A través del sexo. La saga completa 20. Mi razón para quedarme #2
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20. Mi razón para quedarme #2

El antiguo estudio de mi padre había sufrido una enorme transformación en unos pocos meses, pasando de ser el despacho de un periodista al santuario de un artista neohippy .

La cama estaba en la pared del fondo, bajo un atrapasueños y junto a la ventana, que estaba cubierta con unas cortinas de estampado psicodélico.

En las paredes convivían reproducciones de obras de arte con ilustraciones enmarcadas de Tom of Finland.

En medio de la estancia, se erguía el caballete de madera de pino, que sostenía un lienzo de alto contenido erótico.

En cada rincón y esquina del dormitorio había lienzos tapados, probablemente cuadros a medio pintar.

Sobre el antiguo escritorio, en el que mi padre había escrito un sinnúmero de artículos, descansaba una shisha de color esmeralda y un incensario de cerámica, además de una multitud de pinceles y botes de pintura.

Sentado en dicho escritorio se encontraba Pablo, con el pantalón de lino manchado de pintura y el cabello alborotado, trabajando frente al ordenador que había sido de mi padre, cuya pantalla mostraba la interfaz de un conocido programa de diseño.

Al vernos entrar, nos dedicó la mejor de sus sonrisas.

—¿Te has enterado? —le pregunté.

—Samy me llamó. Felicidades —me dijo.

Sonreí con cierta autosuficiencia y mi amigo volvió de nuevo su vista hacia la pantalla.

Pablo también había terminado su último año de carrera y aprobado todas sus materias, con lo que estaba en la misma situación que yo. A falta de las actas y el título oficial, ya estaba en busca y captura de una salida profesional.

—¿A que no sabéis quién me ha llamado hoy? —nos dijo.

—¿Quién? —pregunté. Me senté sobre el escritorio y le di un sonoro bocado a mi manzana, mientras Rafael se ponía frente al caballete y miraba con atención el cuadro que descansaba sobre él.

—¿Te acuerdas de Álvaro? —preguntó a su vez.

—¿Tu antiguo compañero de piso? Claro —le dije, recordando al chico en cuyo piso Pablo había vivido casi dos años.

Hacía tiempo que Pablo no tenía ya contacto con él, no solo por el cese de su convivencia, sino porque él y el que había sido su novio, Josep, terminaron la carrera el año anterior—. ¿Qué ha sido de él?

—Se fue a Madrid el año pasado, a trabajar como maquetador en una editorial o-algo-así —dijo Pablo, haciendo una floritura en el aire con su larga mano—. Por lo visto, no le fue bien.

—¿Y qué quería?

—Me dijo que él y unos amigos estaban pensando en montar un magacín gay. Quieren que colabore con ellos —me dijo.

—¿Como ilustrador? —preguntó Rafael, que cada vez parecía más interesado en el lienzo que tenía delante.

—Sí —dijo. Y luego añadió por lo bajini—: Y como humorista gráfico.

—¿Como qué? —pregunté yo, algo descolocado—. ¿Desde cuándo te dedicas tú al humor gráfico?

Pablo me miró con una expresión casi avergonzada.

—Desde nunca, pero Álvaro dice que soy gracioso, que algo se me ocurrirá.

—¿Siempre usas a Samuel como modelo para tus cuadros eróticos? —preguntó Rafael, que ajeno a nuestra conversación, había seguido estudiando la obra de mi amigo.

—No siempre —respondió él—, por ahí tengo uno en el que usé a…

Le di una patada disimuladamente. Luego, decidí cambiar de tema.

—¿Y en qué estás trabajando ahora? —inquirí, cotilleando el ordenador, en cuya pantalla pude atisbar una serie de ilustraciones que Pablo parecía estar maquetando en formato de historieta, pero él minimizó rápidamente el programa en el que trabajaba.

—En nada.

—Venga, hombre, no seas así. Enséñamelo. ¿Eso es un cómic?

—Una tira cómica —respondió con excesiva dignidad—, y no te la voy a enseñar.

— Andaaaa —insistí.

—Que no.

—Qué borde eres —le reproché. Me puse de pie y dejé los restos de la manzana en el lugar en el que había estado sentado—. Anda, Rafa, vámonos a mi cuarto.

—No seas marrano —se quejó Pablo, refiriéndose a los restos de la fruta—. Llévate esta porquería.

Le saqué la lengua a mi amigo y salí de su dormitorio acompañado de mi novio.

—Por fin solos —me dijo, atrapándome entre sus brazos nada más entrar en mi habitación.

—Quita, bobo —reí, pero aun así no hice nada por evitar que me tirara en la cama y me besuqueara el cuello—.

Como mi padre entre aquí y nos pille de esta guisa…

—Le amenacé con futilidad, ganándome con el comentario un beso largo y hambriento en los labios.

Ambos sabíamos que mi padre no nos interrumpiría.

Me revolví en la cama hasta que fui yo quien quedó encima y cogí sus manos entre las mías, apretándolas contra el colchón.

—Para ya —le pedí.

Rafael rio, quizás porque sabía tan bien como yo que podía soltarse de mi agarre con facilidad desde el momento en el que él así lo quisiera, sin embargo, ni siquiera lo intentó.

Desde la cómoda posición que me daba estar sentado sobre su abdomen, le observé: sus pestañas pelirrojas, su cara pecosa y feliz, sus hombros anchos dentro de la confortable camiseta negra que lucía, y me deleité con su fingida sumisión.

