A través del sexo. La saga completa 19. Más dudas que certezas #3
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19. Más dudas que certezas #3

La verdad era que Moisés no era nuestra única fuente de información.

La suposición inicial de mi padre, acerca de que la noticia no tendría mucha repercusión en España, resultó ser errónea.

A pesar de que la figura de Michael Van Kerckhoven no era nada conocida en la sociedad española, pronto salió a la palestra que su hermano y sus dos hijos menores vivían en el país, lo que hizo que de improvisto la noticia se hiciera apetecible para los periodistas españoles.

De repente, empezaron a salir artículos sobre las empresas del Grupo Van Kerckhoven en España, sobre su cotización y valor en bolsa, sobre el porcentaje de acciones de la compañía que eran controladas por los diferentes miembros de la familia, sobre las becas ÍCaro y el puñado de jóvenes españoles que la recibíamos, sobre Clara y sus estudios en la UF7 y sobre Adolph y su agitada vida sentimental, pero sobre todo acerca de David.

En pocos días, David se convirtió en un personaje asiduo en periódicos y revistas de diversa consideración.

Se hablaba de él en términos de «joven promesa de los negocios», se hizo público que ostentaba el puesto nueve de la lista Forbes de los herederos más ricos y sexis de Europa, y en las revistas de cotilleos se hablaba acerca de su trágica viudedad y su misteriosa figura.

—¿Puesto nueve, ¿eh? —silbó Pablo, mientras leía un periódico de tirada nacional tumbado a mi lado en la cama.

Últimamente se había aficionado a la prensa escrita, y leía con avidez todo lo que se publicaba sobre el tema, aunque yo siempre creí que lo hacía solo para joder—.

¿Sabes que David era uno de los cien solteros más codiciados de Europa hasta que se casó con Lorea?

Levanté la vista del libro que había estado intentando leer desde que él llegara a mi habitación con el periódico en las manos.

—No, no lo sabía —contesté en tono monocorde.

—¿No? ¿Ni siquiera cuando te lo tirabas?

—Venga, Pablo, no me jodas.

—Dice aquí que antes de la muerte de su padre, David ya controlaba el veinticinco por ciento de las acciones del Grupo Van Kerckhoven —me relató—.

El periodista dice que ahora que heredará de su padre y que es viudo, volverá a las listas de los más deseados.

—Chasqueó la lengua y me miró—. Tenías que haberte quedado con él —afirmó con rotundidad—, aunque solo fuera por la pasta.

—Estás de broma, ¿no? —le pregunté, mirándole con reprobación.

—Vamos, ¿no me digas que no lo has pensado? —preguntó a su vez.

—Déjate de leer esas tonterías. Mira cómo empieza a afectarte al cerebro —dije, fingiendo desinterés.

—Aquí dice que los hermanos Van Kerck-lo-que-sea valen en su conjunto unos veinte mil millones de dólares —continuó leyendo con los ojos muy abiertos—. ¿Tú sabías eso?

—No, nunca he hablado de dinero con David, ¿pero no te fijas en los bolsos que lleva Clara? Cada uno vale seis mil euros por lo menos.

—Seis mil euros por un bolso —mi amigo puso los ojos en blanco—. Estos ricos no saben en qué gastar su dinero. Sale guapo en esta foto, el jodío —me dijo—. ¿La quieres ver?

—No.

—No sabía que David tenía una hermana mayor…

—Son solo medio hermanos —le dije.

—Pues aquí dice que el nombre de David es el que suena con más fuerza para suceder a su padre —me dijo—, incluso más que el de su hermana.

—¿Qué?

—Que dice que al parecer es lo que su padre hubiera querido.

—Déjame ver eso —le dije, quitándole el periódico de las manos.

El artículo era extenso, a doble página, y venía acompañado por una fotografía de archivo en la que se veía a David en algún tipo de acto público. Sonreía y estaba rodeado por otras personas. Pablo tenía razón, estaba muy guapo.

Me incorporé hasta quedar sentado en la cama, y mi amigo me imitó.

—Esto no puede ser verdad —dije, volviendo mi atención al artículo—. Estoy seguro de que lo último que el padre de David hubiera querido era que él dirigiera la compañía. Se llevaban fatal.

—Pues ahí dice que…

—Ya sé lo que dice, pero no puede ser verdad.

—En todo caso, y ahora que su padre ha muerto… —Pablo elevó las cejas repetidamente.

—¿Qué? —le pregunté con aspereza.

—Que ahora será todavía más rico. Lo dice aquí, ¿ves?

—Qué superficial eres —me quejé—. Si tanto interés tienes, lígatelo tú.

—No creas que no lo he pensado —contestó Pablo, cogiendo el periódico de mis manos y tumbándose de nuevo.

Puse los ojos en blanco antes de volverlos de nuevo al libro, dándome cuenta de que ya no estaba de humor para leer nada.

—Como David se entere de todo lo que se está publicando sobre él, le dará un telele —musité—. Con lo cerrado que es.

—Espera que algún periodista le dé por investigar su vida personal y descubra que es gay. ¿Te imaginas que entrevisten a sus ligues del cuarto oscuro? —preguntó con deleite.

—Eso te encantaría, ¿a que sí?

—No sabes cuánto —me respondió.

A la mañana siguiente me levanté muy temprano para ir a recoger a Rafael en la estación de trenes.

