A través del sexo. La saga completa 20. Mi razón para quedarme #3
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20. Mi razón para quedarme #3

Me miré en el espejo para abrocharme los botones de la chaqueta, y en cuanto Pablo se alejó de mí, forcejeé con el cuello de la camisa para intentar aflojarlo.

—Deja eso —me reprendió al verme.

—Estoy incómodo —me quejé.

Pablo se puso junto a mí, frente al espejo de cuerpo entero que había en su dormitorio, y se ajustó su propia corbata. Su ceremonia de graduación sería la semana siguiente, pero él había decidido estrenar su nuevo traje para estar guapo en la mía.

—Es la falta de costumbre.

—Tú tampoco estás acostumbrado a las corbatas, y a ti no te molesta la tuya —le hice notar.

Se encogió de hombros y se dedicó a ajustarse los gemelos mientras yo le miraba con cierta envidia: el traje le quedaba como un guante, y realzaba su esbelta figura, aportándole grandes dosis de masculinidad y elegancia.

En cambio, yo me sentía torpe dentro del mío, y bajito a su lado.

A pesar de la falta de costumbre, él parecía capaz de llevarlo con mucha más gracia y soltura que yo.

—Cuando Samuel te vea, se va a caer de culo —le dije, a modo de cumplido.

Pablo me hizo un leve gesto de asentimiento con la cabeza y de nuevo yo me maravillé de cómo un simple cambio de vestuario había conseguido transformarle de tal manera.

—Deberías llevar traje más a menudo —le dije.

—Y tú también. Si quieres acostumbrarte, al menos —comentó a modo de reproche, al ver que yo volvía a tirarme del cuello de mi camisa.

—¿Ya estáis listos, chicos? —preguntó Lola, emergiendo por la puerta con un delicado vestido de muselina verde y un chal a juego. Llevaba el cabello recogido y largos pendientes que se balanceaban en sus orejas. Al vernos, sonrió—. Pero qué guapos estáis.

—Gracias. Tú también estás genial —le respondió Pablo—. El vestido te queda divino.

Ella sonrió con coquetería.

—Tenemos que salir ya, o se nos hará tarde.

Volvió a salir, cerrando la puerta tras de sí, y yo le eché una última y reflexiva mirada al espejo. Pablo, quizás adivinando mis pensamientos, me abrazó por la espalda y me miró a través del reflejo.

—Rafa irá —me aseguró, con voz cariñosa.

—¿Estás seguro?

—Sí. No puede estar tan enfadado como para perderse tu orla. Irá.

Asentí sin mucho convencimiento. Desde que discutimos la tarde anterior, no habíamos vuelto a hablar. Había intentado llamarle, pero él no me cogía el teléfono.

—Espero que tengas razón. A veces soy un idiota —me reprendí.

—A veces —convino—. Pero hoy es tu día. No creas que voy a dejar que te lo estropees a ti mismo —dijo, balanceando mi cuerpo junto al suyo, y sacándome una sonrisa.

Salimos del dormitorio para encontrarnos con Lola y mi padre, que esperaban impacientemente en el salón.

Salimos a la calle y nos embutimos en el coche de mi padre, que Lola se empeñó en conducir.

Cuando llegamos al aparcamiento del Paraninfo, vimos que ya había varios coches allí, y reconocí a algunos de mis compañeros entrando.

—Vamos, que se te hace tarde —dijo mi padre.

Salimos del coche y entramos en el paraninfo.

Yo debía dirigirme a una sala que estaba tras el escenario, donde los estudiantes tendríamos que esperar el comienzo del acto, mientras que ellos se dirigían al auditorio para ocupar sus asientos, donde se reunirían con mis hermanos.

Me adentré en las profundidades del salón de actos, hasta dar con la sala en cuestión.

El fotógrafo que había sido contratado para la ocasión ya estaba allí, sacando algunas instantáneas a los alumnos que se habían congregado, mientras esperábamos a que todos los miembros de la clase estuvieran presentes para la fotografía oficial de la promoción.

Samuel y Clara ya estaban allí cuando llegué, él con un traje de chaqueta de color crudo y ella embutida en un precioso vestido fucsia que realzaba sus menudas formas.

Nos sacamos unas cuantas fotografías, mientras el vicedecano repartía cuartillas con la letra del himno universitario y nos recordaba una y otra vez lo que debíamos hacer, sin que nadie le hiciera realmente mucho caso.

Posé para todas las fotografías que me ofrecieron, con muchos de mis compañeros, y me esforcé por mostrarme jovial, pero la verdad era que me sentía bastante apesadumbrado.

La revelación del día anterior, de que nunca había expresado amor por Rafael, me había dejado completamente aturdido, no solo porque no había sido consciente de ello hasta que él me lo echara en cara, sino porque realmente no comprendía por qué no lo había hecho hasta ese momento.

Y por qué aún no me sentía capaz de decirlo.

Recordaba haberme sentido, al inicio de nuestra relación, confuso y renuente a establecer un vínculo formal con él, y creía que debíamos tomarnos las cosas con calma, pero esos recelos estaban ya superados.

