Epílogo #5
—No sabes lo útil que me ha resultado el tonito de dom últimamente —dejé caer.
Ahora fue su turno de reír. Le pasé el canuto.
—Venga, ahora en serio. ¿Qué es lo que pasa en Barcelona que no le quieres contar a nadie?
—Joder —se quejó, aparentemente molesto de que lo hubiera calado tan bien—. Nada, que mi jefe es un mierda: un encorbatado estirado que… —Me miró de reojo y confesó—: Que me recuerda bastante a ti. Es como estar contigo todo el día.
—Menuda tortura —le seguí la broma.
—Además, no sé. Compartir piso con dos mocosos que dejan la vajilla en el fregadero a mi edad… Joder, es una mierda.
—¿Te arrepientes de haberte ido?
—No. El proyecto me gusta, pero… Me siento como si hubiera dado un paso atrás. Como si tuviera veinte años otra vez y no supiera qué coño hacer con mi vida. Que estoy a punto de cumplir cuarenta, joder —se quejó.
Me tendió el porro y le di una última calada. Lo apagué contra la barandilla y lo dejé caer al vacío.
—Bueno, ¿y qué esperabas?
Pablo me lanzó una mirada malencarada.
—¿Cómo dices?
Me encogí levemente de hombros.
—No sé, ¿esperabas que fuera todo fácil al llegar allí?
—Creo que lo que esperaba en realidad era tener mi vida resuelta a estas alturas.
Apoyé los codos contra la barandilla y me perdí en la contemplación de la ciudad, que se desplegaba bajo la noche de invierno como un tapiz de luces cálidas.
A lo lejos, las siluetas de los rascacielos se recortaban contra el horizonte, mientras que en las calles más cercanas el habitual rumor del tráfico había sido sustituido por un silencio casi irreal, pacífico e íntimo.
La niebla baja difuminaba la luz de las farolas, dándole a todo un aire mágico.
—Eso es algo que se aprende con la edad: que la vida resuelta no existe —le solté en voz queda.
Pablo me miró en la oscuridad y dejó escapar el aire por la nariz.
—Joder, David. Gracias. Ahora me siento muchísimo mejor. —Nos quedamos en silencio un momento. Probablemente, ya no sabíamos qué más decirnos—. ¿Y qué hay de postre?
—Coulant de chocolate con salsa templada de grosellas.
—Joder, qué bien suena eso.
Fuimos al baño a enjuagarnos la boca con colutorio y bajamos de nuevo al salón. Al vernos volver del piso de arriba, Noah elevó una ceja, pero no dijo nada. Se limitó a hacerle un gesto a uno de los camareros para que empezaran a servir el postre.
Ocupé de nuevo mi sitio en la mesa y Noah se sentó a mi lado. Me miró con ojo crítico y se acercó mucho a mí. Creo que incluso me olisqueó.
—¿Has estado fumando?
—¿Yo? Qué va —me hice el ofendido.
—¿Y qué hacías arriba con Pablo?
—¿Estás celoso o algo? —pregunté.
Hundí la cuchara en mi coulant y observé, fascinado, cómo el chocolate derretido se mezclaba con las grosellas. Ya no me acordaba del hambre que daban los porros.
—No, idiota, claro que no —repuso con una sonrisa bobalicona. Supe entonces que estaba bastante borracho.
Sonreí de medio lado, busqué la mano de Noah por debajo de la mesa y la atraje hasta mis labios para besar su dorso con adoración.
Ya habría otro momento para decirle que debía vigilar más de cerca a Pablo, o para sugerirle que le hiciera otra visita cuando volviera a Barcelona; en aquel instante solo quería perderme en sus ojos.
Y por la manera en la que me devolvió la mirada, supe que tendría mi mejor regalo de Navidad en cuanto estuviéramos de nuevo a solas.
Alcé la vista y recorrí la mesa con la mirada.
Las mellizas de Moisés ya se habían comido la mitad de su postre y ahora tenían las comisuras de los labios manchadas de chocolate; Clara las reñía con fingida gravedad mientras les limpiaba la cara con una servilleta, ganándose una mirada de adoración por parte de Moisés.
Al otro lado, mi madre reía abiertamente por primera vez en toda la noche, escuchando una de las divertidas anécdotas de Lola.
Incluso Pablo, que acababa de sentarse, sonreía, charlando con Íker y Carlos, mientras Herminia y Aarón daban buena cuenta de un coulant que había sobrado.
El sonido de las risas, el tintineo de los cubiertos contra la vajilla y el aroma reconfortante del chocolate caliente inundaban el salón, amortiguando cualquier frío o incertidumbre que pudiera albergar.
Apreté un poco más la mano de Noah. Puede que el futuro siempre dé un poco de vértigo, y la vida, como le acababa de decir a Pablo, nunca se resolviera del todo.
Pero mientras miraba a mi ruidosa, caótica y maravillosa familia reunida en el salón, supe que no importaba.
Estábamos juntos. Y en aquella Nochebuena de 2019, en el calor de mi hogar, pensé que, aunque fuera por un instante, el mundo era un lugar jodidamente perfecto.
* Literalmente ganso de Navidad en alemán, es un plato festivo tradicional que se sirve habitualmente en Nochebuena o el día de Navidad en Alemania y otras partes de Europa.
El plato consiste en un ganso entero asado, a menudo relleno con ingredientes como manzanas, castañas, cebollas, ciruelas pasas o pan sazonado con hierbas como artemisa, mejorana o tomillo.