Ya llevaba casi una semana fuera, y aquella misma noche tenía que reincorporarse al trabajo.

Había notado su ausencia y, sin embargo, casi prefería que no hubiera estado a mi alrededor estando yo tan pendiente de las noticias llegadas de Alemania, pues no quería que él malinterpretara mi interés.

Como era de suponer, él y yo habíamos hablado por teléfono durante su ausencia, pero nunca de eso, aunque sabía que era ingenuo suponer que él no se hubiese enterado de todo por su cuenta.

Cogí el coche de mi padre, que al no poder conducir él mismo ya casi se había convertido en mío, y me dirigí a la estación. Era temprano, y las calles estaban solitarias aquel sábado. Le esperé junto a la salida, sentado en uno de los bancos, y cuando le vi acercarse, nos abrazamos.

—Te he echado de menos —le dije.

—¿Qué tal has estado? —me preguntó mientras caminábamos de camino a la salida de la estación.

—Bien, ¿y tú?

—Bien. —Nos metimos en el coche y pasó a relatarme las fiestas pasadas en familia, con sus padres, sus hermanos mayores y sus sobrinos, algunos de los cuales tenían casi su edad, al ser él un hijo tan tardío—. Tu ex se ha hecho famosillo de repente —me dijo al final de su relato, como si tal cosa.

—Ya —le contesté lacónico.

Aparqué el coche cerca de su casa y nos apeamos.

—¿Quieres hablar de ello? —me preguntó, cargando su maleta con la mano izquierda mientras que con la derecha tanteaba en sus bolsillos en busca de sus llaves.

—¿Quieres tú? —pregunté a mi vez, cogiendo la maleta para facilitarle la tarea.

Me echó una significativa mirada antes de abrir la puerta. Entramos en el zaguán y nos metimos en el ascensor.

—Cada vez que me llamabas esperaba a que sacaras el tema —me confesó—. No es que yo tenga especial interés, pero que no me digas nada me hace pensar que estás ocultando algo.

—Claro que no estoy ocultando algo —espeté a la defensiva—. Además, ya supuse que tú te enterarías por tu cuenta, ¿cómo quieres que te lo oculte?

—No lo sé, Noah. No lo sé. —Salimos del ascensor y recorrimos el pasillo hasta la puerta de su piso—. ¿Has visto lo que se publicó esta mañana? —preguntó mientras entrábamos.

—No, ya paso de mirar. Seguro que es alguna gilipollez.

—Pues esto igual deberías verlo —me dijo categórico, a la vez que abría su maleta y sacaba un periódico arrugado y usado, que seguramente habría estado leyendo en el tren.

Cogí el periódico de sus manos y miré la portada.

—Mira en la esquina inferior izquierda.

Mis ojos se dirigieron automáticamente hacia el lugar que mi novio me indicaba, para encontrarme con un titular de lo más provocador: «Millonario heredero escupe sobre la tumba de su padre. Artículo en la página 5».

—No me jodas —exclamé, abriendo el periódico apresuradamente para hallar el artículo en cuestión, junto a una gran fotografía en la que se veía a David haciendo exactamente lo que el titular proclamaba.

—«David van Kerckhoven» —leí—, «conocido por ser el heredero de uno de los mayores imperios empresariales de Europa, escupió este viernes sobre la tumba de su difunto padre, según informa la agencia Reuters».

Levanté la vista del periódico para encontrarme con los ojos de Rafael. Le miré atónito.

—Sigue leyendo, que se pone más interesante —me dijo—. Voy a hacer un café.

Desapareció en el interior de la cocina y yo me dejé caer sobre el sofá, leyendo ávidamente las palabras que se presentaban ante mis ojos.

«El suceso ocurrió ayer, durante el multitudinario entierro de Michael Van Kerckhoven, quien fuera presidente del grupo VK hasta su inesperada muerte la víspera de Navidad, a los 67 años de edad.

Michael van Kerckhoven, nacido en Renania en 1935, era hijo de Ícaro Van Kerckhoven, el hombre que convirtió una pequeña botica rural en un imperio multinacional… ».

—¿Pero qué demonios? —mascullé, mientras el artículo, tras esbozar unas notas biográficas sobre Michael, se centraba en pormenorizar cómo su único hijo varón, y presumiblemente mayor heredero, había escupido sobre su ataúd justo cuando se llevaba a cabo el entierro del féretro.

—¿Tan mal se llevaba con su padre? —preguntó Rafael, entrando en el salón con una taza de café en cada mano.

—Sí —contesté, aceptando la mía—, pero no sabía que fuera para tanto —añadí, no queriendo compartir con él las sospechas que lo que acababa de leer me ocasionaban.

Miré de nuevo la fotografía. David había sido captado en el mismo instante en que escupía, con una expresión de fiera animadversión en su rostro. Llevaba un largo abrigo negro y cogía a su hijo en brazos, que, apoyado sobre una de las caderas de su padre, era testigo de algo que no podía entender.

Miré de nuevo el rostro de David, descubriendo también algo de tristeza en él. Era ilógico pensar que estuviera triste por la muerte de su padre. Entonces, ¿por qué?

—Qué tío más amargado —proclamó Rafael, sacándome de mi ensimismamiento—. Vale que se llevara mal con su padre, pero hay que tener mala baba para hacer eso.