O deberían estarlo. Tras meses de relación, Rafael no solo había demostrado su paciencia conmigo, sino que se había descubierto como un novio dulce, cariñoso, leal y sincero.

¿No era eso lo que yo llevaba toda la vida buscando?

Sin embargo, cuando Rafael me hiciera el sincero ofrecimiento de vivir juntos, no había sentido más que rechazo por la idea, evidenciando, como él me había dicho, que yo aún no estaba del todo comprometido con nuestra relación.

Que no le hubiera dicho nunca «te quiero» era solo la punta del iceberg de un problema cuya naturaleza parecía más profunda.

Y yo pensando, ingenuamente, que todo iba bien entre nosotros.

Durante la ceremonia, en la cual el vicedecano y varios de nuestros profesores dieron largos discursos, apenas me pude concentrar.

No volví a la realidad hasta que Clara y Samuel, los estudiantes que el resto de la clase habíamos elegido como representantes de la promoción, salieron al escenario a decir su discurso.

Fue corto y divertido, y a todo el mundo le gustó.

Clara lucía preciosa y menuda sobre el escenario, mientras que Samuel se ocupó de dotar al momento de una buena dosis de humor, haciendo reír a la audiencia en varias ocasiones.

El momento más emotivo lo puso Clara, cuando habló de los momentos difíciles que todos habíamos tenido que afrontar en los últimos cuatro años, y de cómo los habíamos superado.

Muchos aplaudieron en ese momento, pensando quizás que Clara hablaba de la muerte de su padre, y quizás en parte fuera así, pero yo creí ver un mensaje velado para su hermano y me imaginé que en alguna parte de aquel abarrotado y oscuro auditorio, David estaría tan emocionado como lo estaba su hermana, que salía del escenario entre lágrimas.

Luego nos llamaron uno a uno al escenario a recoger los diplomas y recibir las felicitaciones del equipo docente.

Cuando llegó mi turno, subí, saludé al vicedecano y a los profesores, recogí mi diploma y saludé al público, intentando escudriñarlo al hacerlo, pero por mucho que lo intenté, no pude distinguir si Rafael estaba o no entre la multitud.

Tras la entrega de diplomas, los estudiantes nos pusimos en pie y entonamos solemnemente el Gaudeamus Igitur . Todo salió a pedir de boca, a pesar de la poca seriedad con la que nos habíamos tomado los ensayos, y el vicedecano parecía encantado.

Tras la ceremonia, tuvo lugar una recepción en el hall del paraninfo, que había sido rápidamente engalanado por los trabajadores de una empresa de catering .

Una suave música sonaba de fondo, mientras que los estudiantes salíamos en tropel por las puertas laterales para encontrarnos con que nuestros familiares, que habían constituido el grueso del público aquella noche, ya estaban allí esperándonos.

Samuel, Clara y yo buscamos con la mirada hasta dar con mi familia, y nos dirigimos hacia allí.

Con un ramalazo de alivio, vi a Rafael, que con una copa en la mano, cuyo contenido probablemente no tendría intención de probar, hablaba animadamente con mi padre. Al verme, me tendió la copa.

—Bonita ceremonia —dijo.

—Gracias —contesté, no sabiendo muy bien qué decirle, y él siguió charlando con mi padre, que parecía de lo más feliz aquella noche.

Observé a mi novio mientras sorbía mi champán.

Destacaba entre la multitud, y no solo por su estatura.

Se había puesto uno de sus mejores vaqueros, y llevaba una chaqueta negra sobre su camiseta, pero su apariencia de roquero desentonaba entre toda aquella gente engalanada; sin embargo, no era eso lo que me molestaba.

Sus maneras eran cordiales, quizás demasiado educadas, y parecía estar ignorándome a conciencia, lo que interpreté como que seguía enfadado.

Quise decirle algo, pero mis hermanos decidieron que aquel era un buen momento para venir a revolverme el pelo con desenfado.

—Felicidades, enano —gritaron al unísono mientras lo hacían.

—No os paséis —me quejé, pasándome la mano por la cabeza en un pobre intento de volver a poner mi cabello en su sitio.

—Tenías que haber visto a papá cuando subiste al escenario a recoger tu diploma —dijo Moisés, en tono jocoso—, solo le faltó sorberse los mocos.

—Y también tenías que haber visto a Moisés cuando Clara subió —intervino su gemelo—, no hacía más que decir: «Esa es mi chica, esa es mi chica».

—Cállate —le dijo Moisés, dándole un sonoro codazo en las costillas a la vez que miraba a su alrededor para cerciorarse de que Clara, que posaba con Samuel para la cámara fotográfica de Pablo, no hubiera escuchado el comentario.

—Venga, chicos, posad —nos dijo Pablo, dirigiendo la cámara en nuestra dirección.

Los tres hermanos posamos juntos, y luego con nuestro padre y con Lola.

Acto seguido, Pablo nos fotografió a Clara, a Samuel y a mí enarbolando contentos nuestros diplomas—.

Ahora ponte tú también, Rafa —le dijo a mi novio.

Posamos juntos para una foto y le miré al tenerle tan cerca.

Estaba serio, y supuse que una vez la fiesta terminara, él y yo tendríamos una de esas conversaciones que odio tener.