A través del sexo. La saga completa 20. Mi razón para quedarme
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20. Mi razón para quedarme

MI RAZÓN PARA QUEDARME

—¿ N o estás nervioso? Yo estoy muy nervioso. ¿Tú no estás nervioso?

Samuel, de pie a mi lado, se balanceaba incesantemente, alternando el peso de su cuerpo de las puntas de sus pies a sus talones, y viceversa, evidenciando que lo que decía era verdad.

Ambos, acompañados de un corrillo de alumnos que murmuraban incesantemente, esperábamos con toda la paciencia que podíamos reunir frente a un viejo tablón de corcho, colgado de una pared de un verde descolorido, justo al lado de la puerta del despacho del profesor de Biotecnología microbiana.

—Sí, joder, sí que lo estoy —dije.

Samuel sonrió, quizás contento por no ser el único que estaba a punto de tirarse de los pelos.

—¿Te das cuenta de que ese pudo haber sido nuestro último examen?

—preguntó, refiriéndose a la asignatura cuya nota estábamos esperando y ante la perspectiva de aprobarla, siendo la última de la que nos habíamos examinado.

Todas las demás materias estaban aprobadas, y si las notas de aquel día también nos eran favorables, seríamos casi oficialmente licenciados en Biotecnología, a falta tan solo del título que lo acreditase.

—Será el último para vosotros —apostilló Clara, que también esperaba a nuestro lado—, yo aún tengo tres asignaturas que recuperar en septiembre.

Me giré para mirarla. Viéndola así, tan tranquila, jugueteando con su teléfono móvil y mostrando con desenfado una buena porción de sus torneadas piernas, nadie pensaría que en los últimos meses había sufrido no solo el fallecimiento de uno de sus progenitores, sino también el descubrimiento de un secreto que había hecho tambalear todos los pilares en los que se asentaba su vida familiar; y sin embargo, no solo parecía haberlo superado en lo personal, sino también en lo académico.

Era remarcable cómo había conseguido ponerse al día de las asignaturas del segundo cuatrimestre, que había cogido con un mes de retraso, así como recuperar la mayoría de las materias del primero.

Al notar mi mirada sobre ella, me dedicó una fugaz sonrisa, antes de volver de nuevo su atención a su móvil.

—Noah, que ya salen —dijo Samuel, a la vez que tiraba de mi manga y me devolvía a la realidad.

Vi que el profesor acababa de colgar el listado de notas en el tablón, y que ahora tenía problemas para volver a adentrarse en su despacho, al verse rodeado por un nutrido grupo de alumnos que, más rápidos de reflejos que nosotros, ya se arremolinaban frente al tablón, ansiosos por conocer sus calificaciones.

—Esperad un momento —dijo Clara, y sin más, se coló con la habilidad de una lagartija entre la maraña de codos y brazos que teníamos ante nosotros. Segundos más tarde, la vimos emerger de la multitud, considerablemente más despeinada que antes.

—Cuatro asignaturas que recuperar en septiembre —dijo, algo malhumorada, esbozando uno de sus mohines.

—¿Y nuestras notas? —le pregunté, impaciente.

—Vedlas por vosotros mismos —contestó, negándose a soltar prenda.

Para entonces, la multitud ya se había disipado un tanto, al ir alejándose de allí los alumnos que ya conocían sus calificaciones.

Samuel y yo nos acercamos al tablón y buscamos con ansiedad nuestros respectivos nombres, junto a los cuales estarían nuestras notas.

—¿Has aprobado? —me preguntó Samuel con voz ansiosa.

No le contesté inmediatamente, sino que dejé que mi mirada se quedara fija durante largos segundos en los dígitos que podía ver junto a mi nombre, sintiendo una extraña sensación de vértigo al comprender lo que esos números significaban para mí.

—Sí —dije al final, casi sin aliento. Me giré hacia él—. ¿Y tú?

Como respuesta, el rostro de Samuel se iluminó con una tremenda sonrisa, y se abrazó a mí.

—Hemos aprobado, hemos aprobado —gritó, mientras daba saltitos.

Me dejé llevar por el entusiasmo del momento, y creo que exclamé algo. Luego, fui consciente de la presencia de Clara junto a nosotros.

—Felicidades, licenciados —nos dijo con una sonrisa.

La incluimos en nuestro abrazo, no importándonos que ella conseguiría su título unos meses más tarde que nosotros. Habíamos empezado la carrera juntos, y juntos habíamos permanecido hasta el final, a pesar de todo lo que había intentado interponerse entre nosotros.

Aquella misma tarde tuvimos el ensayo general de nuestra orla, que tendría lugar al día siguiente.

Todos estábamos nerviosos y emocionados, y las chicas parloteaban alegremente acerca de los vestidos y zapatos que habían comprado para la ocasión.

El vicedecano de nuestra facultad, que actuaría como jefe de ceremonias, daba órdenes a diestro y siniestro desde el escenario del Paraninfo, que ninguno de los alumnos parecía dispuesto a obedecer.

