19. Más dudas que certezas
MÁS DUDAS QUE CERTEZAS
A poyé las manos contra los azulejos para dejar que el agua cayera caliente sobre mi espalda y desentumeciera mis castigados músculos, y esbocé una sonrisa de satisfacción al recordar los acontecimientos de la noche anterior.
Aquel había sido el mejor cumpleaños que recordaba haber tenido nunca.
Había bailado hasta agotarme y bebido hasta casi desmayarme, además de tener que ser testigo de los besos y restregones que se dedicaron Samuel y Pablo en la pista de baile durante gran parte de la noche, hasta que finalmente los perdí de vista.
Luego, cuando amanecía, me dejé caer en la cama de Rafael para dormirme casi inmediatamente, abrazado a su enorme y cálido cuerpo.
Aun a pesar del ruido del agua corriente sobre mi cabeza, pude oír cómo se movía por la habitación, y supuse que el sonido de la ducha le había despertado. No tardé en notar que la mampara se abría, y sentí a Rafael detrás de mí.
—Buenos días —me dijo.
Se apretó contra mí para que el chorro también cayera sobre él y le oí gruñir de satisfacción al sentir el contacto del agua caliente. Yo me contenté con sentirle y apoyé mi espalda contra su cuerpo, dejando que algunos mechones de su húmedo cabello cayeran sobre mis hombros.
—¿Te encuentras bien? —me preguntó, rodeándome entre sus brazos.
—Creo que tengo algo de resaca —respondí.
—No me extraña —dijo jocoso.
Esbocé una sonrisita culpable y salí de la ducha. Me envolví con el albornoz azul de Rafael mientras él se sentaba en la tapa del váter y se secaba su larga melena con una toalla de mano.
—Me pregunto cómo terminarían la noche Pablo y Samuel —dije.
—Pues yo no. Apuesto a que terminaron en la cama.
—Eso seguro —repliqué, sin haberlo dudado ni un segundo—, pero en qué cama, me pregunto. Dudo mucho que mi padre los haya dejado «reconciliarse» en casa. —Sonreí de nuevo, ante la mera idea de mis dos amigos de nuevo juntos, dándome igual dónde hubieran terminado.
Habíamos sido unos ilusos al pensar que Pablo reaccionaría a causa de sentimientos tan bajos como los celos o el ego herido, en vez de creer que cuando decía que quería lo mejor para Samuel, y que por eso se alejaba de él, lo decía en serio.
Ahora que me paraba a pensarlo, me daba cuenta de que Pablo nos había dado una lección de amor entregado, sincero y desinteresado, y lo único que le había hecho reaccionar fue la certeza de que Samuel estaría mejor con él que con Jero, algo de lo que yo estaba completamente convencido desde hacía meses, pero que quizás mi mejor amigo, sumido en la autocompasión y la culpabilidad como estaba, no había visto hasta aquel momento.
Si al final había abierto esa bocaza que tenía para acabar con aquella relación, lo había hecho en pro de los intereses de Samuel, y no de los suyos propios, lo que evidenciaba una vez más la altura moral de sus sentimientos.
En todo caso, me alegraba que lo que Rafael me había dicho acerca de ellos dos pareciera cumplirse.
Si había alguien que merecía una segunda oportunidad en el amor, era Pablo.
Me puse frente al espejo y dediqué unos segundos a observar mi rostro en busca de señales que la noche de marcha podría haber dejado en mi rostro, pero salvo unas leves ojeras y cierta palidez, estaba casi indemne.
Sin embargo, noté el rubio nacimiento de mi vello facial y me acaricié la mandíbula mientras susurraba:
—Debería afeitarme.
—Sí, deberías —dijo Rafael, acercándose a mí—. Picas.
Apoyó su barbilla en mi hombro y frotó su mejilla contra la mía, dejándome notar la rasposa sensación de sus patillas contra mi piel, mientras me miraba a los ojos a través del reflejo del espejo.
—Mira quién habla —repliqué en tono burlesco, girándome para mirarle directamente—, tú siempre picas.
—¿Te molesta? ¿Preferirías que me afeitara? —preguntó, acariciando su vello facial.
—No —le dije, habiéndome ya acostumbrado al leve cosquilleo que sentía en el labio inferior cada vez que nos besábamos—, me gusta —susurré.
Acaricié su perilla con mis labios, deleitándome en la rasposa suavidad que desprendía, y cerré los ojos cuando me besó.
—¿Sabes una cosa? —ronroneé cuando nuestros labios se separaron—. Aún no te he dado las gracias por lo que hiciste por mí anoche.
—¿Lo que hice por ti?
—Sí —dije, en actitud cariñosa—. La cena, la fiesta, la canción… Te mereces una recompensa por todo eso.
—¿Ah, sí? —preguntó siguiéndome el juego, quizás presintiendo mis intenciones—. Voy a tener que cobrarte —dijo, y de improviso, se agachó detrás de mí.
—Rafa, ¿qué hac…? —quise preguntar, pero las palabras se atragantaron en mi garganta cuando noté que levantaba el albornoz para dejar al aire mis nalgas, y las besaba.
Suspiré de placer y cerré los ojos, mientras sentía sus labios humedeciendo mi piel con adoración, su lengua aleteando sobre mi hendidura, sus manos agarrando mis caderas con suavidad.
