A través del sexo. La saga completa 19. Más dudas que certezas #2
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19. Más dudas que certezas #2

Mi padre le miró consternado, probablemente no sabiendo si Samuel bromeaba o no.

Yo sabía que no lo hacía, y que la actitud de sus padres hacia él le molestaba enormemente, pero, como en otras facetas de su vida, a Samuel le gustaba ridiculizar los asuntos que le perturbaran, para hacer pensar a los demás que no lo hacían.

Le miré mientras saludaba a Pablo y se reía del sombrero de Papá Noel que mi mejor amigo llevaba puesto, pensando que quizás para ambos esta sería su primera Nochebuena en pareja.

Vi que mi padre también les echaba una mirada al salir de la cocina, y ambos intercambiamos una sonrisa cómplice.

Él probablemente pensaba en Lola, y yo me acordé de Rafael y me pregunté qué estaría haciendo en aquel momento.

Luego Samuel se acercó para saludarme y me abrazó.

—Gracias por invitarme.

—¿Invitarte? —pregunté en tono jocoso—. Pero si te has invitado tú solo.

Samuel frunció el ceño, no muy contento por mi broma.

—Eh —me dijo Pablo, señalándome amenazadoramente con una espumadera de plástico—, no te metas con mi chico.

—Hasta no hace mucho, tu chico era yo —me quejé en broma, poniendo pucheros.

La mirada de Pablo se ablandó, y se acercó a mí, no sin antes cerciorarse de que Samuel no nos escucharía.

—Y siempre lo serás, tonto. Pero tengo que disimular delante de mi novio.

—¿Y cuál es el menú? —preguntó Samuel, que, ajeno a nuestra conversación, se había entretenido mirando dentro de los calderos.

A punto estuvo de meter el dedo en uno de ellos, para probar la salsa que regaba los generosos filetes de solomillo que estábamos cocinando.

Sin embargo, la espátula de Pablo fue más rápida, y le golpeó el dorso de la mano antes de que llegara a tocar la comida.

—Las manos fuera —le amonestó.

—Hay que ver —me quejé, sonriendo ante la cara de consternación que Samuel había puesto a causa del golpe recibido—, parece que solo vienes por la comida.

Samuel no contestó inmediatamente. Descorchó una botella de vino y se sirvió una copa, a la vez que se apoyaba contra la mesa de la cocina.

Sorbió su vino mientras se perdía en la contemplación del culo de Pablo, que, ajeno a las miradas libidinosas de las que era objeto, terminaba de adornar una bandeja de canapés.

—No solo por la comida… —le oí susurrar.

—¿Has sabido algo de Clara? —pregunté.

—No mucho. Sabes que está en la sierra con su hermano, ¿verdad?

—Sí, ella me lo dijo —confirmé mientras me ponía a fregar la loza.

—La llamé antes, para felicitarle las fiestas y eso. Me dijo que hace un frío de cojones.

—Me lo imagino —dije, al recordar la zona en la que estaba situada la propiedad de David, el frío cortante que había sentido al salir a correr aquella noche, cuando me granizó encima, lo heladas que estaban las sábanas de mi cama, a pesar de que la calefacción estuviera encendida, y lo rápido que entré en calor en cuanto me metí en la cama de David.

Sacudí la cabeza para desembarazarme de esos pensamientos—. Debería mandarle un mensajito o algo…

—¿No has hablado con ella desde tu cumpleaños?

—No —le respondí.

— Aaaaah —dijo, poniendo su voz de cotilla irredento—, ¿y a que no sabes con quién se lió aquella noche?

—No me digas que con mi hermano —le pedí.

Justo entonces, Moisés apareció en el vano de la puerta. Samuel soltó una risita, que apenas se molestó en disimular, y mi hermano se ruborizó sensiblemente.

—Papá dice que vaya llevando las cosas al comedor.

—Sí, toma —le dijo Pablo, poniéndole dos bandejas con canapés en sendas manos—. Esto ya está listo. La cena estará en diez minutos.

—Vale —dijo, antes de salir de la cocina haciendo un considerable esfuerzo por no tirar las bandejas al piso.

—Hablando del rey de Roma…

—O sea, que sí que se enrolló con mi hermano —concluí.

—¿Crees que esta vez van en serio?

—No lo sé, pero el otro día Moisés más o menos me confesó que estaba enamorado de ella.

—¿Tu hermano? —me preguntó Pablo, mirándome con las cejas enarcadas—. ¿Enamorado?

—¿Y por qué no? —pregunté a mi vez, a la defensiva.

Samuel asintió con la cabeza.

—Pues a mí no me extrañaría nada. Según Clara, tuvieron una noche bien calentita. —Sonrió con picardía y añadió—: Como Pablo y yo.

—No, si al final el único que no folló en mi cumpleaños fui yo — murmuré, algo malhumorado.

—¿Ah, no? —preguntó Pablo con cierta alarma.

—No, estaba demasiado borracho —confesé, a la vez que sacaba del horno una bandeja con panecillos recién hechos—. Creo que si Rafa hubiera querido montárselo conmigo, le habría vomitado encima.

— In vino veritas —oí musitar a Pablo.

Le miré, malencarado.

—¿Y qué se supone que quiere decir eso?

—Nada —me dijo él.

—¿Cómo que nada? Pensaba que Rafa te gustaba —me quejé.

—Y sí que me gusta —me aseguró, en un pobre intento de calmarme. Las campanillas de su gorro tintinearon cuando se acercó a mí—. No quise decir nada. Vete poniendo la mesa, anda.

