A través del sexo. La saga completa 20. Mi razón para quedarme #4
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20. Mi razón para quedarme #4

Por fin, el objetivo de Pablo se centró en otras personas y yo pensé que sería un buen momento para decirle a Rafael algo que diluyera la tensión entre nosotros, pero él se excusó para ir al servicio y se alejó de nosotros con rapidez.

Mientras él se iba, miré a mi alrededor y constaté que me había quedado solo de repente.

Mi hermano Aarón flirteaba con una de mis compañeras de promoción, mi padre y Lola hablaban en tono íntimo, con las cabezas muy juntas y sonrisitas de enamorados, mientras que Samuel y Pablo parecían haberse perdido en la marea humana que nos rodeaba.

Por último, busqué a Clara y a Moisés, para verlos avanzando hacia el otro extremo de la sala, y al seguir la trayectoria de su recorrido, vi que se dirigían hacia David.

Yo sabía de antemano que él estaría allí, y ni siquiera había hecho falta que la propia Clara me lo dijera días atrás: daba igual lo que él estuviera haciendo en Berlín o lo ocupado que pudiera estar, no se perdería la graduación de su hermana por nada del mundo.

Miré a ambos hermanos mientras se abrazaban, y vi a Clara dar una vuelta completa, quizás para lucir delante de David el precioso vestido que llevaba ese día.

Luego él sacó de un bolsillo interior de su chaqueta una pequeña cámara fotográfica y le sacó varias fotos a su hermana y a Moisés, que posaron juntos y felices.

Al final, la madre de ambos hizo también acto de presencia.

Abrazó a su hija, saludó a Moisés y bromeó con David.

Clara parecía exaltada y cogió a su madre de la muñeca, tirando de ella como si quisiera llevarla a algún lugar y enseñarle algo.

Moisés las siguió, y David, quedándose solo, cazó al vuelo una copa de champán de la bandeja de un camarero que pasó a su lado.

Mientras sorbía el borde de su copa y miraba a su alrededor, como si quisiera matar el tiempo, me dediqué a observarle detenidamente.

Vestía un impecable traje de chaqueta gris, con una camisa blanca y una estrecha corbata negra.

Seguía ostentando esa actitud entre desafiante y confiada que siempre le había conocido, pero por primera vez me pareció nacida de una verdadera fortaleza interior, y no como máscara de miedos e inseguridades.

Sus movimientos seguían siendo sinuosos y su mirada felina, pero ya no había cinismo en su expresión.

Llevaba el cabello más largo de lo que nunca se lo había visto, tanto que los mechones cubrían su nuca, y ya no parecía tan empeñado en constreñirlo con ningún fijador.

Miré brevemente en dirección a los lavabos, pero Rafael seguía sin aparecer. Volví a mirar a David de nuevo, y al hacerlo, le vi mirándome por encima del borde de la copa. Me sonrió, y caminé hacia él.

—Hola —le dije, al llegar a su lado.

—Hola —dijo, clavando sus ojos en los míos, grandes y tristes, quizás el único rasgo que mostraba que el cambio que se había operado en él no era tan profundo como podía parecer.

—Tienes buen aspecto.

Su mirada se dulcificó.

—Gracias. Tú también tienes buen aspecto. Estás muy guapo.

—¿Lo dices por este estúpido traje? —pregunté algo abochornado por el cumplido. Me tiré del cuello de la camisa, que había estado toda la tarde incomodándome—. No estoy acostumbrado a llevar corbata.

—Aun así te sienta bien.

Dio un nuevo sorbo a su copa y, recordando de repente la que yo llevaba en la mano desde hacía unos minutos, le imité.

—¿Cómo estás? —le pregunté al fin.

—Bien. Gracias.

—Siento lo de tu padre.

Esbozó su pequeña y ladina sonrisa ladeada.

—No lo sientas. —Me miró, y me descubrió escudriñando su rostro con atención—. Supongo que ya lo sabes todo —aventuró. Asentí—. Clara no debió habértelo contado. Es un asunto familiar.

—En realidad, no tuvo que hacerlo. Ya lo suponía desde hacía algún tiempo.

—¿Sí, eh? —Su sonrisa ladeada se ensanchó. No parecía sorprendido del todo—. A veces olvido lo listo que eres. No me mires así —me pidió—, y no me tengas lástima. Le he sobrevivido, Noah. He ganado yo.

—Pero aun así… Ahora entiendo las cosas que decías sobre tu padre. Siento haberte juzgado.

Se encogió levemente de hombros, como si el asunto no le molestara.

—Pero bueno —exclamó de repente—. Aún no te he felicitado. —Me dio una amistosa palmada en el hombro—. Lo has hecho muy bien.

—Gracias. —Sonreí con modestia.

—Me ha dicho un pajarito que estás pensando en el doctorado —comentó.

—Sí. Pensaba usar mi último año de beca para eso —dije. Le vi asentir, como si aprobara mi decisión—. Supongo que nunca te he dado las gracias —musité.

—¿Por qué?

Ahora fui yo quien se encogió de hombros.

—Por la beca y todo eso —dije con cierta incomodidad. Clavó sus ojos en los míos y desvié la mirada—. Nunca te lo agradecí.

—No lo hice para obtener tu gratitud —le oí decir.

—Aun así, la tienes —dije, cada vez más avergonzado.

En ese momento, el vicedecano se subió a la tarima con un micrófono y pidió nuestra atención. Luego procedió a felicitar a la promoción del 2003 y a agradecer a nuestros familiares su presencia allí. David y yo miramos en su dirección, pero prestamos poca atención al improvisado discurso.