En apenas unos segundos, era presa de una dolorosa excitación, y la ingle me palpitaba impaciente; sin embargo, Rafael se incorporó y volvió a abrazarme la espalda, mirándome a los ojos a través del espejo.
—Me gusta la cara que tienes cuando te pones cachondo.
Miré mi reflejo para constatar lo que Rafael me decía: ya no estaba pálido, sino ruborizado, mis mejillas estaban arreboladas y mis labios muy rojos. Mis ojos, entrecerrados, parecían turbios y húmedos. Le miré de nuevo y le descubrí mirándome con ganas.
—Te quiero —me susurró—, me vuelves loco.
—Y tú a mí también —le dije, aún secuestrado por el deseo, dándome la vuelta para quedar frente a él.
Para mi sorpresa, la expresión de Rafael había cambiado de una de total entrega a otra de algo parecido a la decepción. Intentó separarse de mí, pero le agarré por el brazo.
—¿Qué ocurre? —dije. Como única respuesta, chasqueó la lengua—. ¿He dicho algo malo? —pregunté, sintiendo que de repente se había enfadado conmigo.
—No, no has dicho nada.
—¿Entonces? —inquirí. De nuevo dio la callada por respuesta y a mí me asaltaron las dudas—. ¿Estás enfadado?
Le vi suspirar.
—No.
—Pues ven aquí —le dije.
Me liberé del albornoz y me colgué de su cuello para darle un beso largo y hambriento.
Su reticencia desapareció y sus manos me asieron por la cintura para sentarme sobre el lavabo.
Se adentró entre mis piernas con deliberada lentitud, mientras yo me aferraba a su cuerpo.
Cuando terminamos, Rafael soltó un estrangulado sonido y le oí gruñir contra mi cuello.
—Joder… No quiero irme —gimoteó.
Sonreí levemente mientras le apartaba para mirarle a los ojos.
Aquella misma tarde, Rafael cogería el tren para irse a León a pasar las Navidades con su familia.
Él había hecho verdaderos esfuerzos para poder librar unos días seguidos durante las fiestas y ver a los suyos, y a mí no se me había pasado por la cabeza la idea de pedirle que se quedara, por mucha ilusión que me hiciera pasar esas fechas en pareja.
—No seas tonto —le dije—, si llevas semanas planeándolo.
—Ya lo sé —contestó. Se separó de mí, dejando al hacerlo un rastro de semen entre mis muslos.
—Voy a tener que ducharme de nuevo —me quejé.
Me puse de pie y volví a meterme en la ducha para lavarme las piernas. Rafael me miraba a través de la mampara semiabierta.
—Si no quieres, no me iré —afirmó con rotundidad.
Su propuesta me conmovió profundamente, pero no iba a permitir que los sentimentalismos le alejaran de su familia.
—Por supuesto que irás —dije, saliendo para volver a secarme.
—¿Estás seguro?
—Sí, seguro. Nos veremos en unos días. Ya pasaremos juntos el año nuevo.
No hablamos más del tema y aquella tarde le acompañé hasta la estación.
—¿Seguro que estarás bien sin mí? —preguntó por enésima vez, antes de subirse al tren.
—Claro que sí. ¿Estarás tú bien sin mí? —bromeé.
Él me sonrió como despedida. No fue hasta que el tren arrancó que me di cuenta de que no le había dicho que le echaría de menos.
Aquella Nochebuena en casa de mi padre fue bastante concurrida.
Mis hermanos estaban allí, pues no habían querido ir a Lugo a pasar las fiestas con nuestra madre y su familia.
Su presencia me traía recuerdos de otras Navidades, pasadas con ellos tras la separación de nuestros padres.
Desde su divorcio, y hasta que yo había salido del armario, los tres hermanos siempre celebrábamos las fiestas juntos, dando tumbos de casa en casa para poder estar con nuestros progenitores, pero ahorrándoles el disgusto de verse mutuamente.
Que ellos decidieran pasar la Nochebuena conmigo evidenciaba la normalización de nuestra relación, pero la situación entre Moisés y yo seguía siendo algo tensa.
La única que nos faltaba era Lola, a la que le había tocado el turno de noche en la redacción de la agencia.
Le pagaban una pasta por trabajar en Nochebuena, pero, como ella misma decía, el dinero no era compensación suficiente.
Por supuesto, Pablo también estaba allí, haciendo gala de todo su espíritu navideño, exacerbado bien por pasar las fiestas en familia, o bien por la presencia de Samuel, que había aparecido casi de improviso en nuestra puerta, con una botella de vino en cada mano, apenas diez minutos después de avisarnos por teléfono de que se nos uniría.
—¿Tú no deberías estar en casa con tu familia? —le preguntó mi padre al abrirle la puerta.
Pablo y yo, que también estábamos en la cocina ultimando los detalles de la cena, pudimos ver a Samuel entrando con su habitual soltura y dejando las botellas sobre la mesa antes de replicar:
—Mis padres no están en casa, sino en una fiesta que da cada año el jefe de mi padre.
—¿Y tú no vas con ellos?
—No, nunca voy con ellos —respondió con ligereza—, a los maricas es mejor dejarlos en casa.