Le hice caso, para no discutir con él en plena fiesta, y me llevé una fuente con comida hacia el comedor, preguntándome a qué habría querido referirse mi amigo al hacer ese comentario.

Un rato más tarde, estábamos todos sentados a la mesa, aprovechando el banquete que Pablo nos preparara, demostrándonos que había aprovechado bien el tiempo pasado con Lola en la cocina.

La comida estuvo deliciosa y la compañía fue agradable.

Mi padre, muy inteligentemente, diluyó la tensión que había entre Moisés y yo contando anécdotas de nuestra infancia, para que los dos nos quejáramos, avergonzados.

Aarón parecía contento de ver de nuevo a sus hermanos reunidos, y creo que una vez le vi mirarnos con los ojos empañados.

Por su parte, Samuel y Pablo no dejaron de hacerse carantoñas durante la cena, incomodando a todos los presentes, incluso a mí.

Ni siquiera las amonestaciones de mi padre sirvieron para separarlos.

—Esas manos —les dijo por enésima vez, cuando los vio sobándose sobre el sofá tras la cena. Luego me miró y me dijo—: Parece que tengo cinco hijos en vez de tres.

Justo entonces, el reloj de pared dio la medianoche. Miré a mi padre.

—Feliz Navidad —le dije.

Mis amigos se felicitaron mutuamente besándose otra vez, y mi padre puso los ojos en blanco, dándolos ya por perdidos.

Mi hermano Aarón me abrazó, luego abrazó a su gemelo.

Moisés y yo nos miramos durante un segundo, no sabiendo muy bien qué decirnos, pero el teléfono móvil que llevaba en el bolsillo empezó a sonar.

—Disculpad un momento —dijo, tras mirar someramente la pantalla para ver quién le llamaba. Luego salió del salón en dirección al pasillo para tener más intimidad para hablar.

—Salvado por la campana —murmuró Aarón.

—Y que lo digas —respondí.

—¿Quién crees que le habrá llamado? —preguntó Pablo—. Se ha puesto colorado al descolgar.

—¿Habrá sido Clara? —especuló Samuel, aparentemente divertido.

Sonreí ante la posibilidad de que mi hermano se sonrojara por recibir la llamada de una chica que pesaba la mitad que él.

—Bueno, es hora de los regal… —Empezó a decir mi padre, pero fue interrumpido por el teléfono del salón, que también empezó a sonar—.

Es Lola —dijo, tras reconocer el número de teléfono.

Luego descolgó—. Hola, cariño, Feliz Navidad —la saludó, pero por la cara que puso, supuse que Lola no le había llamado solo para felicitarle—.

¿Qué? ¿Estás segura? —le oí preguntar. Pablo y Samuel se estaban comiendo la boca de nuevo, y Aarón estaba atacando los polvorones con glotonería, así que yo fui el único en darse cuenta de que algo malo pasaba—. ¿A qué hora se emitió el teletipo?

—¿Qué ocurre? —le pregunté, acercándome a él.

Me hizo un gesto con la mano para que mantuviera silencio mientras seguía hablando.

—¿Quién lo ha hecho público, la familia? ¿Y ya han hecho alguna declaración? Ya veo. Supongo que mañana darán una rueda de prensa para dar más detalles. Ya, ya sé que en España la noticia tendrá apenas repercusión, pero dada la importancia de la empresa…

—¿Qué pasa, papá? —me impacienté.

—Mantenme informado —le dijo mi padre a Lola, habiendo decidido ignorarme de nuevo—. Yo también te quiero. Adiós.

Colgó el teléfono y me miró.

—¿Qué demonios ha pasado? —le pregunté de nuevo, ya algo alterado.

—Es en relación a la familia de vuestra amiga —dijo. Para ese entonces, Samuel y Pablo también le miraban, habiéndose dado cuenta por fin de que algo pasaba—. Acaba de llegar una noticia de un corresponsal de la agencia, desde Alemania.

—¿Qué ha ocurrido?

—El padre de Clara ha fallecido esta noche —dijo—. Lo acaba de confirmar el portavoz de la familia desde un hospital en Berlín.

Oí una respiración estrangulada detrás de mí y supuse que había sido Samuel.

—¿Qué ha pasado?

—Aún no se sabe. Mañana darán más explicaciones.

—¿Y ellos? —pregunté, pensando en Clara y David—. ¿Ya lo saben?

—Estoy seguro de que no lo han hecho público antes de avisarlos.

En ese momento, Moisés entró de nuevo en el salón, con cara de circunstancia.

—Era Clara… —comentó, palideciendo por momentos.

Mi padre asintió y dijo:

—Ya lo sabemos.

—Clara y su hermano van a coger un vuelo hacia Berlín —nos informó—. Me voy al aeropuerto —añadió, tomando su chaqueta.

—¿Te ha pedido Clara que vayas con ella? —le pregunté.

—No ha hecho falta —respondió, a la vez que salía de casa.

Todos nos quedamos callados un momento, hasta que oímos a Pablo mascullar:

—Pues sí que está enamorado de ella.

A lo largo de los siguientes días tuvimos más noticias, principalmente a través de Moisés, que, habiendo seguido a Clara hasta Alemania, se había hecho un inesperado hueco en todo ese asunto.

Al parecer, el patriarca de los Van Kerckhoven había fallecido a causa de un infarto.

A pesar de que lo habían llevado al hospital rápidamente, no pudieron hacer nada por su vida.

Los funerales se celebraron a lo largo de los dos días siguientes, y fueron ampliamente cubiertos por los medios de comunicación. Y no solo por los alemanes.