulo.

Finalmente, distinguimos a Clara, que junto a Moisés y Aarón charlaba con algunas de las chicas de la clase. Distinguí a María, a Julia y a Eli, que, inseparables hasta el final, cotilleaban entre ellas con las cabezas muy juntas, no muy lejos de donde estaban mis amigos.

En ese momento, Rafael, que caminaba justo delante de mí, giró la cabeza para mirarme, quizás en un intento de asegurarse de que yo no me había perdido entre la multitud, y de nuevo tuve esa incómoda sensación que se tiene cuando uno sabe que hay algo pendiente.

—Espera —le dije, agarrándole por el brazo para impedir que siguiera avanzando. Me miró de nuevo, en actitud expectante, y yo esperé unos segundos a que Samuel y Pablo se hubieran alejado lo suficiente para hablar—. ¿Qué pasa entre nosotros, Rafa? ¿No deberíamos hablar?

—No te preocupes por eso ahora. Esta es tu noche, y no quiero que…

—No me jodas, Rafa —espeté—, ¿cómo no me voy a preocupar?

Su expresión se dulcificó.

—No estoy enfadado —me aseguró.

—Pero tú…

Se acercó a mí y me rodeó por la cintura.

—No lo estoy —reafirmó—. Ayer lo estaba, pero hoy no. Disfrutemos de la fiesta. Ya hablaremos luego.

—¿Estás seguro de que…?

Me interrumpió, dándome un beso en los labios.

—Estoy seguro —dijo, y para entonces parecía más relajado de lo que le había visto en toda la noche.

Asentí, dándome por vencido, pero sin conseguir que esa incómoda sensación me abandonase del todo.

Nos separamos y miré alrededor, en busca de mis amigos. No tardé mucho en ver a Pablo, que a unos pocos metros de distancia agitaba su brazo en el aire para hacerse notar.

—Vamos —le dije a Rafael, acercándonos hasta el resto del grupo.

Cuando lo hicimos, Pablo me puso una bebida en la mano y me cogió de la cintura para bailar conmigo. Dejé que me liara, y me reí de sus tonterías, como siempre, pero esa sensación crecía dentro de mí, como si me faltara algo. Miré a mi alrededor, algo incómodo, sin saber bien qué la producía.

—David no va a venir —me dijo Pablo, acercándose a mí para que pudiera escucharle.

A pesar de que no me había dado cuenta de su ausencia allí hasta que Pablo la hiciera notar, también me percaté de que, de alguna manera, había estado esperando verlo hasta ese momento.

—¿Qué? —pregunté, un tanto a la defensiva.

—Me lo dijo Clara antes. Dijo que prefería irse a casa con su madre. Que no le parecía buena idea venir aquí.

—¿Por qué me dices eso? —espeté.

—Porque pensé que querrías saberlo —dijo con simpleza.

Le eché una miradita.

—¿Y por qué iba yo a querer…?

Me dio una suave bofetada, preñada de cariño.

—Ay, Noah, cómo eres —dijo.

Y yo me sentí como un niño amonestado por no comprender la realidad del mundo.

Aquella noche no solo bailé con Pablo, sino también con Samuel, con mis hermanos y con decenas de las chicas de la clase, incluso con algunas con las que nunca me había llevado muy bien.

Parecía que ahora que habíamos terminado la carrera, todos los malos rollos y rencillas que había habido entre algunos de los alumnos durante aquellos cuatro años habían quedado superados.

Quizás, pensaba yo, esas rencillas reaparecerían con más violencia en unos pocos meses, en cuanto estuviéramos compitiendo en el mundo laboral, pero aquella noche todos parecíamos amigos.

De una manera u otra, en medio de aquella animada y sudorosa pista de baile, me encontré de repente bailando con Clara.

Ella parecía genuinamente feliz, como no la había visto en meses.

Su vestido se había descolocado un poco de tanto bailar, se le había arrugado y tenía una mancha de vino en la falda, pero a ella no le importaba.

Bailaba con una sonrisa en los labios, con el escote sudoroso y los ojos brillantes, y a mí me encantó verla así.

La atrapé por la cintura y, al sentir mi contacto, rio a carcajadas, dejándome ver que también estaba bastante borracha.

—Al final no me voy —gritó, sin dejar de bailar.

—¿No te vas a dónde? —exclamé, un tanto fuera de juego.

—A Alemania —explicó—, he decidido quedarme en España cuando termine la carrera.

Paré todo movimiento.

—¿Y eso?

Meneó su cabecita, no sé si como parte de un paso de baile o como una negación.

—Sé que David va a irse, y que mi madre se quedará allí también, para estar con él y con Íker, y les voy a echar un montonazo de menos, pero ya me he decidido a quedarme. —A pesar de que lo dijo con una enorme sonrisa, sus ojos estaban llorosos.

—¿Por Moisés? —pregunté.

—Por Moisés —corroboró ella—, y por ti.

—¿Qué? —pregunté atónito.

—Y por Pablo, y por Samuel —continuó. Se colgó de mi cuello, uniéndome de nuevo a ella, pero en un baile algo más pausado—.

Y por todos. Llevo cuatro años en España, y solo vine para estar con mi hermano, pero este lugar se ha convertido en mi hogar, más que ningún otro en el que haya estado. Así que me quedo.

—Eso es genial —le dije, genuinamente conmovido—. Es la mejor noticia que podían haberme dado esta noche. ¿Moisés lo sabe?

—Sí, claro que lo sabe.

Miré hacia mi hermano, que, algo apartado de nosotros, bebía de un vaso de tubo y nos miraba con una sonrisa en los labios. Él también parecía feliz.

Seguimos bailando bastante rato, hasta que empecé a notar que la multitud a nuestro alrededor se disipaba un tanto, pues muchos estaban dando ya la noche por concluida.

También reparé en que hacía rato que no veía a Pablo y Samuel, y supuse que estarían terminando la fiesta a solas, como era su costumbre.

Miré mi reloj de pulsera, y me sorprendí al ver la avanzada hora que era, y cómo había perdido la noción del tiempo.

Busqué a mi novio con la mirada, y le encontré un tanto apartado, hablando con mis hermanos y unos cuantos chicos más.

Notando también que tenía la vejiga a punto de reventar, me separé de Clara, que seguía bailando ajena a todo y a todos, y me acerqué a Rafael.

—¿Quieres que nos vayamos? —le pregunté al acercarme, pensando que quizás se estaría aburriendo.

—Cuando tú digas —respondió, aunque noté que quería irse.

—Nos vamos ya —afirmé—. Pero primero quiero pasar por el baño.