Moví mis caderas sobre las suyas para incitarle, y su mirada dejó de reflejar serenidad.

—¿Por qué no pasas la noche conmigo, en casa? —me preguntó. Liberó sus manos y las puso sobre mis nalgas, acariciándolas con suavidad, pero dejando claras sus intenciones.

—Mejor que no. Mañana tienes que madrugar —dije, recordándole su jornada laboral del día siguiente, a pesar de que el contacto de sus manos me resultaba tremendamente estimulante—. Ya pasaremos juntos la noche de mañana —le recordé.

—Como quieras —me dijo, sin embargo, sus manos no abandonaron mis caderas en ningún momento.

Me apoyé sobre su pecho, recostándome sobre él, y sus brazos rodearon mi espalda.

—Estoy algo nervioso —le confesé.

—¿Por la orla y todo eso? —me preguntó.

—Sí, pero no por eso en realidad. Me da un poco de miedo terminar la carrera. Es decir —intenté explicarme—, tenía ganas de terminar, y quiero empezar a trabajar y todo eso, pero me da un poco de… vértigo, ¿sabes?

—Conozco esa sensación. Yo me sentí así cuando terminé enfermería. No es lo mismo hacer prácticas en un hospital que trabajar de verdad y tener pacientes a tu cargo. La primera vez que trabajé casi me da un ataque de nervios. —Sonrió—. ¿Y cuáles son tus planes a partir de ahora?

—¿Cuando empiece a trabajar, quieres decir? —le pregunté—. Aún no lo he pensado muy bien —contesté—. Pero creo que me gustaría irme de aquí.

—¿Piensas en independizarte?

—Sabes que Pablo y yo vivíamos juntos antes de que mi padre enfermara, ¿verdad?

—Ajá.

—Mi idea siempre fue la de volver a vivir con Pablo en cuanto mi padre mejorara —le conté—, y él ya está genial, pero ahora ya no sé si Pablo tiene las mismas intenciones que yo.

—¿Y eso por qué?

Me incorporé un poco para mirarle a la cara.

—El otro día oí a Samuel comentarle a Pablo que ya estaba planteándose la idea de independizarse, y que sus padres no se opondrían. Me pregunto si ellos dos no estarán pensando en vivir en pareja.

—Bueno, eso no es necesariamente malo para ti —me respondió con voz suave—. Podrías aprovechar la oportunidad para vivir solo. O quizás… — titubeó un instante— podrías plantearte lo mismo que ellos.

—¿El qué? —pregunté sin comprender.

—Vivir en pareja —dijo con simpleza.

—¿Qué? —mi primera reacción fue esbozar una leve sonrisa, pero al ver que Rafael no estaba de broma, se me borró de repente. Me incorporé hasta quedar sentado de nuevo sobre él—. ¿Lo dices en serio?

—¿Por qué no? Llevamos casi un año juntos —dijo.

—Solo nueve meses —apunté yo, y eso solo si teníamos en cuenta nuestra relación desde el principio, y no solo desde que habíamos empezado a salir en serio.

A pesar de que esta estaba siendo la relación más larga de mi vida hasta ese momento, la idea de la convivencia no me parecía precisamente buena—.

¿No crees que es un poco pronto? —pregunté.

—Evidentemente, tú sí —dijo Rafael, incorporándose.

Me hice a un lado para dejarle espacio, y él se sentó en la cama, apoyando sus codos en sus largos muslos.

—¿Qué pasa? —me extrañé—. ¿Estás enfadado?

—¿Te parece raro que lo esté? —preguntó a su vez, mirándome por encima de su hombro.

—No entiendo que te pongas así por…

—Vale —dijo, incorporándose como si tuviera un resorte—, quizás sea pronto para vivir juntos, pero no es pronto para saber qué es lo que estamos haciendo. Me gustaría saber a dónde va lo nuestro y qué es lo que esperas de esta relación.

—¿A qué viene esto ahora? Pensaba que estábamos bien.

—¿Bien? —preguntó, incrédulo. Bajó la mirada y enfundó las manos en los bolsillos de los vaqueros, haciendo que la cadenita de plata que siempre pendía de ellos tintineara levemente.

Cuando volvió a mirarme, había veneno en su expresión—.

¿Acaso crees que no me he dado cuenta de que nunca me has dicho que me quieres?

—Eso no es verdad —me quejé, poniéndome de pie para encararme con él—, sí que te lo he dicho.

—No, no lo has hecho —aseguró, elevando la voz—, me dices que te gusto, que te vuelvo loco, que soy el mejor novio del mundo, o cosas así.

Pero nunca me has dicho que me quieres —aseveró.

Me quedé clavado en el sitio, mirándole con los ojos muy abiertos, y percatándome de que tenía razón—. Y sigues sin hacerlo —dijo.

—Rafa…

—No —negó, haciendo un gesto de repulsa en mi dirección con su mano— , ahora no.

Aturdido como estaba, ni siquiera intenté detenerle cuando se dirigió a la puerta.

Salió al pasillo y avanzó por él sin mirar atrás.

Me quedé parado en el umbral de la puerta, mirándole hasta que se perdió de vista al entrar en la cocina.

Oí cómo mi padre se despedía de él y le preguntaba: «¿Pero hombre, no te ibas a quedar a cenar?

». Luego unos murmullos apagados y el inconfundible sonido de la puerta al cerrarse. Me volví, derrotado, a mi habitación.

—Estás muy guapo, cariño —me dijo Pablo mientras terminaba de ajustarme el nudo de la corbata.