La orla solo sería una ceremonia universitaria sin verdadera relevancia, más allá de la pompa y la circunstancia del momento, y parecía que ninguno de nosotros se sentía muy solemne aquella tarde con aroma a incipiente verano.

Cuando llegó el momento de aprendernos de memoria y cantar el Gaudeamus Igitur , todos nos cachondeamos de la letra, hicimos versiones alternativas en un latín inventado y algunos la cantaron con la mano en el corazón, haciendo el saludo militar, o con una corbata en la cabeza.

El vicedecano salió de allí horas más tarde, refunfuñando con que le habíamos dado dolor de cabeza, y advirtiéndonos que con nuestra actitud nada de lo que había ensayado saldría bien al día siguiente, pero la verdad es que tuvimos una tarde maravillosa.

—La orla no sirve para nada importante —me contaba Rafael más tarde, cuando me llevaba en coche desde la facultad hasta mi casa—, solo para gastarte un pastón en una fiesta que igual no vas a disfrutar, en una corbata que no vas a volver a ponerte y para que te den un diploma acreditativo que no tiene validez legal.

Hasta que no expidan el título, nada de todo esto será oficial.

—Ya, ya lo sé —le dije, dispuesto a que nada agriara mi buen humor de ese día.

Aún recordaba a Samuel, que se había quitado el suéter del cuello para enrollarlo alrededor de su cintura a modo de falda escocesa y se puso a dar saltitos mientras cantábamos el himno universitario.

Todos nos reímos a carcajadas gracias a él, sobre todo cuando el vicedecano había amenazado con vetarle la entrada a la ceremonia al día siguiente—, pero yo tengo la intención de pasarlo bien mañana. Me lo merezco.

—Claro que sí —me sonrió él—. Bueno, y ahora que ya sabes que las has aprobado todas, ¿cuáles son tus planes para este verano?

—No lo sé. En principio no puedo hacer nada hasta que no me den el título, y dudo que lo tenga antes de finales de mes. Cuando lo tenga, me tendré que poner en contacto con la gente de la fundación ÍCaro.

—¿Por qué? —me preguntó Rafael—. Si ya has terminado la carrera, ¿qué más tienes que hacer con ellos?

—Es que la beca dura cinco años, así que técnicamente, aún me queda un año. Me dijeron que cabía la posibilidad de usar esos fondos para un proyecto de posgrado, y me lo estoy pensando muy en serio.

—¿Un doctorado?

—¿Por qué no? —pregunté a mi vez.

—Bueno, ¿y luego tendré que llamarte Dr. Estévez?

—Sí, claro. Y nada de tutearme a partir de entonces —bromeé.

Rafael apartó un segundo la mirada de la carretera y me devolvió la sonrisa—.

Lo que no sé es cómo funcionaría, porque se supone que una vez que termine la carrera tendré que cumplir con un contrato de trabajo en los laboratorios, así que tengo que ver cómo puedo compaginar ambas cosas.

Aparcó el coche delante del portal de mi casa y me miró.

—¿Subes? —le ofrecí.

—Claro.

Nos bajamos del coche y entramos en el portal. Cuando llegamos a casa, mi padre y Lola estaban en la cocina, charlando. Al verme entrar, mi padre se levantó de donde estaba sentado y me abrazó.

—Ven aquí —me dijo, rodeándome entre sus brazos. Yo le había llamado aquella mañana para comunicarle la noticia, pero aún no había podido felicitarme en persona—. ¿Cómo está el recién licenciado?

Sonreí.

—Hasta que no me den el título…

—Bah —exclamó él—, pamplinas —añadió, como si fuera innecesaria la confirmación oficial de mi licenciatura. Luego saludó a mi novio—. ¿Qué tal, Rafael? ¿Te quedarás a cenar?

—Claro —respondió él—. Aunque no puedo quedarme mucho rato. Mañana tengo turno de mañana.

—¿Y qué tal el ensayo de la orla?

—Bien —dije yo, rebuscando en la nevera algo que echarme a la boca antes de la cena.

Saqué una manzana y le di un mordisco—. Divertido —apostillé con la boca llena.

Luego pasé a relatar lo ocurrido durante el ensayo del himno universitario y la danza escocesa improvisada por Samuel, sacándole algunas carcajadas a Lola.

—Ah, pues me parece muy bonito —dijo mi padre con sarcasmo, mientras a su lado Lola aún se reía sin parar por mi relato—, las orlas son muy serias, no algo que se pueda tomar a cachondeo.

—Deja al chico tranquilo, Carlos —le dijo ella en tono jovial—. Ya ha hecho lo que tenía que hacer. Ahora le toca divertirse —me dijo con complicidad, guiñándome un ojo.

—¿Y Pablo? —pregunté.

—En su cuarto.

—Vamos, Rafa —le dije, guiándole hasta la habitación de mi amigo. Al llegar a su puerta, di dos rápidos toques, y entramos.