—¿Y tú? —me preguntó en un susurro—. ¿Cómo has estado?

—Bien —respondí en igual tono.

—¿Cómo te va con…? Lo siento, he olvidado su nombre.

—¿Con Rafa? —pregunté. Le miré, sorprendido de que David decidiera tocar ese tema—. No me tienes que preguntar eso si no quieres.

—Ya lo sé —me sonrió, tranquilizador—. ¿Cómo te va con él? —Me encogí de hombros, no queriendo entrar en detalles—. ¿Y eso qué se supone que significa? —preguntó en un tono casi paternal.

—Nada, es que… —Chasqueé la lengua—. No lo sé. Me gustaría que las cosas fueran más sencillas, eso es todo.

—¿Por qué lo dices? ¿No os va bien juntos?

—No es que nos vaya mal, es que a mí me cuesta avanzar —me confesé con él. Una parte de mi mente sabía que estaba mal usarle como paño de lágrimas, pero otra no podía evitar abrirse ante David como siempre había hecho—. No me extraña que Rafa esté perdiendo la paciencia conmigo.

—No te mortifiques, las relaciones nunca son fáciles —aseveró—. Que nos lo digan a nosotros —bromeó.

Sonreí, inseguro, ante su inesperada broma.

—¿Y tú qué? —me interesé—. ¿Te vuelves a España, o…?

—Solo he venido para la graduación de Clara, el domingo tengo que volar de vuelta a Berlín.

—Dudó un momento antes de continuar, y miró a nuestro alrededor para cerciorarse de que nadie escuchaba nuestra conversación—.

No se lo digas a nadie —me guiñó el ojo—, pero el lunes que viene la junta de accionistas me nombrará Presidente Ejecutivo del grupo Van Kerckhoven.

—Felicidades —le dije, sinceramente impresionado—. Entonces, ¿vivirás en Berlín?

—Sí.

—¿Y de verdad es eso lo que tú quieres?

Me miró extrañado.

—¿A qué te refieres?

—A que si de verdad quieres vivir en Alemania y todo eso. ¿Qué harás allí?

—Lo mismo que hubiera hecho aquí: vivir. Criar a mi hijo. Intentar ser feliz. —Me miró significativamente—. Volver a amar si se me presenta la oportunidad.

—Ya, pero… Me daba la sensación de que te gustaba estar en España.

—Y me gusta —dijo—. Siempre pensé que Íker se criaría aquí, pero tal como han salido las cosas…

Lo que pasa es que no tengo ninguna razón de peso para no asumir mi responsabilidad —me dijo con calma—.

No tengo nada que me ate aquí, nada que me impida volver a mi casa y reclamar lo que es mío, ¿entiendes?

—Ya —dije. Bajé la mirada hacia mi copa y la moví con lentitud, para observar cómo se balanceaba en ella el cristalino líquido.

—Tú podrías ser esa razón, si quisieras —dijo de repente.

—¿Qué?

—Que tú podrías ser mi razón para quedarme —me susurró, poniéndose muy cerca de mí—. Si me lo pides, no me iré.

Le miré a los ojos y solo vi sinceridad y entrega. Sentí vértigo.

—Pero David, yo…

—Ya lo sé. Lo siento —dijo. Sonrió y se apartó de mí—.

No debí haberte dicho eso. —Nos quedamos en silencio un momento, oyendo de fondo el monótono y aparentemente eterno discurso del vicedecano.

Yo me sentía abrumado por su sinceridad, y él quizás por mi aparente reticencia—. Es una pena —le oí musitar.

—¿El qué?

—Que no podamos conocernos de nuevo, por primera vez, ahora mismo. Todo sería tan diferente entre nosotros.

Le miré intensamente, pensando en lo que acababa de decir y preguntándome hasta qué punto sus palabras eran sinceras. Justo cuando iba a contestarle, oí una voz a nuestra espalda.

—Noah —escuché. Me giré para ver a Rafael viniendo hacia nosotros—. Te estaba buscando.

—Ya, es que… —No terminé la frase, tampoco había nada que decir ahora que mi novio había visto con quién estaba hablando—. Rafa, este es David —dije, sintiéndome tremendamente violento.

—Encantado —dijo David, extendiendo su mano hacia mi novio con aparente cordialidad.

Se estrecharon las manos y se miraron mutuamente, Rafael con cierta reserva y David con profunda curiosidad.

Ninguno de los dos mencionó que ya se habían visto una vez antes, cuando Rafael nos había pillado a David y a mí a punto de besarnos en la sala de familiares de la planta de neurología, pero estaba seguro de que ambos lo recordaban.

—¿Qué tal? ¿Disfrutas de la fiesta?

—Sí —dijo Rafael. Me rodeó por los hombros y me atrajo hacia sí en actitud protectora—. Estoy muy orgulloso de Noah.

—Y razones no te faltan —convino David, esbozando una de sus más formales sonrisas—. Todos estamos muy orgullosos de ti en la Fundación ÍCaro, Noah —dijo dirigiéndose hacia mí, esta vez con una sonrisa más sincera—, has superado las expectativas que teníamos puestas en ti. Solo quería felicitarte.

—Gracias.

—Bueno, os dejo, que os divirtáis. De nuevo, encantado de conocerte.

Le tendió de nuevo la mano a Rafael y este la aceptó. Con un rápido movimiento, David lo atrajo hacia sí y le dijo algo que no entendí. Cuando se separaron, Rafael asintió levemente y David se fue sin mirar atrás.